II

Doña Aurora tenía su tertulia, y vespertina--nada menos que un _five

o’clock_, como diría algún revistero--sólo que sin _tea_, ni ganas de

él; porque caso de ofrecer algo á los tertulianos, la señora de

Pardiñas, muy chapada á la antigua, optaría por unas buenas magras de

jamón, ó cosa análoga. Como los amigos de la señora sabían que no

acostumbraba salir á la calle sino por la mañana, de manto y arrebujada

en su rotonda de pieles, á visitas de confianza ó á compras, y que las

tardes se las pasaba haciendo media en la ventana del comedor, acudían

fielmente, atraídos por la chimenea, las poltronas, la intimidad y el

hábito.

El mayor núcleo de relaciones de doña Aurora lo formaban compañeros de

su difunto marido, magistrados, ó como ella decía en lenguaje

profesional, «señores». Algunos, jubilados ya, eran los más constantes

en acudir. Ciertos muebles del comedor teníalos vinculados determinada

persona; la butaca de respaldo ancho se le reservaba á Don Nicanor

Candás, el fiscal, aficionado á arrellanarse; la de gutapercha de

asiento blando, á Don Prudencio Rojas; la de cretona rameada, á la vera

de la chimenea, que nadie se la disputase al patriarca Don Gaspar

Febrero; este venerable sujeto era el alma de la tertulia, el más vivo,

rozagante y animoso de los concurrentes, á pesar de sus ochenta y pico

de navidades y su pata coja, quebrada al saltar de un tranvía. El primer

cuarto de hora de conversación solía consagrarse al estado atmosférico y

á la salud; ninguno de los respetables señores estaba sin alifafes y

goteras; algunos eran ya una pura ruina; y el lamentar achaques y

discutir métodos curativos resultaba siempre de actualidad. Allí se

llevaba el alta y baja de los catarros crónicos, de los dolores

artríticos, de los flatos y las acedías de cada quisque, y se

deliberaba, tan solemnemente como en otro tiempo sobre una sentencia,

sobre las ventajas del salicilato y las pastillas pectorales.

Agotada la cuestión sanitaria--todo se agota--pasaban, casi siempre por

iniciativa del señor de Febrero, á tratar otros asuntos más agradables.

No podía sufrir el amable ochentón que se hablase tanto de botica,

recetas y potingues.--«No parece sino que está uno con un pié en el

sepulcro»--decía sonriendo y luciendo su brillante dentadura postiza. La

conversación variaba de rumbo, pero casi nunca versaba sobre temas

contemporáneos. Como gavota ejecutada por una abuela sobre viejo

clavicordio, sonaba allí el anticuado ritornelo de las memorias y de las

reminiscencias. Los diálogos solían empezar así.

--¿Se acuerda V.? Cuando me destinaron á la Gran Canaria, mandando

Narváez...

O de este otro modo:

--¡Que tiempos! Lo menos diez años antes que se sustanciase la célebre

causa Fontanelas... Aún no había nacido mi hijo mayor...

El señor de Febrero les iba á la mano también en esto de contar

tristemente los lustros ya corridos, exclamando con juvenil viveza:

--Qué, si eso pasó ayer, como quien dice. En la vida de una nación, nada

significan miserables veinticinco ó treinta años.

--Sí; pero en la de un hombre...

--Tampoco en la de un hombre, si Vds. me apuran. A los cuarenta, á los

cincuenta llamo yo la flor de la edad.

--Hable V. por sí... Usted ha descubierto el elíxir de larga vida. Más

fresquito que una lechuga. En cambio, los demás parecemos zapatillas, y

estamos para que nos saquen en un carro al sol.

Con su muleta entre las piernas, Don Gaspar se reía, y como sacudiese la

cabeza, relucían al reflejo del fuego los rizos argentados de su

peluquín. Sentimos tener que pagar tributo á la exactitud descriptiva,

consignando que llevaba peluca y dientes postizos el señor de Febrero:

mas importa añadir que era tanta la verdad de su mentira, que eclipsaba

á lo real, y engañaba al más lince. Revelando exquisito gusto y

consumado arte, el anciano había encargado su peluca del color de la

nieve, y la diadema de ligeros rizos canos que coronaba su frente de

marfil era como majestuosa aureola, bien distinta de la tupida

pelambrera con que los viejos verdes se obstinan en reparar el

irreparable ultraje de los años. Asimismo la dentadura, hábilmente

contrahecha, algo desigual y gastada, con una mellita en el lado

izquierdo, se la pegaba á cualquiera. Con aquel pelo tan decorativo; con

el rostro escrupulosamente afeitado, de facciones correctas, muy

expresivas aún; con la pulcritud y dignidad afable de su persona, Don

Gaspar recordaba las mejores cabezas del siglo XVIII, tal como nos las

ha conservado la miniatura. Daba pena que no vistiese chupa de raso

bordado. El traje de paño no le caía. Hasta la muleta de ébano, con

almohadón de terciopelo azul, realzaba y completaba la autoridad de su

presencia. A fuer de hombre de otras épocas que ya fenecieron, Don

Gaspar, en cuanto veía mujeres, se encandilaba, y le chorreaban azúcar y

miel los labios: hasta con la misma señora de Pardiñas, enteramente

fuera de combate, no prescindía de sus formas, más que corteses,

galantes y rendidas.

A aquel viejo que llevaba tan serena y elegantemente la vejez, le

cosquilleaba en la vanidad de un modo grato oir á los contertulios,

todos cascados, todos asmáticos y catarrosos, todos ostensiblemente

calvos, que le decían en tono de envidia:

--Este Don Gaspar... es mucho cuento. Nos entierra á cuantos venimos

aquí.

Otra satisfacción de amor propio muy grande era la de probarles la

frescura y nitidez de su memoria: y la disfrutaba á menudo, porque en la

tertulia de la señora de Pardiñas se hilaba continuamente el copo de

los recuerdos, del cual salía una hebra de oro, pero oro amortiguado ya,

como el de las antiguas casullas. Era la memoria de Don Gaspar una

especie de armario de cedro, donde se guardaban perfumados,

empaquetados, clasificados, íntegros, los sucesos, los nombres, las

fechas y hasta las palabras.--«Este señor de Febrero es una cartilla

vieja»,--solía decir doña Aurora. Cuando se discutía algo, apelábase al

arbitraje de Don Gaspar.--«¿Verdad, señor de Febrero, que la causa

Zaldívar, de Sevilla, se elevó á plenario en el invierno del 56?»--«No,

señor, el 57: y por cierto que ocurrió eso hacia el 15 de Diciembre...

digo mal, el 16, cumpleaños del amigo Don Nicanor Candás.»

--¡Pero, hombre!--exclamaba el aludido cuando llegaba á

enterarse.--¡Reniego hasta de quien hizo su memorión de V.! ¡Pues no va

este maldito gallego á acordarse de la fecha de mi cumpleaños, que yo

mismo no me acuerdo nunca! Los años nadie me los ha de robar, con que no

veo la necesidad de llevarlos por cuenta exacta.

Don Nicanor Candás, fiscal jubilado, asturiano, malicioso y presumido á

fuer de buen ovetense; listo como una pimienta y más atravesado que una

espina, daba mucho que reir á la tertulia metiéndose con el señor de

Febrero, á quien llevaba la contraria por sistema, sin respetar sus

fueros patriarcales y su decanato glorioso. Para mejor marear á su

contrincante, adoptaba Candás un método raro, que no carecía de chiste.

Fingíase sordo como una pared, y llevaba siempre en el bolsillo del

gabán una trompetilla de plata que se introducía en el oído cuando le

convenía responder acorde y rebatir al contrario, y que decía haber

olvidado en casa cuando le daba la gana de contestar yéndose por los

cerros sin atender á razones ajenas. Tal estratagema era de resultado

seguro, y conseguía ponerle á salvo de todos los riesgos de la disputa.

En su lenguaje, el señor de Candás era crudo y ordinario, tanto como Don

Gaspar atildado, atento y melifluo, y por semejante modo de hablar

desentonaba en la reunión. Ni era sólo por esto, sino también porque era

el único que prefería las noticias de actualidad á los recuerdos, el

único que vivía con un pié en lo presente, el único que traía á aquel

enmohecido senado una corriente de aire callejero y de vida real. Don

Gaspar, en tono agridulce, le llamaba «nuestro reporter».

La portentosa memoria del ochentón se confundía y embrollaba al tratarse

de sucesos recientes, y Candás, aprovechándose de esta deficiencia en

las admirables facultades del patriarca, siempre estaba tomándola con

él.--«A ver,--decía,--cómo se iba á componer nuestro Don Gasparín para

probar una coartada. Muy fuerte en todo lo que se refiere al ministerio

Calomarde ó á la regencia de Espartero, y no sabe por dónde anduvo esta

mañana misma.» Y remedando la voz de Don Gaspar, añadía: «¿Qué hice yo

ayer tarde? Espérense Vds.. ¿Fuí á casa de Rojas? Me parece que sí...

Digo, no, no. Estuve paseando en Recoletos. Con todo, no se lo juraría

á Vds.»

Esta observación cómica relativa al patriarca, podía hasta cierto punto

aplicarse á los demás tertulianos. Diríase que para ellos no existía lo

actual, y sólo lo pretérito tenía vida y realce. Las noticias del

reporter Don Nicanor las comentaban tres minutos, con esa tendencia

pesimista que aflige á la edad senil; después volvían á subir corriente

arriba, engolfándose muy á gusto entre las nieblas de los años

desvanecidos. Quizá en esto influyese, además de la vejez, el carácter

que imprime la magistratura, profesión cuya base son nociones

científicas estratificadas ya, un derecho puramente histórico, en que el

espíritu de innovación es una herejía, y en que se resuelven problemas

jurídicos de hoy con el criterio de la ley romana ó del fuero visigodo.

Así es que cabía comparar la reunión de casa de Pardiñas á una peña

inmóvil en medio del mar de la existencia. No veían los excelentes

«señores» que también en la polilla de los legajos palpitan gérmenes y

late el ímpetu renovador: apegados á fórmulas vanas, creían custodiar un

licor sagrado, cuando en sus manos no quedaba ya sino la ampolla vacía;

y, al tratarse de novedades, en el mismo grado de heterodoxia ponían el

uso de la barba, las audiencias de perro chico, el Jurado y la revisión

de códigos.

Insolación y Morriña (Dos historias amorosas) · 第 36 / 58 题