Salvó la escalera como pájaro á quien abren el postigo de su
penitenciaría, y con el mismo paso vivo, echó calle abajo hasta
Recoletos. La cita era en aquel sitio señalado donde Pacheco había
tirado el puro: casi frente á la Cibeles. Asís avanzaba protegida por su
antucá, pero bañada y animada por el sol, el sol instigador y cómplice
de todo aquel enredo sin antecedentes, sin finalidad y sin excusa. La
dama registró con los ojos las arboledas, los jardincillos, la entrada
de la Carrera y las perspectivas del Museo, y no vió á nadie. ¿Se habría
cansado Diego de esperar? ¡Capaz sería!... De pronto, á sus espaldas,
una voz cuchicheó afanosa:
--Allí... entre aquellos árboles... El simón.
Sin que ella respondiese, el gaditano la guió hacia el destartalado
carricoche. Era uno de esos clarens inmundos, con forro de gutapercha
resquebrajado y mal oliente, vidrios embazados y conductor medio beodo,
que zarandean por Madrid adelante la prisa de los negocios ó la
clandestinidad del amor. Asís se metió en él con escrúpulo, pensando que
bien pudiera su galán traerle otro simón menos derrotado. Pacheco, á fin
de no molestarla pasando á la izquierda, subió por la portezuela
contraria, y al subir arrojó al regazo de la dama un objeto... ¡Qué
placer! ¡Un ramillete de rosas, ó mejor dicho un mazo, casi desatado,
mojado aún! El recinto se inundó de frescura.
--¡Huelen tan mal estos condenaos coches!--exclamó el meridional como
excusándose de su galantería. Pero Asís le flechó una ojeada de
gratitud. El indecente vehículo comenzaba á rodar; ya debía de tener
órdenes.
--¿Se puede saber á dónde vamos, ó es un secreto?
--A las Ventas del Espíritu Santo.
--¡Las Ventas!--clamó Asís alarmada.--¡Pero si es un sitio de los más
públicos! ¿Vuelta á las andadas? ¿Otro San Isidro tenemos?
--Es sitio público los domingos; los días sueltos está bastante
solitario. Que te calles. ¿Te iba yo á llevar adonde te encontrases en
un bochorno? Antes de convidarte, chiquilla, me he enterado yo de toas
las maneras de almorsá en Madrid... Se puede almorsá en un buen
_restaurant_ ó en cafés finos; pero eso es echar un pregón pa que te
vean. Se puede ir á un colmado de los barrios ó á una pastelería decente
y escondía, pero no hay cuartos aparte; tendrías que almorsá en pública
subasta, á la vera de alguna chulapa ó de algún torero. Fondas, ya
supondrás... No quedaban sino las Ventas ó el puente de Vallecas. Creo
que las Ventas es más bonito.
¡Bonito! Asís miró el camino en que entraban. Dejándose atrás las
frondosidades del Retiro y las construcciones coquetonas de Recoletos,
el coche se metía, lento y remolón, por una comarca la más escuálida,
seca y triste que puede imaginarse, á no ser que la comparemos al cerro
de San Isidro. Era tal la diferencia entre la zona del Retiro y aquel
arrabal de Madrid, y se advertía tan de golpe, que mejor que transición
parecía sorpresa escenográfica. Cual mastín que guarda las puertas del
limbo, allí estaba la estatua de Espartero, tan mezquina como el mismo
personaje, y la torre mudéjar de una escuela parecía sostener con ella
competencia de mal gusto. Luego, en primer término, escombros y solares
marcados con empalizadas; y allá en el horizonte, parodia de algún
grandioso y feroz anfiteatro romano, la plaza de toros. En aquel rincón
semidesierto--á dos pasos del corazón de la vida elegante--se habían
refugiado edificios heterogéneos, bien como en ciertas habitaciones de
las casas se arrinconan juntas la silla inservible, la máquina de
limpiar cuchillos y las colgaduras para el día de Corpus; así, después
del circo taurino y la escuela, venía una fábrica de galletas y
bizcochos y en pos un barracón con este rótulo: _Acreditado merendero de
la Alegría_.
Las lontananzas, una desolación. El fielato parecía viva imagen del
estorbo y la importunidad. A su puerta estaba detenido un borrico
cargado de liebres y conejos, y un tío de gorra peluda buscaba en su
cinto los cuartos de la alcabala. Más adelante, en un descampado
amarillento, jugaban á la barra varios de esos salvajes que rodean á la
corte lo mismo que los galos á Roma sitiada. Y seguían los edificios
fantásticos: un castillo de la Edad Media hecho, al parecer, de cartón y
cercado de tapias por donde las francesillas sacaban sus brazos
floridos; un parador, tan desmantelado como teológico (dedicado al
Espíritu Santo nada menos); un merendero que se honraba con la divisa
_tanto monta_, y por último una franja rojiza, inflamada bajo la
reverberación del sol: los hornos de ladrillo. En los términos más
remotos que la vista podía alcanzar, erguía el Guadarrama sus picos
coronados de eternas nieves.
Lo que sorprendió gratamente á Asís fué la ausencia total de carruajes
de lujo en la carretera. Tenía razón Pacheco, por lo visto. Sólo
encontraron un domador que arrastraban dos preciosas tarbesas; un
carromato tirado por innumerable serie de mulas; el tranvía, que cruzó
muy bullanguero y jacarandoso, con sus bancos atestados de gente; otro
simón con tapadillo, de retorno, y un asistente, caballero en el alazán
de su amo. ¡Ah! Un entierro de angelito, una caja blanca y azul que,
tambaleándose sobre el ridículo catafalco del carro, se dirigía hacia la
sacramental sin acompañamiento alguno, inundado de luz solar, como deben
de ir los querubines camino del Empíreo...
Poco hablaron durante el trayecto los amantes. Llevaban las manos
cogidas; Asís respiraba frecuentemente el manojo de rosas y miraba y
remiraba hacia fuera, porque así creía disminuir la gravedad de aquel
contrabando, que en su fuero interno--cosa decidida--llamaba _el
último_, y por lo mismo le causaba tristeza, sabiéndole á confite que
jamás, jamás había de gustar otra vez.
Llegaron al puente, y detúvose el simón ante el pintoresco racimo de
merenderos, hotelitos y jardines que constituye la parte nueva de las
Ventas.
--¿Qué sitio prefieres? ¿Nos apeamos aquí?--preguntó Pacheco.
--Aquí... Ese merendero... Tiene trazas de alegre y limpio--indicó la
dama, señalando á uno, cuya entrada por el puente era una escalera de
palo pintada de verde rabioso.
Sobre el frontis del establecimiento podía leerse este rótulo, en letras
descomunales imitando las de imprenta y sin gazapos
ortográficos:--_Fonda de la Confianza._--_Vinos y comidas._--_Aseo y
equidad._--El aspecto era original y curioso. Si no cabía llamar á
aquello los jardines aéreos de Babilonia, cuando menos tenían que ser
los merenderos colgantes. ¡Ingenioso sistema para aprovechar terreno!
Abajo una serie de jardines, mejor dicho, de plantaciones entecas y
marchitas, víctimas de la aridez del suburbio matritense; y encima,
sostenidas en armadijos de postes, las salas de baile, los comedores,
las alcobas con pasillos rodeados de una especie de barandas que
comunicaban entre sí las viviendas. Todo ello--justo es añadirlo para
evitar el descrédito de esta Citerea suspendida--muy enjalbegado,
alegre, clarito, flamante, como ropa blanca recién lavada y tendida á
secar al sol, como nido de jilguero colgado en rama de arbusto.
Un mozo, frisando en los cincuenta, de mandil pero en mangas de camisa,
con cara de mico, muequera, arrugadilla y sardónica, se adelantó
apresurado al divisar á la pareja.
--Almorsá--dijo Pacheco lacónicamente.
--¿Dónde desean los señoritos que se les ponga el almuerzo?
El gaditano giró la vista alrededor y luego la convirtió hacia su
compañera: ésta había vuelto la cara. Con la agudeza de la gente de su
oficio el mozo comprendió y les sacó del apuro.
--Vengan los señoritos... Les daré un sitio bueno.
Y torciendo á la izquierda, guió por una escalera angosta que sombreaba
un grupo de acacias y castaños de Indias, llevándoles á una especie de
antesala descubierta, que formaba parte de los consabidos corredores
aéreos. Abriendo una puertecilla, hízose á un lado y murmuró con unción:
--Pasen, señoritos, pasen.
La dama experimentó mucho bienestar al encontrarse en aquella salita.
Era pequeña, recogida, misteriosa, con ventanas muy chicas que cerraban
gruesos postigos, y enteramente blanqueada; los muebles vestían también
blanquísimas fundas de calicó. La mesa, en el centro, lucía un mantel
como el armiño; y lo más amable de tanta blancura era que al través de
ella se percibía, se filtraba, por decirlo así, el sol, prestándole un
reflejo dorado y quitándole el aspecto sepulcral de las cosas blancas
cuando hace frío y hay nubes en el cielo. Mientras salía el mozo, el
gaditano miró risueño á la señora.
--Nos han traído al palomar--dijo entre dientes.
Y levantado una cortina nívea que se veía en el fondo de la reducida
estancia, descubrió un recinto más chico aún, ocupado por un solo
mueble, blanco también, más blanco que una azucena...
--Mira el nido--añadió tomando á Asís de la mano y obligándola á que se
asomase.--Gente precavida... Bien se ve que están en todo. No me
sorprende que vivan y se sostengan tantos establecimientos de esta
índole. Aquí la gente no viene un día del año como á San Isidro; pero
digo yo que habrá abonos á turno. ¿Nos abonamos, cacho de gloria?
No sé cómo acentuó Pacheco esta broma, que en rigor, dada la situación,
no afrentaba; lo cierto es que la señora sintió una sofoquina... vamos,
una sofoquina de esas que están á dos deditos de la llorera y la
congoja. Parecíale que le habían arañado el corazón. La mujer es un
péndulo continuo que oscila entre el instinto natural y la aprendida
vergüenza, y el varón más delicado no acertará á no lastimar alguna vez
su invencible pudor.