Mi distinguido amigo. Mil gracias por su felicitación y crea que lo
mismo le deseo en el venidero año que promete ser pródigo en disturbios
á juzgar por el princípio; allá veremos.
V. no me molesta jamás y puede hacerme cuantas preguntas quiera,
que puede tener la seguridad que le serán contestadas con prontitud
y completa sinceridad.
Mis respuestas á sus últimas son las siguientes:
Rizal jamás creyó fuese sentenciado á la última pena, y su asombro
se comprobó ante el Consejo: después de ésto en mi opinión si no
dejó de concebir esperanzas (pues ¿quien no las tiene?) de indulto,
creo que eran casi borradas, pues se hizo cargo de su verdadera
situación y se preparó á bien morir. Insisto que aparte de la poca
esperanza que pudiera tener murió como un bravo, cayendo boca arriba,
de donde fué recogido después de visto por todos los concurrentes (que
fueron muchos) en un coche mortuorio, disponiendo el Gobernador Civil
(Manuel Luengo) su traslación. Se ignora (creo que fué la fosa común)
el sitio, para que durmiera el sueño de los justos en el mayor olvido
de sus compatriotas. A muchos ví que con iguales motivos era preciso
cojerlos á puñados para ponerlos en el sitio del suplicio.
Las gestiones que para su indulto hicieron creo que pocas ó ninguna
pues en aquella época de terror era indispensable mucha sangre para
aplacar los ánimos (estos comentarios los hago con toda reserva pues
no debo ser yo quien juzgue la conducta de aquellos prohombres). Sí le
diré que el General Blanco se opuso con toda su energía al fusilamiento
y que no lo llevó á efecto á pesar de las reiteradas órdenes del
Gobierno: su sucesor se encargó de lo demás.
Le indicaré al auditor general Peña que podrá ilustrarle ese punto
que desea saber pues se encontraba á la sazón, por aquel entonces
desempeñando el cargo de auditor general. Creo que se encuentra en
esa y le será fácil ponerse al habla con él.
Disponga de su affmo. amigo s. s. q. s. m. b.
Luis Taviel de Andrade.
La carta, autógrafa de Fr. Matías Gómez, interesantísima y que no
tiene precio para todo investigador de cuestiones filipinas, se la
debemos á la generosa bizarría del P. Aglipay, que la halló entre
los papeles del que fué Cura Párroco de Malasiqui, Pangasinán, en 1898.
El apéndice C., ó sea la Memoria dirigida al Ministerio de Ultramar
(21 Abril 1898) por los «Superiores de las Corporaciones de Agustinos,
Franciscanos, Recoletos, Dominicos y Jesuitas establecidas en
Filipinas»... es reproducción de un ejemplar impreso, igual al descrito
bajo el núm. 3991 en el Aparato de Retana (III, página 1399). Nuestro
ejemplar es primera reproducción del impreso hecho en Manila; un
ejemplar de este último posee hoy la Philippine Library de Manila. La
segunda, se describe bajo el núm. 1862 en la Biblioteca Filipina de
Vindel. Una versión inglesa de esta Memoria hallará el lector en The
Philippine Islands 1493-1898 (LII, páginas 227 al 286). Después de
las firmas, léese al pie de esta versión la siguiente advertencia:
«Notice. Because of the impossibility, due to the length of this
exposition, of drawing up the copies necessary for the archives of
each corporation, it has been agreed by the respective superiors to
print an edition of fifty copies, ten for each corporation, which
are destined for the purpose stated above.
Collated faithfully with its original, and to be considered throughout
as an authentic text. In affirmation of which, as secretary of my
corporation and by the order of my prelate, I sign and seal the
present copy in Manila, April 21, 1898.
Fr. Francisco Sadaba del Carmen,
secretary-provincial of the Recollects.