Dejamos apuntado diversas veces que el problema de nuestra ascensión
intelectual solo se resuelve transformando y remontando progresivamente
desde el maestro de primeras letras hasta el catedrático de
Universidad, es decir, formando hombres nuevos, incorporados
cordialmente a la obra internacional de la cultura, y cubriendo con
ellos cuantas vacantes de sangre vayan ocurriendo en las instituciones
docentes y administrativas.
Una duda importante podría, sin embargo, detenernos al intentar la
solución práctica de este problema. En lugar de vigorizar nuestra
juventud oreándola en el ambiente universitario inglés, francés o
alemán, ¿no fuera preferible importar de las naciones próceres sabios
ilustres para transfundir de una vez sangre nueva y copiosa en el
enteco cuerpo nacional?
Considerado _a priori_, tan radical recurso de tonificación espiritual,
que cabría llamar _método de injertación cultural_, parece el más
rápido, eficaz y económico. A este heroico remedio confió Italia, hace
cincuenta y cinco años, la renovación de su decadente Universidad.
Maestros alemanes tan prestigiosos como O. Vogt (naturalista),
Moleschott (anatómico), Schiff (fisiólogo), Kleinemberg (anatomía
comparada), Schrön (anatomopatólogo), Kiesow (psicólogo experimental)
y otros varios regentaron cátedras en la citada nación. De ellas
surgió brillante pléyade de discípulos entusiastas que continuaron
gloriosamente la obra de los maestros exóticos. Citemos algunos nombres
prestigiosos, ciñéndonos solamente al dominio biológico: El anatómico
Kleinemberg formó a Grassi, descubridor del ciclo extrahumano del
germen palúdico; el fisiólogo Schiff adoctrinó en Turín a los ilustres
Mosso, Luciani y Fano; por su parte, Moleschott procreó lucida prole
intelectual, representada, entre otros, por los anatómicos Todaro y
Chiarugi.
Con éxito excelente, aunque menos brillante, se ha empleado también
este método en Rusia y en los Estados Unidos, y con efectos inciertos
o poco alentadores, en Chile y la Argentina. Recordemos, en fin, que
la injertación intelectual tuvo entre nosotros iniciador augusto y
entusiasta en Carlos III, quien, lleno de paternal amor a sus vasallos,
intentó sin éxito aclimatar en España, con el químico Proust y otros
sabios de fama mundial, el gusto por la investigación.
La inmigración temporal o la incorporación definitiva de investigadores
forasteros constituye método de inoculación directa y supraintensiva,
capaz de sacudir, en circunstancias favorables, el amodorramiento
intelectual de un país. Mas apresurémonos a declarar que este proceder
solo puede rendir seguros beneficios en aquellas naciones donde
el ambiente moral está suficientemente preparado y a condición de
que las diferencias étnicas, lingüísticas y de hábito mental entre
el país transfusor y el transfundido sean poco acentuadas. Por
este motivo, el método de la injertación espiritual, tan eficaz en
Holanda, Suiza, Rusia, Italia y los Estados Unidos, rindió en España,
y rinde actualmente en los Estados hispanoamericanos, frutos poco
abundantes[42].
Por nuestra parte, nos confesamos fervientes partidarios de la
importación de hombres de ciencia (método que puede combinarse
ventajosamente con el pensionado); pero a condición de que personas
conocedoras del cuerpo universitario inglés, francés o alemán,
hábilmente secundadas por nuestra diplomacia, nos deparen sabios de
primera magnitud y dotados de robusta vocación docente.
En Alemania, sobre todo, existe actualmente una sobreproducción de
investigadores. Muchos de ellos, forzados de la necesidad, emigran a
Holanda, Rusia, Hungría, Estados Unidos, Inglaterra, imposibilitados,
como están, de subsistir decorosamente en la Universidad nativa, donde
la concurrencia vital es abrumadora. Fácil sería, pues, encontrar,
a costa de moderados dispendios, algunos _docentes privados_ o
_profesores extraordinarios_ cuyos méritos, pregonados por la fama de
sus descubrimientos y la admiración de sus discípulos, no hubieran
obtenido todavía recompensa oficial suficiente[43].
Ni nos detendría la consideración de que dichos maestros nos
abandonaran a los pocos años, deseosos de reanudar su carrera
universitaria en la nación de origen; porque en uno o dos lustros de
estancia entre nosotros habrían, sin duda, formado discípulos, tanto
más aventajados cuanto que el profesor, aspirando a merecer en su país
el codiciado título de _profesor ordinario_, no sentiría la tentación
de dormirse sobre sus laureles. La importación de docentes extranjeros
es, sobre todo, urgente en aquellas disciplinas huérfanas en España
(con pocas excepciones) de altos investigadores, tales como la Física,
la Química, la Astronomía, la Geología, etc. Y aunque el ambiente
cultural hispano deja todavía mucho que desear, creemos sinceramente
que el de hoy es muy superior al de la época de Carlos III[44]. (Sabido
es que nuestra Universidad cuenta ya con algunos sabios profesores
extranjeros estables.)
Pero aplicado este método en grande escala y de manera exclusiva,
podría acarrear algunos inconvenientes, notados ya en sus sendos países
por los escritores americanos. He aquí algunos, que señalamos de
pasada, después de reconocer que abundan las excepciones:
1.º El investigador alemán o anglosajón arribado a países latinos,
encuéntrase descentrado; sus hábitos y tendencias chocan demasiado
contra las de sus huéspedes; y a la primera ocasión retorna a su país,
sin haber fundado escuela[45]. Bajo este aspecto, quizás fueran más
deseables maestros franceses e italianos.
2.º Por razones fácilmente adivinables, el sabio expatriado no suele
ser investigador de primer orden, sino mozo despejado y de esperanzas
(_privat docent_ o doctor sin puesto oficial), pero incompletamente
formado. Sin duda que en la designación debería intervenir, como es
natural, la iniciativa de un maestro de autoridad indiscutible; mas el
oficio de profeta tiene quiebras, aun admitiendo que en la elección
hecha por aquel para nada influyera la simpatía personal.
3.º Indiferente al problema de la elevación cultural del país de
adopción, el forastero ilustre suele descuidar la formación de
discípulos indígenas y propender a publicar sus investigaciones en las
Revistas de su patria de origen.
4.º La dificultad de comprender la lengua del nuevo país, resta
eficacia a las enseñanzas del maestro extranjero.
A causa de los citados inconvenientes y de otros menos graves de
carácter administrativo, estimamos que la obra de nuestra renovación
debe encomendarse principal, aunque no exclusivamente, al método del
pensionado. Abrigamos la firme convicción de que si se le aplica con
fe y perseverancia; si, huyendo de tacañerías, son enviados anualmente
a los grandes focos de producción intelectual e industrial del
extranjero, cuatrocientos o quinientos jóvenes aprovechados, escogiendo
de preferencia profesores y auxiliares, y lo más granado y culto de los
funcionarios técnicos del Estado (militares, ingenieros, científicos y
pedagogos, sin olvidar algunos eclesiásticos, acaso los más necesitados
de europeización)[46]; si los organismos seleccionadores del
candidato a pensión, desoyendo la sirena del favoritismo y procediendo
austeramente, proponen exclusivamente hombres adornados de sólida
preparación técnica y con una historia de trabajos serios, más o menos
importantes, y en todo caso reveladores de vocación firme y decidida
hacia la investigación científica, tenemos por indiscutible que, dentro
de algunos lustros, todas las clases directoras y docentes de nuestro
país se habrán transformado profundamente.
Y la espléndida floración de verdades científicas, de invenciones
útiles, de aplicaciones fecundas a la agricultura, a la industria
y a la gestión política y administrativa del Estado, afirmará
enérgicamente nuestra personalidad espiritual ante el mundo y
preparará una España del porvenir que nos consuele de cuatro siglos de
estancamiento y haga olvidar a Europa la España del pasado.
[Ilustración]