Excmo. Sr. Ministro de Ultramar:
Los Superiores de las Corporaciones de Agustinos, Franciscanos,
Recoletos, Dominicos y Jesuítas, establecidas en Filipinas, cumpliendo
lo ofrecido en telegrama presentado al Excmo. Sr. Gobernador general
Vice Real Patrono el día primero de los corrientes para que se
transmitiera oficialmente á V. E., lo cual dicha Superior Autoridad
ha efectuado, según se sirvió participarnos, tenemos el honor de
elevar esta Exposición á S. M. el Rey D. Alfonso XIII (q. D. g.),
y en su Real nombre á S. M. la Reina Regente D.a María Cristina,
al Presidente y Vocales del Consejo de Ministros de la Corona,
y muy especialmente á V. E., como Ministro de Ultramar, á quien
directamente, según ley y costumbre, la dirigimos, para que á su vez
se digne ponerla en conocimiento de las altas personalidades antes
mencionadas, é incluso, si lo estima conveniente, de la Nación entera,
debidamente congregada en las Cortes del Reino.
Y al redactar esta Exposición, unidos en un alma y un corazón como
fieles hermanos, los Religiosos de las Corporaciones de antiguo
existentes en el país, nos cabe la honra en primer término de cumplir
respetuosamente el deber gratísimo de reiterar nuestra adhesión al Rey,
á su Gobierno, á las autoridades todas de la Patria, á las cuales, por
fuero de conciencia, que es el más fuerte vínculo del hombre, hemos
tenido siempre á gloria mantenernos sumisos y obedientes, procurando
incesantemente y en todos los terrenos, desde nuestra respectiva esfera
de acción, cooperar con toda clase de esfuerzos al mantenimiento
del orden público en Filipinas, á su legítimo y santo progreso,
al desarrollo de sus intereses intelectuales y aún materiales, y de
modo muy especial, á la propagación y conservación de las divinas
enseñanzas del Catolicismo, al fomento de las buenas costumbres,
y al afianzamiento de los prestigios morales, única fuerza que hasta
ahora ha sido el gran lazo de unión de estas hermosas tierras con su
cariñosa madre la Metrópoli.
Motivo de esta Exposición.
Y en verdad, Excmo. Sr., que si las circunstancias en extremo difíciles
por que atraviesa la dominación española en el archipiélago, y la
acerba campaña (mejor dicho, conjura) de difamación y proyectos
antimonásticos, provocada contra nosotros principalmente desde que
estalló la insurrección, no nos obligaran á hablar, muy gustosos
dejaríamos á los políticos ocuparse en los problemas que afectan á este
país, y nos mantendríamos en el silencio que viene siendo nuestra norma
de conducta ha ya muchos años, no hablando sino cuando oficialmente
hemos sido preguntados, celosos con esa manera de retraimiento de
evitar la nota que tantas veces, con sobrada ligereza ó malicia,
se nos ha imputado, de que nos inmiscuíamos en el gobierno temporal
de estas Islas.
Hora es ya de que, como fieles patriotas y constantes mantenedores
del señorío español en Filipinas, rompamos ese silencio, para que
nunca, ni como religiosos, ni como súbditos de España, se pueda con
motivo decir de nosotros la terrible acusación del Profeta canes muti
non valentes latrare. Hora es ya también de que salgamos en defensa
de nuestra honra, de muchos modos atrozmente mancillada, de nuestro
santo y patriótico ministerio, en fin, que ha sido objeto de las más
terribles calumnias y de las más incalificables acusaciones. Que si las
personas privadas pueden alguna vez hacer generosa renuncia de su buen
nombre difamado, ofreciendo á Dios el sacrificio de lo que más estima
el hombre culto, eso jamás, y en ninguna forma, es lícito, conforme
enseñan los santos doctores de la Iglesia, á las personas públicas,
á los Prelados, á los Superiores, á las Corporaciones, que tienen
necesidad de defender y conservar su prestigio, su crédito y fama,
para cumplir dignamente sus respectivas funciones. Una Corporación
Religiosa desacreditada y públicamente denostada, es en su línea
una nación cuya bandera se insulta, ó cuyos derechos se desconocen:
morir debe luchando por su honor antes que consentir que se pisotee
su buen nombre, y que sus derechos no sean reconocidos y acatados.
Desamparo de las Corporaciones religiosas y su paciencia y prudencia
en estas circunstancias.
Cierto que no podrá calificársenos de precipitados é imprudentes
al dirigirnos hoy á las altas representaciones de la Patria. Hemos
aguantado pacientemente que los masones y los filibusteros, francos ó
embozados, en periódicos, en clubs, en públicas reuniones, nos hayan
estado injuriando y vilipendiando hace más de diez y ocho meses,
atribuyéndonos la culpa de la insurrección, y deshonrando nuestras
personas y ministerios con los más injustificados ataques, vaciados en
su mayoría en el troquel de la demagogia y del libre pensamiento. Hemos
soportado con mansedumbre cristiana que multitud de personas que han
residido más ó menos tiempo en las Islas hayan vuelto á la Península
haciendo tan poco honor á nuestro hábito y profesión, que si en vez
de ser religiosos hubiéramos sido seglares, y en vez de corporaciones
eclesiásticas se hubiera tratado de corporaciones civiles ó militares,
se hubiesen abstenido (bien seguros podemos estar de ello, y pruebas
hay elocuentes á diario de este aserto) de hablar mal de nosotros,
porque los medios eficaces que ellos suelen poner en práctica les
hubieran atado la lengua, y les habrían hecho reconocer su ligereza
y su injusticia poniendo vigoroso correctivo á sus expansiones. Los
Religiosos no tenemos espada: no podemos pronunciarnos; no lucimos
entorchados; no pertenecemos á corporación cuyos individuos tomen
parte en el Gobierno de la Patria, ó en altas entidades de la misma;
no somos ni militares, ni funcionarios de la carrera judicial ó
administrativa; ni mandamos fuerza á ningún partido político; ni
intervenimos en elecciones; ni formamos (porque la conciencia nos lo
veda) grandes federaciones que se hagan temer; ni excitamos al pueblo,
sino para que obedezca y sea sumiso á todo poder constituído. No
podemos en determinados casos repartir destinos, ofrecer ascensos
y recompensas; ni tenemos á nuestro lado nutrido cortejo de amigos
ó aduladores, que por su personal conveniencia nos defiendan,
y sean los ciegos paladines del general, del político, del alto
dignatario, del opulento banquero. No mandamos tampoco en la prensa,
ni tenemos núcleo de adictos partidarios que por nosotros metan bulla,
y sobreexciten la llamada opinión pública. Carecemos, en una palabra,
de todos cuantos medios sirven en la vida pública moderna para ser
respetados y temidos, para influir en la nación, y hacer que se emboten
contra nosotros todos los tiros de la maledicencia ó la ignorancia.
Los Religiosos de Filipinas, alejados de Europa, solos en
sus ministerios, esparcidos hasta por los últimos rincones del
Archipiélago, sin otros compañeros y otros testigos de sus trabajos
que sus amados sencillos feligreses, no tienen más defensa que su
razón y su derecho, los cuales, si están basados en justicia y en
ley, y tienen en su abono la protección de la divina Providencia,
que misericordiosamente no nos ha faltado hasta ahora y esperamos
que no nos faltará en adelante, no tienen sin embargo en su favor (ni
jamás, aunque pudiéramos, los usaríamos) esos poderosísimos auxiliares
modernos que tanta boga alcanzan y tanto éxito en sociedades en las
que, resfriados los grandes sentimientos cristianos, la razón no se
escucha fácilmente, si no va pertrechada con la fuerza de los cañones,
ó con el blindaje de la alta banca, de las grandes agrupaciones
políticas, ó de los temibles movimientos populares.
Solos, con nuestra razón y nuestro derecho, aunque con la conciencia
satisfecha, de haber cumplido siempre, pero siempre, nuestros deberes,
de haber sido tanto ó más patriotas como el mejor, y de haber llenado
las obligaciones de nuestro sagrado ministerio, hemos soportado en
silencio y con toda paciencia, siguiendo el consejo del Apóstol, que se
nos insultara y vilipendiara, incluso por personas á quienes habíamos
ofrecido con cristiana sinceridad nuestro cariño y obsequios, incluso
por personas que diciéndose muy católicas, pero que contagiadas,
acaso, con el jansenismo práctico de algunos reformistas de ahora,
olvidan la sentencia de aquel gran emperador cristiano que dijo,
que si viera á un sacerdote caído en algún desliz, le cubriría con
su capa antes que publicar su flaqueza.
Solos, con nuestra razón y nuestro derecho, y creídos de que al fin
la razón se abriría camino, y que brillaría la luz tras de las espesas
tinieblas acumuladas por el odio de secta, por el espíritu separatista,
y por la ligereza, envidia y falso celo de algunos, hemos sufrido que
en el Parlamento se hicieran el año pasado indicaciones poco honrosas
á las Ordenes; que se afirmara, no solo en privado, sino en centros
de mucha resonancia, y por personas de gran séquito en la política
militante, que los prestigios religiosos de Filipinas estaban de tal
manera quebrantados, que era preciso sustituírlos con la fuerza armada;
que se propalara como una censura deshonrosa para un gran político,
sacrificado por el anarquismo, el haber acudido á las Ordenes en busca
de luz y consejo para los asuntos filipinos; que en una memoria elevada
al Senado se nos dirigieran, así como á un dignísimo Prelado, graves
acusaciones, aunque veladas con ciertas apariencias de imparcialidad
y suave corrección; que un día y otro se clamara en diferentes tonos,
y con mayor ó menor crudeza, por que se reprodujera en las Islas el
período histórico peninsular de 1834-40, y por que se adoptaran con
nosotros medidas tan radicales, que no se toman, ¡y da vergüenza el
consignarlo!, ni con los centros de pública inmoralidad, ni con las
sociedades y empresas que no tienen otro fin que descatolizar á la
nación y sembrar en ella los gérmenes de todos los trastornos sociales.
Por qué han guardado hasta aquí silencio.
Creíamos y pensábamos que para personas discretas y buenas debería
bastar nuestra cordura y largo silencio, adornado de los caracteres
de prudencia y magnanimidad que deben tener siempre los Institutos
religiosos, para que desde luego rechazaran esas acusaciones, y
formasen juicio de que no hacían mella en nuestro crédito y prestigio
esos repetidos ataques. Supusimos que esa campaña de diatribas y
reproches se desvanecería por fin como nube de verano, formada con
los humos de las fraguas de la masonería y el filibusterismo.
Pero la tormenta, en vez de disiparse, parece tomar incremento cada
día. La paz de Biac-na-bató ha vuelto á poner en boca de muchos
la astuta afirmación, hecha ahora por los cabecillas, de que los
Institutos Regulares han sido la única causa de la insurrección. El
carbonario Katipunan, que como terrible plaga sigue extendiéndose
en las Islas, ha fijado por orden de su gran Oriente, entre los
primeros artículos de su programa de odio de raza, la extinción de los
Religiosos. En la Península, y aquí, los masones y cuantos de un modo
ú otro los secundan, han recrudecido su guerra contra nosotros. En
Madrid se han publicado manifiestos en los que abusando del nombre de
Filipinas se piden medidas grandemente deshonrosas y vejatorias para
el Clero; y hasta en el ministerio de Ultramar, siquier oficiosamente,
han logrado introducirse personas que, perseguidas como infidentes
por los Tribunales, no ocultan su animadversión á las Corporaciones
Religiosas. Y si en vista de todas estas circunstancias continuáramos
callados, nuestro silencio se tomaría con razón por cobardía ó
argumento de culpabilidad, nuestra paciencia se calificaría de
debilidad, y hasta las personas sólidamente católicas y sensatas, que
reconocen lo injustificado de los ataques que se nos dirigen, podrían
con motivo discurrir que estábamos manchados, ó que habíamos llegado
á tal estado de postración que impunemente se nos podía atropellar
y conculcar, como si en realidad de verdad fuéramos entidades viejas
y podridas cuya decadencia es próximo síntoma de muerte.
Prius mori, quam foedari, dijeron los antiguos; y los fidelísimos
Macabeos: Más vale morir en el combate que ver el exterminio de
nuestra nación y del santuario, Mientras las Corporaciones existan,
tendrán á gala, como es su deber, repetir con San Pablo: Quamdiu
sum Apostolus, ministerium meum honorificabo. Hemos procurado honrar
siempre nuestro ministerio, y lo seguiremos honrando ahora y en lo
sucesivo, con la gracia de Dios, que confiamos no nos ha de faltar;
y por eso no vacilamos en dirigirnos hoy á los altos Poderes de la
Nación, abrigando la confianza de que si somos pobres y desvalidos,
y no tenemos otro amparo que nuestra limpia historia, nuestra honra
inmaculada y nuestros indiscutibles derechos, hablamos á personas en
quienes la ilustración y la sensatez se hermanan con la hidalguía
de sentimientos, siempre pronta á atender principalmente al pobre
y al débil, y en quienes el respeto y cariño á las instituciones
católicas y al por tantos títulos glorioso y benemérito Clero Regular
de Filipinas, las ponen á cubierto de las sugestiones de las sectas
y de los prejuicios de los partidos anticlericales y separatistas.
Son perseguidas por su significación religiosa.
¿Qué motivo han dado las Corporaciones Religiosas de Filipinas para
ser con tanta saña perseguidas? ¡Ah! Excelentísimo Señor, ese motivo
no es otro que el ser muy católicas, el ser muy españolas, el ser
eficazmente sostenedoras de la buena y sana doctrina, y el no haberse
jamás mostrado débiles con los enemigos de Dios y de la Patria. Si los
Religiosos no defendiéramos aquí con fortaleza inquebrantable la obra
secular que nos legaron nuestros padres; si nos hubiéramos encogido de
hombros ante el trabajo de las logias y y ante la propaganda de errores
religioso-políticos que de Europa nos han venido; si hubiéramos dado
la más insignificante muestra, ya que no de simpatía, por lo menos de
muda pasividad, á los defensores de las falsas libertades modernas,
condenadas por la Iglesia; si se hubiera entibiado en nosotros la llama
del patriotismo, y en cada Religioso filipino no hubieran encontrado
los novadores un intransigente y terrible adversario de sus planes,
francos ó embozados, jamás, Excmo. Sr., las Corporaciones Religiosas
hubiéramos sido objeto de la encarnizada persecución que se nos hace:
sino que, por el contrario, los Regulares hubiéramos sido puestos en
las nubes, tanto más cuanto que no ignoran nuestros enemigos que,
dada la influencia que gozamos en el archipiélago, nuestro apoyo,
siquiera pasivo y de mero silencio, les hubiera dado indiscutiblemente
la victoria.
Pero saben ellos que nuestra bandera no es otra que el Syllabus del
gran Pontífice Pío IX, tantas veces confirmado por León XIII, donde tan
enérgicamente se condena toda rebelión contra las potestades legítimas:
saben que, amantes de la única verdadera libertad, la cristiana, antes
moriríamos que consentir, en la parte que nos atañe, que se falte en
lo más mínimo á la pureza de las infalibles enseñanzas católicas, á
la santidad de las costumbres cristianas, y á la fidelidad integérrima
debida á la Nación española; y por eso nos aborrecen; por eso, paliada
con diferentes nombres y pretextos, nos hacen tan cruda guerra que no
parece sino que en Filipinas no tienen otro enemigo los masones y los
filibústeros que las Corporaciones Religiosas. Eso de tal manera nos
honra, que muy bien podemos decir con el Príncipe de los Apóstoles:
Si sois infamados con el nombre de Cristo, seréis bienaventurados;
porgue la honra, la gloria y la virtud de Dios y su Espíritu mismo
reposa sobre vosotros. (1 Pet. IV, 14:)
Y por su significación patriótica.
Aparte su carácter esencialmente religioso, tienen los Regulares
del Archipiélago otra significación que los hace odiosos á los
separatistas: son la única institución española permanente y de arraigo
en las Islas, con organización propia y vigorosa, perfectamente
adaptada á estas regiones. Mientras los demás peninsulares están
aquí cumpliendo su deber más ó menos tiempo, según conviene á sus
intereses particulares, sin otro vínculo que á Filipinas les ligue
que su propia conveniencia, sin conocer el idioma del país, ni tener
con los naturales más relaciones que las de un trato superficial, los
Religiosos venimos aquí para aquí sacrificar toda nuestra existencia:
formamos en el Archipiélago, como una red de soldados de la Religión y
la Patria, esparcidos hasta por los más retirados pueblos de las Islas;
aquí tenemos nuestra historia, nuestras glorias, la casa solariega,
por decirlo así, de nuestra familia; y dando un adiós eterno al suelo
natal, nos condenamos voluntariamente, en virtud de nuestros votos,
á vivir perpetuamente consagrados á la educación moral, religiosa y
política de estos naturales, por cuya defensa hemos librado en todo
tiempo campanas, que, sin las crudezas y exageraciones piadosas de
Las Casas, han reproducido constantemente en Filipinas la figura del
inmortal defensor de los indígenas americanos.
Astucia de los cabecillas del filibusterismo.
En este punto hay que confesar que son lógicos los cabecillas del
filibusterismo. Los Regulares, se han dicho, que son los españoles de
mayor arraigo é influencia en el país, y los más queridos y respetados
del pueblo, ¿no transigen, jamás transigirán con nuestros proyectos?;
pues pidamos su expulsión, y que de un modo ú otro desaparezcan; y si
no lo conseguimos, destruyámoslos; y puesto que hay muchos peninsulares
que, influídos por los errores modernos ó llevados de ignorancia
ó mala pasión, dan oídos á los que gritan contra los Religiosos,
gritemos mucho, formemos un haz poderoso contra ellos, conjurémonos en
logias y clubs políticos, y pidamos á todo trance medidas depresivas
y exterminadoras del Clero Regular; y esos peninsulares nos oirán sin
miedo á que nos tengan por filibusteros. Se dirá de nosotros que somos
liberales, que somos reformistas, que somos demócratas, que somos hasta
masones y librepensadores, pero eso no importa. También lo son muchos
peninsulares, también ellos gritan contra los Religiosos, también ellos
piden la libertad de pensamiento, la libertad de imprenta, la libertad
de asociación, la secularización de la enseñanza, la desamortización
eclesiástica, la supresión de los privilegios del Clero: también
ellos gritan contra la terrible teocracia, y no tienen reparo en
difamar á los Religiosos y en achacarles todo género de inculpaciones.
Esa es, Excmo. Sr., la consigna que para sus fines separatistas,
y principalmente desde la paz de Biac-na-bató, se han dado todos los
filibusteros, y cuantos de un modo ó de otro procuran la emancipación
del país. Nada contra España, nada contra el Rey, nada contra el
Ejército, nada contra la administración española: decid que si os
habeis levantado en armas, ha sido exclusivamente por los abusos
del Clero; que no intentábais separaros de la Metrópoli; que solo
queríais las modernas libertades y la desaparición de las Ordenes. Y
aún cuando todos los documentos, judiciales y extrajudiciales, en que
constan los planes de los conspiradores, y los actos todos del cantón
de Cavite durante su efímera emancipación, demuestran lo contrario,
nos esforzaremos por decir que ese no era el pensamiento de los
rebeldes, que eso era cosa de algunos exaltados ó locos, pero que
la gran masa de los sublevados solo se levantó en armas por anhelar
esas libertades. La multitud de españoles seglares de toda clase y
profesión sacrificados; los incontables indígenas, muertos ó vejados de
mil maneras por conservarse fieles á la Patria; los gritos de ¡mueran
los castilas! y ¡vivan los tagalos!; los sellos de república tagala,
república filipina, ejército libertador; las alocuciones y circulares
de la asamblea ó consejo supremo; la flamante constitución katipunesca
en signos de misteriosa clave, y la redactada en Biac-na-bató; y
por este estilo, infinidad de hechos y documentos, muchos de ellos
recientísimos, que hasta la saciedad demuestran évidentemente el
carácter antiespañol y separatista de la insurrección, todo eso lo
taparemos ahora gritando ¡abajo los frailes! ¡vivan las libertades
democráticas! ¡viva España!; y con esos gritos, seguros estamos de
que nos atenderá, y de esa manera más fácilmente podremos llegar al
logro final de nuestros deseos.
Esa es la lógica y táctica de los filibusteros; y hay que confesar que
en eso muestran tener talento práctico, y conocer perfectamente la
sociedad que los rodea. Si hubieran dicho que la insurrección había
sido provocada por los excesos de los empleados, de los militares,
de los gobernadores, de los administradores de hacienda; si hubieran
puesto de relieve la multitud de abusos que en una ú otra forma (aunque
jamás por la Nación, ni por la mayoría de sus hijos) se han cometido
contra el indígena, y á eso hubieran atribuido el levantamiento en
armas, tendrían ahora de frente á todo el elemento peninsular, y
su voz no hubiese tenido el menor eco, ahogada por la más poderosa
de otros que hubieran salido en defensa del nombre español y que
les hubiesen cerrado la puerta á todos los medios de propaganda
y agitación que ahora explotan. Pero declamando contra el Clero,
y pidiendo las libertades que éste no puede aprobar, tenían por lo
menos asegurada su campaña, y en parte quizás el éxito de la misma.
Sus verdaderos designios.
¿No descubre esto, Excmo. Sr, que al hablar de los supuestos ó
enormísimamente exagerados abusos del Clero, no les mueve el amor á
la justicia y á la moralidad, y mucho menos el amor á España? ¿Pues
qué? ¿desconocen ellos que para un religioso que haya abusado, es un
suponer, de su ministerio, ha habido en proporción muchos más seglares
(y conste que á nadie acusamos, y menos á las dignas corporaciones
oficiales) que han convertido su cargo, total ó parcialmente, en
medio de ilegal medro? ¿No han clamado otras veces, y cuando estaban
en el período preparatorio de la insurrección, contra la benemérita
guardia civil, contra jueces y alcaldes, contra el ejército, contra
los peninsulares residentes en las Islas, contra la administración
en general, é incluso contra las autoridades superiores del
Archipiélago? ¿No consta así por los libros del desgraciado Rizal,
por la Solidaridad y otros papeles y folletos de los laborantes,
aunque precise no olvidar que siempre fué su consigna predilecta
atacar crudamente á los Religiosos? ¡Indudablemente que sí; pero no
les convenía ahora decirlo; ahora era llegada la ocasión de mostrarse
muy españoles, muy amantes del Rey (ellos que se afilian en cuanto
pueden en los partidos más radicales), muy afectos al Ejército,
y de sólo atacar á los Religiosos!...
Acusaciones á las Ordenes.
Dolosamente obran, diremos con el Salmista (Psal. 35): hablan de
paz y de amor en lo exterior, pero la maldad y el odio se ocultan en
sus corazones. Supervacue exprobraverunt animam meam. Vanísimamente
nos injurian, añadiremos por lo que respecta á las acusaciones que
se nos dirigen. «Testigos inicuos se han levantado, y me inculpan
cosas que ignoro: me devuelven mal por bien, y han jurado mi
destrucción; pero tú, Señor, destrozarás sus planes, y salvarás mi
existencia». (Psal. 35.)
Testigos inicuos, sí, Excmo. Sr.: porque ¿dónde están esos abusos,
esos excesos, esos vicios, esas tropelías, de que tanto se les
llena la boca, dándoles materia para sus declamaciones de club
demagógico y populachero? ¿Qué tienen las Corporaciones Religiosas,
estudiadas con alto criterio sintético, que no sea conforme con los
Cánones de la Iglesia y reglas de su Instituto, que no se ajuste al
ministerio santo que profesan, que no sea grandemente beneficioso
á los intereses supremos de la Patria? Por todas partes volvemos
la vista, y por muy de lince que sean los ojos, si no se mira á las
Ordenes á través del prisma farisaico ó separatista, nada descubren
que no merezca el más cumplido aplauso. Laudet te alienus, dice el
libro santo da los Proverbios, et non os tuum. Pero aquí no se trata
de alabarnos á nosotros mismos; se trata de vindicarnos, de defender
nuestra honra, injustamente mancillada, de demostrar nuestra misión
eminentemente española, y de sostener nuestro buen nombre, que es
nuestro tesoro, que es el gran título de nobleza que jamás podemos
abdicar, ni consentir sea vilipendiado. Con vuestras buenas obras
tapad la boca á la ignorancia de los hombres necios é insensatos,
nos dice San Pedro (1. Pet. II. 15). No andamos con artificio,
ni alterando la palabra de Dios, sino que manifestando la verdad
nos recomendamos á nosotros mismos para todos los hombres que nos
juzguen con conciencia recta delante de Dios: esa es nuestra gloria,
el testimonio de nuestra conciencia, nos enseña también San Pablo (2
Cor. II. IV.) De nuestro deshonor se sigue el deshonor de la santa y
española misión que ejercemos; y Dios nos tiene dicho que seamos la
sal de la tierra y la luz del mundo, y que de tal manera brillemos
que vean los hombres nuestras buenas obras y glorifiquen á nuestro
Padre que está en los cielos.
Cómo éstas han cumplido con sus deberes.
A la vista de todos están esas buenas obras, que por la gracia de
Dios, son el mejor timbre de las Corporaciones. No solo predicamos
aquí el Evangelio, no solo trajimos á vida cristiana y civilizada
á los bárbaros y fetiquistas habitantes de estas islas, no solo en
unión con las demás entidades oficiales, logramos la incorporación
del Archipiélago á la corona de España y le hemos conservado pacífico
y feliz por espacio de tres siglos, como es notorio, sino que en
todo tiempo, aún en estos, en que tanto se nos injuria por algunos
ingratos filipinos á quienes compadecemos, hemos sido los constantes
defensores de los indios, soportando por esa causa disgustos sin cuento
y todo género de persecuciones por parte de muchos peninsulares, que
no comprendían lo religioso y patriótico de nuestra conducta. En todo
tiempo hemos velado por la pureza de la fe y por la conservación de las
buenas costumbres; y en nosotros han tenido siempre un severo fiscal
y el más inflexible censor las exacciones ilegales, los cohechos,
las socaliñas, los atropellos, la holganza, el juego inmoral, la vida
licenciosa ó poco morigerada.
¿Puede decirse de los Institutos Religiosos, ya colectivamente, ya
en la inmensísima mayoría de sus individuos, que hayan prevaricado,
abandonando alguna vez los deberes de su cargo, en la administración
de sacramentos, en la celebración del culto, en la predicación y
catequesis cristianas, en la vigilancia de las buenas costumbres,
en la tutela de los intereses morales, en la protección y socorro al
menesteroso y al débil, en el consejo y consuelo á cuantos se acercan
á nosotros, en el sostenimiento de la obediencia á la Metrópoli, en la
propagación de la enseñanza, en la campaña contra toda superstición
y práctica alucinadora, en la represión de amancebamientos y de
otros desórdenes y escándalos públicos? ¿Cabe ni en la cabeza del más
exaltado sectario, si tiene algún momento lúcido, el sostener que los
Religiosos no hemos cumplido con asidua abnegación las obligaciones
de nuestro ministerio?
Cansados estamos de leer, Excmo. Sr., cuanto desde hace años se ha
escrito y propalado contra nosotros, y sabemos también cuanto ahora se
dice en tertulias y corrillos; y con la mano puesta en el corazón, con
la frente alta y levantada, como quien anda en la luz, y no teme que
á la luz sean examinadas y discutidas sus obras, retamos y desafiamos
á nuestros detractores y calumniadores, y á los que con ligereza
ó por otro móvil no recto y falto de ciencia, hablan y murmuran,
á que con datos exactos, con noticias perfectamente comprobadas,
nos demuestren, no ya la exactitud de todas sus inculpaciones, sino
la mera probabilidad de cuanto alegan en contra de nuestra honra y
bien cimentado crédito, tocante al cumplimiento de nuestros deberes,
así religiosos como patrióticos.
Su proceder respecto á obvenciones parroquiales, á la enseñanza y
trato con personas ilustradas.
Se habla de que abusamos en la exacción de honorarios
parroquiales. Consúltense las leyes de la Iglesia, tráiganse al examen
las doctrinas de los moralistas y los principios del derecho natural y
divino positivo; y con sujeción á esa única regla segura de criterio,
dígasenos después si abusamos del pueblo en esa materia, y si nuestro
proceder, dentro de lo justo, no es el que mas emplean los sacerdotes
mas desintersados.
Se habla de que somos enemigos de la instrucción y de la propagación
de las luces; pero si por instrucción y luces no se entienden las
doctrinas condenadas por la Iglesia nuestra Madre, dígasenos si en
las Islas hay algo de instrucción que no haya sido fundado, amparado,
sostenido y fomentado por el Clero en todos los ramos de enseñanza,
así primaria, como secundaria y superior.
Se dice que desdeñamos á los ilustrados del país y que los hacemos
objeto de toda clase de persecuciones. Eso es tan raro y estupendo,
que se ocurre pensar si nuestros enemigos escribirán en los espacios
imaginarios. Multitud de jóvenes salen todos los años, terminado el
bachillerato ó concluída alguna carrera mayor, del Ateneo Municipal,
de los Colegios de Manila y provincias, y de la Universidad; y
con la amistad de la inmensa mayoría de ellos nos honramos, siendo
para nosotros satisfacción no pequeña verlos prosperar y saber que
corresponden á la cristiana y sólida enseñanza que han recibido. Del
copioso número de estudiantes que pueblan nuestras aulas, y del no
pequeño de graduados que están esparcidos por todas las Islas, sabido
es que muy pocos han tomado parte en la rebelión, y que la inmensa
mayoría se han mantenido fieles á España, cumpliendo el juramento que
hicieron al recibir la investidura de sus carreras. Mas acontece aquí
lo que en el viejo mundo con los aprendices del libre pensamiento:
se llaman á sí propios modestamente ilustrados cuantos piensan que
mostrándose despreciativos con los sacerdotes y religiosos dan señal
de ciencia y de talento, siendo así que buena parte de los que de
ese modo se expresan no han podido entre nosotros acabar una carrera,
y son el deshecho de nuestras aulas.
Respecto á la santidad de su vida privada.
Se declama en términos, que parecen inspirados en centros protestantes
y anticlericales de baja estofa, contra los vicios é inmoralidad de
los Regulares; pero en eso como en otras cosas, salvo lo que la más
severa legislación y el más exquisito cuidado jamás pueden evitar aún
en las colectividades más santamente organizadas, no ignoran cuantas
personas nos tratan de cerca, que nada se nos puede echar en rostro.
Muy oportunas y eficaces son á este propósito las palabras del Padre
San Agustín defendiendo á su instituto contra acusaciones parecidas
á las que se dirigen á las Ordenes de Filipinas: «Decidme, hermanos,
¿por ventura mi congregación es mejor que el arca de Noé, en la cual,
de tres hijos que tuvo, el uno fué malo? ¿Por ventura es mejor que la
familia del patriarca Jacob, en la cual de doce hijos que tenía solo es
alabado José? ¿Por ventura es mejor que la casa del patriarca Isaac,
en la cual de dos hijos que le nacieron, uno fué escogido de Dios,
y el otro reprobado? ¿Por ventura es mejor que la casa de Jesucristo
nuestro Salvador, en la cual de doce apóstoles uno le fué traidor,
y le vendió? ¿Por ventura es mejor que aquella compañía de los siete
diáconos llenos del Espíritu Santo, escogidos por los Apóstoles para
tener cargo de los pobres y viudas, entre los cuales uno, por nombre
Nicolao, vino á ser heresiarca? ¿Por ventura es mejor que el mismo
cielo, de donde tantos ángeles cayeron? ¿Será mejor que el paraíso
terrenal, en el cual los dos primeros padres de todo el linaje humano,
criados en justicia original y gracia, cayeron?»
¡Ah¡ las Corporaciones Religiosas de Filipinas, cuidando por la
santidad y salvación de todos sus hijos, al ver que algunos de sus
individuos falta á sus deberes, después de corregirle y de tomar,
conforme á ley y religiosa prudencia, eficaces medidas para reparar,
si lo hubo, el escándalo, é incluso, si es preciso, para extirpar y
arrojar la rama podrida, exclaman lastimadas cual verdadera madre con
el Apostol: Quis infirmatur et ego non infirmor? quis scandalizatur el
ego non uror? ¿Quién está enfermo espiritualmente y yo no padezco con
él? ¿quién sufre escándalo y yo no me abraso?... Eso es lo que deben
decir cuantos saben las caídas del prójimo; eso dictan la caridad
y la justicia; eso pide el respeto y consideración á los ministros
de la Iglesia; y mientras que nuestros sistemáticos acusadores no
demuestren que las Ordenes consienten y no reprimen los pecados,
en gran parte humanamente inevitables (dadas las condiciones en que
forzosamente viven los dedicados al ministerio), de los poquísimos
Religiosos que tienen la flaqueza y desgracia de caer, no tienen
derecho á deshonrarnos, y á clamar contra lo que nosotros somos los
primeros en lamentar y en procurar corregir.
¿Lo demostrarán alguna vez? Bien tranquilos estamos de lo contrario;
y eso que tienen á mano cuantos medios de inquisición y prueba puede
desear el juez más interesado en una causa. A la vista de todos están
nuestros conventos, nuestros ministerios, nuestras personas: solos,
y rodeados de multitud de indígenas, están los párrocos y misioneros;
cuanto decimos, hacemos y dejamos de hacer, lo ve, lo espía todo el
pueblo: nuestras moradas son de cristal para toda clase de personas;
nuestro faz de europeos y nuestro carácter de sacerdotes nos dan tal
relieve en las misiones y feligresías, que sería candidez estólida
tratar de ocultar nuestros pasos y acciones. Todo, por consiguiente,
favorece á nuestros adversarios en el proceso á que les provocamos,
y á que voluntariamente se somete cada Regular, desde que, fiel
á su vocación y obedeciendo á sus superiores, se sacrifica á
vivir entre estos naturales, sus muy queridas ovejas del rebaño de
Cristo. Nuestro honor, nuestra fama en manos está de ellos: fácil les
sería á nuestros adversarios confundir á los Institutos Religiosos, si
la verdad presidiera sus acusaciones. Pero como esa verdad es la que
no brilla en sus palabras, viene á verificarse en su conducta lo que
dice el sagrado texto: «Hablaron contra mí con lengua engañosa y con
lenguaje de odio me atacaron;» y respecto de nosotros lo que dice San
Pedro: «Con modestia y temor teneis una conciencia recta para que sean
confundidos todos cuantos calumnian vuestro recto proceder en Cristo.»
Otros cargos igualmente injustos.
No haremos el parangón de nuestra conducta con la de los respetables y
muy estimados sacerdotes indígenas del Clero secular, á los que miman
la mayor parte de los separatistas filipinos, indudablemente porque no
encaja en sus planes el combatirlos. No rebatiremos la desvergüenza de
suponer que parte de nuestras fincas tienen un origen criminal, y que
en nuestras haciendas rurales somos unos déspotas que de varios modos
chupamos la sangre de los inquilinos, infamia tantas veces refutada
con datos auténticos de evidencia abrumadora. No hablaremos de la
inmensa impostura de achacarnos todos los fusilamientos, prisiones,
torturas, procesos y confiscación de bienes de los complicados en el
último levantamiento. Despreciamos la absurda fábula de que somos
los dueños absolutos, no solo de las conciencias, sino de todo el
Archipiélago, á la vez que, contradiciéndose palmariamente (como
lo acostumbra á hacer el error), pregonan que está perdido nuestro
prestigio é influencia en las islas. Hacemos caso omiso de atribuirnos
todo cuanto de odioso y censurable, según ellos, en deportaciones y
otra clase de castigos han hecho en el país los institutos armados,
los gobernadores, los jueces y todos los organismos públicos, cual si
los Religiosos manejáramos á nuestro antojo la máquina del gobierno y
administración de este territorio, y desde el Gobernador general hasta
el último agente de policía no fueran todos sino ciegos ejecutores de
nuestros gustos. Prescindimos de esas y de otras especies, argumentos
de brocha gorda, que todavía explotan algunos descarriados hijos
de este país, y que desgraciadamente repiten algunos peninsulares
para manifestar su odio ó preocupación contra el Clero, y pasamos
á hablar de la insurrección y de la necesidad imperiosa de que se
remedie la dificilísima situación de las corporaciones Religiosas en
el Archipiélago.
Causa fundamental de la insurrección, y quiénes son culpables de ella.
De sobra puede conocer el Gobierno las causas que han producido la
insurrección, y no seremos nosotros los que sobre eso pretendamos
darle lecciones. Sabe que hace algunos años era hasta exótica y
anacrónica toda idea separatista, toda tendencia rebelde en el
país, que gozaba de la más envidiable paz, y sentía los respetos
á la autoridad con la misma irreflexiva, si bien poderosa y santa,
fuerza, con que es obedecida y acatada en todas partes la autoridad
doméstica. Era entonces la sumisión á España y la subordinación á
toda autoridad un elemento verdaderamente social, encarnado por los
Religiosos en la masa de la población filipina, la cual ni soñaba, sí,
Excmo. Sr., ni soñaba con ideas de redención política, ni imaginaba
que para mantenerse fiel á la Metrópoli fuera necesaria en el país
ni una sola bayoneta. La fuerza pública de los cuadrilleros y de la
guardia civil (ésta de fecha muy reciente) se creía necesaria para
contener y reprimir rateros y tulisanes; y el escaso ejército que
había entonces en el Archipiélago, se consideraba por todo el mundo
que no tenía otro objeto que combatir á mindanaos y joloes, y estar
prevenido para cualquier conflicto con las potencias vecinas. España
podía estar segura aquí de su dominación, y vivir tan descuidada
respecto á movimientos políticos como en la aldea más retirada de la
Península. Se obedecía, se acataba toda autoridad por conciencia, por
educación, por tradición, por hábito social, pasivamente y por rutina,
si se quiere; pero con tal arraigo y firmeza, con tan indiscutible
y universal rendimiento, que más bien que virtud individual, era
virtud de la masa de la población entera, era homenaje espontáneo
á Dios, que representado en los poderes de la Patria todos sentían
y practicaban, no concibiendo ni aún la posibilidad de rebeldías y
levantamientos. Así se lo habían enseñado los Religiosos, uniendo
siempre los nombres de Dios y de su Iglesia con los nombres del Rey y
de España; y así por deber de conciencia, lo amaba y cumplía todo el
Archipiélago, sin que entonces pensase nadie en libertades políticas,
ni en sacudir yugos que para nadie existían.
¿Es que entonces no había abusos? No, Excmo. Sr., muy bien pudiera
ser que los hubiera en mayor escala que en la época inmediatamente
anterior á los presentes sucesos. Pero, como este pueblo estaba educado
en la doctrina de que jamás es lícito desobedecer á la autoridad,
so pretexto de abusos, aún cuando algunos sean verdaderos; como
este pueblo no había sido todavía imbuído en las nuevas enseñanzas
modernas, condenadas cien veces por la Iglesia; como aquí nadie había
hablado de los derechos populares, tan falsos muchos de ellos como
enloquecedores, ni había llegado á Filipinas la propaganda contra los
sacerdotes y religiosos, resultaba que, considerando esos abusos como
una de tantas plagas de la humanidad (de las cuales no se libran las
sociedades montadas según los principios del erróneo Derecho novísimo,
antes por el contrario las sufren con mayor intensidad y más daño de
los intereses fundamentales del orden social), los soportaban estos
habitantes con paciencia; y para su remedio acudían á los justos
medios que la Moral católica enseña en esos casos, con grandísima
ventaja para los individuos y para las naciones.
Por consiguiente, cuantos de un modo ú otro han contribuído á traer
al Archipiélago esas doctrinas revolucionarias, y esos gérmenes de
perturbación social y política, sean peninsulares ó insulares, de
cualquier clase y condición, son los verdaderos autores, conscientes
ó inconscientes, de que en las Islas se haya grandemente debilitado
la tradicional obediencia á la Metrópoli, en cuya pacífica, y por
nadie, ni nada, turbada posesión, estaba hace treinta años todo el
Archipiélago. Los introductores de esas doctrinas y tendencias son
indiscutiblemente los reos de la insurrección, porque son los que han
hecho que pudiera prepararse y con éxito desenvolverse, aún suponiendo
que directa y deliberadamente no la hayan procurado.
Causas parciales, la masonería.
Quien siembra vientos, recoge tempestades: quien pone los principios
tiene que aceptar las consecuencias: quien propaga odios, no tiene
que extrañarse que venga la guerra: quien enseña el camino del mal,
no puede declararse irresponsable de los extravíos que su enseñanza
origina.
¿Será necesario explanar esta sencilla consideración? No lo creemos;
pero si quisiéramos desenvolverla, fácil nos sería añadir que
la propaganda antirreligiosa, las ideas de errónea libertad y
vedada independencia, excitadas y alentadas en algunos filipinos
por políticos y escritores de Europa; la antipatía y oposición,
claramente manifestada por algunos españoles, incluso gobernantes y
empleados, contra las Corporaciones Religiosas; el establecimiento
de la masonería y de otras sociedades secretas, hijas legítimas de
aquella; la favorabilísima acogida que para sus planes hallaron los
revolucionarios filipinos en muchos centros y periódicos de Madrid
y otras partes; la falta de religión en gran número de peninsulares,
la facilidad con que se han cambiado las antiguas leyes de Filipinas;
la movilidad de los funcionarios públicos, que, dando margen á muchas
irregularidades, ha contribuído grandemente á que el crédito del nombre
español cada vez estuviese más en baja, y en parte, la postergación
que respecto á destinos públicos, se ha observado alguna vez con los
hijos del país, son los aspectos parciales, fases varias y factores
confluentes (sin que tratemos de enumerarlos todos) de la causa
fundamental y sintética que dejamos apuntada.
Entre todas estas fases y factores parciales de la desorganización
social del Archipiélago, á nadie se le oculta que el principal ha sido
la masonería. Masónica era la Asociación Hispano-Filipina de Madrid;
masones eran en casi su totalidad quienes alentaban á los filipinos en
su campaña contra el Clero y contra los peninsulares aquí residentes;
masones eran los que autorizaron la instalación de logias en el
Archipiélago; masones eran los que fundaron el katipunan, sociedad
tan capitalmente masónica, que aún en el terriblemente sugestionador
pacto de sangre no ha hecho sino remedar á los masones carbonarios.
Consecuencias prácticas de eso.
Desaparecida en parte, y en parte muy quebrantada, la tradicional
sumisión á la Patria que las Corporaciones Religiosas difundieron
y arraigaron en el Archipiélago; desatendida, merced á la indicada
propaganda, la voz del párroco por muchos indígenas, principalmente
de Manila y provincias limítrofes, á quienes de ese modo se enseñó á
darse aires de ilustrados é independientes; en gran manera amortiguado
el prestigio del nombre español, y casi anulado en muchos pueblos el
antiguo respeto con que se miraba en las Islas á todo peninsular, ¿qué
de extrañar tiene que hayan surgido poderosos los instintos de raza,
y que, considerando que tienen lengua, tierras y clima distintos, se
hayan contado y hayan tratado de levantar un muro de separación entre
españoles y malayos? ¿No es lógico que, habiéndoles hecho creer que el
Religioso no es el padre y pastor de sus almas y su amigo y entusiasta
defensor, sino un ruin explotador, y que el peninsular aquí no es más
que un industrial constituído en mayor ó menor autoridad y posición,
ellos hayan pensado loca é ilícitamente que bien pueden desligarse
de España y aspirar á gobernarse á sí mismos?
Triste situación del Archipiélago y presagios de su porvenir.
No insistiremos, Excmo. Sr., en este orden de consideraciones,
porque se nos desgarra el alma, porque se nos parte el corazón al
considerar cuan fácilmente pudieron ahorrarse tantos ríos de sangre,
tan grandes dispendios y tan extraordinarios conflictos, que quizá
en plazo no largo den por resultado la desaparición de la inmortal
bandera de Castilla; cuan fácilmente pudo evitarse la situación
militar originada por la insurrección, situación que amenaza hacer
de Filipinas otro Cuba; y con cuan poco trabajo podía al presente
continuar el Archipiélago en la misma tranquila y pacíficamente
progresiva situación que tenía hace años, si pudiendo como se pudo,
y se quiso y no se pensó hacer, se hubiera cerrado la puerta á los
perturbadores, si jamás se hubiese consentido en el país la masonería
y se hubiera eficazmente cohibido en sus principios toda tendencia
contraria á los prestigios morales, poderosísimo vínculo social,
inmensamente superior á todos los ejércitos y á todas las instituciones
políticas, que unía á estos países con su amada y respetada Metrópoli.
¿La tristísima situación actual tiene remedio?
Algo difícil, y aún expuesto es contestar á esa pregunta, porque
si hace seis meses el katipunan estaba relegado á los montes de la
Laguna y Bulacán con los cabecillas allí refugiados, ó arrastraba
una vida vergonzante en algunos pueblos que estaban en inteligencia
con los insurrectos, hoy la plaga ha cundido; pues los indultados
de Biac-na-bató, infringiendo la palabra dada al caballeroso y
activo Marqués de Estella, obedientes á la consigna recibida, se han
diseminado por las provincias centrales, y valiéndose de amenazas y
de terribles castigos, que no tienen precedente en las páginas de la
historia, ni aún de la novela, han conseguido atraer á sus filas á
gran número de indios, incluso en pueblos que antes de la sumisión
de Biac-na-bató, dieron elocuentes pruebas de fidelidad á la santa
causa de la Patria española. También en Cápiz y en otros puntos de
las Bisayas han conseguido establecerse: y bien de actualidad son
los movimientos de Zambales, de Pangasinán, de Ilocos, de Cebú,
y los katipunans descubiertos en Manila.
Nos asusta el pensar qué podrá ser de un momento á otro de este
hermoso país, porque desconocemos hasta dónde podrá llegar el fanatismo
sectario explotando la sugestibilidad de esta raza y su flaco cerebro
con las hazañas que pregonan, por ellos llevadas á cabo, sobre el
ejército, cuyo aumento en la proporción que se necesitaría para
establecer una completa situación militar saben que es imposible;
con la propalada exención de cédula y otros tributos; con la supuesta
inmunidad de los amuletos, llamados anting-anting; con la ilusión
de que ya no mandarán sino indios, y de que ellos serán alcaldes y
generales; con el recuerdo de que á los rebelados de Cavite, Bulacán
y otros puntos se les dió dinero y confianza; con las noticias que
de Madrid y Hong-Kong les envían sus partidarios; con el ejemplo
de bastantes peninsulares que no se percatan de mostrar su opinión
contraria á los religiosos, para de esa manera lograr que éstos no
sean escuchados de sus feligreses, y hasta se atrevan á poner las
manos en ellos; y con otros mil medios, en fin, largos de enumerar,
pero terriblemente subversivos, y de enérgica influencia enloquecedora
en estos pueblos malayos.
Asusta también el pensar cuáles serán los secretos de la revolución,
que el señor letrado, nombrado árbitro por el titulado gobierno de los
insurrectos para arreglar con la Superior Autoridad de las Islas las
condiciones de sumisión y entrega de armas, juró tener reservados,
como consta en el documento justificativo de su apoderamiento. Esos
secretos, que al parecer no son las reformas político-eclesiásticas
que ahora en Madrid se pretenden, puesto que de ellas claramente
se habla en dicho documento otorgado por Aguinaldo en nombre de
la asamblea rebelde, ignoramos cuáles puedan ser; y el ánimo más
valiente se espanta al imaginar, si podrá ser una organización más
poderosa, más vasta, más general y ejecutiva de la revolución, algo
así como e1 katipunan que ahora vemos rápidamente difundirse, y la
cual, en un momento dado, llevará á efecto un levantamiento general,
cuyos tristísimos resultados fácil es prever y dificilísimo evitar,
si eficazmente, á tiempo, no se persigue y extirpa toda sociedad
laborantista.
Remedio de esa situación.
Prescindiendo por lo tanto de esos peligros, que cada día ennegrecen
más el horizonte filipino, y suponiendo, cual deseamos, que la paz
sea un hecho en todas las Islas, la situación del Archipiélago tiene
remedio; y ese, claro es que consiste en alejar todas las causas
que han producido tan honda perturbación, y con prudencia y justicia
adoptar las medidas que, asegurando la paz, protejan y fomenten los
legítimos intereses de estos habitantes. La gran masa del país no está
maleada: padece un acceso de alucinación y fanatismo, producido por
las predicaciones y prácticas sectarias; pero no tiene el corazón y la
cabeza pervertidos, y asistiéndole con cuidado, volverá á sus antiguos
hábitos pacíficos y de sumisión. Las clases pudientes é ilustradas,
sanas todavía, protestan de todos esos movimientos, y siendo leales y
amigas nuestras, desean que cuanto antes se restablezca la normalidad,
y contribuirán, juntamente con las instituciones metropolíticas,
á la nobilísima empresa de restaurar el orden y la marcha pacífica
y progresiva del Archipiélago.
Al Gobierno toca dirigir y encauzar esas fuerzas para lograr tan
satisfactorio fin, restableciendo los resortes de gobierno, hoy
casi desaparecidos ó muy debilitados; dando prestigio á todos los
elementos conservadores; y con una administración seria, ilustrada,
activa, estable, moral, conocedora y amante del país, y ajena á todo
doctrinarismo político, continuar y perfeccionar el régimen justo y
cariñoso, católico y español, con que la Metrópoli logró ganarse las
simpatías de estos habitantes y asentar sólidamente su señorío.
Materia es ésta extraña á los fines y carácter propio de esta
Exposición, que no tiene otro objeto que defender la honra de los
Institutos religiosos y manifestar la necesidad de apoyar y robustecer
su ministerio, si han de proseguir su noble y patriótica misión en el
Archipiélago. No queremos meternos á políticos, por más que tengamos
tanto ó más derecho que cualquier sociedad ó individuo á hablar de
estas cosas; pero sí debemos ser defensores de los derechos de la
Iglesia y del Clero Regular: sí, tenemos obligación de velar por
loa intereses españoles, que no están reñidos, sino perfectamente
amalgamados con los religiosos.
Lo que necesitan y pretenden las Ordenes.
Como religiosos, pues, y como españoles, nos dirigimos al Gobierno,
y sin ambages ni rodeos (que no están los tiempos para perífrasis y
eufemismos que disfracen la verdad) nos creemos en el caso de decirle
que si los intereses de la dominación española en el Archipiélago han
corrido, y corren, tan grave peligro de naufragio, es porque antes han
sido, y son, profundamente combatidos los intereses de la Religión;
y que si los revolucionarios han logrado dejarse oir de multitud de
indígenas, es porque antes, y durante la ingrata rebelión, se les ha
enseñado á menospreciar y basta perseguir á los Religiosos que les
enseñaron una doctrina de paz y obediencia. Quien ésto no vea, gran
ceguedad padece, ó es señal clara de estar contagiado del terrible
mal que tan tristes consecuencias ha traído á Filipinas. Quien
cierre los oídos á las lecciones de la Providencia, dolorosas, sí,
pero saludables, y crea que es posible aquí restaurar el orden y
establecer una marcha próspera y tranquila sin reforzar las influencias
religiosas, no está lejos del campo separatista, ó manifiesta que no
sabe aprender en las grandes catástrofes sociales.
Y no basta á ese objeto reconocer la necesidad de la moral y de la
religión: es preciso reconocerlas en toda su integridad y pureza,
tal y como las intima nuestra santa Madre la Iglesia. No basta hablar
al pueblo de las grandes doctrinas del Crucificado, y advertir que no
se quiere atacar los legítimos intereses del Catolicismo, vaguedades
que con tanta frecuencia encubren intenciones aviesas y farisaicas,
para luego, so color de abusos, decirle, con palabras ó con obras,
que desoiga á los sacerdotes que le predican esas doctrinas, y
le inculcan el respeto á esos intereses. Es necesario, si se trata
eficazmente de asentar sobre bases firmes la paz del Archipiélago, que
se apoye en todo y por todo la misión de las Corporaciones Religiosas,
para que sea fructuosa en la medida que reclaman estos habitantes,
tiernos todavía en la fe y en la civilización, robusteciendo en
ellos la sólida convicción de que, por deber de conciencia, y no por
consideraciones humanas, siempre inestables y movedizas, tienen la
obligación de obedecer y acatar á España, su verdadera patria en el
orden social y cívico.
Por eso los Regulares, que tenemos motivos sobrados para conocer en
todo su alcance los males que afligen al Archipiélago, tan amado
de nosotros, y que ha tiempo venimos experimentando que lejos
de reforzarse la acción religiosa se la restringe y contraría de
varias maneras, no vacilamos en decir con ruda franqueza al Gobierno,
que si no se otorga á la Iglesia ese apoyo, cada día más necesario,
la perturbación social del país cada día irá en aumento, y que de no
ponerse remedio á ese mal, la permanencia aquí de los Religiosos se
va haciendo moralmente imposible.
¿De qué sirve que nosotros nos esforcemos en cumplir nuestros deberes
religioso-patrióticos, si esa labor se encargan otros de deshacerla al
momento, si al mismo pueblo á quien enseñamos á ser dócil y sumiso se
le está, por medios que tanto halagan á las malas pasiones, diciendo
continuamente que no nos haga caso? ¿Bastaría por ventura predicar el
respeto á la propiedad si á la vez no existieran leyes que la amparasen
y fuerza pública que eficazmente reprimiera á los codiciadores de lo
ajeno? ¿Tendría asegurados los efectos de su enseñanza un profesorado á
cuyos discípulos al salir del aula se dijera por personas respetables ó
con medios enloquecedores que olvidaran ó despreciaran las lecciones de
sus maestros? Pues en igual caso nos encontramos nosotros en Filipinas.
No queremos, Excmo. Sr., honras ni dignidades temporales, á las que
hemos renunciado eligiendo por nuestra profesión una vida escondida
en Jesucristo; no somos de los que en cuanto hacen algo piensan
inmediatamente, aún mereciéndolas, en recompensas y condecoraciones;
no anhelamos, cual creen nuestros enemigos (quienes, por lo que á
ellos quizá pasa, nos juzgan á nosotros), preponderar en el gobierno
y administración civil de los pueblos, ni aun siquiera continuar
con la pequeña intervención oficial que por ley y por tradición se
nos atribuye en algunos negocios seculares. Si se quiere prescindir
del párroco ó del misionero en todos los asuntos administrativos,
gubernativos y económicos, en que, sin pretenderlo nosotros nunca,
pero nunca, la autoridad secular ha venido solicitando nuestra
modesta cooperación, prescíndase en buen hora. Los que tal disposición
adopten verán lo que sea más conveniente á los altos intereses de la
Patria; y á ellos, no á nosotros, que siempre (aún soportando por esa
intervención disgustos, censuras y persecuciones, y considerándola una
verdadera carga) hemos sido dóciles auxiliares de la autoridad civil,
se les pedirá la responsabilidad de las consecuencias que pudiera
acarrear tan transcendental medida.
Hemos venido á las Islas para predicar y conservar la fe cristiana y
apacentar á estos indígenas con el celestial pasto de los Sacramentos
y las máximas del Evangelio; para probar que España, al incorporar
este territorio á su corona, su principal intento fué cristianizarlas
y civilizarlas. No hemos venido para ser alcaldes, gobernadores,
jueces, militares, agricultores, industriales, comerciantes; aunque,
dadas la concordia y estrecha unión que debe haber entre la Iglesia
y el Estado y la circunstancia de constituir aquí nosotros la única
institución social española, jamás nos hayamos negado á contribuir
con nuestro esfuerzo de buenos patriotas y sumisos vasallos á cuanto,
sin desdoro del carácter sacerdotal y religioso, se ha exigido de
nosotros, y nosotros hemos podido hacer.
Lo que rechazan como instituciones católicas.
Ponderan cuantos sobre Filipinas han escrito los beneficios que ha
reportado el país, y muy principalmente la dominación española, de
ese sistema en que el párroco y el misionero eran intermediarios,
más ó menos directos, entre los Poderes públicos y la masa de la
población filipina. Eso no nos toca á nosotros demostrarlo, que bien
lo manifiesta la historia de este Archipiélago, y lo está diciendo en
elocuentes, si bien trágicas voces, la realidad con los deplorables
resultados que está palpando España, y á los cuales ha conducido
la insensata y suicida propaganda contra las Ordenes Religiosas. Lo
que sí nos toca decir al presente es que, si como está obligada por
compromiso solemne contraído ante los Sumos Pontífices y ante la
Europa cristiana, no atiende la autoridad civil con diligentísimo
esmero á sostener, fomentar y garantir en las islas la Religión y la
Moral, conforme á las enseñanzas y preceptos de Nuestra Santa Madre
la Iglesia; si no opone un fuerte muro á la avalancha de insultos,
dicterios y sistemática oposición á los Religiosos de Filipinas, que
va invadiendo la Península y el Archipiélago; si no persigue, con
la firmeza de todo Gobierno previsor, á las asociaciones secretas,
y no hace que, en público y privado, en todas las esferas del
orden social, por lo que atañe al Estado y á sus agentes, seamos
respetados y atendidos, como exige nuestro carácter de sacerdotes
y de corporaciones religiosas, rechazando todo proyecto que de una
ú otra forma tienda á desprestigiarnos y á rebajarnos, impidiendo
el fruto de nuestros trabajos, no hay manera digna y decorosa, y lo
decimos con profundísimo dolor, de que podamos continuar en las Islas.
No hemos de ser menos, Excmo. Sr., en nuestro orden que los militares,
á quienes se honra y enaltece cual exige su profesión; menos que
la clase de funcionarios de la administración, cuyos derechos y
prerrogativas se defienden y garantizan por el Estado; menos que las
compañías y empresas mercantiles é industriales, á las que se considera
y ampara como elementos impulsores de la pública riqueza; menos que
las asociaciones de abogados, médicos y otras profesiones científicas,
artísticas ó mecánicas, á las cuales en toda sociedad bien organizada
se honra y respeta. Creemos, y esta creencia nada tiene de exagerada,
que, como instituciones católicas, tenemos derecho á todos los honores,
exenciones y privilegios que la Iglesia y el Estado cristiano, y las
leyes conforme á las cuales se establecieron las Ordenes religiosas
en Filipinas reconocen á las personas y corporaciones eclesiásticas,
y particularmente á los Regulares, y que, como instituciones españolas,
se nos debe considerar de igual modo que á las demás entidades que
han nacido y viven bajo el amparo de la bandera de la Patria.
Como instituciones católicas, debemos con toda la energía de
nuestra alma rechazar, por contrarias á los fueros imprescriptibles
y supremos de la verdad y del bien y á los derechos primordiales
de la Iglesia, la libertad de cultos y las demás funestas y falsas
libertades de emisión del pensamiento, de imprenta y de asociación,
que por algunos se pretende traer á este Archipiélago, y las cuales
pugnan con los más rudimentarios deberes del Patronato que aquí
ejerce España, según claramente se consigna en diferentes lugares
de la Recopilación de Indias. De igual modo rechazamos, porque
contraviene á los derechos de la Iglesia, la pretendida secularización
de la enseñanza, conforme se nos enseña en las proposiciones 45,
47 y 48 del Syllabus, obligatorio para todos los católicos, y muy
principalmente á los Príncipes y Gobiernos cristianos. Contraria á
esos derechos, y completamente abusiva y tiránica, sería toda medida
que el Poder secular tratara de adoptar con las Ordenes Religiosas del
Archipiélago, ya entrometiéndose en su régimen y disciplina regular,
ya secularizándolas, ya desamortizando sus bienes, ó poniendo trabas
á la libre disposición de los mismos, ya separando de su obediencia
á sus súbditos, ya privándoles de los honores y preeminencias que,
según los Cánones, las leyes de Indias y el Derecho público cristiano
les corresponden, como se enseña en la proposición 53 del mencionado
Syllabus. Contraria es á las santas prescripciones de la Iglesia toda
ley que tienda á suprimir, amenguar ó debilitar los sagrados fueros de
la inmunidad eclesiástica, personal, real ó local. Contraria es también
á la Iglesia, y tiene sabor á las herejías de Wicleff y de Lutero,
toda disposición que niegue al Clero el derecho á los estipendios y
obvenciones que le son debidos por su sagrado ministerio, y trate de
inmiscuirse en asuntos de aranceles parroquiales, materia privativa
de la jurisdicción eclesiástica. Contrario al honor y santidad del
estado religioso es suponerle incapaz de ejercer la cura de almas,
y decir que regentando parroquias, vulneramos los Cánones, cuando
precisamente conforme á ellos cristianizamos este país, y después lo
hemos seguido administrando. Vejatorio al Clero Regular, y opuesto á
los legítimos derechos adquiridos es que por la autoridad civil se
intente despojar á las Corporaciones religiosas de los ministerios
y misiones por ellos fundados y regentados al amparo de las leyes de
Indias y disposiciones soberanas de la Sede Apostólica. Incompatible
con el voto de obediencia que liga á todo Religioso es que á los
individuos del Clero Regular que desempeñen cura de almas se los sujete
plenamente á la autoridad del Diocesano, privando á su Prelado de las
atribuciones que tiene sobre sus súbditos; y no puede consentirse
que el Obispo, con merma ó detrimento de los derechos del Superior
regular, quite á su libre arbitrio los curas regulares, siendo así
que los ministerios radican inmediatamente en la corporación, la cual
designa quién de sus religiosos deba desempeñarlos.
La necesidad de mantener intacta la autoridad del Prelado regular
sobre sus curas y misioneros.
Nadie ignora que las Corporaciones Religiosas del Archipiélago son
colectividades compuestas en su inmensísima mayoría de párrocos y
de misioneros; y si ésto es así, y debe ser, para que las Ordenes
llenen el fin peculiar para que vinieron á Filipinas, ¿cómo se podría
mantener la jurisdicción del prelado regular; si se lo mermasen
las atribuciones que para el gobierno de sus súbditos, de cualquier
clase que éstos sean, ha recibido de la Santa Sede, única autoridad
inmediata á que están sujetos los Regulares? Por leyes pontificias,
los religiosos destinados á las doctrinas y misiones se consideran,
en todo y por todo, como viventes intra claustra, lo cual significa que
sobre ellos tienen sus Superiores idénticos derechos y atribuciones que
sobre cualquier súbdito rigurosamente conventual. Si así no fuera,
se establecería en las Ordenes, con mayor ó menor extensión, la
vida individual; los vínculos colectivos desaparecerían; los Prelados
Regulares vendrían á ser meras figuras decorativas; y las Corporaciones
religiosas, perdiendo la disciplina interna, que tanto vigor y fuerza
les da, quedarían convertidas en asociaciones de presbíteros, que
si un día pronunciaron religiosos votos, no tienen después con sus
superiores otros vínculos que el hábito y el nombre corporativo, y,
si acaso, el tener la puerta franca para recogerse al convento de
donde salieron, cuando ellos lo deseen, ó cuando el Obispo lo ordene.
La acción del Prelado Regular sobre los curas y misioneros de su
Orden tiene que ser tan activa, inmediata, enérgica y universal, que
pueda cambiarlos, removerlos, trasladarlos, darles otra ocupación y
destino, y resultar en todo sobre ellos tan ejecutiva su autoridad
como si se tratara del último de los religiosos conventuales. Eso pide
la disciplina regular, y eso exige el voto de obediencia; y cuanto
sobre el particular se intente que venga á restringir ó debilitar
la jurisdicción de la Orden, equivale á burlar la intención de los
religiosos, quienes no profesamos para ser súbditos del Obispo, sino
para ocuparnos en los destinos de la Religión que nos señalen nuestros
Prelados; equivale á desnaturalizar las Corporaciones Religiosas, y
por lo tanto, á destruirlas, que es lo que pretenden los separatistas.
No será así, estamos seguros de ello, porque en el momento que
se dictara una ley separando á los párrocos y misioneros de la
subordinación á su prelado, ó mermando y restringiendo las facultades
de éste, ningún religioso, por deber de conciencia, se atrevería á
continuar al frente de su parroquia ó misión, y todos se retirarían
á sus conventos de Manila. No será así, porque los mismos señores
Diocesanos se opondrían enérgicamente á ello, confesando, como
confiesan, que precisamente por ser regulares la inmensa mayoría de su
Clero parroquial, éste vive con tal moralidad y tan asidua aplicación
á su ministerio, que con dificultad lo encontrarían en presbíteros
seculares, ó en Regulares no sujetos plenamente á su Orden, estando
por consiguiente interesados ellos, por amor á sus ovejas, en que los
ministerios parroquiales del Archipiélago continúen regidos por las
mismas leyes que hasta el presente. Y no será así tampoco, porque la
Santa Sede, guardiana celosa de los intereses de la cristiandad en
estas islas, no menos que del prestigio de los Regulares, tampoco lo
consentirá; y en último trance pondría al Gobierno en el dilema de que,
ó se le propusiera un personal apto y suficiente que, de modo estable
y dignamente, pudiera reemplazar á las Corporaciones Religiosas de
Filipinas, ó que, de lo contrario, continuaran éstas desempeñando
sus actuales ministerios, sin la menor merma de la jurisdicción de
sus respectivos Prelados Regulares.
Obligación de España á enviar á estas Islas ministros de la Religión
católica y á garantirla sólidamente.
Y no será así, finalmente, porque el Gobierno de la Patria jamás
puede olvidar (respecto á este punto y á los demás que interesamos
en la presente Exposición) el testamento de Isabel la Católica, ley
fundamental y capital en estos dominios, por la cual está obligado á
enviar aquí prelados y religiosos, y otras personas doctas y temerosas
de Dios, para instruir sus vecinos en la fe católica y los doctrinar
y enseñar buenas costumbres; porque ninguna cosa debe desear más que
la publicación y ampliación de la ley evangélica y la conversión
y conservación de los indios en la santa fe católica. «Y porque á
ésto, como al principal intento que tenemos, enderezamos nuestros
pensamientos y cuidado, mandamos y cuanto podemos encargamos á los
de nuestro Consejo de Indias que, pospuesto todo otro respeto de
aprovechamiento é interés nuestro, tengan por principal cuidado las
cosas de la conversión y doctrina, y sobre todo se desvelen y ocupen
con todas sus fuerzas y entendimiento en proveer y poner ministros
suficientes para ello, y todos los otros medios necesarios para que
los indios y naturales se conviertan y conserven en el conocimiento
de Dios nuestro Señor, honra y alabanza de su santo Nombre, de forma
que, cumpliendo Nos con esta parte que tanto nos obliga y á que tanto
deseamos satisfacer, los del dicho Consejo descarguen sus conciencias,
pues con ellos descargamos la nuestra.» (Ley 1a, Título X, lib. 6.o,
y ley 8a, Tít. II, lib. 2o, de la Recop. de Indias.)
Al Consejo de Indias ha sustituído el Consejo de Ministros con el
Ministerio de Ultramar, de cuya religiosidad y celo por cumplir los
deberes fundamentales de su cometido no nos es permitido abrigar la
menor duda.
Muy expresiva es también al propósito que nos ocupa la ley 65
del Tit. XIV, lib. 1.o de la misma Recopilación: «Mandamos á los
virreyes, presidentes, oidores, gobernadores, y otras justicias de las
Indias, que á los Religiosos de las órdenes que residen en aquellas
provincias y se ocupan en la conversión y doctrina de los naturales,
con entera satisfacción nuestra, de que Dios ha sido y es servido,
y los naturales muy aprovechados, les den todo el favor para ello
necesario, honren mucho y animen á que prosigan, y hagan lo mismo y
más, si fuere posible, como de sus personas y bondad esperamos.»
Palabras de la instrucción á Legazpi: de la Ley de Partidas: de
Felipe II.
Así se mandó multitud de veces á las autoridades de estas Islas, y
en armonía con esa legislación, en las instrucciones al gran Legazpi
se dice expresamente:
«Terneis especial cuidado que en todos los negocios que tratáredes con
los naturales de aquellas partes se hallen con vos presentes algunos
de los Religiosos, así para que os aprovechéis de su buen consejo,
como para que los naturales conozcan y entiendan el mucho caso que
hacéis de ellos, por que viendo ésto y la mucha reverencia que los
soldados les tienen, vernán ellos también á tenerles respeto, que
importará mucho para que, cuando los Religiosos les den á entender las
cosas de nuestra santa fe católica, les den todo crédito, pues sabéis
que lo más principal que Su Magestad pretende es la salvación de las
ánimas de aquellos infieles; para el cual efecto, en cualquier parte,
ternéis particular cuidado de ayudar á los dichos Religiosos.... para
que aprendida la lengua trabajen de traherlos al conoscimiento de
nuestra santa fe católica, y los conviertan á ella y los traigan á
la obediencia y amistad de Su Magestad.» (Colec. de Doc. Ined. de
Ultramar, tom. núm. 2, pág. 188.)
Ese es el espíritu genuinamente español, gloria de la humana estirpe,
y especialmente de la cristiandad, que hizo escribir á nuestros
legisladores en las Partidas: (Part. I, tit. VI., ley 62 y tit. XI):
«Honrar é guardar deben mucho los legos é los clérigos, cada uno según
su órden é de la dignidad que tiene; lo uno porque son medianeros entre
Dios é ellos: lo otro porque honrándolos, honran á la Santa Iglesia,
cuyos servidores son, é honran la fe de Nuestro Señor Jesucristo,
que es cabeza de ellos, porque son llamados cristianos; é esta honra é
esta guarda debe ser fecha en tres maneras, en dicho, en fecho, é en
consejo.» «Privilegios é grandes franquezas han las Iglesias de los
emperadores é de los reyes, é de los otros señores de las tierras;
é ésto fué muy con razón, porque las cosas de Dios hubiesen mayor
honra que las de los hombres.»
Ese es el espíritu que exclamó por boca de Felipe II, contestando á los
que le proponían el abandono de estas Islas, en atención á los pocos
recursos que de ellas sacaba el Erario: «Por sola la conversión de un
alma de las que allí hay, daría yo todos los tesoros de las Indias,
y cuando no bastaran, daría todo cuanto España me rinde de bonísima
gana, y por ningún acontecimiento he de desamparar ni dejar de enviar
predicadores y ministros que den luz del Santo Evangelio á todas
y cuantas provincias se vayan descubriendo por muy pobres que sean
y muy incultas y estériles, porque á Nos y á nuestros herederos la
Nuestra Sede Apostólica ha dado el oficio que tuvieron los Apóstoles
de publicar y predicar el Evangelio, el cual se ha de dilatar allí y
en infinitos reinos, quitándoles el imperio á los demonios y dando á
conocer el verdadero Dios, sin esperanza alguna de bienes temporales.»
Deberes del Gobierno y de otros respecto á los intereses religiosos
en las Islas.
Por esa razón los delitos que más deben perseguirse en Filipinas,
y en los que debe mostrar el Gobierno especialísimo celo, son los
delitos contra Religión y personas eclesiásticas, por ser los que
vulneran el mayor bien social, y más directamente contrarían á
la fundamental obligación que España contrajo al incorporar estas
Islas á su Corona. De ahí que no deba permitirse, sino castigarse
severamente, la masonería, sociedad anticatólica y antinacional;
que deba proscribirse toda propaganda contra los dogmas, preceptos é
instituciones de nuestra Santa Madre la Iglesia; que deban castigarse
con mayor rigor que cuando se cometen contra otra clase de personas los
desafueros contra los clérigos y religiosos, dándoles el carácter que
positivamente tienen de sacrilegios; que desde el Gobernador General
hasta el último dependiente del Estado todos deban esforzarse por
demostrar con su palabra y con su ejemplo, en público y en privado,
y sin esas exterioridades convencionales de pura forma social
(catolicismo que viene á ser algo así como de mero cumplimiento y
cortesía, y que por desgracia tanto abunda), que aman y respetan la
Religión Católica, y que estiman en más, cual procede, los deberes
para con Dios y para con su Iglesia santa, que cualquier otro deber
y obligación, por alta y respetable que sea la institución que
lo imponga.
De ahí que el Gobierno de la Nación y las altas autoridades
hayan de ser las primeras que deban desechar, no solo en sus actos
oficiales, sino en los privados, y como políticos, como escritores,
como empleados, como militares, en los diferentes órdenes de la vida
social, la idea ridícula y despreciativa que el libre pensamiento ha
esparcido contra los sacerdotes y religiosos, permitiéndose hablar
de ellos en tono que tan poco honor hace al Clero, y que sabido por
los elementos de otras clases sociales inferiores, viene á hacer que
cada día se debilite más el respeto al sacerdocio católico, juzgando
muchos que la religión de las personas oficiales no es con frecuencia
más que una hipocresía social y una práctica de mera conveniencia
política. De ahí que el Gobierno deba cuidar con gran diligencia que
todo el personal suyo en el Archipiélago tenga arraigadas creencias
católicas, para que no se vuelva á dar el triste espectáculo que tantas
veces, y con harta profusión hemos presenciado, de que los primeros
en contrariar la labor apostólica de las Corporaciones Religiosas son
los mismos que por ser funcionarios de un Estado católico debían ser
los que más la apoyaran y corroboraran. De ahí que deba impedirse á
todo trance que tenga representación ó sucursales en estas Islas toda
asociación, junta ó empreas, que, bajo cualquier nombre ó pretexto,
incluso el ejercicio de derechos políticos, tienda á sembrar aquí
ideas antirreligiosas ó anticlericales, y que proceda restaurar, ó,
mejor dicho, robustecer la previa censura para toda clase de libros,
impresos y grabados que vengan del exterior y para los que aquí han de
ver la luz pública. De ahí que sea cada vez más necesaria la estrecha
unión de todos los elementos peninsulares aquí residentes, para que
juntos todos al amparo de nuestra divina Religión, de todos acatada
y obedecida, podamos resistir con mayor pujanza á los enemigos de la
Patria, no demos motivo con nuestras discordias á reforzar el campo
rebelde, y en lo posible consigamos levantar los prestigios morales,
hoy desgraciadamente bastante decaídos. De ahí tambien la necesidad
grande de que en las esferas gubernativas desaparezca una errónea
idea, funestísima y grandemente deshonrosa á las Ordenes, que,
propagada por espíritus sectarios ó por malos ó tibios católicos,
parece ser ya como postulado de muchos políticos de Madrid y de gran
parte de los peninsulares que arriban á este Archipiélago.
Concepto denigrante sobre la importancia de las Ordenes y manera con
que suelen ser miradas.
Nos referimos al concepto empezado á difundirse desde la revolución del
68, que considera á los Religiosos de Filipinas como un mal necesario,
como una institución arcaica con la cual hay que transigir por razones
de Estado, como un resorte meramente político y de conveniencia
para la Nación, la cual no puede sustituirle con otros. Ese concepto
denigrante, manifestado unas veces con franqueza, otras con reticencias
ó medias palabras, que hieren más que un cuchillo, conócenlo nuestros
declarados enemigos; conócenlo los naturales del país que han estado en
la Península; conócenlo, porque se ha propagado en periódicos y otros
impresos que han penetrado en el Archipiélago, gran número de indígenas
que sin haber salido de Filipinas reciben de eso notable escándalo;
y contribuyen á que cunda y se propague por las Islas, cuantos
peninsulares nos hacen guerra, ya por preocupaciones antirreligiosas,
ya por compromisos de secta, ya por resentimientos personales, ya por
ligereza, ya por envidia, pues de todas esas clases tenemos enemigos.
De ese concepto se deriva que en opinión de muchos arrastremos en el
país una existencia de conmiseración y de mera condescendencia; que
vivamos aquí, más bien que honrados y considerados como cualquiera
otra institución metropolítica, tolerados y como de limosna; que en
muchos casos parezca que los religiosos somos y valemos menos que
los militares, los empleados y los de otras profesiones y carreras; y
que con facilidad pasmosa, como á los más desamparados y desvalidos,
se nos achaque la culpa de todos los males que afligen al país,
sirviendo nuestro nombre de obligado recurso, para escurrir el hombro
y eludir responsabilidades, á gobernadores y otros representantes del
gobierno y administración de las Islas, cuando les ocurre algún fracaso
ó tienen que lamentar en su gestión algún suceso desagradable. Para
todos hay indulgencia, para todos excusa, para todos benignidad y ojos
de cariño; la época es de transigencias y respetos para toda clase de
expansiones, aún con menoscabo de la moral y la justicia: solo lo que
á los sacerdotes y religiosos pertenece debe mirarse con desdeñosa
altivez, con extremado rigor y despótica exigencia. Todo lo ha de
pagar el Religioso: de todo se le ha de echar la culpa: para él han
de ser los disgustos, las desazones, las censuras, los desprecios. No
parece, Excmo. Sr., sino que somos el anima vilis del Archipiélago.
Esta posición humillante que, como individuos obligados á mayor
perfección que la generalidad de los cristianos, soportamos
pacientemente, recordando las palabras del Apóstol tamquam purgamenta
hujus mundi facti sumus omnium peripsema usque adhuc, y de la que no
hablaríamos si el mal se circunscribiera á una de tantas molestias
anejas á nuestro ministerio, claro es que no podemos en modo alguno
consentirla como clase sacerdotal y religiosa y como corporación
española; tanto más cuanto vemos desgraciadamente que ese injurioso y
erróneo concepto perjudica grandemente á nuestro ministerio, y hace
que cada día vaya siendo menor nuestra influencia en el pueblo que
nos está encomendado, combatido, como se halla, viva y tenazmente
por todos los agentes perturbadores que han traído la insurrección.
Respeto que merecen como religiosos y como españoles.
Las Corporaciones Religiosas deben ser grandemente honradas y
distinguidas (y nos apena mucho, Excmo. Sr., tener que hablar de estas
cosas): primero, porque sus individuos están adornados del carácter
sacerdotal que entre cristianos es la mayor honra y dignidad que
pueden tener los hombres; segundo, porque su misión apostólica ha
propagado aquí y conserva las luces del Catolicismo. Son sacerdotes,
y son religiosos; y así reunen los dos timbres que mayor veneración
inspiran en una sociedad, que sienta algunas necesidades superiores
á las materiales ó á las de su altiva razón, divorciada de Jesucristo.
No menos respeto merecen en su línea, como entidades españolas. Además
de ser aquí ministros del culto oficial, son personas públicas
eclesiásticas, reconocidas por el Estado; viven bajo su salvaguardia,
como las entidades militares y civiles; han trabajado y trabajan,
tanto por lo menos por la Patria, como cualquier clase española de
las existentes en el Archipiélago; y en punto á ilustración, dentro de
su respectiva carrera, y en moralidad y virtudes privadas y cívicas,
rayan, no sólo colectiva, sino individualmente, á tanta altura como
la clase del Archipiélago que se tenga por más alta y prestigiosa.
Hay una razón especialísima y de extraordinaria importancia para que
ese respeto lo sancionen las leyes y lo afiancen las costumbres,
y es que el Religioso en sus respectivos ministerios viene á ser
por regla general el único peninsular y por lo tanto, el único
representante de la Metrópoli en la mayoría de los pueblos filipinos;
y por consiguiente, el prestigio español está grandemente interesado
en que se le rodee de tales consideraciones y garantías, que estos
habitantes, lejos de ver, como, por desdicha, han visto no pocas
veces, que se le desprecia y rebaja, se confirmen cada día más en
la idea tradicional de que su cura ó misionero es, á la par que
el ministro de Dios, el representante de España, alto concepto que
tanto ha redundado y redunda en favor de la Metrópoli, y tanto dice
en honor de todas las entidades españolas.
Por amor á la Religión y á España venimos al Archipiélago, y hemos
permanecido en él más de tres siglos, dispuestos á continuar aquí,
mientras la conciencia no nos dicte lo contrario. No nos mueven
groseras miras temporales, ni sentimientos de orgullo y de mera
dignidad personal; en el cumplimiento de nuestros deberes, hemos
procurado llegar hasta el sacrificio, y nos seguiremos sacrificando,
con la gracia de Dios. Buena prueba de ésto ofrece al crítico
imparcial la presente época de rebeliones y levantamientos. Los
curas y misioneros, á pesar de estar persuadidos que corrían sus
vidas gran peligro por las continuas asechanzas del feroz Katipunan,
se han mantenido firmes en sus puestos, previendo que si abandonaban
á sus feligreses era casi segura una sublevación general en las
Islas. Este proceder, que si no es heroico, se le acerca bastante,
nos ha costado muchas víctimas, arrebatándonos á queridísimos hermanos
nuestros, asesinados unos traidoramente é inmolados otros por turbas
inconscientes, seducidas por filibusteros y masones. Y aunque este
doloroso sacrificio, al parecer no ha sido llorado y apreciado cual
quizá debía serlo, por los leales hijos de España, confiamos que Dios
misericordioso y largo remunerador de toda obra buena, en su infinita
piedad, lo habrá recibido como propiciación por los males de este
desdichado país, y habrá, premiado á los mártires de la Religión y
de la Patria.
Carácter y fines de esta Exposición.
Perdone la Nación, perdone el Gobierno, perdone V. E., esta ligera
expansión de nuestros sentimientos de dignidad, ofendida como
religiosos y como españoles. No es ésto un memorial de méritos y
servicios. pues jamás hemos solicitado aplausos ni recompensas,
que nunca constituyen el móvil de nuestros trabajos. No es tampoco
un panegírico; que no somos nosotros los llamados á hacerlo, ni
creemos haga falta, cuando tan patente y tan limpia se destaca la
historia de las Corporaciones Religiosas de Filipinas, en todos
los órdenes del justo y recto progreso. Tiene algo de apologético,
y mucho de sentidísima queja por los injustificados agravios que casi
á diario se nos infieren; es débil expresión de la profunda amargura
que nos embarga al contemplar y sentir de cerca el estado de inmensa
perturbación en que se encuentra este hermoso pedazo de la Patria;
y con el mayor respeto y sumisión, prescindiendo en absoluto, cual
procede, de partidos políticos, y mucho más de las personas, dice con
cristiana sencillez, y en síntesis, al Gobierno, que adopte y sostenga
con las Corporaciones Religiosas de Filipinas un criterio perfectamente
lógico; y que, por lo tanto, si estima, cual es justo y decoroso, que
las Corporaciones Religiosas ejercemos una altísima y necesaria misión
en el Archipiélago, de suyo y sin miras utilitarias y falsas razones
de Estado, honrosa y acreedora á la mayor consideración, lo manifieste
así claramente y con nobleza, empezando por dar ejemplo práctico de
eso en sus leyes y decretos, y en sus instrucciones á las autoridades
de estas Islas, no consintiendo que por nadie seamos vejados ni
atropellados, tanto más cuanto que siendo débiles y desvalidos,
y ligados como estamos por la mansedumbre y la paciencia religiosa,
no tenemos otro medio de defensa que nuestro derecho y la protección
de los buenos, y nunca podemos apelar á los medios de represión é
influencia á que aludimos en el principio de esta Exposición.
Mas si, por el contrario, el Gobierno, por un error que respetaríamos,
no sin calificarlo, á nuestro humilde juicio, de funestísimo á los
intereses de la Religión y de la Patria, creyera que han terminado ya
aquí su tradicional misión los Religiosos, tenga también la franqueza
de decirlo: serenos oiríamos su resolución; pero no piense en adoptar
disposiciones que atacando, aunque sin pretenderlo, los fueros de la
Iglesia, nuestra profesión de sacerdotes y de regulares, y nuestra
honra de acrisolados españoles, en la práctica pudieran aparecer
que se trataba de encender una vela á Cristo y otra á Belial, que
se quería dar gusto á los masones y á los católicos, á los buenos
patriotas y á los separatistas, colocando á las Ordenes en situación
tan poco airosa que vinieran á ser como el bocado que se echaba á
las fauces de la fiera para acallar pasajeramente sus rugidos.
Síntesis de la misma.
Tal acontecería si en ley se tradujeran la secularización de
los ministerios regulares; la secularización de la enseñanza; la
desamortización de los bienes de las Corporaciones, ó la supresión
de la libertad que les compete para disfrutar y disponer de ellos:
la declaración de la tolerancia de cultos; el establecimiento del
matrimonio civil; la permisión de toda clase de asociaciones, y la
libertad de la prensa. Tal acontecería, por lo que más directamente nos
atañe, si continuando aquí y allá, la, á todas luces injustificada,
campaña contra nosotros, el Gobierno en sus actos demostrara que
realmente conceptúa que nosotros hemos sido causa de la insurrección,
y que nos oponemos al progreso de estas Islas y al desenvolvimiento
de sus legítimas aspiraciones. Tal acontecería, si no persiguiendo
con tesón las asociaciones secretas, y no poniendo eficaz correctivo
á los sediciosos que soliviantan las masas inconscientes del pueblo
contra los Regulares y contra todo lo más santo y más español de las
Islas, se quisiera que los Religiosos continuaran en sus ministerios,
expuestos en todo momento á ser sacrificados, cual es terrible consigna
de la secta, y cual por desgracia ya ha ocurrido, sin tener, acaso,
ni aún el consuelo de que sean apreciados esos sacrificios.
Si los Religiosos hemos de continuar en las Islas siendo útiles á
la Religión y á España, á nadie puede caber duda, que ha de ser
garantizando sólidamente nuestras personas, nuestro prestigio,
nuestro ministerio; ha de ser sabiendo que la Patria nos aprecia
y trata cual á hijos suyos; y que no nos abandona como objeto de
ludibrio á nuestros enemigos, y como víctimas á los rencores del
masonismo y del separatismo. No nos arredra el martirio, sino que nos
honra, aunque no nos tengamos por dignos de tan santo honor; pero no
queremos morir como unos criminales, envueltos entre las censuras de
los amigos y de los enemigos, y quizá abandonados y desprestigiados
por quienes más debieran ampararnos y estimarnos.
Esa es la tristísima y desairada situación en que se encuentran las
Ordenes, principalmente desde que estalló la insurrección tagala,
y sobre todo desde que se ha extendido el katipunan, situación que
amenaza empeorar, si el Gobierno se hace eco de los filibusteros, de
los masones y de los elementos radicales, que parece se han conjurado
para dar el golpe de gracia al gran edificio religioso social que en
estas Islas levantó la España católica.
Por eso nadie extrañará que los Religiosos, colocados en tan difícil
trance, deseosos de no poner estorbos á la política de ningún
Gobierno, y de evitarnos la censura de que somos la causa de los
males del país y la rémora de su progreso, optemos por el abandono
de nuestros ministerios, por el destierro, por la expatriación,
antes que proseguir en las Islas en una situación que, prolongada
por más tiempo, resulta grandemente deshonrosa para nuestra clase,
y haría infructuosa nuestra permanencia en el Archipiélago.
Hemos cumplido aquí como buenos; tal es nuestra firme convicción:
iríamos á otra parte, donde, con la gracia de Dios, también sabríamos
cumplir; y á ese efecto, la Santa Sede, si, contra todo lo que
debemos suponer, no consiguiera hacerse oír de la nación española,
no nos negaría el oportuno permiso.
Afortunadamente, confiamos en los nobles sentimientos y arraigado
catolicismo de S. M. la Reina Regente; confiamos en la religión y
patriotismo de los Ministros de la Corona; confiamos en la opinión
sensata que constituye la mayoría del pueblo español; confiamos en la
ilustración y espíritu de justicia del católico Ministro de Ultramar,
y confiamos que, después de escuchar á los dignísimos Prelados de estas
islas, y de tener en cuenta las prescripciones del Derecho natural
y canónico, las altas conveniencias de la Patria en estas regiones,
y los innegables servicios que han prestado las Ordenes religiosas
en Filipinas, nada se determinará que contravenga á las enseñanzas
y preceptos de nuestra Santa Madre la Iglesia, y que contraríe al
prestigio del Clero Regular; antes por el contrario una vez más
se afirmarán y robustecerán las instituciones católicas de este
Archipiélago, cual lo imponen de consuno la Religión y la Patria.
En esta confianza, y reiterando al Trono y á las Instituciones nuestra
tradicional adhesión, quedamos rogando á Dios por la prosperidad
y nuevos adelantos de la Monarquía, por la salud de S. M. el Rey
y de S. M. la Reina Regente (q. D. g.) y por el acierto en sus
determinaciones, de las Cortes y del Gobierno, y de un modo especial
por V. E., cuya vida guarde Dios muchos años.
Manila, 21 de Abril de 1898.