Al colarse en el palomar los dos tórtolos, no lo hicieron sin ser vistos
y atentamente examinados por una taifa de gente humilde, que á la puerta
de la cocina del merendero fronterizo se dedicaba á aderezar un guisote
de carnero, puesto, en monumental cazuela, sobre una hornilla. Es de
saber que ambos enseres domésticos los alquilaba el dueño del
_restaurant_ por módica suma en que iba comprendido también el carbón:
en cuanto al carnero y al arroz de añadidura, lo habían traído en sus
delantales las muchachas, que por lo que pueda importar, diremos que
eran operarias de la Fábrica de tabacos.
Capitaneaba la tribu una vieja pitillera, morena, lista, alegre, más
sabidora que Merlín; y dos niñas de ocho y seis años traveseaban
alrededor de la hornilla, empeñadas en que les dejasen cuidar el
guisado, para lo cual se reconocían con superiores aptitudes. Toda esta
gentuza, al pasar la marquesa viuda de Andrade y su cortejo, se comunicó
impresiones con mucho parpadeo y meneo de cabeza, y susurrando á media
voz dichos sentenciosos. Hablaban con el seco y recalcado acento de la
plebe madrileña, que tiene alguna analogía con lo que pudo ser la parla
de Demóstenes, si se le ocurriese escupir á cada frase una de las guijas
que llevaba en la boca.
--Ay... Pus van así como asustaos... Ella es guapetona, colorá y blanca.
--Valiente perdía será.
--Se ve caa cosa... Hijas, la mar son estos señorones de rango.
--Puee que sea arguna del Circo. Tié pinta de franchuta.
--Que no, que este es un belén gordo, de gente de calidá. Mujer de algún
menistro lo menos. ¿Qué vus pensáis? Pus una conocí yo, casaa con un
presonaje de los más superfarolícos... de mucho coche, una casa como el
Palacio Rial... y andaba como caa cuala, con su apaño. ¡Qué líos,
Virgen!
--No, pus muy amartelaos no van.
--¿Te quies callar? Ya samartelarán dentro. Verás tú las ventanas y las
puertas atrancás, como en los pantiones... Pa que el sol no los queme el
cutis.
Desmintiendo las profecías de la experta matrona, los postigos y
vidrieras del palomar se abrieron, y asomó la cabeza de la dama, sin
sombrero ya, mirando atentamente hacia el merendero.
--Miala, miala..., la gusta el baile.
En efecto, el corredor aéreo de enfrente ofrecía curiosa escena
coreográfica. Un piano mecánico soltaba, con la regularidad que hace tan
odiosos á estos instrumentos, el duro chorro de sus martilleadoras
tocatas: _Cádiz_ hacía el gasto: paso doble de _Cádiz_, tango de
_Cádiz_, coro de majas de _Cádiz_... y hasta una veintena de cigarreras,
de chiquillas, de fregonas muy repeinadas y con ropa de domingo, saltaba
y brincaba al compás de la música, haciendo á cada zapateta temblar el
merendero... Asís veía pasar y repasar las caras sofocadas, las
toquillas azul y rosa; y aquel brincoteo, aquel tripudio suspendido en
el aire, sin hombres, sin fiesta que lo justificara, parecía efecto
teatral, coro de zarzuela bufa. Asís se imaginó que las muchachas
cobraban de los fondistas algún sueldo por animar el cuadro.
--¡Calla!--secreteó minutos después el grupo dedicado á vigilar la
cazuela del guisote.--¡Pus si también han abierto la puerta! Chicas...
quien que se entere too el mundo.
--Estas tunantas ponen carteles.
El mozo subía y bajaba, atareado.
--Mia lo que los llevan. Tortilla... Jamón... Están abriendo latas de
perdices... ¡Aire!
--No se las cambio por mi rico carnero. A gloria huele.
--¡Chist!--mandó el mozo imponiéndose á aquellas cotorras.--Cuidadito...
Si oyen... Son gente... ¡uf!
Al expresar la calidad de los huéspedes, el mozo hizo una mueca
indescriptible, mezcla de truhanería y respeto profundo á la propina que
ya olfateaba. La vieja cigarrera, de repente, adoptó cierta diplomática
gravedad.
--Y pué que sean gente tan honrá como Dios Padre. No sé pa qué ha de
condenar una su arma echando malos pensamientos. Serán argunos novios
recién casaos, ú dos hermanos, ú tío y sobrina. Vayasté á saber.
Oigasté, mozo...
Se apartó y secreteó con el mozo un ratito. De esta conferencia salió un
proyecto habilísimo, madurado en breves minutos en el ardiente y
optimista magín de la señá Donata, que así se llamaba la pitillera, si
no mienten las crónicas. Arriba, dama y galán empezaban á despachar los
apetitosos entremeses, las incitantes aceitunas y las sardinillas con su
ajustada túnica de plata. Aunque Pacheco había pedido vinos de lo mejor,
la dama rehusaba hasta probar el _Tío Pepe_ y el amontillado, porque con
sólo ver las botellas, le parecía ya hallarse en la cámara de un
trasatlántico, en los angustiosos minutos que preceden al mareo total.
Como la señora exigía que puertas y ventanas permaneciesen abiertas, el
almuerzo no revelaba más que la cordialidad propia de una luna de miel
ya próxima á su cuarto menguante. Pacheco había perdido por completo su
labia meridional, y manifestaba un abatimiento que, al quedar mediada la
botella de _Tío Pepe_, se convirtió en la tristeza humorística tan
frecuente en él.
--¿Te aburres?--preguntaba la dama á cada vuelta del mozo.
--Ajogo las peniyas, gitana,--respondía el meridional apurando otro vaso
de jerez, más auténtico que la famosa manzanilla del Santo.
Acababa el mozo de dejar sobre la mesa las perdices en escabeche, cuando
en el marco de la puerta asomó una carita infantil, colorada, regordeta,
boquiabierta, guarnecida de un matorral de rizos negrísimos. ¡Qué monada
de chiquilla! Y estaba allí hecha un pasmarote, si entro si no entro.
Asís la hizo seña con la mano; el pájaro se coló en el nido sin esperar
á que se lo dijesen dos veces. Y las preguntas y los halagos de
cajón:--Eres muy guapa... ¿Cómo te llamas? ¿Vas á la escuela?... Toma
pasas... Cómete esta aceitunita por mí... Prueba el jerez... ¡Huy qué
gesto más salado le pone al vino!... Arriba con él... ¡Borrachilla!
¿Dónde está tu mamá? ¿En qué trabaja tu padre?
De respuesta, ni sombra. El pajarito abría dos ojos como dos espuertas,
bajaba la cabeza adelantando la frente como hacen los niños cuando
tienen cortedad y al par se encuentran mimados, picaba golosinas y daba
con el talón del pié izquierdo en el empeine del derecho. A los tres
minutos de haberse colado el primer gorrión migajero en el palomar,
apareció otro. El primero representaba cinco años; el segundo, más
formal pero no menos asustadizo, tendría ya ocho lo menos.
--¡Hola! Ahí viene la hermanita...--dijo Asís.--Y se parecen como dos
gotas... La pequeña es más saladilla... pero vaya con los ojos de la
mayor... Señorita, pase V. Esta nos enterará de cómo se llama su padre,
porque á la chiquita le comieron la lengua los ratones.
Permanecía la mayor incrustada en la puerta, seria y recelosa, como
aquel que antes de lanzarse á alguna empresa erizada de dificultades,
vacila y teme. Sus ojazos, que eran realmente árabes por el tamaño, el
fuego y la precoz gravedad, iban de Asís á Diego y á su hermanita: la
chiquilla meditaba, se recogía, buscaba una fórmula, y no daba con ella,
porque había en su corazón cierta salvaje repugnancia á pedir favores, y
en su carácter una indómita fiereza muy en armonía con sus pupilas
africanas. Y como se prolongase la vacilación, acudióle un refuerzo, en
figura de la señá Donata, que con la solicitud y el enojo peor fingidos
del mundo, se entró muy resuelta en el gabinete refunfuñando:
--¡Eh! niñas, corderas, largo, que estáis dando la gran jaqueca á estos
señores... A ver si vus salís afuera, ú sino...
--No molestan...--declaró Asís.--Son más formalcitas... A esa no hay
quien la haga pasar, y la chiquitilla ni abre la boca.
--Pa comer ya la abren las tunantas...
Pacheco se levantó cortésmente y ofreció silla á la vieja. El gaditano,
que entre gente de su misma esfera social pecaba de reservado y aun de
altanero, se volvía sumamente campechano al acercarse al pueblo.
--Tome V. asiento... Se va V. á bebé una copita de jerés á la salú de
toos.
¡Oídos que tal oyeron! ¡Señá Donata, fuera temor, al ataque, ya que te
presentan la brecha franca y expedito el rumbo! Y tan expedito, que
Pacheco, desde que la vieja sentó allí el pié, pareció sacudir sus
penosas cavilaciones y recobrar su cháchara, diciendo los mayores
desatinos del mundo. Como que se puso muy formal á solicitar á la
honrada matrona, proponiéndola un paseíto á solas por los tejares. Oía
la muy lagarta de la vieja, y celebraba con carcajadas pueriles,
luciendo una dentadura sana y sin mella; pero al replicar, iba encajando
mañosamente aquella misión diplomática que bullía en su mente fecunda
desde media hora antes. Tratábase de que ella, ¿se hacen ustés cargo?
trabajaba en la Frábica de Madrí... y tenía cuatro nietecicas, de una
hija que se murió de la tifusidea, y el padre de gomitar sangre, así, á
golpás..., en dos meses se lo llevó la tierra, ¡señores! que si se
cuenta, mentira parece. Las dos nietecicas mayores, colocaas ya en los
talleres; pero si la suerte la deparase una presona de suposición pa
meter un empeño..., porque en este pícaro mundo, ya es sabío, too va por
las amistaes y las enfluencias de unos y otros...--Llegada á este
punto, la voz de la señá Donata adquiría inflexiones patéticas.--«¡Ay
Virgen de la Paloma! No premita el Señor que ustés sepan lo que es comer
y vestir y calzar cinco enfelices mujeres con tristes ocho ú nueve
riales ganaos á trompicones... Si la señorita, que tenía cara de ser tan
complaciente y tan cabal, conociese por casualidad al Menistro... ó al
Menistraor de la Frábica..., ó al Contaor..., ó algún presonaje de estos
que too lo regüerven..., pa que la chiquilla mayor, Lolilla, entrase de
aprendiza también... ¡Sería una caridá de las grandes, de las mayores!
Dos letricas, un cacho de papel...»
Pacheco respondía á la arenga con mucha guasa, sacando la cartera,
apuntando las señas de al pitillera detenidamente, y asegurándola que
hablaría al Presidente del Consejo, á la infanta Isabel (íntima amiga
suya), al Obispo, al Nuncio... Enredados se hallaban en esta broma,
cuando tras la abuela pedigüeña y las nietecillas mudas, se metieron en
el gabinete las dos chicas mayores.
--Miren mis otras huerfanicas enfelices,--indicó la señá Donata.
Imposible imaginarse cosa más distinta de la clásica orfandad enlutada y
extenuada que representan pintores y dibujantes al cultivar el
sentimentalismo artístico. Dos mozallonas frescas, sudorosas porque
acababan de bailar, echando alegría y salud á chorros, y saliéndoles la
juventud en rosas á los carrillos y á los labios; para más, alborotadas
y retozonas dándose codazos y pellizcándose para hacerse reir
mutuamente. Viendo á semejantes ninfas, Pacheco abandonó á la señá
Donata, y con el mayor rendimiento se consagró á ellas, encandilado y
camelador como hijo legitimo de Andalucía. Todas las penas _ajogadas_
por el _Tío Pepe_ se fueron á paseo, y el gaditano, entornando los ojos,
derramando sales por la boca y ceceando como nunca, aseguró á aquellas
principesas del Virginia que desde el punto y hora en que habían
entrado, no tenía él sosiego ni más gusto que comérselas con los ojos.
--¿Vienen ustés de bailar?--les preguntó risueño.
--Pus ya se ve,--contestaron ellas con chulesco desgarro.
--¿Sin hombres? ¿Sin pareja?
--Ni mardita la falta.
--Pan con pan... Eso es más soso que una calabasa, prendas. Si me
hubiesen ustés llamao...
--¿Que iba usté á venir? Somos poca cosa pa usté.
--¿Poca cosa? Son ustés... dos peasitos del tersiopelo de que está
forraa la bóveda seleste. ¡Ea! ¿echamos ó no ese baile? Ahora me empeñé
yo... ¡A bailar!
Salió como una exhalación; dió la vuelta al pasillo aéreo; cruzó el
puente que á los dos merenderos unía, y en breve, al compás del horrible
piano mecánico, Pacheco bailaba ágilmente con las cigarreras.