MORRIÑA

I

Si el entresuelo que habitan en Madrid doña Aurora Nogueira de Pardiñas

y su hijo único Rogelio no es ni de los menos obscuros ni de los más

espaciosos, tiene en desquite la ventaja inestimable de encontrarse sito

en la calle Ancha de San Bernardo, tan frontero á la Universidad

Central, que, hablando en plata, aquello es vivir en la Universidad

misma. Encajada la señora dentro de su butaca de gutapercha, en el

rincón de la ventana, mientras _crece_ y _mengua_ su labor de calceta

sin mirarla una sola vez, sigue los pasos al adorado chiquillo, y en

cierto modo, salvando la distancia de la calle y calando el espesor de

las paredes, le acompaña hasta el aula misma. Le ve entrar; al salir

observa si se detiene en algún grupo, y con quién charla, y cómo se ríe;

conoce á todos los camaradas, á los amigotes, á los antipáticos, á los

estudiosos, á los holgazanes, á los asiduos, á los que hacen rabona casi

siempre. También está familiarizada con las caras de los profesores, y

estudia su continente y su modo de responder al saludo de los

discípulos, sacando de los signos exteriores importantes consecuencias

psicológicas, relacionadas con el problema de los exámenes.--«¡Ay! Allí

viene ya el viejiño Contreras, el de Procedimientos. ¡Qué afable!...

¡Qué cara de santo! Anda despacito el pobre... bien se nota que padece

reuma articular, como yo. ¡Malpecado! Me es simpático por eso. No, y

sobre todo, porque sé que es blando y que le ha de dar á Rogelio un

aprobado como una casa. Ahora sale Ruiz del Monte, tan almidonado y tan

engreído. Parece todo él hecho de una pieza. ¡Pobres de nos! Con éste no

valen empeños, ni influencias, ni... Arre que le han de saber los chicos

la asignatura tan bien como él. Pues para eso, que les deje á ellos la

cátedra... y la paga. ¡Ay! Ahí tenemos al señor de Lastra. Jorobadito es

un poco. ¡Qué gracia, las caricaturas que los muchachos le sacan en

clase! Y se pasa de campechano. Ahí está pegándole palmadas en el hombro

á Benito Díaz, el amigacho de Rogelio. Me parece uno de esos señores que

dejan rodar el mundo. Bendito él sea. No sé qué se saca de disgustar á

las familias y crucificar á los pobres rapaces.»

Suspendiendo el soliloquio, la señora se hincaba en el moño entrecano la

aguja de calceta, rascándose los cascos ligeramente. De pronto la piel

floja y rancia de sus mejillas se teñía de rosa vivo, como si una brisa

de juventud le orease las facciones.

--¡Ay! Rogelio.

Salía el estudiante, envuelto en su capa de embozos de felpa carmesí,

con el hongo un tantico ladeado y la mirada fija, desde el primer

momento, en la ventana aquella. Por lo común sonreía; pero á veces,

poniéndose muy formal, llevaba tres dedos al hongo, y estirando el brazo

con movimiento de marioneta, remedaba el saludo de los gomosos en el

Retiro. Contestaba la madre amenazándole con la mano abierta y

descuajándose de risa, cual si fuese nueva una gracia consuetudinaria

ya. Después, el muchacho platicaba tres ó cuatro minutos con algunos

condiscípulos; de refilón se metía con el fosforero, la billetera, el

naranjero de la esquina y los dependientes de la tienda más próxima,

acabando por echar un requiebro á las criadas que charloteaban á la

puerta; y al fin subía á su domicilio, esperándole en el recibimiento

doña Aurora. Las primeras frases solían ser por este estilo:

--_Mater amabilis_... brinda el corporal sustento al fruto de tu

vientre. Traigo un hambre que no la merezco. ¡Aaam! Si no llega pronto

el bisteque, se producirán repugnantes escenas de canibalismo.

--Sí--decía risueña la señora;--ya vendrá todo á parar en que te comerás

dos aceitunas y una hebra de carne. Anda, pistraco, señorito de la media

almendra.

La habitación predilecta de la casa no era ni la sala, siempre

abandonada y desierta, ni el despacho de Rogelio, ni el gabinete de la

señora: era el comedor, muy próximo á la antesalita. Allí estaba el

reloj de pared, que consultaba para las horas de clase Rogelio, perezoso

en dar cuerda á su remontuar; allí la mesilla, donde el cesto de la

labor y la media empezada desaparecían bajo números del _Madrid Cómico_,

de _Los Madriles_ y de todas las _Ilustraciones_ habidas y por haber;

allí el sofá bajo, ancho y cómodo y las vastas poltronas; allí, sobre el

aparador, el reparito del estómago, botella de jerez y bizcochos, ó, en

verano, frutas que el chico gulusmeaba; allí, en una copa, el ramo de

lilas frescas, ó los claveles que se ponía en el ojal; allí el botijón

trasudando agua, y el azucarero, y el frasco del jarabe ferruginoso, y

el abanico japonés, y la novela empezada, con la plegadera entre las

hojas, y algún libro de texto, maltratado, mucho más que por el uso, por

el mal humor y displicencia con que lo cogían y soltaban. Allí, en fin,

la chimeneíta, la que funcionaba tan bien, la que consolaba de las

cátedras glaciales y los desmantelados patios y pasillos del templo de

Minerva. ¡Con qué gusto se ponía Rogelio, al llegar de clase, al canto

de la lumbre, sin desembozarse, extendiendo las palmas hechas dos

carámbanos! El calor desentumecía sus tejidos, activaba su empobrecida

sangre, y le daba fuerzas para pedir, entre chistosos regaños y súplicas

mimosas, el almuerzo, sintiendo casi la puntualidad con que se lo

servían, porque se le acababa el tema de sus humoradas y bromas. Aún no

había él cruzado la puerta y ya estaba doña Aurora gritando:

--Fausta... Pepa... Que llega el señorito... Almorzar por el aire...

Niño, el jirope de hierro... ¿Te cuento las gotas amargas?

--¿Qué mayores amarguras que las de la muerte por inanición? Usted,

fámula encargada del ramo culinario, ¿se puede saber con qué deleitosos

manjares piensa V. calmar hoy el hambre que me roe las entrañas? ¿Me ha

destilado V. ambrosía celestial, néctar extraído del cáliz de las

flores... ó callos y caracoles del _Petit Fornos_? ¡Sacadme de esta

cruel incertidumbre!

Risas sofocadas en la cocina.

--¡Dénmele de comer á este loco, para que calle!

Sentados ya madre é hijo, contadas las gotas y tragadas también, venía

el sopicaldo humeante, el par de huevos estrellados, abuñoladitos, y el

bisteque, el cual precisamente había de traerse del café cercano. Sólo

así lo comía Rogelio. Por mucho que se esmerase Fausta, la vizcaína, no

conseguía desbancar al cocinero del cafetín. Llegaba el rico pedazo de

vianda medio cruda, encerrado entre dos platos, con sus patatas

sopladas, tierno, jugoso, apetecible. Mientras Rogelio trinchaba

preparándose á despachar las tajaditas, su madre le observaba con

inquietud y avidez, lo mismo que si nunca hubiese visto aquel tipo

delicaducho, tan diferente del ideal de las madres gallegas. Veinte

años espigados; palidez mate; ojos negros y alegres, pero de caído

párpado y cárdenas ojeras; boca de espiritual dibujo y arqueada con

finura, un poco amoratada de labios, con una dedada de bozo; nariz

enjuta; pelo lacio y suave, del que suele llamarse _de ratón_; cabeza

estrecha de sienes, garganta delgada, nuca con canal, muñecas planas y

talle cimbrador, componían una figura no salida aún de la adolescencia y

como detenida en su desarrollo por la clorosis que produce la vida de

invernáculo, donde la planta necesitada de aire bravo y libre se ahila ó

se seca. Así doña Aurora no podía disfrutar momento de tranquilidad con

aquel hijo, si no precisamente enteco, al menos de complexión flaca y

nerviosa, según revelaba su carácter, en que á la alegría propiamente

infantil sucedían sin transición ratos de inexplicable abatimiento. Por

eso le miraba comer, tan ansiosa como si cada buen bocado le cayese á

ella en el estómago después de dos días de ayuno. Con el pensamiento le

decía á la substanciosa carne: «Anda, fortaléceme á ese niño. Dale

fibra, dale sangre, dale huesos. Házmele robustote, varonil, patrón. Que

se vuelva un torito... aunque fuese así, á modo de un bárbaro... no

importa, mejor, ¡ojalá! Mira que no me queda á mi otro cariño en el

mundo sino este rapaz tan poca cosa.» Y agregaba en alta voz:

--Come, hijiño, come, que la carne, carne cría.

Insolación y Morriña (Dos historias amorosas) · 第 35 / 58 题