Quedáronse los tres solos. El conde temblaba. No se atrevía a probar el
te.
—Sírveme a mí primero, Julia—dijo el marido—. Y yo lo tomaré antes para
que vea usted, señor conde, que en mi casa se puede tomar todo con
confianza.
—Pero si yo...
—No, señor conde; aunque yo no sea un caballero, ni mucho menos, no
he llegado aún a eso. Y ahora mi mujer quiere darle a usted unas
explicaciones.
Alejandro miró a Julia, y ésta, lentamente, con voz fantasmática,
empezó a hablar. Estaba espléndidamente hermosa. Los ojos le relucían
con un brillo como de relámpago. Sus palabras fluían frías y lentas,
pero se adivinaba que por debajo de ellas ardía un fuego consumidor.
—He hecho que mi marido le llame, señor conde—dijo Julia—, porque tengo
que darle una satisfacción por haberle ofendido gravemente.
—¿A mí, Julia?
—¡No me llame usted Julia! Sí, a usted. Cuando me puse loca, loca de
amor por mi marido, buscando a toda costa asegurarme de si me quería o
no, quise tomarle a usted de instrumento para excitar sus celos, y en
mi locura llegué a acusarle a usted de haberme seducido. Y esto fué un
embuste, y habría sido una infamia de mi parte si yo no hubiese estado
como estaba loca. ¿No es así, señor conde?
—Sí, así es, doña Julia...
—Señora de Gómez—corrigió Alejandro.
—Lo que le atribuí a usted, cuando le llamábamos mi marido y yo el
michino..., ¡perdónenoslo usted!
—¡Por perdonado!
—Lo que le atribuí entonces fué una acción villana e infame, indigna de
un caballero como usted...
—¡Muy bien—agregó Alejandro—, muy bien! Acción villana e infame,
indigna de un caballero; ¡muy bien!
—Y aunque, como le repito, se me puede y debe excusar en atención a mi
estado de entonces, yo quiero, sin embargo, que usted me perdone. ¿Me
perdona?
—Sí, sí; le perdono a usted todo; les perdono a ustedes todo—suspiró el
conde más muerto que vivo y ansioso de escapar cuanto antes de aquella
casa.
—¿A ustedes?—le interrumpió Alejandro—. A mí no me tiene usted nada que
perdonar.
—¡Es verdad, es verdad!
—Vamos, cálmese—continuó el marido—, que le veo a usted agitado. Tome
otra taza de te. Vamos, Julia, sírvele otra taza al señor conde.
¿Quiere usted tila en ella?
—No..., no...
—Pues bueno, ya que mi mujer le dijo lo que tenía que decirle, y usted
le ha perdonado su locura, a mí no me queda sino rogarle que siga
usted honrando nuestra casa con sus visitas. Después de lo pasado,
usted comprenderá que sería de muy mal efecto que interrumpiéramos
nuestras relaciones. Y ahora que mi mujer está ya, gracias a mí,
completamente curada, no corre usted ya peligro alguno con venir acá.
Y en prueba de mi confianza en la total curación de mi mujer, ahí les
dejo a ustedes dos solos, por si ella quiere decirle algo que no se
atreve a decírselo delante de mí, o que yo, por delicadeza, no deba oír.
Y se salió Alejandro, dejándolos cara a cara y a cuál de los dos más
sorprendidos de aquella conducta. «¡Qué hombre!», pensaba él, el conde,
y Julia: «¡Este es un hombre!»
Siguióse un abrumador silencio. Julia y el conde no se atrevían a
mirarse. El de Bordaviella miraba a la puerta por donde saliera el
marido.
—No—le dijo Julia—, no mire usted así; no conoce usted a mi marido, a
Alejandro. No está detrás de la puerta espiando lo que digamos.
—¡Qué sé yo...! Hasta es capaz de traer testigos...
—¿Por qué dice usted eso, señor conde?
—¿Es que no me acuerdo de cuando trajo a los dos médicos en aquella
horrible escena en que me humilló cuanto más se puede y cometió la
infamia de hacer que la declarasen a usted loca?
—Y así era la verdad, porque si no hubiese estado yo entonces loca, no
habría dicho, como dije, que era usted mi amante...
—Pero...
—¿Pero qué, señor conde?
—¿Es que quieren ustedes declararme a mí loco o volverme tal? ¿Es que
va usted a negarme, Julia...?
—¡Doña Julia o señora de Gómez!
—¿Es que va usted a negarme, señora de Gómez, que, fuese por lo
que fuera, acabó usted, no ya sólo aceptando mis galanteos...; no,
galanteos, no; mi amor...?
—¡Señor conde...!
—¿Que acabó, no sólo aceptándolos, sino que era usted la que provocaba
y que aquello iba...?
—Ya le he dicho a usted, señor conde, que estaba entonces loca, y no
necesito repetírselo.
—¿Va usted a negarme que empezaba yo a ser su amante?
—Vuelvo a repetirle que estaba loca.
—No se puede estar ni un momento más en esta casa. ¡Adiós!
El conde tendió la mano a Julia, temiendo que se la rechazaría. Pero
ella se la tomó y le dijo:
—Conque ya sabe usted lo que le ha dicho mi marido. Usted puede venir
acá cuando quiera, y ahora que estoy yo, gracias a Dios y a Alejandro,
completamente curada, curada del todo, señor conde, sería de mal
efecto que usted suspendiera sus visitas.
—Pero Julia...
—¿Qué? ¿Vuelve usted a las andadas? ¿No le he dicho que estaba entonces
loca?
—A quien le van a volver ustedes loco, entre su marido y usted, es a
mí...
—¿A usted? ¿Loco a usted? No me parece fácil...
—¡Claro! ¡El michino!
Julia se echó a reír. Y el conde, corrido y abochornado, salió de
aquella casa decidido a no volver más a ella.
* * * * *
Todas esas tormentas de su espíritu quebrantaron la vida de la pobre
Julia, y se puso gravemente enferma, enferma de la mente. Ahora sí que
parecía que de veras iba a enloquecer. Caía con frecuencia en delirios,
en los que llamaba a su marido con las más ardientes y apasionadas
palabras. Y el hombre se entregaba a los transportes dolorosos de su
mujer procurando calmarla. «¡Tuyo, tuyo, tuyo, sólo tuyo y nada más que
tuyo!», le decía al oído, mientras ella, abrazada a su cuello, se lo
apretaba casi a punto de ahogarlo.
La llevó a la dehesa a ver si el campo la curaba. Pero el mal la iba
matando. Algo terrible le andaba por las entrañas.
Cuando el hombre de fortuna vió que la Muerte le iba a arrebatar su
mujer, entró en un furor frío y persistente. Llamó a los mejores
médicos. «Todo era inútil», le decían.
—¡Sálvemela usted!—le decía al médico.
—¡Imposible, don Alejandro, imposible!
—¡Sálvemela usted, sea como sea! ¡Toda mi fortuna, todos mis millones
por ella, por su vida!
—¡Imposible, don Alejandro, imposible!
—¡Mi vida, mi vida por la suya! ¿No sabe usted hacer eso de la
transfusión de la sangre? Sáqueme toda la mía y désela a ella. Vamos,
sáquemela.
—¡Imposible, don Alejandro, imposible!
—¿Cómo imposible? ¡Mi sangre, toda mi sangre por ella!
—¡Sólo Dios puede salvarla!
—¡Dios! ¿Dónde está Dios? Nunca pensé en Él.
Y luego a Julia, su mujer, pálida, pero cada vez más hermosa, hermosa
con la hermosura de la inminente muerte, le decía:
—¿Dónde está Dios, Julia?
Y ella, señalándoselo con la mirada hacia arriba, poniéndosele con ello
los grandes ojos casi blancos, le dijo con una hebra de voz:
—¡Ahí le tienes!
Alejandro miró al crucifijo, que estaba a la cabecera de la cama de
su mujer, lo cogió y apretándolo en el puño, le decía: «Sálvamela,
sálvamela y pídeme todo, todo, todo, mi fortuna toda, mi sangre toda,
yo todo..., todo yo.»
Julia sonreía. Aquel furor ciego de su marido le estaba llenando de una
luz dulcísima el alma. ¡Qué feliz era al cabo! ¿Y dudó nunca de que
aquel hombre la quisiese?
Y la pobre mujer iba perdiendo la vida gota a gota. Estaba marmórea y
fría. Y entonces el marido se acostó con ella y la abrazó fuertemente,
y quería darle todo su calor, el calor que se le escapaba a la pobre. Y
le quiso dar su aliento. Estaba como loco. Y ella sonreía.
—Me muero, Alejandro, me muero.
—¡No, no te mueres—le decía él—, no puedes morirte!
—¿Es que no puede morirse tu mujer?
—No; mi mujer no puede morirse. Antes me moriré yo. A ver, que venga la
muerte, que venga. ¡A mí! ¡A mí la muerte! ¡Que venga!
—¡Ay, Alejandro, ahora lo doy todo por bien padecido...! ¡Y yo que dudé
de que me quisieras...!
—¡Y no, no te quería, no! Eso de querer, te lo he dicho mil veces,
Julia, son tonterías de libros. ¡No te quería, no! ¡Amor..., amor! Y
esos miserables, cobardes, que hablan de amor, dejan que se les mueran
sus mujeres. No, no es querer... No te quiero...
—¿Pues qué?—preguntó con la más delgada hebra de su voz, volviendo a
ser presa de su vieja congoja, Julia.
—No, no te quiero... ¡Te... te... te..., no hay palabra!—y estalló en
secos sollozos, en sollozos que parecían un estertor, un estertor de
pena y de amor salvaje.
—¡Alejandro!
Y en esta débil llamada había todo el triste júbilo del triunfo.
—¡Y no, no te morirás; no te puedes morir; no quiero que te mueras!
¡Mátame, Julia, y vive! ¡Vamos, mátame, mátame!
—Sí, me muero...
—¡Y yo contigo!
—¿Y el niño, Alejandro?
—Que se muera también. ¿Para qué le quiero sin ti?
—Por Dios, por Dios, Alejandro, que estás loco...
—Sí, yo, yo soy el loco, yo el que estuve siempre loco..., loco de ti,
Julia, loco por ti... Yo, yo el loco. ¡Y mátame, llévame contigo!
—Si pudiera...
—Pero no, mátame y vive, y sé tuya...
—¿Y tú?
—¿Yo? ¡Si no puedo ser tuyo, de la muerte!
Y la apretaba más y más, queriendo retenerla.
—Bueno, y al fin, dime, ¿quién eres, Alejandro?—le preguntó al oído
Julia.
—¿Yo? ¡Nada más que tu hombre..., el que tú me has hecho!
Este nombre sonó como un susurro de ultramuerte, como desde la ribera
de la vida, cuando la barca parte por el lago tenebroso.
Poco después sintió Alejandro que no tenía entre sus brazos de atleta
más que un despojo. En su alma era noche cerrada y arrecida. Se levantó
y quedóse mirando a la yerta y exánime hermosura. Nunca la vió tan
espléndida. Parecía bañada por la luz del alba eterna de después de la
última noche. Y por encima de aquel recuerdo en carne ya fría sintió
pasar, como una nube de hielo, su vida toda, aquella vida que ocultó
a todos, hasta a sí mismo. Y llegó a su niñez terrible y a cómo se
estremecía bajo los despiadados golpes del que pasaba por su padre,
y cómo maldecía de él, y cómo una tarde, exasperado, cerró el puño,
blandiéndolo, delante de un Cristo de la iglesia de su pueblo.
Salió al fin del cuarto, cerrando tras sí la puerta. Y buscó al hijo.
El pequeñuelo tenía poco más de tres años. Lo cogió el padre y se
encerró con él. Empezó a besarlo con frenesí. Y el niño, que no estaba
hecho a los besos de su padre, que nunca recibiera uno de él, y que
acaso adivinó la salvaje pasión que los llenaba, se echó a llorar.
—¡Calla, hijo mío, calla! ¿Me perdonas lo que voy a hacer? ¿Me perdonas?
El niño callaba, mirando despavorido al padre, que buscaba en sus ojos,
en su boca, en su pelo, los ojos, la boca, el pelo de Julia.
—¡Perdóname, hijo mío, perdóname!
Se encerró un rato a arreglar su última voluntad. Luego se encerró de
nuevo con su mujer, con lo que fué su mujer.
—Mi sangre por la tuya—le dijo, como si le oyera, Alejandro—. La muerte
te llevó. ¡Voy a buscarte!
Creyó un momento ver sonreír a su mujer y que movía los ojos. Empezó a
besarla frenéticamente por si así la resucitaba, a llamarla, a decirle
ternezas terribles al oído. Estaba fría.
Cuando más tarde tuvieron que forzar la puerta de la alcoba mortuoria,
encontráronle abrazado a su mujer y blanco del frío último, desangrado
y ensangrentado.
Salamanca, abril de 1916.