En la entrevista que Juan tuvo con sus suegros, los abuelos de la
nueva mujercita que llegaba al mundo, le sorprendió el que al insinuar
él, lleno de temores y con los ojos de la viuda taladrándole desde la
espalda el corazón, que se la llamara Raquel a su hija, los señores
Lapeira no opusieron objeción alguna. Parecían abrumados. ¿Qué había
pasado allí?
DOÑA MARTA.—Sí, sí, le debemos tanto a esa señora, tanto..., y después
de todo, para ti ha sido como una madre...
DON JUAN.—Sí, es verdad...
DOÑA MARTA.—Y aun creo más, y es que debe pedírsele que sea madrina de
la niña.
DON PEDRO.—Tanto más cuanto que eso saldrá al paso a odiosas
habladurías de las gentes...
DON JUAN.—No dirán más, bien...
DON PEDRO.—No; hay que afrontar la murmuración pública. Y más cuando va
extraviada. ¿O es que en esto no puedes presentarte en la calle con la
cabeza alta?
DON JUAN.—¡Sin duda!
DON PEDRO.—Bástele, pues, a cada cual su conciencia.
Y miró don Pedro a su mujer como quien ha dicho una cosa profunda que
le realza a los ojos de la que mejor le debe conocer.
Y más grande fué la sorpresa—que se le elevó a terror del pobre
Juan—cuando oyó que al proponerle todo aquello, lo del nombre y lo del
madrinazgo, a la madre de la niña, a Berta, ésta contestó tristemente:
«¡Sea como queráis!» Verdad es que la pobre, a consecuencia de grandes
pérdidas de sangre, estaba como transportada a un mundo de ensueño, con
incesante zumbido de cabeza y viéndolo todo como envuelto en niebla.
Al poco, Raquel, la madrina, se instalaba casi en la casa y empezaba a
disponerlo todo. La vió la nueva madre acercársele y la vió como a un
fantasma del otro mundo. Brillábanle los ojos a la viuda con un nuevo
fulgor. Se arrimó a la recién parida y le dió un beso, que aunque casi
silencioso llenó con su rumor toda la estancia. Berta sentía agonizar
en sueños un sueño de agonía. Y oyó la voz de la viuda, firme y segura,
como de ama, que decía:
RAQUEL.—Y ahora, Berta, hay que buscar nodriza. Porque no me parece
que en el estado en que se queda sea prudente querer criar a la niña.
Correrían peligro las dos vidas...
Los ojos de Berta se llenaron de lágrimas.
RAQUEL.—Sí, lo comprendo, es muy natural. Sé lo que es una madre; pero
la prudencia ante todo... Hay que guardarse para otras ocasiones...
BERTA.—Pero Raquel, aunque muriese...
RAQUEL.—¿Quién? ¿La niña? ¿Mi Quelina? No, no...
Y fué y tomó a la criatura y empezó a fajarla, y luego la besaba con un
frenesí tal, que la pobre nueva madre sentía derretírsele el corazón en
el pecho. Y no pudiendo resistir la pesadilla, gimió:
BERTA.—Basta, basta, Raquel, basta. No vaya a molestarle. Lo que la
pobrecita necesita es sueño..., dormir...
Y entonces Raquel se puso a mecer y a abrazar a la criaturita,
cantándole extrañas canciones en una lengua desconocida de Berta y de
los suyos, así como de Juan. ¿Qué le cantaba? Y se hizo un silencio
espeso en torno de aquellas canciones de cuna que parecían venir de
un mundo lejano, muy lejano, perdido en la bruma de los ensueños. Y
Juan, oyéndolas, sentía sueño, pero sueño de morir, y un terror loco le
llenaba el corazón vacío. ¿Qué era todo aquello? ¿Qué significaba todo
aquello? ¿Qué significaba su vida?
X
Más adelante, cuando Berta fué reponiéndose y empezó a despertarse
del doloroso ensueño del parto y se vió separada de su hijita, de su
Quelina, por Raquel y por la nodriza que Raquel buscó y que la obedecía
en todo, apercibióse a la lucha. Al fin vió claro en la sima en que
cayera; al fin vió a quién y a qué había sido sacrificada. Es decir,
no vió todo, no podía ver todo. Había en la viuda abismos a que ella,
Berta, no lograba llegar. Ni lo intentaba, pues sólo el asomarse a
ellos le daba vértigo. Y luego aquellas canciones de cuna en lengua
extraña.
BERTA.—¿Pero qué es eso que le canta?
RAQUEL.—¡Oh, recuerdos de mi infancia...!
BERTA.—¿Cómo?
RAQUEL.—No quiera saber más, Berta. ¿Para qué...?
¡No; ella, Berta, no podía querer saber más! ¡Sabía ya demasiado!
¡Ojalá no supiera tanto! ¡Ojalá no se hubiera dejado tentar de la
serpiente a probar de la fruta del árbol de la ciencia del bien y del
mal! Y sus padres, sus buenos padres, parecían como huídos de la casa.
Había que llevarles la nietecita a que la vieran. ¡Y era la nodriza
quien se la llevaba...!
Lo que sintió entonces Berta fué encendérsele en el pecho una
devoradora compasión de su hombre, de su pobre Juan. Tomábale en sus
brazos flacos como para ampararle de algún enemigo oculto, de algún
terrible peligro, y apoyando su cabeza sudorosa y desgreñada sobre
el hombro de su marido lloraba, lloraba, lloraba, mientras su pecho,
agitado por convulsos sollozos, latía sobre el pecho acongojado del
pobre don Juan. Y como una de estas veces la esposa madre gimiese
«¡Hijo mío! ¡Hijo mío...! ¡Hijo mío...!», quedóse luego como muerta de
terror al ver la congoja de muerte que crispó, enjabelgándola, la cara
de su Juan.
BERTA.—¿Qué te pasa, hijo mío? ¿Qué tienes?
DON JUAN.—Calla, Quelina, calla, que me estás matando...
BERTA.—Pero si estás conmigo, Juan, conmigo, con tu Berta...
DON JUAN.—No sé dónde estoy.
BERTA.—¿Pero qué tienes, hijo...?
DON JUAN.—No digas eso..., no digas eso..., no digas eso...
Berta adivinó todo el tormento de su hombre. Y se propuso irlo ganando,
ahijándolo, rescatándoselo. Aunque para ello hubiese que abandonar y
que entregar a la hija. Quería su hombre, ¡su hombre!
Y él, el hombre, Juan, iba sintiéndose por su parte hombre, hombre
más que padre. Sentía que para Raquel no fué más que un instrumento,
un medio. ¿Un medio de qué? ¿De satisfacer un furioso hambre de
maternidad? ¿O no más bien una extraña venganza, una venganza de otros
mundos? Aquellas extrañas canciones de cuna que en lengua desconocida
cantaba Raquel a Quelina, no a su ahijada, sino a su hija—su hija, sí,
la de la viuda—, ¿hablaban de una dulce venganza, de una venganza suave
y adormecedora como un veneno que hace dormirse? ¡Y cómo le miraba
ahora Raquel a él, a su Juan! Y le buscaba menos que antes.
Pero cuando le buscaba y le encontraba, eran los antiguos encuentros,
sólo que más sombríos y más frenéticos.
RAQUEL.—Y ahora—le dijo una vez—dedícate más a tu Berta, a tu esposa,
entrégate más a ella. Es menester que le des un hijo, que ella lo
merece, porque ésta, mi Quelina, ésta es mía, mía, mía. Y tú lo sabes.
Ésta se debe a mí, me la debo a mí misma. Poco me faltó para hacerle a
tu Berta, a nuestra Berta, parir sobre mis rodillas, como nos contaban
en la Historia Sagrada. ¡Entrégate ahora a ella, hijo mío!
DON JUAN.—Que me matas, Raquel.
RAQUEL.—Mira, Juan, son ya muchas las veces que me vas saliendo con esa
cantilena y estoy segura de que se la habrás colocado también a ella,
a tu esposa, alguna vez. Si quieres, pues, matarte, mátate; pero no nos
vengas a culparnos de ello. Pero yo creo que debes vivir, porque le
haces todavía mucha falta a tu Berta en el mundo.
Y como Juan forcejease entonces por desprenderse de los brazos recios
de Raquel, ésta le dijo abrazándole:
RAQUEL.—Sí, ya lo he visto...; ¡que nos vea!
Entró Berta.
RAQUEL.—_Te_ he visto, Berta—y recalcó el _te_—; _te_ he visto que
venías.
Y poniendo su mano, como un yugo, sobre el cuello de Juan, de quien se
apartó un poco entonces, prosiguió:
RAQUEL.—Pero te equivocas. Estaba ganándote a tu marido, ganándolo
para ti. Estaba diciéndole que se te entregue y que se te entregue sin
reservas. Te lo cedo. Pues que a mí me ha hecho ya madre, que te haga
madre a ti. Y que puedas llamarle a boca llena: ¡hijo! Si es que con
esto de llamarle hijo no le estamos matando, como él dice. Ya sabrás la
historia de las dos madres que se presentaron a Salomón reclamando un
mismo niño. Aquí está el niño, el... ¡don Juan de antaño! No quiero que
lo partamos en dos, que sería matarle como él dice. Tómalo todo entero.
BERTA.—Es decir, que tú...
RAQUEL.—¡Yo soy aquí la madre de verdad, yo!
Entonces Berta, fuera de sí, cogió a su marido, que se dejaba hacer,
del brazo, arrancándolo de bajo el yugo de Raquel, se lo presentó a
ésta y le gritó:
BERTA.—¡Pues bien, no! La madre soy yo, yo, yo... Y le quiero entero,
le quiero más entero que tú. Tómalo y acaba de matarlo. ¡Pero dame a mi
hija, devuélveme a mi hija!
RAQUEL.—¿Qué hija?
BERTA.—A... a... a...
Le quemaba los labios el nombre.
RAQUEL.—¿A mi Quelina? ¡Que es yo misma, yo...! ¿Que me entregue yo?
¿Que te entregue mi Quelina, mi Raquel, para que hagas de ella otra
como tú, otra Berta Lapeira, otra como vosotras? ¿Como vosotras, las
honradas esposas? Ah, también yo fuí esposa; sí, esposa; también yo
sé...
BERTA.—¿Y qué culpa tengo yo de que ni tu marido ni luego Juan pudiesen
contigo lo que éste conmigo ha podido, lo que he podido yo con él?
RAQUEL.—¿Y tú, Juan, tú, _hi-jo mí-o_, te vas a repartir? ¿O estás para
tu esposa entero?
Juan huyó de las dos.