Así, punto más, punto menos, hubiese redactado su declaración la dama,
si confiase al papel lo que la bullía en el magín. No afirmamos que, aun
dialogando con su conciencia propia, fuese la marquesa viuda de Andrade
perfectamente sincera, y no omitiese algún detalle que agravara su tanto
de culpa en el terreno de la imprevisión, la ligereza ó la coquetería.
Todo es posible, y no conviene salir fiador de nadie en este género de
confesiones, que nunca se hacen sin pelos en la lengua y restricciones
en la mente.
Sin embargo, no puede negarse que la señora había referido con bastante
franqueza el terrible episodio, tanto más terrible para ella, cuanto que
hasta dar este mal paso caminara con pié firme y alegre espíritu por la
senda de la honestidad. Mérito suyo, más que fruto de la educación
paterna, no muy rígida, ni excesivamente vigilante. A Asís se le habían
cumplido cuantos caprichos puede tener en un pueblo como Vigo una niña
rica, huérfana de madre, y única. A los veinte años de edad, asistiendo
á todos los bailes del Casino, á todos los paseos en la Alameda, á todas
las verbenas y romerías de Cristos y Pastoras, visitando todos los
buques de todas las escuadras que fondeaban en el puerto, Asís no había
hecho cosa esencialmente mala, pues no hay severidad que baste á
condenar de un modo riguroso el carteo con un teniente de navío, á quien
veía be higos á brevas--cuando la _Villa de Bilbao_ andaba por aquellas
aguas.--Entonces le entró al papá de Asís, acaudalado negociante, la
ventolera de las contratas, acompañada, naturalmente, de la necesidad de
meterse en política; tuvo distrito, y contrata va y legislatura viene,
comenzó á llevarse á su hija á Madrid todos los inviernos, á dar una
vueltecita--la frase sacramental.--Hospedábanse en casa de un primo de
la difunta mamá de Asís, el marqués de Andrade, consejero de Estado,
porque Asís era fruto de una de esas alianzas entre blasones y talegas,
que en Galicia y en todas partes se ven tan á menudo, sin que tuerza el
gesto ningún venerable retrato de familia, ni ningún abuelo se
estremezca en su tumba. El consejero de Estado se encontraba viudo y sin
descendencia; conservaba un cerquillo de pelo alrededor de una lucia
calva; poseía buenos modales, carácter ameno (en la corte no existen
viejos avinagrados) y la suficiente mundología para saber cómo ha de
insinuarse un cincuentón con una muchacha. Asís empezó por enseñarle á
su tío, bromeando, las cartas del marino, y acabó por escribir á éste
una significándole que sus relaciones «quedaban cortadas para siempre».
Y así fué, y la esbelta sombra con gorrilla blanca y levita azul y
anclas de oro no se apareció jamás al pié del tálamo de los marqueses de
Andrade.
El Marqués tuvo el talento de no ser celoso y hacerle grata á su mujer
la vida conyugal. Hasta se separó de otra hermana suya--con la cual
vivía desde su primer matrimonio--porque era devota, maniática, opuesta
á la sociedad y á las distracciones, y no podía congeniar con la joven
esposa; y no se mostró remiso en aflojar dinero para modistas, ni en
gastar tiempo en teatros, saraos y tertulias. También supo evitar el
delirio de los extremos amorosos, impropios de su edad y la de Asís
combinadas; dejó dormir lo que no era para despertado, y así logró siete
años de tranquila ventura y una chiquilla algo enclenque, que únicamente
revivía con los aires marinos y agrestes de la tierra galaica. Un
derrame seroso cortó el curso de los días del buen consejero de Estado,
y Asís quedó libre, rica, moza, bien mirada y con el alma serena.
Pasaba en Madrid los inviernos, teniendo á su niña de medio interna en
un atildado colegio francés; los veranos se iba á Vigo, al lado de su
papá; á veces (como sucedía ahora), el viaje de la chiquilla se
adelantaba un poco, porque el abuelo, al cerrarse las Cortes, se la
llevaba consigo á desencanijarse en la aldea... Asís la dejaba marchar
de buen grado. El amor maternal era en ella lo que había sido el cariño
conyugal: sentimiento apacible, exento de esas divinas locuras que
abrasan el alma y dan á la existencia sentido nuevo. La marquesa de
Andrade vivía contenta, algo envanecida de haber soltado la cáscara
provinciana, y satisfecha también de conservar su honradez como la
conservan allá en Vigo las señoras muy visibles, que no dan un paso sin
que el vecindario sepa si fué con el pié izquierdo ó el derecho.
Entretenía sus ocios pensando, por ejemplo, que el último vestido que le
había mandado su modista era tan gracioso y menos caro que el de Worth
de la Sahagún; que estaba á bien con el Padre Urdax, merced á haber
entrado en una asociación benéfica muy recomendada por los jesuítas; que
ella era una dama formal, intachable, y que, sin embargo, no dejaban de
citarla con elogio en las revistas de salones alguna que otra vez; que
podía vivirse en el mundo sin abrir paso al demonio, y que ni el mundo
ni Dios tenían por qué volverle la espalda.
Y ahora...
X
Oyendo un nuevo repiqueteo de campanilla, acudió Angela despavorida, á
ver _qué era_. Su ama estaba medio incorporada sobre un codo.
--Venga quien venga, ¿entiendes?, venga quien venga..., que he salido.
--A todo el mundo, vamos; que ha salido la señorita.
--A todo el mundo: sin excepción. Cuidadito como me dejas entrar á
nadie.
--¡Jesús, señorita! Ni el aire entrará.
--Y prepárame el baño.
--¿El baño? ¿No le sentará mal á la señorita?
--No--contestó Asís secamente.--(¡Manía de meterse en todo tienen estas
doncellas!)
--¿Y la orden del coche, señorita? Ya dos veces ha venido Roque á
preguntarla.
Al nombre del cochero, sintió Asís que le _subía un pavo_ atroz, como si
el cochero representase para ella la sociedad, el deber, todas las
conveniencias pisoteadas y atropelladas la víspera. ¡El cochero si que
debía maliciarse!...
--Dile..., dile que... venga dentro de un par de horas..., á las cuatro
y media... No, á las cinco y cuarto. Para paseo... Las cinco y media más
bien.
Saltó de la cama, se puso la bata, y se calzó las chinelas. ¡Sentía un
abatimiento grande, agujetas, cansancio, y al mismo tiempo una
excitación, unas ganas de echar á andar, de huir de sí misma, de no
verse ni oirse! No se podía sufrir.
--¡Qué vida tan incómoda la de las señoras que anden siempre en estos
enredos! No les arriendo la ganancia... ¡Ay! Aborrezco los tapujos y las
ilegalidades... He nacido para vivir con orden y con decoro, está
visto. ¿Le dará á ese tunante por venir?
Mientras no estaba dispuesto el baño, practicó Asís las operaciones de
aseo que deben precederle: limpiarse y limarse las uñas, lavar y
cepillar esmeradamente la dentadura, desenredar el pelo y pasarse
repetidas veces el peine menudo, registrarse cuidadosamente las orejas
con la esponjita y la cucharita de marfil, frotarse el pescuezo con el
guante de crín suavizado con pasta de almendra y miel. A cada higiénica
operación y á cada parte de su cuerpo que quedaba como una patena, Asís
creía ver desaparecer la marca de las irregularidades del día anterior,
y confundiendo involuntariamente lo físico y lo moral, al asearse,
juzgaba regenerarse.
Avisó la Diabla que estaba listo el baño. Asís pasó á un cuartuco
obscuro, que alumbraba un quinqué de petróleo (las habitaciones de baño
fantásticas que se describen en las novelas no suelen existir sino en
algún palacio, nunca en las casas de alquiler), y se metió en una
bañadera de zinc con capa de porcelana--idéntica á las cacerolas.--¡Qué
placer! En el agua clara iban á quedarse la vergüenza, la sofoquina y
las inconveniencias de la aventura... ¡Allí estaban escritas con letras
de polvo! ¡Polvo doblemente vil, el polvo de la innoble feria! ¡Y
cuidado que era pegajoso y espeso! ¡Si había penetrado al través de las
medias, de la ropa interior, y en toda su piel lo veía depositado la
dama! Agua clara y tibia--pensaba Asís--lava, lava tanta grosería,
tanto flamenquismo, tanta barbaridad: lava la osadía, lava el desacato,
lava el aturdimiento, lava el... Jabón y más jabón. Ahora agua de
Colonia... Así.
Esta manía de que con agua de Colonia y jabón fino se le quitaban las
manchas á la honra, se apoderó de la señora en grado tal, que á poco se
arranca el cutis, de la rabia y el encarnizamiento con que lo frotaba.
Cuando su doncella le dió la bata de tela turca para enjugarse, Asís
continuó sus fricciones mitad morales, mitad higiénicas, hasta que ya
rendida se dejó envolver en la ropa limpia, suspirando como el que echa
de sí un enorme peso de cuidados.
Llegó el coche algún tiempo después de terminada la faena, no sólo del
baño, sino del tocado y vestido: Asís llevaba un traje serio, de señora
que aspira á no llamar la atención. Ya tenía la Diabla la mano en el
pestillo para abrir la puerta á su ama, cuando se la ocurrió preguntar:
--¿Vendrá á comer, señorita?
--No.--Y añadió como el que da explicaciones para que no se piense mal
de él.--Estoy convidada á comer en casa de las tías de Cardeñosa.
Al sentarse en su berlinita, respiró anchamente. Ya no había que temer
la aparición del pillo. ¡Bah! Ni era probable que él se acordase de
ella; estos troneras, así que pueden jactarse..., si te he visto no me
acuerdo. Mejor que mejor. Qué ganga, si la historia se resolviese de
una manera tan sencilla... Y la voz de Asís adquirió cierta sonoridad al
decir al cochero:
--Castellana... Y luego á casa de las tías...
Aquella vibración orgullosa de su acento parece que quería significar:
--Ya lo ves, Roque... No se va uno todos los días de picos pardos... De
hoy más vuelvo á mi inflexible línea de conducta...
Rodó el coche al trote hasta la Castellana y allí se metió en fila. Era
tal el número y la apretura de carruajes, que á veces tenían que pararse
todos por imposibilidad de avanzar ni retroceder. En estos momentos de
forzosa quietud sucedían cosas chuscas: dos señoras que se conocían y se
saludaban, pero no teniendo la intimidad suficiente para emprender
conversación, permanecían con la sonrisa estereotipada, observándose con
el rabillo del ojo, desmenuzándose el atavío y deseando que un leve
sacudimiento del maremagnum de carruajes pusiese fin á una situación tan
pesadita. Otras veces le acontecía á Asís quedarse parada tocando con
una _manuela_, en cuyo asiento trasero, dejando la bigotera libre, se
apiñaban tres mozos de buen humor, horteras ó empleadillos de
ministerio, que la soltaban una andanada de dicharachos y majaderías; y
nada: aguantarlos á quema ropa, sin saber qué era menos desairado,
sonreirse ó ponerse muy seria ó hacerse la sorda. También era fastidioso
encontrarse en contacto íntimo con el fogoso tronco de un _milord_, que
sacudía la espuma del hocico dentro de la ventanilla, salpicando el haz
de lilas blancas sujeto en el tarjetero, que perfumaba el interior del
coche. Incidentes que distraían por un instante á la marquesa de Andrade
de la dulce quietud y del bienhechor reposo producido por la frescura
del aire impregnado de aroma de lilas y flor de acacia, por la animación
distinguida y silenciosa del paseo, por el grato reclinatorio que hacía
á su cabeza y espalda el rehenchido del coche, forrado de paño gris.
--¡Calle! Allí va Casilda Sahagún empingorotada en el campanario de su
_break_. ¿De dónde vendrá, señor? ¡Toma! Ya caigo; de la novillada que
armaron los muchachos finos, Juanito Albares, Perico Gonzalvo, Paco
Gironellas, Fernandín Hurtado...--En un minuto recordó Asís la
organización de la fiesta taurina: se habían repartido programas
impresos en raso lacre, redactados con muy buena sombra; no había nada
más salado que leer, por ejemplo:--Banderilleros: Fernando Alfonso
Hurtado de Mendoza (a) Pajarillas.--José María Aguilar y Austria (a) el
Chaval.--¡Pues poca broma que hubo en casa de Sahagún la noche que se
arregló el plan de la corrida! Y Asís estaba convidada también. Se le
había pasado: ¡qué lástima! La Duquesa, tan sandunguera como de
costumbre, hecha un cartón de Goya con su mantilla negra y su grupo de
claveles; los muchachos, ufanísimos, en carretela descubierta, envueltos
en sus capotes morados y carmesíes con galón de oro. Lo que es torear
habrían toreado de echarles patatas; pero ahora nadie les ganaba á
darse pisto luciendo los trajes. Revolvían el paseo de la Castellana:
eran el acontecimiento de la tarde. Asís sintió un descanso mayor aún
después de ver pasar la comitiva taurómaca: comprendió, guiada por el
buen sentido, que á nadie, en aquel conjunto de personas siempre
entretenidas por algún suceso gordo del orden político, ó del orden
divertido, ó del orden escandaloso con platillos y timbales, se le
ocurriría sospechar su aventurilla del _Santo_. A buen seguro que por un
par de días nadie pensaba más que en la becerrada aristocrática.
Este convencimiento de que su escapatoria no estaba llamada á trascender
al público, se robusteció en casa de las tías de Cardeñosa. Las
Cardeñosas eran dos buenas señoritas, solteronas, de muy afable
condición, rasas de pecho, tristes de mirar, sumamente anticuadas en el
vestir, tímidas y dulces, no emancipadas, á pesar de sus cincuenta y
pico, de la eterna infancia femenina: hablaban mucho de novenas, y
comentaban detenidamente los acontecimientos culminantes, pero
exteriores, ocurridos en la familia de Andrade y en las demás que
componían el círculo de sus relaciones; para las bodas tenían aparejada
una sonrisa golosa y tierna, como si paladeasen el licor que no habían
probado nunca; para las enfermedades, calaveradas de chicos y
fallecimientos de viejos, un melancólico arqueo de cejas, unos ademanes
de resignación con los hombros y unas frases de compasión, que por ser
siempre las mismas, sonaban á indiferencia. Religiosas de verdad, nunca
murmuraban de nadie ni juzgaban duramente la ajena conducta, y para
ellas la vida humana no tenía más que un lado, el anverso, el que cada
cual deja ver á las gentes. Gozaban con todo esto las Cardeñosas fama de
trato distinguidísimo, y su tarjeta _hacía bien_ en cualquier bandeja de
porcelana de esas donde se amontona, en forma de pedazos de cartulina,
la consideración social.
Para Asís, la insulsa comida de las tías de Cardeñosa y la anodina
velada que la siguió, fueron al principio un bálsamo. Se la disiparon
las últimas vibraciones de la jaqueca y las postreras angustias del
estómago, y su espíritu se aquietó, viendo que aquellas señoras
respetadísimas y excelentes la trataban con el acostumbrado afecto y
comprendiendo que ni por las mientes se les pasaba imaginar de ella nada
censurable.
El cuerpo y el alma se sosegaban á la par, y gracias á tan saludable
reacción, _aquello_ se le figuraba á Asís una especie de pesadilla, un
cuento fantástico.
Pero obtenido este estado de calma tan necesario á sus nervios, empezó
la dama á notar, hacia eso de las diez, que se aburría ferozmente, por
todo lo alto, y que le entraban ya unas ganas de dormir, ya unos
impulsos de tomar el aire, que se revelaban en prolongados bostezos y en
revolverse en la butaca como si estuviese tapizada de alfileres punta
arriba. Tanto, que las Cardeñosas lo percibieron, y con su inalterable
bondad comenzaron á ofrecerla otro sillón de distinta forma, el rincón
del sofá, una silla de rejilla, un taburetito para los piés, un cojín
para la espalda.
--No os incomodéis... Mil gracias... Pero si estoy perfectamente.
Y no atreviéndose á mirar el suyo, echaba un ojo al reloj de sobremesa,
un Apolo de bronce dorado, de cuya clásica desnudez ni se habían
enterado siquiera las Cardeñosas, en cuarenta años que llevaba el dios
de estarse sobre la consola del salón en postura académica, con la lira
muy empuñada. El reloj... por supuesto, se había parado desde el primer
día, como todos los de su especie. Asís quería disimular, pero se le
abría la boca y se le llenaban de lágrimas los ojos; abanicábase
estrepitosamente, contestando por máquina á las interrogaciones de las
tías acerca de la salud de su niña y los proyectos de veraneo,
inminentes ya. Las horas corrían, sin embargo, derramando en el espíritu
de Asís el opio del fastidio... Cada rodar de coches por la retirada
calle en que habitaban las Cardeñosas, le producía una sacudida
eléctrica. Al fin hubo uno que paró delante de la casa misma... ¡Bendito
sea Dios! Por encanto recobró la dama su alegría y su amabilidad de
costumbre, y cuando la criada vino á decir:--«Está el coche de la señora
Marquesa»,--tuvo el heroismo de responder con indiferencia fingida:
--Gracias, que se aguarde.
A los dos minutos, alegando que había madrugado un poco, arrimaba las
mejillas al pálido pergamino de la de sus tías, daba un glacial beso al
aire y bajaba la escalera repitiendo:
--Sí..., cualquier día de estos... ¡Qué! Si he pasado un rato
buenísimo... ¿Mañana sin falta... eh? las papeletas de los Asilos. Mil
cosas al Padre Urdax.
Al tirar de la campanilla en su casa, tuvo una corazonada rarísima. Las
hay, las hay, y el que lo niegue es un miope del corazón, que rehusa á
los demás la acuidad del sentido porque á él le falta. Asís, mientras
sonata el campanillazo, sintió un hormigueo y un temblor en el pulso,
como si semejante tirón fuese algún acto muy importante y decisivo en su
existencia. Y no experimentó ninguna sorpresa, aunque sí una violenta
emoción que por poco la hace caerse redonda al suelo, cuando en vez de
la Diabla ó del criado vió que le abría la puerta aquel pillo, aquel
grandiosísimo truhán.