Va finando el tiempo de los cultos idolátricos. Nadie vendrá al
templo a contemplar atónico los pesados tapices, a bañarse en el
espeso torrente melódico de los monumentales órganos, sino a quemar
incienso ante el dios verdadero, si en el templo ha surgido la divina
«claridad». Desconfiemos de las capillas en sombra, donde se apelotonan
lienzos y tapices, como de los torbellinos orquestales. La melomanía
en el arte es siempre infantil.
Los anchos tapices y la gran trompetería son buenos para el absorto
feligrés que recuerda ante los muros historiados todo lo aprendido en
las aulas, y en la turbia catarata musical halla idénticas emociones
a las gozadas junto al río doméstico, bajo «la luna de plata»
neurasténica. Él ve en un tapiz que Benjamín y José se abrazan, como
en el texto emocionado, y en otro a la mujer de Lot trocada en bloque
de sal. En uno Andrómeda es liberada por Perseo, y en otro salta de la
espuma el pez dorado de Afrodita. También conoce el ronco estruendo del
mar tempestuoso, y gusta de que se lo repita, infantilmente, un violón.