CAPITULO PRIMERO.

Encárganle un sermon de honras, y no le escupe; con todo lo demas que

iremos diciendo.

1. «Pero mira, le dixo Fray Blas en el camino, si tu Tio te volviere

á tocar la especie, tú has de hacer la gatatumba y el agacha-panza:

quiero decir, que te has de mostrar convencido de sus razones, rendido

á sus consejos, dócil á sus instrucciones, oyéndole en lo exterior con

mucha humildad, respeto y reverencia; pero allá dentro de tu corazon

has de estar bien resuelto á reírte y hacer burla de todo quanto te

dixere. La razon de este admirable y no ménos importantíssimo consejo

salta á los ojos; porque estas gentes de la Iglesia, constituídas ya

assí en alguna dignidad, y mas quando están asomadas á una mitra,

suelen ser muy delicadas, gustan de que en todo se les oiga como

á oráculos, y llevan muy á mal que se les replique. Quando á esto

se añade la razon del parentesco, y mas siendo tan immediato y tan

superior como el de Tio, los da un peso de autoridad sobre toda la

familia, que no parecen sino unos concilios, y hasta los hermanos

mayores, que no han ido por la Iglesia, los oyen con una veneracion que

causa espanto. Es verdad que no siempre es oro todo lo que reluce, pues

tal vez hacen burla de ellos interiormente; pero los tiene cuenta el

paladearlos en el fuero externo, assí para disfrutarlos en vida como

para heredarlos en muerte. A ninguno importa mas que á tí el tener

grato á tu Tio, porque ninguno le necessita mas que tú, ya por los

socorrillos que te suele enviar, y ya por lo mucho que con su autoridad

y con la de sus amigos te puede servir dentro y fuera de la Religion

para tus adelantamientos. Por tanto sigue este mi consejo capital, y

trata de hacer bien tu papel: calla, dissimula, humíllate, muéstrate

convencido, dale palabra de enmendarte, consúltale en todo lo que se

ofreciere; pero tú, haz aquello que se te antojare!»

2. Aunque la leccioncilla del Padre Predicador mayor no era de

aquellas, que mas se conforman con el Evangelio ni aún con el

Catechismo, le cayó muy en gracia al docilíssimo Fray Gerundio, y la

tomó tan de memoria, que jamas se le olvidó. Llegaron á casa, donde

encontraron ya refrescando á toda la patrulla. Era el refresco limonada

de vino y bizcochos, que es el regular en las fiestas recias de Cámpos;

y se havian agregado á los huéspedes de casa muchos Curas del contorno,

que havian concurrido á la funcion, y tambien no pocos labradores de

los mas pestorejudos, todos con el motivo de dar la enhorabuena á Fray

Gerundio, á sus padres y á toda la parentela.

3. Fueron graciosas las expressiones con que se explicaron algunos,

especialmente de aquellos que se preciaban mas de tener voto en

esto de sermones. Uno que havia servido todas las Mayordomías de su

lugar, y estaba persuadido á que ninguno le echaba el pié adelante en

la eleccion de los mejores Oradores, dixo con voz ponderativa: «El

Padre Fray Gerundio ha perdicado un sermon que, miéntras Campazas sea

Campazas, no habrá quien le desquite.» Otro, que havia sido muchos

años Procurador de la tierra, y era hombre de cabeza abultada y muy

maciza, pareciéndole que el otro havia andado corto, añadió como para

corregirle: «Sí, andáos ahora á Campazas! En Leon he uído yo á los

mayores páxaros de España, pero otro Fray Gerundio... Y no digo mas,

porque toda comparanza es udiosa.» Al hermano Bartholo se le hacian

ya limonada las palabras, y, no pudiéndolas contener, prorumpió en

el despropósito de que en todos los dias de su vida havia oído ni

esperaba oir sermon mas mathemático. Voz cuyo significado no entendia,

pero siempre le havia parecido que significaba alguna cosa grande é

inaudita. Allá se fué el elogio del Sacristan de Benafarces, que se

halló en la funcion, no se sabe por qué casualidad, y era tenido entre

los que le conocian por uno de los hombres mas cultos de los que á la

sazon gorgoritaban _Parce-mihis_. Este pidió silencio, teniendo en la

mano un vaso de limonada que rebosaba por el borde, y, estando todos

callados y suspensos, dixo con voz gutural, recalcada y circunspecta:

«Señores, vamos haciendo justicia; que el sermon desde el principio

hasta el postre, desde la cruz hasta la fecha, y desde el thema hasta

el _quam mihi_, fué una pura construccion de Philosophía.» Quedaron

todos mirándose los unos á los otros, y, aunque ninguno entendió lo

que el Sacristan quiso decir, fué general la opinion de que tampoco se

podia decir mas.

4. A todo esto havia estado muy atento, pero igualmente callado un buen

Clérigo, de estos que llaman _de missa y olla_, que con su Capellanía

y un decente patrimonio lo passaba quieta y pacíficamente en su

lugar, mejor que un Arcediano. Era á la verdad de pocas letras, pues

solo tenia las precisas para entender el Breviario y el Missal á media

rienda; pero por su buena razon, por su genio apacible y bondadoso, y

porque era limosnero y amigo de hacer bien, le estimaban mucho en su

pueblo. Apénas moria alguno en él que no le dexasse por su principal

testamentario, y él admitia sin repugnancia estos encargos, assí por

tener alguna cosa en que emplear loablemente el tiempo, como por haver

hecho concepto que, si cumplia fiel, legal y puntualmente con este

piadoso y caritativo oficio, podia hacer mucho bien á los difuntos y

ser muy útil á los vivos.

5. Havia fallecido pocos dias ántes el Escrivano de su lugar, que

era ya viudo, y no solo le havia nombrado por su testamentario, sino

tambien por tutor y curador de sus hijos, con la expression de que no

se le tomassen cuentas ó se passasse por las que él quisiesse dar;

todo en crédito de la confianza que hacia de su pureza, exactitud y

legalidad. Dexaba encargado en el testamento, que se le hiciessen

honras y cabo de año con sermon, segun costumbre, y señalaba doscientos

reales de limosna para el Orador que se las predicasse, «en atencion,

decia él, al trabajo que ha de tener qualquiera pobre Predicador en

hallar de qué alabarme; porque, si no quiere mentir, se ha de ver bien

apurado.»

6. Con efecto debia de ser assí, porque era pública voz y fama, que

el tal Escrivano havia sido hombre no muy demasiadamente escrupuloso.

Quando entró en el pueblo, (pues fué el primer Escrivano que entró

en él,) no havia pleito ninguno, ni aún memoria de que le huviesse

havido jamas desde su primera fundacion; pero al año, y no cabal, de su

residencia ya todo el lugar se ardia en pleitos, y, quando murió, dexó

pendientes treinta y seis, aunque no passaba la poblacion de doscientos

vecinos: encendia á unos, azuzaba á otros, y los enzarzaba á todos. Si

dos partes contrarias le consultaban sobre una misma dependencia, á

cada una en particular respondia, afectando una modestia socarrona, que

él no era Abogado ni entendia los puntos de derecho, ni le tocaba dar

parecer; pero, por lo que le havia enseñado la experiencia en tantos

años de exercicio y en tantos pleitos como havian passado ante él, era

corriente su justicia, temeraria la pretension del contrario, y que á

buen librar le condenarian en costas, concluyendo con que, si esto no

salia assí, havia de quemar el oficio; que esto se lo decia á él solo

en confianza, encargándole mucho el secreto. Despues que á uno y otro

los havia metido tanto aguijon, añadia con grande remilgamiento que,

aunque era cierto todo lo dicho, para qué queria pleito? que era mejor

componerse, porque, aunque ninguno se interessaba mas que él en que

cada qual siguiesse su justicia, (pues al fin no comia de otra cosa ni

tenia otros mayorazgos,) pero que amaba mas la paz del pueblo que todos

los interesses del mundo. Con este artificio, despues de haver irritado

á las dos partes, él echaba el cuerpo fuera y cobraba crédito de hombre

desinteressado.

7. En haviendo qualquiera quimerilla en el pueblo, por ligera que

fuesse, especialmente si havia sido cosa de paliza con algun rasguño

ú efusion de sangre, al punto buscaba los Alcaldes y se estrechaba

con ellos, y en tono de amistad y de confianza los persuadia á

que levantassen un auto de oficio y que tratassen de cubrirse,

intimidándolos con que hoy ó mañana vendria una residencia, y no

faltaria alguno que los quisiesse mal y los acusasse de omissos ó de

parciales, y á buen librar caeria sobre sus costillas una multa que los

levantasse tanta roncha. Despues de hecho el auto de oficio, arrestados

los de la riña y borrajado mucho papel en declaraciones, cargos y

descargos, quando ya no tenia pretexto para chupar mas á las dos

partes, solicitaba él mismo por debaxo de cuerda que se compusiessen;

y, cargando bien la mano en las costas á unos y á otros, porque á

ninguno se las perdonaba, á un mismo tiempo llenaba el bolsillo y era

aplaudido entre los innocentes con el glorioso renombre de pacificador.

8. Era muy franco en dar testimonios aún de aquello que no havia visto,

y, para quitar el escrúpulo á los que podian reparar en esta mala fé,

los decia con una bondad que encantaba, que un hombre de bien se havia

de fiar de otro hombre de bien mas que de sí mismo; que debia de dar

mas crédito á los ojos agenos que á los suyos proprios, porque estos

podian alucinarle y engañarle, pero de los otros no era razon ni buena

crianza ni aún conciencia presumirlo; y finalmente, que esto mismo

se estaba palpando á cada passo en el uso de los anteojos, con los

quales ve uno mas y mejor que con sus proprios ojos; de donde inferia

que, assí como puede un Escrivano dar fé válida, lícita y legalmente

de aquello que ve con anteojos, siendo assí que no son sus ojos los

anteojos, assí ni mas ni ménos puede y debe darla de lo que ve con los

ojos de un hombre honrado, quando este le assegura, que lo ha visto y

que passó la cosa ni mas ni ménos como él se la cuenta; y á la réplica

que le podian hacer, que él no sabia si era ó no hombre honrado el que

le pedia el testimonio, ya él salia al encuentro diciendo, que mil

veces havia oído á los Abogados ser principio de derecho que «ninguno

se debe presumir malo, hasta que se pruebe que lo es, y que en caso de

duda siempre se debe presumir lo mejor.»

9. Quedábanse atónitos los pobres páparos al oírle esta doctrina,

que les parecia á ellos mas clara que la luz del mismo dia; y el

símil de los anteojos, aunque tan disparatado, los ataba de piés y

manos. Para acabarlos de aturrullar y convencer enteramente, añadia

otro símil, en el qual los dexaba como embobados y lelos. «Está un

Escrivano, decia, actuando con un Señor Alcalde ó con qualquiera otro

Juez; firma este, y despues mas abaxo el Escrivano: _ante mí, Fulano

de Tal_. Quantas veces sucede, que el Juez al tiempo de firmar no está

_delante_ del Escrivano, sino á un lado ó á las espaldas, porque el

Alcalde verbi-gracia se está passeando en la sala? Y quien dirá por

esso, que el Escrivano es falsario, porque autorizó ó legalizó la

firma del Juez, diciendo que havia sido _ante él_? Pues, si esta no

es falsedad, por qué lo ha de ser dar un testimonio de lo que no se

vió ni se oyó, en la buena fé de que trata verdad el que me assegura,

que lo ha visto y oído? A los de mi oficio, que tropiezan en estos

melindres y delicadezas, se les puede decir que tienen escrúpulos de

Mari-Gargajo.»[27]

10. En virtud de esta misma docilidad, no solo era bizarríssimo en dar

testimonios de lo que jamas havia visto, sino que con su bondadoso

corazon no se podia negar á darlos muchas veces contrarios á lo que

havia palpado, sin detenerse mucho en dar dos testimonios opuestos

á las dos partes contrarias, porque decia que era enemiguíssimo de

desconsolar á nadie. Y, aunque esto le ocasionó mas de una vez algunos

embarazos enfadosos en los Tribunales superiores, al cabo de ninguno

salió tan mal como se podia temer, porque tenia maña para todo. Solo

era muy detenido en franquear los testimonios, quando sospechaba que

podian perjudicar á alguna parte predilecta suya; bien entendido que

su predileccion nunca se fundaba sino en un honrado reconocimiento á

expressiones prácticas, no de las mas ordinarias. Quando se hallaba en

este caso, decia con grande compostura, que no podia dar testimonio

alguno, sin que se lo mandasse la Señora Justicia; y, quando le

reconvenian con que estaba obligado á hacerlo en virtud de su mismo

oficio, por quanto todo fiel Christiano tenia derecho á que le diesse

testimonio de lo que havia visto ú oído, él respondia con mucho

fruncimiento, que esto era ignorar las nuevas pragmáticas-sanciones

que havian salido sobre el oficio de Escrivano, y los pobres patanes,

al oir el nombre de _pragmática-sancion_, quedaban tamañitos,

pareciéndoles que debia ser alguna excomunicacion del Padre Santo

de Roma, para que los Escrivanos no se metiessen en cumplir con su

obligacion sin licencia de los Alcaldes.

11. Este havia sido el exemplaríssimo Escrivano que havia dexado por su

principal testamentario al Licenciado Flechilla, (que assí se llamaba

el Clérigo de quien íbamos hablando, habrá como dos hojas,) dando

órden en su testamento para que se le predicasse su sermon de honras,

corriente, como era uso y costumbre en aquella tierra. Pues el tal

Clérigo, yendo dias y viniendo dias, luego que oyó á Fray Gerundio

el sermon del Sacramento, quedó verdaderamente espantado y dixo allá

dentro de su corazon: «No se me escapará este páxaro, y assí predicará

otro las Honras del Escrivano de mi lugar como yo soy Arzobispo.» En

efecto, despues de haver oído con el mas profundo silencio la variedad

de expressiones, con que todos daban la enhorabuena á nuestro Fray

Gerundio, se levantó pausada y boniticamente de su assiento, encaminóse

hácia donde aquel estaba, dióle un estrecho abrazo y, assomándosele

las lágrimas de puro gozo, le dixo con bondadosíssima ternura:

«Padrecito mio, obras son amores, que no buenas razones: yo tengo la

incumbencia de encargar un sermon de honras al difunto Escrivano de mi

lugar, que vale doscientos reales, y, si valiera doscientos mil, con

otros doscientos mil amores le pondria yo á la disposicion de Vuesa

Paternidad. El tal Escrivano, que Dios haya, ciertamente no fué hombre

canonizable; pero por lo mismo los assuntos dificultosos se hicieron

para ingenios peregrinos. El de su Reverencia lo es, ó tengo yo de

quemar á mi _Lárraga_ y al _Piscator de Salamanca_, que es toda mi

librería.»

12. No cabe en la ponderacion el empavonamiento de que se sintió

repentinamente embestido el corazon de nuestro Fray Gerundio,

viéndose convidado en aquella publicidad y en aquellas circunstancias

con un sermonazo de aquel tamaño, pues havria mas de quatro Padres

Definidores, que se tendrian por muy dichosos en haverlo conseguido

despues de haverlo pretendido mucho, y á él se le havia venido á las

manos, como dicen, sin saber leer ni escrivir. Desde aquel mismo

punto se le barrió de la memoria todo quanto le havia dicho su Tio el

Magistral, como si jamas lo huviera oído, y ya miraba tan debaxo de sí

al mismo Magistral, que por poco no le tenia lástima; pero sin embargo

resolvió respetarle en el fuero externo por la formalidad, teniendo

presente la importante leccion de su íntimo Fray Blas.

13. Respondió pues al Licenciado Flechilla, muy agradecido á la honra

que le dispensaba, y aceptando, quanto era de su parte, el sermon de

honras, baxo el beneplácito y la bendicion de su Prelado, que no dudaba

se la franqueasse, con agradecimiento al honor que hacia á la Orden

en la persona del mas mínimo individuo suyo. Hay quien diga, que casi

le respondió con estas mismas voces, aunque tan forasteras á su comun

estilo, bien que no faltan otros que lo contradicen, fundados en esto

mismo, persuadidos á que las espressiones eran mas cultas de lo que

correspondia á su crianza y á la idéa de hablar que se havia formado,

assí en conversaciones privadas como en las funciones públicas.

Nosotros no nos atrevemos á tomar partido en este intrincado punto de

crítica, bien que nos inclinamos á creer que, aunque la substancia de

la respuesta fuesse de Fray Gerundio, pero el guiso y las voces tienen

traza de ser del curioso, que hizo los apuntamientos de donde sacamos

estas menudencias.

14. Como quiera que esto huviesse sido, lo que consta de cierto es,

que Fray Gerundio no se descuidó en pedir al Licenciado Flechilla

algunos apuntes de la vida, virtudes y milagros del difunto Escrivano:

diligencia muy necessaria para disponer su fúnebre panegýrico; y al

mismo tiempo quiso informarse del dia, en que pensaba se celebrasse

el pomposo funeral. «Los sufragios, Padre Predicador, le respondió

el boníssimo Clérigo, los sufragios por las ánimas benditas del

Purgatorio, aunque no se supongan tan necessitadas de ellos como la de

nuestro Escrivano, quanto mas ántes se hagan mejor; porque el lugar no

es muy acomodado, y ciertamente las pobres no están para esperar mucho

en él. Dilatárselos por pereza es crueldad, que solo cabe en quien

haga poca reflexion á lo que están padeciendo aquellos ya dichosos,

pero atormentados espíritus; y assí, quanto mas aprisa disponga su

Paternidad el sermon, mas pronto tendrán el alivio las ánimas benditas,

mas presto saldré yo de la obligacion á mi Compadre el Escrivano, (Dios

tenga su ánima en descanso!) y mas anticipado lograremos el gusto de

oírle sus apassionados.»

15. Quedaron de acuerdo en que dentro de un mes le predicaria, porque

Fray Gerundio protestó que necessitaba por lo ménos de este tiempo

para disponerle, especialmente siendo esta la especie de sermones, á

su parecer, mas enrebesada, y necessitaba tomar algunas reglas para

ensurjarla. Ningun sermon de honras havia oído en su vida, y aún por

entónces le pareció que tampoco le havia leído; pero le fué infiel en

esto su memoria, como presto se verá. En fin, por no perder tiempo

despachó luego un proprio á su Prelado, pidiendo licencia para admitir

la nueva funcion, con una carta que decia assí:

16. «Reverendo Padre nuestro. Prediqué el sermon del Córpus al

Sacramento de mi lugar, en la fiesta de mis Señores Padres, como otros

lo dirán; que á mí no me está bien el decirlo. Solo puedo assegurar,

que circunstancia ninguna no se me escapó; hasta una que me cogió de

súpito, que fué una gaita-gallega en vez de órgano, la toqué tan bien;

y no faltó quien dixo, que ni el mismo Gaitero havia tocado tan bien

la gaita, como yo la circunstancia. Perdóneme vuestra Paternidad, que

se me escapó sin querer esta alabanza, y quedo corrido, segun lo que

dixo el otro: _Laus in ore proprio vilescit_. Los abrazos que me dieron

al acabar el sermon no tienen cuenta, y las décimas, las octavas y aún

los sonetos que me echaron en la mesa fué cosa de juício. Por fin y por

postre, el Licenciado Flechilla, Capellan de Pero-Rubio, me encargó

el sermon de honras del Escrivano de su lugar, que murió pocos dias

há, y dexó doscientos reales de limosna para el Predicador. La honra

me tira mas que el provecho, y tambien la esperanza de llevar para el

Convento una buena porcion de missas de las muchas que dexó encargadas

el difunto. Pido á vuestra Paternidad el benedícite para predicar este

sermon, que ha de ser dentro de un mes, y yo le iré adjetivando por acá

á ratos perdidos. El proprio lleva un carnero y una cántara de vino,

que mis Padres envían de limosna á la santa Comunidad, á quien piden

perdon de la cortedad, porque no puede obrar mas su buen afecto, y me

encargan muchas memorias de su parte para vuestra Paternidad, cuya vida

guarde Dios muchos años. Campazas, etc. -- Besa las manos de vuestra

Paternidad su servidor y menor súbdito

=Fray Gerundio=, _indigno Predicador_.»

17. El _benedícite_ vino corriente á vuelta de proprio; porque, como

el Prelado no havia oído el sermon del Sacramento sino en relacion

hecha por Fray Gerundio, creyó buenamente que le havia desempeñado

con decencia, valiéndose de algun papel ageno, y pensó que lo mismo

haria con el de Honras. Por otra parte, las razones que alegaba le

hacian fuerza; no eran para despreciadas las missas, que verisímilmente

llevaria para la Comunidad; el carnero y la cántara de vino tambien

pedian algun agradecimiento; y, en fin, un Fraile mas por un mes fuera

de casa era para el Convento una boca ménos. Por esso, no solo le dió

sin disgusto la licencia, sino que, haciéndose cargo de que en casa de

su Padre no havria muchos libros de sobra para disponer un sermon, por

el mismo proprio le envió quatro ó seis libros de los que Fray Gerundio

havia dexado sobre la mesa de su celda, sin detenerse el Prelado en

examinar quales eran, juzgando prudentemente que, pues los tenia tan á

mano, serian los de su cariño y los que preferia su eleccion para la

disposicion de los sermones.

Historia del famoso predicador Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes (2 de 2) · 第 30 / 48 题