Sálense á passear los quatro Religiosos, y el Padre Abad, en tono de
conversacion, da á Fray Gerundio una admirable doctrina.
1. Dormida la meridiana, tomado un polvo, rezadas vísperas y completas,
y ya adelantada un poco la tarde, que estaba muy apacible, dixo el
Padre Abad á Fray Blas y á Fray Gerundio, que si gustaban de salir
á espaciarse un poco al campo. Aceptaron gustosos el convite los
dos amigos, y se salieron á passear en compañía de los dos Monges.
Apénas se vieron fuera del lugar, (y no tuvieron que andar mucho para
esso,) quando impaciente ya Fray Blas preguntó al Padre Abad: «Qué le
pareció á vuestra Reverendíssima del sermon de esta mañana? No fué
un assombro?» -- «En su linea, respondió el Reverendíssimo, es de lo
singular y de lo precioso que he oído.» A tal punto se incorporó con la
tropa el Comissario, que venia con alguna acceleracion á cortejarlos,
no haviéndolos encontrado en casa del Licenciado Flechilla. Era su
trage de passéo, becoquin mocho, sombrero nuevo de castor, alzacuello
con su esclavina, sobre-ropa con alamares, baston con puño de plata
y buen recado de borla; en fin, parecia un Arcediano. Despues de los
cumplidos ordinarios, prosiguió la conversacion entablada, porque
Fray Blas repitió la misma pregunta, y el Padre Abad le dió la misma
respuesta.
2. «No esperaba yo ménos de la profunda sabiduría de vuestra
Reverendíssima, dixo el Comissario. Malo es que á mí me dé golpe un
sermon, un libro, una obra, sea de la facultad y de la especie que
se fuere, que lo mismo mismíssimo ha de parecer á todos los hombres
sabios y discretos del mundo. Tengo mil experiencias de esso. Aquellas
exquisitíssimas noticias, que dió el Padre Fray Gerundio del orígen
de los elogios y de las oraciones fúnebres, como tambien de los
diferentes ritos con que se han celebrado y se celebran las honras de
los difuntos, comprobadas todas con testimonios de tanta multitud de
Autores, no prueban un milagro de lectura y un abysmo sin suelo de
sabiduría?»
3. -- «Bien puede ser, respondió el Padre Abad, que al Reverendo Fray
Gerundio le huviesse costado esso mucho sudor, mucho aceite y mucho
tiempo; porque, como todavía es jóven, no puede tener grande noticia
de los Autores, que tratan de propósito varios assuntos. Dionysio
Halicarnasseo, célebre Historiador y uno de los mejores críticos de la
antigüedad, tiene una bella, elegante y muy erudita dissertacion sobre
esta única materia, intitulada: _De origine et vario ritu Funeralium_.
Allí se encuentra todo quanto dixo el Padre Fray Gerundio, y mucho
mas. En esta especie de escritos philológicos, dicen los críticos que
están puestas en su lugar todas essas noticias; pero en los sermones
las tienen por impertinentes y por una pueril vanidad de ostentar
erudicion fuera de tiempo. A lo mas mas permiten, que se apunten muy de
passo, huyendo mucho de recalcarse en ellas. Yo solo refiero lo que los
críticos dicen, pero sin tomar partido; porque no es mi ánimo defraudar
un punto el concepto que se merece el Padre Fray Gerundio.»
4. -- «Oh Padre Reverendíssimo! replicó el Comissario. Los críticos!
Los críticos son extraña gente: dudarlo todo, impugnarlo todo, negarlo
todo, y cátate que soy crítico. Hay manía mas graciosa como negar, que
Júdas se crió desde niño en casa de Pilatos; que le sirvió de Jardinero
ó de Hortelano; que despues mató á su Padre sin conocerle, porque quiso
llevarse unas peras de la huerta; que al cabo se casó con su misma
Madre sin saber que lo era, y que á esta tambien le quitó la vida
por no sé qué niñería, y que, viéndose viudo, se quiso meter Frayle,
pero, no haviéndole querido recivir en ninguna Religion monacal ni
mendicante, por fin y postre se metió Apóstol y vendió á su Maestro,
se ahorcó de un moral muy alto, estando tres dias colgado de él sin
poder morir por mas diligencias que hizo, hasta que, en el mismo punto
en que Christo resucitó, se rompió el cordel, y cayó precipitado sobre
una peña ó guijarro puntiagudo, que le abrió las entrañas y le hizo
arrojar los intestinos? Noticias todas tan ciertas, tan authénticas,
tan indubitables, como que están escritas é impressas por un varon pio,
docto y religioso, en un libro de título muy retumbante. Y en medio de
esso los críticos no solamente las niegan, sino que hacen grandíssima
chacota de el que las escrive, y no menor burla de los que las creen.
No haga pues caso vuestra Reverendíssima de los críticos, y déxelos
decir hasta que se cansen.»
5. -- «Soy de essa opinion,» dixo el Socio del Abad algo
socarronamente. «Los críticos vienen á turbarnos en la quieta y
pacífica possession en que estábamos, de creer buenamente mil y
quinientas cosas sin perjuicio de tercero; y, pues ellos no hacen caso
de un título tan justo como es el de la possession, tambien es puesto
en razon que nosotros no hagamos caso de ellos. La erudicion sirve de
adorno en los sermones, y los Santos Padres no la despreciaban quando
la tenian á mano.»
6. -- «Por lo ménos, interrumpió el Padre Abad, ni San Gregorio
Nazianceno en las oraciones fúnebres que pronunció, ya en la muerte
de su grande amigo San Basilio, ya en la de su Padre, que se llamaba
tambien Gregorio, ya en la de su hermana Santa Gorgonia; ni San
Gregorio Nysseno en las que predicó á las honras de las Emperatrices
Plácida y Pulqueria; ni San Ambrosio en las que dixo en elogio del
Emperador Theodosio el Grande, se cansaron en gastar essa especie de
erudicion. Mucho peso, mucha solidez, mucha piedad, mucha eloquencia,
mucho ingenio y mucha ternura, esso sí; pero erudicion, ni poca ni
mucha, y en verdad que todos tres Santos eran muy leídos.»
7. -- «A esso, Padre Maestro, dixo el Socio, se me ofrece una gran
disparidad; essos Santos predicaban las honras de otros Santos, y
quando ménos de unos Emperadores que, aunque no están canonizados,
compitieron en lo heróico sus virtudes christianas con las políticas y
con las militares. Todos essos grandes objetos estaban tan llenos de
nobles materiales, que era inútil el adorno, y ociosa la invencion,
quando sin esta y sin aquel no tenia tiempo el Orador ni aún para
apuntar, quanto mas para explayarse en dar á el auditorio un claro
conocimiento de sus Héroes. Nuestro Reverendo Fray Gerundio no tuvo
por objeto de su oracion á ningun San Basilio ni á ningun Emperador
Theodosio. El Señor Escrivano (que Dios haya) seria muy buen
Christiano; pero sus virtudes no hicieron ruído. Comulgaba una vez
al año con mucha devocion, oía missas los dias de fiesta, y ganaba
en oficio todo quanto podia. No venció tyranos, ni ganó batallas, ni
conquistó provincias, ni defendió á la Religion; y en fin, no sabemos
que sobresaliesse mucho en alguna de aquellas virtudes morales ó
prendas naturales, que tal vez se reputan por assunto digno de los
elogios fúnebres. Bien ve vuestra Paternidad, que para alabar á un
hombre assí, esto es, á un hombre de vida comun y por ventura no muy
exemplar, con precision de gastar por lo ménos una hora en celebrarle,
es menester arte, inventiva, y forragear mucho en la erudicion para
llenar el tiempo y para divertir la curiosidad del auditorio, ya que no
se pueda decir cosa que la edifique demasiadamente.»
8. -- «Admirable réplica!» exclamó Fray Blas. -- «No tiene respuesta
el argumento,» dixo el Comissario. -- «Quitómele de la boca el Padre
Predicador,» añadió Fray Gerundio. -- «Sosiéguense Ustedes, replicó el
Padre Abad, que yo veré si puedo responder á él, pero me han de oir con
paciencia.»
9. «No tiene duda, que las oraciones fúnebres se inventaron en el
mundo para celebrar á los claros varones, alentando á los vivos á la
imitacion de los difuntos en las heróicas virtudes, que practicaron en
beneficio de la Patria y de la República. Esso de que los Athenienses
fuessen los primeros que introduxeron esta loable costumbre, como lo
afirmó en su sermon el Padre Fray Gerundio, es muy dudoso y seguido de
muy pocos. Lo mas mas que se les concede fué la invencion de ciertos
juegos eqüestres, que en honor de los difuntos esclarecidos practicaban
sus amigos y parientes, como lo hizo Achiles con Patroclo, y mucho
tiempo ántes Hércules con Pélope.»
10. «Lo que no admite duda es, que una de las primeras oraciones
fúnebres que se leen en toda la antigüedad es la de Lucio Junio Bruto,
como dice Ciceron, diez y seis años anterior á las que se leen de
los Griegos, celebrando la memoria de los que murieron en la famosa
batalla del Marathon; y por el mismo tiempo, poco mas ó ménos, tuvieron
principio los epitaphios ó elogios sepulchrales, que se gravaban sobre
las sepulturas de los difuntos, dando una succinta noticia de las
principales acciones de su vida ó de los dictados mas visibles que
los adornaron; como el de Anicio Probo, cinco veces Cónsul, Questor
y Candidato, á su madre Anicia Phaltonia Proba, muger de un Cónsul,
hija de otro, y madre de dos; pero, sobre ser esta una qüestion
inútil, fácilmente podemos conciliar las dos opiniones encontradas,
diciendo que los Griegos fueron los primeros que inventaron los elogios
fúnebres, dedicándolos precisa y únicamente á los que morian con las
armas en las manos en defensa de la patria; y los Romanos fueron los
primeros que los extendieron á todos los difuntos, que en qualquiera
linea huviessen sido beneméritos de la República ó de el Estado.
Aquellos los limitaron á las virtudes militares, estos los extendieron
á todas las virtudes.»
11. «Hasta que la Iglesia comenzó á lograr alguna paz permanente, hácia
los principios del quarto siglo, ni se introduxo ni pudo introducirse
esta costumbre entre los Christianos. Las primeras oraciones fúnebres
completas que tenemos y que merezcan este nombre, son las de San
Gregorio Nazianceno, que murió el año de 391. Es cierto, que ni
entónces ni en muchos siglos despues se permitieron en la Iglesia de
Dios este género de elogios públicos, pronunciados en el Templo á
vista de todo el pueblo, sino en la muerte de sugetos esclarecidos,
notoriamente recomendables por su eminente virtud ó por sus grandes
servicios en obsequio de la Religion. Despues la lisonja, la vanidad
y la condescendencia, ayudadas de la calamidad de los tiempos,
introduxeron el intolerable abuso de celebrar magníficas exequias con
oraciones fúnebres á todos los difuntos que dexaban conveniencias para
costearlas. Tuvo principio esta corruptela en el siglo 11º, quando
se comenzó á relaxar la disciplina, y las revoluciones del Imperio
abrigaron la simonía, la violencia y la ignorancia, pues se hallan en
aquel siglo y en los dos siguientes algunos panegýricos pósthumos de
sugetos no solo escandalosos y perversos, sino hombres verdaderamente
facinorosos.»
12. «Para formar estos elogios, claro está que era menester una de tres
cosas: ó fingir descaradamente las virtudes que no tuvieron, ó ponderar
las que debian de tener, ó sacar al theatro con nombre de virtudes
los mas vergonzosos vicios, echándolos una capa que los diesse otra
apariencia. Entónces fué quando se comenzó á torcer en los púlpitos el
verdadero significado de aquellos grandiosos nombres _magnanimidad_,
_bizarría_, _intrepidez_, _generosidad_, _gran corazon_, _política_,
_prudencia_, _teson_, _animosidad_, _heroísmo_, _etc._ Contagio ó
trastornamiento que, derivándose de siglo en siglo hasta nuestros
tiempos, ya apénas nos dexa discernir los verdaderos Héroes de los
que no fueron mas que unos verdaderos tyranos, ladrones, usurpadores,
falaces, astutos, pérfidos, ambiciosos, atrevidos, temerarios,
arrogantes y descarados mofadores de todo el género humano.»
13. «Apoderada de los pueblos y de las naciones esta perniciosa
introduccion, mas ó ménos se ha conservado hasta ahora en todas
las de la Christiandad. Es verdad que en nuestra España ya es muy
rara la provincia, y aún los pueblos, donde se permiten sermones
de honras que no sean á sugetos de virtud sobresaliente, sobre lo
qual se han tomado varias providencias, assí en algunos Concilios
provinciales como en diferentes Sýnodos diocesanos. Si hay algun
Gremio ó Comunidad, donde constantemente se observe esta demonstracion
con todos sus individuos difuntos, es por la justa presuncion que
funda el mismo hecho de haver sido de tal Comunidad ó de tal Gremio,
de que el difunto necessariamente sobresalió en alguna virtud,
prenda ó talento recomendable. Algunos son de opinion que, quando
estas prendas no salen de la esphera de virtudes puramente morales ó
intelectuales, tampoco debieran salir los elogios de los sugetos que
las posseyeron, de aquellas piezas donde las Comunidades ó Gremios
sabios celebran sus juntas ó sus exercicios literarios. Assí se
observa en las dos Academias de las Ciencias y de las Bellas Letras
de Paris: los nobles elogios fúnebres que se consagran á la memoria
de los miembros de ellas que murieron, se encierran siempre dentro de
las paredes de sus académicos Muséos, y hacen una preciosa parte de
sus utilíssimos exercicios. El púlpito y los Templos parece que solo
debieran reservarse para elogiar aquellas virtudes verdaderas que, sin
volver siquiera los ojos hacia la vana immortalidad del nombre, miran
derechamente á la eterna felicidad. Los que son de este sentir, juzgan
que es profanarlos el dedicarlos á otra cosa. Yo prescindo de esta
opinion, porque mi dictámen no hace falta ni para defenderla ni para
impugnarla.»
14. -- «Hace bien vuestra Reverendíssima, interrumpió el Comissario;
porque, si llevara la contraria, nos havian de oir los sordos. Yo
tengo en mi poder el sermon, que se predicó en las honras de un primo
mio Cathedrático, y, aunque no fué negocio de que la gente anduviesse
á cachetes por sus reliquias, pero al fin el Orador, que tampoco es
ménos que un Cathedrático de prima, le compara á Salomon; y en verdad
que pienso dexarle á mis sobrinos como la alhaja mas preciosa de mi
herencia, mandando expressamente en el testamento, que le archiven
entre los papeles mas importantes de la familia; y aún no estoy ageno
de hacer á mi costa otra impression, si pinta bien la venta de los
carneros. Pero prosiga vuestra Reverendíssima, porque le oímos con
gusto.»
15. -- «Digo pues, continuó el Padre Abad, que, aún tolerada en algunas
partes la costumbre de predicar sermones de honras á los que en vida no
tuvieron las costumbres mas arregladas, pero se hicieron recomendables
por otras prendas naturales dignas de estimacion, parece á muchos
hombres discretos, (cuyo dictámen no me atrevo á reprobar,) que están
en ellos muy fuera de su lugar las noticias eruditas, gastadas, como
dicen, á pasto y muy de intento, especialmente aquellas que se toman
de los funerales del Paganismo.» -- «Pues, como se ha de bandear el
pobre Orador sin esse socorro?» preguntó Fray Blas. -- «Yo se lo diré á
vuestra Paternidad,» respondió el Padre Abad.
16. «Como se bandeó San Gregorio Nazianceno en su admirable oracion
fúnebre predicada en las honras de San Basilio, quando llegó á tratar
de su universal pericia en casi todas las ciencias. Ya ve vuestra
Paternidad, que esto pertenece puramente á las prendas intelectuales
y naturales; pues, sin distraherse el Santo á noticias impertinentes
ni hacer ostentacion de alusiones importunas, va haciendo una noble
descripcion de las ciencias que posseía con gran perfeccion el gran
Basilio, insinuando al mismo tiempo con artificioso dissimulo una
admirable instruccion para que los oyentes aprendiessen el modo de
posseerlas, sin descuidarse de enseñarlos como havian de usar de ellas
con utilidad. Contentóme mucho este hermoso trozo de la oracion,
aún leído en la version latina, que sin duda perderia no poco de su
elegancia original en la lengua griega. Tradúxele en castellano, y aún
le tomé de memoria, por si acaso se me ofrecia alguna vez aprovecharme
de él; y á fé que han de tener Ustedes la paciencia de oírmele, porque
no les ha de disgustar. Dice pues assí:»
17. «Qué ciencia, qué facultad huvo en que Basilio no estuviesse muy
versado, y tan versado como si se huviesse dedicado á ella sola? De
tal manera las posseyó todas, que jamas huvo quien posseyesse una sola
con igual perfeccion; y con tanta eminencia se hizo dueño de cada una,
que parecia ignoraba todas las demas. Y esto porqué? Porque á un
ingenio tan sútil como elevado añadia una aplicacion tan continua como
laboriosa: medio único para adquirir el imperio sobre las ciencias y
las artes. Su ingenio pronto, rápido y penetrativo hacia al parecer
ocioso su estudio infatigable; y, á vista de su continuo estudio,
parecia inútil la rápida perspicacia de su ingenio. Sin embargo, juntó
la una con la otra con tanto empeño, que dexó neutral la admiracion,
sin saber á qual de las dos partes debia aplicarse mas, si á la elevada
viveza de su ingenio ó al teson incansable de su estudio. Quien pudo
competir con Basilio en la rhetórica, aquella divina arte que en todo
respira fuego? Superior á los Rhetóricos mas célebres en el inimitable
uso de los preceptos, pero muy desemejante de ellos en las costumbres.
Quien le excedió en la gramática, aquella arte de hablar correctamente,
que pule y forma la lengua para el Griego mas castizo, aquella que
recoge la historia, preside en la poesía, y como suprema Legisladora
publica é intima leyes para el metro? Quien en la philosophía, ciencia
verdaderamente sublime, que se eleva á lo mas alto de la naturaleza,
ya se considere aquella noble parte suya, que se dedica á la práctica
y experimental indagacion de las verdaderas causas que producen los
efectos naturales, ya se atienda aquella otra, que se entrega toda á
la especulacion en las disputas, sutilezas y argumentos lógicos, que
comunmente se conoce con el nombre de _dialectica_? En ella sobresalió
tanto Basilio que, si alguna vez la necessidad le empeñaba en la
disputa, su argumento no tenia solucion, y era mas fácil al adversario
burlarse del mas intrincado laberintho que desembarazarse de su
réplica. Por lo que toca á la astronomía, geometría y arithmética,
se contentó con saber lo que bastaba para que los peritos en estas
facultades le mirassen y le oyessen con respeto; lo demas lo consideró
como inútil á la profession de un sabio religioso y serio, que en sus
estudios buscaba el provecho y no la curiosidad: de manera que tanto se
debe admirar en Basilio lo que no quiso estudiar, como lo que escogió
para aprender.»
18. «Aquí tienen Ustedes un elogio limitado precisamente á prendas ó
virtudes naturales, que á un mismo tiempo deleita é instruye, persuade
y mueve, sin el fárrago de erudicion ó de noticias triviales que un
Predicador de los que se usan fácilmente embutiría en los varios
puntos que toca San Gregorio Nazianceno: un elogio que, no rozándose
ó rozándose apénas con las virtudes christianas, no obstante se
pronunció dignamente en el púlpito mas grave y á vista del auditorio
mas autorizado y mas serio. Pues, quien quita que á imitacion de
este se formen otros muchos, quando en los sugetos, cuyos funerales
se celebran, no hay que alabar sino prendas naturales ó virtudes
puramente morales, que, aunque no son mérito para la vida eterna, son
imitables por útiles á la sociedad civil?»
19. -- «Y si ni aún esso se halla en el difunto, dixo Fray Gerundio con
algun sacudimiento y retintin, como que él se havia visto en esse caso,
de qué ha de echar mano el triste Predicador?» -- «Penetro, Padre Fray
Gerundio, respondió el Padre Abad, todo el émphasis de la pregunta, que
no es tan innocente como parece: confiesso á vuestra Paternidad, que mi
primo el Escrivano ni fué canonizable, ni se hizo muy visible por otros
talentos de la linea natural, que logran alguna recomendacion entre
los hombres; por esso tuve lástima del Orador que havia de predicar
sus honras, luego que me avisaron de su última disposicion, y aún él
mismo se hizo cargo de la dificultad, quando por conocerla dexó una
limosna tan quantiosa al Predicador, atento al apuro en que se havia
de ver para encontrar en él algo digno de alabarse. Pero digo, que aún
en este apretado lance hay en la rhetórica ciertos lugares comunes, y
todos graves, de que puede y debe echar mano el Orador para formar su
panegýrico fúnebre, sin dispendio del tiempo, sin perder el respeto al
púlpito, y con utilidad del auditorio.» -- «Y qué lugares son essos,
Padre Reverendíssimo?» preguntó Fray Gerundio. -- «Yo se los diré á
vuestra Paternidad,» respondió el Padre Abad.
20. «Los que llaman _de la persona_, y se pueden reducir á quatro
capítulos: á las prendas del cuerpo, á las del alma, á la nobleza ó
méritos de sus antepassados, y al oficio, empléo ó ministerio que
exerció el difunto quando vivo. En el cuerpo se puede considerar la
proporcion, gentileza, symetría ó hermosura, la agilidad, la robustez,
la fortaleza, etc. En el alma, el entendimiento, la penetracion, el
juício, la prudencia, etc. En la nobleza ó méritos de sus antepassados,
todas las hazañas que los hicieron recomendables. En el oficio ó
empléo, la superioridad, la exactitud, la aplicacion, los medios, los
fines, la utilidad, etc.» -- «Pues qué! interrumpió Fray Blas, tambien
se ha de hacer assunto en el púlpito, de que el difunto no havia sido
corcovado ni contrahecho, sino galan y bien apuesto, parándonos en si
fué ágil ó pesado, torpe ó industrioso, buen ginete ó mal ginete, etc.?
Valiente impertinencia!» -- «Allá va essa mosca,» dixo el Comissario,
dando un resoplido. -- «Yo me sacudiré de ella,» respondió con
serenidad el Padre Abad.
21. «Sí, Padre Fray Blas, quando no hay otra cosa mejor de que echar
mano, puede el Orador valerse de las prendas corporales, con tal que lo
haga con la debida gravedad, circunspeccion y decencia. No se celebran
en la Escritura las fuerzas corporales de Sanson? No se elogian los
hermosos cabellos de Absalon? No se aplaude la agilidad de Saul y su
destreza en el manejo del arco? No se ensalza el primor con que David
heria las cuerdas del harpa? Y quantas veces havrá celebrado vuestra
Paternidad en sus sermones la hermosura exterior de la humanidad de
Christo, y havrá hecho algunas pinturillas ó descripciones de la
singular belleza de la Santíssima Vírgen? Y del juício que supongo en
vuestra Paternidad, no quiero creer que sus descripciones ó pinturillas
havrán sido tan profanas, tan escandalosas, tan sacrílegas como las
que yo he oído mas de una vez á muchos Predicadores, que, en lugar de
pintar á la Reina de las Vírgenes y Madre de la pureza, parece que
hacian el retrato de una Helena incendiaria ó de una Venus provocativa.
_Cavendum est_, dice á este intento una pluma igualmente zelosa que
elegante, _ab ineptiis eorum, qui in laude gravis personæ, ut Beatæ
Virginis, vernante styli lascivia speciem aliquam Helenæ efformare
nituntur_.»
22. «Qué cosa al parecer mas indiferente que la agilidad y la destreza
en el exercicio de la caza? Con todo esso, esto se alaba mucho, y no
sin razon, en la historia de varios Príncipes que fueron eminentes
en este exercicio, dedicándose á él con moderacion y por provechoso
passatiempo, sin declinar en el extremo de una passion desordenada
y viciosa. Tales fueron Mithridátes, Adriano, Carlo-Magno, Henrico
Primero y Alberto, Emperadores los tres últimos de Alemania. Nicetas
ensalza con los mayores elogios á la Emperatriz de Constantinopla
Euphrosina, muger del Emperador Alexo Angelo, porque en la intrepidez
y en la destreza de la caza de cetrería no solo igualaba, sino que
excedia á los mas hábiles cazadores de su tiempo. Ni en los nuestros
nos faltan exemplares de augustíssimas Princesas, que no dan ménos
muestras de su pericia y de su valor en el bosque que de su penetracion
y de su profunda política en el gabinete; tan felices en los aciertos
de la escopeta, como diestras en la puntería de los negocios. Lo que se
aplaude en la historia, por qué no se podrá elogiar dignamente en el
púlpito?»
23. «Dixe _dignamente_, y lo dixe con reflexion; porque, para que se
hagan decente lugar en la cáthedra del Espíritu Santo estas prendas
naturales, siempre es menester elevarlas á motivos superiores,
insinuando que aquellos que las posseyeron, ó las enderezaron ó
debieron enderezarlas á fines útiles á la Religion ó, quando ménos,
al Estado. Un Orador medianamente diestro puede fácilmente instruir
con arte á su auditorio en los medios de elevar á fines de superior
órden las acciones mas regulares y mas indiferentes. No salgamos del
exercicio de la caza. Quien quita ponderar la oportuna ocasion que
ofrece la soledad para el recogimiento, los varios obgetos innocentes
del campo para levantar el corazon á Dios; la velocidad, el furor, la
astucia y aún la valentía de las mismas fieras, para mil reflexiones
conducentes á la utilidad del alma ó al prudente gobierno de las
operaciones en la vida civil? Sabemos que San Francisco de Borja,
quando Duque de Gandía, era aficionadíssimo á la caza de cetrería,
en la qual exercitaba mil virtudes diferentes: ya la mortificacion,
retirando de repente la vista quando mas la convidaba la diversion del
obgeto; ya el sufrimiento, tolerando sin quexarse assí las fatigas del
campo como los rebeses de los temporales; ya una profunda meditacion,
sacando utilíssimas consideraciones de la velocidad con que el
halcon se disparaba á la presa, de la docilidad con que á la primera
insinuacion del reclamo se restituía al alcándara,[32] de la fidelidad
con que presentaba la caza á su legítimo dueño, refrenando su natural
voracidad por cumplir con su obligacion y con su agradecimiento.»
24. «Aún en el Gentilismo tenemos un bello trozo del panegýrico de
Trajano, que puede servir de instruccion á qualquiera christiano Orador
para dirigir á la religion el elogio de las prendas naturales. _Eres_,
dixo Plinio el jóven, _diestríssimo en la caza. Usasla con moderada
freqüencia. Parece recréo, y no es mas que mudanza de fatiga. Tienes
por alivio lo que solo es mudar de trabajo; interrumpes algunas veces
los cuidados del gabinete, mas para qué? Para penetrar los bosques,
para perseguir las fieras aún en los mas profundos senos de sus
lóbregas cavernas, para trepar por riscos y breñas inaccesibles sin
mas auxilio que el de tus piés, sin otras huellas que las que estampan
tus plantas; y esto, en qué viene á parar? En que con sobreescrito de
diversion exercitas la piedad, visitando aquellos sagrados lugares y
saliendo al encuentro á los Dioses tutelares que los presiden y los
protegen_: =Quod si quando cum influentibus negotiis paria fecisti,
instar refectionis existimas mutationem laboris: quæ enim remissio
tibi nisi lustrare saltus, excutere cubilibus feras, superare immensa
montium juga et horrentibus scopulis gradum inferre, nullius manu,
nullius vestibus adjutum, atque inter hæc pia mente adire lucos et
occursare numinibus?=»
25. -- «Y si el bueno del difunto, replicó el Socio, no tuvo ninguna
destreza ni habilidad, sino para comer, beber, passearse y _vita
bona_, adonde ha de acudir el angustiado Orador por los elogios?» --
«Adonde? respondió el Abad; á su profession ó á su oficio, pues no hay
oficio ni profession que no dé abundante materia para celebrar, si no
al que la exercitó, al modo con que debe exercitarse y á los fines á
que debe dirigirse, lo que todo redundará en provechosa enseñanza del
auditorio.»
26. -- «Y parécele á vuestra Reverendíssima, dixo Fray Blas, que
se encuentran ahí á la puerta de la calle los elogios de todas las
facultades y de todas las professiones?» -- «Jesus! respondió el Abad:
no hay cosa mas á mano, ni tampoco mas de sobra. Qualquiera Autorcillo
que escrive sobre el todo ó la parte de alguna facultad, oficio ó
empléo, comienza colocándole mas allá de las nubes, pues ó el prólogo ó
el primer capítulo, quando muchas veces no sea la mayor y la mas inútil
parte de la obra, se reduce por lo comun á recoger todo quanto se ha
escrito en recomendacion de la materia que trata, de su antigüedad, de
su nobleza, de su necessidad, de su suma importancia: tanto que, al
leer la introduccion del mas despreciable folleto sobre alguna parte
de qualquiera de las facultades y aún artes ú oficios mechánicos, un
Lector incauto se persuade á que no la hay mas noble, mas importante
ni mas necessaria. A este propósito me acuerdo, que siendo muchacho
leí cierto librete sobre las fiestas que havia hecho en una Ciudad el
gremio de los Sastres, con ocasion de un retablo que havia costeado el
mismo gremio. El Autor, assí en la introduccion como en lo restante
de la obrilla, juntó ó esparció tantos y tan magníficos elogios de
este oficio; sobre todo se inculcó tanto su antigüedad y su nobleza,
probando, á su parecer concluyentemente, que este era el primero que se
havia exercitado en el mundo, siendo Adan y Eva los primeros Sastres,
fundado en aquellas palabras del capítulo 3º del Génesis: _Cumque
cognovissent se esse nudos, consuerunt folia ficus et fecerunt sibi
perizomata_, que, convencido yo á lo mismo, faltó poco para que no me
metiesse á Sastre.»
27. -- «Tan baxos pensamientos como essos, interrumpió el Socio, nunca
los tuve yo; pero tanto como dedicarme á Boticario, no me faltó un tris
para hacerlo, desde que leí en cierto papelejo sobre la confeccion
del Alkermes, que el Espíritu Santo era el verdadero fundador de las
Boticas, por quanto él es el que inspira el conocimiento de la virtud
de los simples y el modo de elaborarlos: añadiendo que por esso las
quintas essencias, que son los medicamentos mas activos, se llaman
_espíritus_, con alusion á su divino inventor.»
28. -- «Chanzas á un lado, continuó el Padre Abad; al Gramático, al
Rhetórico, al Orador, al Poeta, al Phýsico, al Mathemático, al Músico,
al Astrónomo, al Legista, al Theólogo, y á proporcion á todos los
Professores aún de las artes ú oficios mechánicos, se les puede alabar
en el púlpito con magestad y con decencia por el exercicio de sus
mismos oficios y facultades. Para hacer el elogio de un Gramático, no
hay mas que leer á Marciano Capela, en su libro 3º; á Diomedes, en
la Epístola á Athanasio; á Diodoro Sículo, en el libro 12º, _sobre
las leyes de Charondas_; y á Suetonio, _De illustribus Grammaticis et
Criticis_. Para el de un Rhetórico y Orador, sobre lo mucho que dice
Philon Hebréo en su libro _Del Cherubin_, se puede leer á Lucano en
el poema á Calphurnio Pison; á Ovidio, en el libro segundo Del Ponto,
Elegía 5ª.; á Plinio el menor, en el libro segundo, Epístola 3ª.; á
Séneca, en el Prólogo á las _Controversias de Crasso Severo_; y tambien
á Ausonio, en su _Panegýrico á Graciano_.»
29. «No hay cosa mas de sobra que los elogios de la poesía; tropiézanse
tantos, que son estorvo mas que diversion. Casi todos los que se
encuentran en los modernos, son copia de los que se leen en el Diálogo
sobre la Oratoria, que corre con nombre de Cornelio Tácito y muchos
creen ser de Quintiliano, donde se dicen muchas cosas en pro y en
contra de la Poesía; de los que recogió Silvio Itálico hácia el fin del
libro undécimo; de los que se hallan en el _Genethlíaco_ de Luciano,
como se ve en las obras de Estacio; y, finalmente, de lo mucho que dixo
Florido en el capítulo 7. del libro tercero _Contra los detractores
de los Poetas_. En amontonar alabanzas de la philosophía, parece que
todos han conspirado: Oradores, Poetas, Historiadores, Ciceron, Capela,
Claudiano, Sidonio Apolinar y todos los que escrivieron las vidas de
los Philósophos antiguos y modernos, como Eunapio Sardiano, Porphyrio,
Philóstrato Lemnio, Ammonio Egypcio, Dion Biothynio, Diógenes Laercio;
y entre los modernos Bruquero, Vossio, Jonsi, Capasi, y el Inglés
Thomas Stanley.»
30. «Para poner la medicina sobre los cuernos de la luna, no es
menester mas que abrir qualquiera tratadillo, que haya escrito en
algun assunto de ella el mas desdichado Pedante. A carretadas recoge
lo infinito que se ha dicho de la buena, cuidando mucho de suprimir
lo no ménos infinito que se ha declamado contra la mala. Pero al fin,
por expressar algunas fuentes determinadas, léase la _Vida de Galeno_,
recogida por Julio Alexandrino, los _Comentarios de la Nobleza_, por
Andrés Tiraquel, y la _Epístola del Ilustríssimo Guevara al Doctor
Melgar_, y encontrará el Orador un almagazen de elogios de la medicina,
que no los ha de consumir en un tomo entero de sermones de honras, á
los que han hecho predicar tantos por sus desaciertos.»
31. «De las mathemáticas sé muy bien lo que dice San Agustin: _Quas
multi Sancti nesciunt quidem, et qui etiam sciunt eas Sancti non sunt_:
que muchos Santos las ignoran, y los que las saben no son Santos.
Esta sentencia, que parece dura, no quiere decir lo que suena: solo
intenta el Santo significar por ella el grande embeleso, con que esta
nobilíssima ciencia arrebata hácia sí á sus professores, los quales
necessitan de un esfuerzo muy particular para desviar su atencion
de las especulaciones mathemáticas, si han de encontrar tiempo para
dedicarse á la meditacion de las verdades evangélicas. Por lo demas,
nadie puede negar que el mismo embeleso, con que arrebatan el alma, es
un medio tan eficaz como innocente para desviarla de las passiones,
que son los mayores enemigos de la santidad. Y assí, apénas se
encontrará Mathemático sobresaliente, que no sea hombre de costumbres
irreprehensibles. Por esso casi siempre va sobre seguro el elogio de
estos Professores; y para formarle prestan sobrados materiales Platon
en su _Timéo_, Aristóteles en muchos lugares de sus obras, y Alcínoo en
el _Isagoge á la Doctrina de Platon_.»
32. «Un Músico tiene mil capítulos que le pueden hacer justamente
recomendable; solo con passar los ojos por el bello panegýrico, que
Cassiodoro hace de la música en el tratado que dirigió á Boecio
Patricio, libro segundo _Variar._, hay copia de escogidos materiales
para celebrar á los que professan esta preciosa facultad. Y el que no
se contentare con estos, puede leer al ya citado Marciano Capela en
todo el libro nono. De los Jurisconsultos y de los Theólogos no hablo,
porque es menester que sea muy ignorante el que no sepa, que se puede
formar una grande librería, compuesta precisamente de los elevados y
merecidíssimos elogios con que todos los han engrandecido.»
33. -- «No se fatigue mas vuestra Reverendíssima, dixo á esta sazon
el Comissario; que, aunque yo le estaria oyendo con grandíssimo gusto
desde aquí á mañana, me causa congoja el miedo de que se canse.» --
«Pues yo, añadió Fray Gerundio, con licencia de vuestra Merced y solo
por oir á su Reverendíssima, tengo de hacerle todavía una pregunta. Y
si el difunto no solo no sobresalió en prendas algunas christianas,
morales ó naturales; no solo no fué eminente en la facultad que
professó, ni en el oficio que exerció, sino que en la Religion fué
un mal christiano, en la facultad un zopenco, y en el oficio un mal
hombre: qué ha de hacer el Orador sino refugiarse al sagrado de la
erudicion?»
34. -- «El caso es algo apretado, respondió el Padre Abad, pero no
tanto que no tenga salida. Entónces puede hacer lo que se refiere
en la vida de San Antonio de Padua (caso que no pueda excusarse de
predicar á sus honras, que será el arbitrio mejor): obligaron al Santo
á predicar en las de un usurero; quitóse de cuentos, no dissimuló el
torpe vicio de que havia adolecido públicamente el difunto, declamó
vehementemente contra él; y ponderando aquel texto de la Escritura:
_Ubi est thesaurus tuus, ibi est et cor tuum_: donde está tu thesoro,
allí está tu corazon; para probar la verdad de este oráculo, dixo con
instinto superior que acudiessen al cofre donde el difunto tenia su
thesoro, y que hallarian su corazon en él. Hízose assí, encontróse
efectivamente, tráxose á la Iglesia con espanto de todos, y, á vista de
aquel desdichado corazon, hizo el Santo un sermon de ninguna utilidad
para el difunto, pero de grandíssimo provecho para los vivos.»
35. «En la vida del venerable Capuchino y Apostólico Missionero Fray
Joseph de Carabantes se refiere otro caso muy parecido: dícese en ella
que, estando un Religioso de la misma Orden para predicar el sermon
de honras de cierto Ministro de Justicia, se le apareció rodeado de
llamas, la noche antecedente, y le dixo: _No prediques mis honras, sino
mis deshonras; porque te hago saber, que assí yo como todos los que
hemos tenido cargo de Justicia en este Pueblo por espacio de quarenta
años, estamos ardiendo en el infierno_. Con efecto, este fué el sermon
que predicó, dándosele poco de que los parientes del difunto se diessen
por ofendidos, como se diessen por avisados y por escarmentados, ellos
y los demas. No se puede aconsejar en cerro, que se haga lo mismo
siempre que la vanidad ó la lisonja insistan en que se prediquen honras
de sugetos, cuya vida fué notoriamente desordenada y escandalosa.
Para esso era menester un espíritu tan iluminado y una santidad tan
reconocida como la de San Antonio de Padua; pero á lo ménos debe
guardarse bien el Orador de tocar en las costumbres del difunto,
porque ó ha de mentir ó ha de escandalizar. Mucho mayor cuidado ha de
poner en huir de suponerle en estado de gracia, ponderando fuera de
tiempo la infinita misericordia del Señor; porque el auditorio incauto
y sencillo, y tambien el que no lo es, oyendo desde el púlpito las
imprudentes congeturas de que se salvó un hombre de tan mala vida,
entra en la necia confianza de que igualmente se podrán salvar los que
le imitaren en sus disórdenes.»
36. -- «Pues, qué partido juicioso, preguntó el Socio, se podrá tomar
en esse apurado lance?» -- «El que debiera seguirse, respondió el
Abad, en casi todos los sermones de honras, especialmente las que
se dedican á sugetos que no huviessen sido de una virtud singular,
notoria y generalmente reconocida: desviar enteramente la atencion
de aquel difunto particular, y fixarla en todos los fieles difuntos.
Quiero decir, ponderar la terribilidad de las penas del Purgatorio,
el rigor con que se castigan las mas leves culpas con los mas graves
tormentos, la indispensable obligacion que todos tenemos de aliviar con
nuestros sufragios á las almas que los padecen, siendo esta obligacion
mayor ó menor, segun la mayor ó menor conexion de los vivos con los
difuntos; el sumo reconocimiento de aquellas afligidas almas respecto
de todos los que contribuyen á aliviarlas; su grande poder con Dios,
quando se vean en el descanso eterno de la gloria; y concluir de aquí
demonstrativamente, que nosotros interessamos mucho mas que ellas en
los sufragios que las ofrecemos, porque nuestros sufragios á lo mas
las podrán anticipar una felicidad de que ya están asseguradas, pero
su poderosa intercession con Dios nos podrá assegurar á nosotros essa
misma felicidad, que aún está expuesta á tantas contingencias. Nosotros
podremos conseguir, que salgan quanto ántes del Purgatorio; ellas
podrán alcanzar, que no caigamos jamas en el infierno. Hé aquí unos
materiales copiosíssimos para disponer muchos sermones de honras, aún
en la muerte de los hombres mas foragidos.»
37. -- «No son malos, dixo el Comissario, ahuecando la voz entre
resoplido y regüeldo; pero, si no se ilustran los tormentos del
Purgatorio con algo de la rueda de Ixíon, con un poco de los perros de
Antéo, con un rasgo de los buitres de Prometheo, con mucho del toro
de Phálaris, y, sobre todo, para pintar bien la pena de daño, con
buen recado de la sed de Tántalo á la vista del cristalino chorro, es
negocio de dormirse el auditorio; y, si los ronquidos no valen por
sufragios, no hay que esperar otros.» -- «Soy de essa opinion,» añadió
Fray Blas. -- «Nunca me apartaré de ella,» prosiguió Fray Gerundio.
-- «Padre nuestro, perdimos el capítulo,» concluyó el Socio. -- «No
perdimos tal, respondió el Abad; porque yo no hice empeño de traher á
mi opinion al Señor Comissario ni á estos Reverendos Padres, conociendo
bien ser empressa muy superior á mis fuerzas. Dixe mi dictámen por modo
de conversacion, y en lo demas cada qual abunde en su sentir.» -- «Esto
es, añadió el Socio, cada loco con su thema.»
38. «Pero, como yo estoy convencido de lo que vuestra Paternidad ha
dicho y, por lo que á mí toca, con firme resolucion de no separarme un
punto de sus máximas, solo quisiera saber qué Autor ó Autores podria
seguramente imitar en las oraciones fúnebres, y si ha havido alguno
sobresaliente y cabal en este género de composiciones.»
39. -- «Usted, que entiende medianamente la lengua francesa, respondió
el Padre Abad, ó á lo ménos sabe de ella lo que basta para el gasto
de casa, no ignorará que hay escrito en ella mucho y bueno de esta
especie. Apénas hallará oracion fúnebre pronunciada en esta lengua,
singularmente de un siglo á esta parte, que no sea un bello modelo de
la mas castiza y aún de la mas christiana eloqüencia. San Francisco de
Sales fué de los primeros que abrieron este noble camino á la oratoria
francesa, en la tierna oracion fúnebre que predicó en las honras del
Duque de Mercurio. La que el Padre Bourdalue pronunció en las del gran
Príncipe de Condé, Luis de Borbon, parece que apuró todos los primores
del arte. Pero el que entre todos los Oradores franceses se elevó
en este género de eloqüencia á tan superior altura, que no parece
possible se remonte mas el vuelo de algun Orador humano, fué el grande
Espíritu Flechier, Obispo de Nimes, excediéndose singularmente á sí
mismo en la célebre oracion al Vizconde Mariscal de Turena. Si despues
se acercó alguno á este grande hombre, fué el Ilustríssimo Señor Don
Pedro Francisco Lafiteau, Obispo de Cisteron, en la que pronunció
en las honras de nuestro gran Rey Phelipe Quinto, que al punto se
traduxo en castellano, sirviendo de exemplar á pocos y de confusion á
innumerables.»
40. «Verdad es, que en este punto no están los Franceses tan
indulgentes como yo, á lo ménos en todos los artículos; porque suponen,
lo primero, que las oraciones fúnebres no se hicieron para el púlpito,
el qual las adoptó á regañadientes, viendo que la lisonja ó quando
ménos la condescendencia con los grandes se empeñaban en introducirlas
en el Santuario. En esto no me separo mucho de ellos. Suponen, lo
segundo, que para celebrar dignamente á un Héroe, es menester que sea
tambien Héroe el Orador, porque, no siéndolo, no puede tener idéas ni
expressiones proporcionadas al mérito ni á la grandeza de su obgeto.
De manera que el auditorio ha de estar como indeciso, no sabiendo
determinar qual es mayor Héroe en su linea, si el Héroe del púlpito ó
el Héroe de la campaña, del gabinete ó del solio. Consiguiente á esto
suponen, lo tercero, que en materia de oraciones fúnebres no se sufren
medianías: ó han de ser excelentes, ó son intolerables. Si el auditorio
no está embelesado, tiene derecho para silvar al Orador. Esta máxima me
parece que inclina demasiado al rigorismo, y no mudo de opinion porque
diga Tulio en la carta á Marco Bruto, que _eloquentia quæ admirationem
non habet, nullam judico_: que, miéntras el Orador no assombra, no es
Orador. Mas acá hay posada: como llegue á agradar, á persuadir y á
mover, cumplió bastantemente con su obligacion.»
41. «Suponen, lo quarto, que los grandes empléos, los primeros
puestos, la autoridad, la nobleza, la sabiduría, el genio, el valor,
el heroísmo, ni aún el mismo throno, mirados precisamente en sí, no
son assuntos dignos de un Orador christiano, y que, para serlo, es
menester que el Orador haga reflexion á su inanidad, á su inconstancia,
inspirando en el auditorio el ningun aprecio que merece este vano humo,
útil solo quando se usa de él para fines elevados y superiores. Tampoco
me atrevo á desviar de este dictámen; porque le hallo muy conforme á
los principios de la Religion, y aún fundado en las mas sólidas máximas
de una buena philosophía moral. Estas son las severas leyes que los
Franceses se proponen para sus oraciones fúnebres, y es cierto que los
mas se arreglan admirablemente á ellas.»
42. «Pero no crean Ustedes, que ellos solos los observan y que no
tengamos nosotros dentro de casa algunos bellos exemplares que imitar,
sin necessitar de mendigarlos afuera. Sin salir de la Universidad
de Salamanca, hay modelos muy acabados. El amor de la cogulla no me
permite olvidar á nuestro Maestro Vela, á quien arrebató la muerte,
quando el mundo comenzaba á conocerle. En dos ó tres oraciones fúnebres
que predicó, y se dieron á la luz pública, mostró su raro talento
para este género de composiciones, en que sin duda compitió con los
mas nobles Oradores. El Reverendíssimo Padre Salvador Osorio, de la
Compañía de Jesus, Cathedrático de aquella Universidad y Provincial
de la Provincia de Castilla, fué muy singularmente buscado para este
género de empeños, y salió de ellos con tanta felicidad, que casi todos
los sermones fúnebres que predicó se dieron á la estampa, aún ménos
para immortalizar la memoria de los difuntos, que para la enseñanza de
los vivos y para admiracion de los sabios. Varias veces me he lamentado
de que algun sugeto zeloso de la gloria de nuestra Nacion no huviesse
hecho una coleccion de estas oraciones, para que tuviessemos en España
un funeral, que pudiesse hombrear con los mas célebres que tanto ruído
meten en las naciones extrangeras.»
43. «En la Corte de Madrid se predicaron tambien nobles oraciones en
las exequias del gran Rey Phelipe Quinto. No hablo de todas, porque
algunas inquietarian las cenizas de aquel piadosíssimo, juiciosíssimo
y advertidíssimo Monarca, si fuera capaz de turbarse el descanso de
sus reales despojos, que con gran fundamento considera la piedad como
preludio del eterno y glorioso, que algun dia los espera. Entre otras
muy dignas del mayor aprecio, me arrebató la atencion y el gusto la que
pronunció el Doctor Don Joseph de Rada y Aguirre, Capellan de honor
de su Magestad, su Predicador de los del número, y hoy digníssimo
Cura de su real Palacio. Díxola en las exequias, que consagró á la
memoria tierna de aquel gran Monarca su real Congregacion de María
Santíssima de la Esperanza. Su assunto fué un nobilíssimo cotejo de las
gloriosas hazañas de Príncipe con las heróicas virtudes de Christiano,
protestando el discretíssimo Orador, que aquellas sin estas serian
materia indigna para un elogio pronunciado al pié de los altares.
Confiesso que me embelesó aquella noble oracion, y que es grande mi
dolor de que muchos Oradores españoles se desvien tanto del verdadero
camino de elogiar dignamente á los difuntos, con aprovechamiento de los
vivos, quando tienen á la vista conductores tan seguros.»
44. Al decir esto se hallaron todos dentro de casa, de vuelta del
passéo, que no fué corto, porque insensiblemente los fué empeñando
en él la divertida conversacion; y, si la cercanía de la noche no
les huviera avisado de que era tiempo de retirarse, es de creer, que
el Reverendo Padre Abad nos huviera enriquecido con otros muchos
materiales igualmente preciosos y oportunos sobre una materia de tanta
importancia. Lo peor del caso fué, que perdió el aceite y el trabajo,
porque, segun atestigúan concordemente varios documentos innegables,
solo el Socio se aprovechó de la doctrina: los demas la oyeron con
grandíssima frescura. El Comissario dixo entre dientes, volviéndose
hácia Fray Blas: «No me encaxa»; Fray Blas respondió: «Topo»; y Fray
Gerundio añadió: «Viva el _Florilegio_, y muérase la peste.»