IX

Así, punto más, punto menos, hubiese redactado su declaración la dama,

si confiase al papel lo que la bullía en el magín. No afirmamos que, aun

dialogando con su conciencia propia, fuese la marquesa viuda de Andrade

perfectamente sincera, y no omitiese algún detalle que agravara su tanto

de culpa en el terreno de la imprevisión, la ligereza ó la coquetería.

Todo es posible, y no conviene salir fiador de nadie en este género de

confesiones, que nunca se hacen sin pelos en la lengua y restricciones

en la mente.

Sin embargo, no puede negarse que la señora había referido con bastante

franqueza el terrible episodio, tanto más terrible para ella, cuanto que

hasta dar este mal paso caminara con pié firme y alegre espíritu por la

senda de la honestidad. Mérito suyo, más que fruto de la educación

paterna, no muy rígida, ni excesivamente vigilante. A Asís se le habían

cumplido cuantos caprichos puede tener en un pueblo como Vigo una niña

rica, huérfana de madre, y única. A los veinte años de edad, asistiendo

á todos los bailes del Casino, á todos los paseos en la Alameda, á todas

las verbenas y romerías de Cristos y Pastoras, visitando todos los

buques de todas las escuadras que fondeaban en el puerto, Asís no había

hecho cosa esencialmente mala, pues no hay severidad que baste á

condenar de un modo riguroso el carteo con un teniente de navío, á quien

veía be higos á brevas--cuando la _Villa de Bilbao_ andaba por aquellas

aguas.--Entonces le entró al papá de Asís, acaudalado negociante, la

ventolera de las contratas, acompañada, naturalmente, de la necesidad de

meterse en política; tuvo distrito, y contrata va y legislatura viene,

comenzó á llevarse á su hija á Madrid todos los inviernos, á dar una

vueltecita--la frase sacramental.--Hospedábanse en casa de un primo de

la difunta mamá de Asís, el marqués de Andrade, consejero de Estado,

porque Asís era fruto de una de esas alianzas entre blasones y talegas,

que en Galicia y en todas partes se ven tan á menudo, sin que tuerza el

gesto ningún venerable retrato de familia, ni ningún abuelo se

estremezca en su tumba. El consejero de Estado se encontraba viudo y sin

descendencia; conservaba un cerquillo de pelo alrededor de una lucia

calva; poseía buenos modales, carácter ameno (en la corte no existen

viejos avinagrados) y la suficiente mundología para saber cómo ha de

insinuarse un cincuentón con una muchacha. Asís empezó por enseñarle á

su tío, bromeando, las cartas del marino, y acabó por escribir á éste

una significándole que sus relaciones «quedaban cortadas para siempre».

Y así fué, y la esbelta sombra con gorrilla blanca y levita azul y

anclas de oro no se apareció jamás al pié del tálamo de los marqueses de

Andrade.

El Marqués tuvo el talento de no ser celoso y hacerle grata á su mujer

la vida conyugal. Hasta se separó de otra hermana suya--con la cual

vivía desde su primer matrimonio--porque era devota, maniática, opuesta

á la sociedad y á las distracciones, y no podía congeniar con la joven

esposa; y no se mostró remiso en aflojar dinero para modistas, ni en

gastar tiempo en teatros, saraos y tertulias. También supo evitar el

delirio de los extremos amorosos, impropios de su edad y la de Asís

combinadas; dejó dormir lo que no era para despertado, y así logró siete

años de tranquila ventura y una chiquilla algo enclenque, que únicamente

revivía con los aires marinos y agrestes de la tierra galaica. Un

derrame seroso cortó el curso de los días del buen consejero de Estado,

y Asís quedó libre, rica, moza, bien mirada y con el alma serena.

Pasaba en Madrid los inviernos, teniendo á su niña de medio interna en

un atildado colegio francés; los veranos se iba á Vigo, al lado de su

papá; á veces (como sucedía ahora), el viaje de la chiquilla se

adelantaba un poco, porque el abuelo, al cerrarse las Cortes, se la

llevaba consigo á desencanijarse en la aldea... Asís la dejaba marchar

de buen grado. El amor maternal era en ella lo que había sido el cariño

conyugal: sentimiento apacible, exento de esas divinas locuras que

abrasan el alma y dan á la existencia sentido nuevo. La marquesa de

Andrade vivía contenta, algo envanecida de haber soltado la cáscara

provinciana, y satisfecha también de conservar su honradez como la

conservan allá en Vigo las señoras muy visibles, que no dan un paso sin

que el vecindario sepa si fué con el pié izquierdo ó el derecho.

Entretenía sus ocios pensando, por ejemplo, que el último vestido que le

había mandado su modista era tan gracioso y menos caro que el de Worth

de la Sahagún; que estaba á bien con el Padre Urdax, merced á haber

entrado en una asociación benéfica muy recomendada por los jesuítas; que

ella era una dama formal, intachable, y que, sin embargo, no dejaban de

citarla con elogio en las revistas de salones alguna que otra vez; que

podía vivirse en el mundo sin abrir paso al demonio, y que ni el mundo

ni Dios tenían por qué volverle la espalda.

Y ahora...

X

Oyendo un nuevo repiqueteo de campanilla, acudió Angela despavorida, á

ver _qué era_. Su ama estaba medio incorporada sobre un codo.

--Venga quien venga, ¿entiendes?, venga quien venga..., que he salido.

--A todo el mundo, vamos; que ha salido la señorita.

--A todo el mundo: sin excepción. Cuidadito como me dejas entrar á

nadie.

--¡Jesús, señorita! Ni el aire entrará.

--Y prepárame el baño.

--¿El baño? ¿No le sentará mal á la señorita?

--No--contestó Asís secamente.--(¡Manía de meterse en todo tienen estas

doncellas!)

--¿Y la orden del coche, señorita? Ya dos veces ha venido Roque á

preguntarla.

Al nombre del cochero, sintió Asís que le _subía un pavo_ atroz, como si

el cochero representase para ella la sociedad, el deber, todas las

conveniencias pisoteadas y atropelladas la víspera. ¡El cochero si que

debía maliciarse!...

--Dile..., dile que... venga dentro de un par de horas..., á las cuatro

y media... No, á las cinco y cuarto. Para paseo... Las cinco y media más

bien.

Saltó de la cama, se puso la bata, y se calzó las chinelas. ¡Sentía un

abatimiento grande, agujetas, cansancio, y al mismo tiempo una

excitación, unas ganas de echar á andar, de huir de sí misma, de no

verse ni oirse! No se podía sufrir.

--¡Qué vida tan incómoda la de las señoras que anden siempre en estos

enredos! No les arriendo la ganancia... ¡Ay! Aborrezco los tapujos y las

ilegalidades... He nacido para vivir con orden y con decoro, está

visto. ¿Le dará á ese tunante por venir?

Mientras no estaba dispuesto el baño, practicó Asís las operaciones de

aseo que deben precederle: limpiarse y limarse las uñas, lavar y

cepillar esmeradamente la dentadura, desenredar el pelo y pasarse

repetidas veces el peine menudo, registrarse cuidadosamente las orejas

con la esponjita y la cucharita de marfil, frotarse el pescuezo con el

guante de crín suavizado con pasta de almendra y miel. A cada higiénica

operación y á cada parte de su cuerpo que quedaba como una patena, Asís

creía ver desaparecer la marca de las irregularidades del día anterior,

y confundiendo involuntariamente lo físico y lo moral, al asearse,

juzgaba regenerarse.

Avisó la Diabla que estaba listo el baño. Asís pasó á un cuartuco

obscuro, que alumbraba un quinqué de petróleo (las habitaciones de baño

fantásticas que se describen en las novelas no suelen existir sino en

algún palacio, nunca en las casas de alquiler), y se metió en una

bañadera de zinc con capa de porcelana--idéntica á las cacerolas.--¡Qué

placer! En el agua clara iban á quedarse la vergüenza, la sofoquina y

las inconveniencias de la aventura... ¡Allí estaban escritas con letras

de polvo! ¡Polvo doblemente vil, el polvo de la innoble feria! ¡Y

cuidado que era pegajoso y espeso! ¡Si había penetrado al través de las

medias, de la ropa interior, y en toda su piel lo veía depositado la

dama! Agua clara y tibia--pensaba Asís--lava, lava tanta grosería,

tanto flamenquismo, tanta barbaridad: lava la osadía, lava el desacato,

lava el aturdimiento, lava el... Jabón y más jabón. Ahora agua de

Colonia... Así.

Esta manía de que con agua de Colonia y jabón fino se le quitaban las

manchas á la honra, se apoderó de la señora en grado tal, que á poco se

arranca el cutis, de la rabia y el encarnizamiento con que lo frotaba.

Cuando su doncella le dió la bata de tela turca para enjugarse, Asís

continuó sus fricciones mitad morales, mitad higiénicas, hasta que ya

rendida se dejó envolver en la ropa limpia, suspirando como el que echa

de sí un enorme peso de cuidados.

Llegó el coche algún tiempo después de terminada la faena, no sólo del

baño, sino del tocado y vestido: Asís llevaba un traje serio, de señora

que aspira á no llamar la atención. Ya tenía la Diabla la mano en el

pestillo para abrir la puerta á su ama, cuando se la ocurrió preguntar:

--¿Vendrá á comer, señorita?

--No.--Y añadió como el que da explicaciones para que no se piense mal

de él.--Estoy convidada á comer en casa de las tías de Cardeñosa.

Al sentarse en su berlinita, respiró anchamente. Ya no había que temer

la aparición del pillo. ¡Bah! Ni era probable que él se acordase de

ella; estos troneras, así que pueden jactarse..., si te he visto no me

acuerdo. Mejor que mejor. Qué ganga, si la historia se resolviese de

una manera tan sencilla... Y la voz de Asís adquirió cierta sonoridad al

decir al cochero:

--Castellana... Y luego á casa de las tías...

Aquella vibración orgullosa de su acento parece que quería significar:

--Ya lo ves, Roque... No se va uno todos los días de picos pardos... De

hoy más vuelvo á mi inflexible línea de conducta...

Rodó el coche al trote hasta la Castellana y allí se metió en fila. Era

tal el número y la apretura de carruajes, que á veces tenían que pararse

todos por imposibilidad de avanzar ni retroceder. En estos momentos de

forzosa quietud sucedían cosas chuscas: dos señoras que se conocían y se

saludaban, pero no teniendo la intimidad suficiente para emprender

conversación, permanecían con la sonrisa estereotipada, observándose con

el rabillo del ojo, desmenuzándose el atavío y deseando que un leve

sacudimiento del maremagnum de carruajes pusiese fin á una situación tan

pesadita. Otras veces le acontecía á Asís quedarse parada tocando con

una _manuela_, en cuyo asiento trasero, dejando la bigotera libre, se

apiñaban tres mozos de buen humor, horteras ó empleadillos de

ministerio, que la soltaban una andanada de dicharachos y majaderías; y

nada: aguantarlos á quema ropa, sin saber qué era menos desairado,

sonreirse ó ponerse muy seria ó hacerse la sorda. También era fastidioso

encontrarse en contacto íntimo con el fogoso tronco de un _milord_, que

sacudía la espuma del hocico dentro de la ventanilla, salpicando el haz

de lilas blancas sujeto en el tarjetero, que perfumaba el interior del

coche. Incidentes que distraían por un instante á la marquesa de Andrade

de la dulce quietud y del bienhechor reposo producido por la frescura

del aire impregnado de aroma de lilas y flor de acacia, por la animación

distinguida y silenciosa del paseo, por el grato reclinatorio que hacía

á su cabeza y espalda el rehenchido del coche, forrado de paño gris.

--¡Calle! Allí va Casilda Sahagún empingorotada en el campanario de su

_break_. ¿De dónde vendrá, señor? ¡Toma! Ya caigo; de la novillada que

armaron los muchachos finos, Juanito Albares, Perico Gonzalvo, Paco

Gironellas, Fernandín Hurtado...--En un minuto recordó Asís la

organización de la fiesta taurina: se habían repartido programas

impresos en raso lacre, redactados con muy buena sombra; no había nada

más salado que leer, por ejemplo:--Banderilleros: Fernando Alfonso

Hurtado de Mendoza (a) Pajarillas.--José María Aguilar y Austria (a) el

Chaval.--¡Pues poca broma que hubo en casa de Sahagún la noche que se

arregló el plan de la corrida! Y Asís estaba convidada también. Se le

había pasado: ¡qué lástima! La Duquesa, tan sandunguera como de

costumbre, hecha un cartón de Goya con su mantilla negra y su grupo de

claveles; los muchachos, ufanísimos, en carretela descubierta, envueltos

en sus capotes morados y carmesíes con galón de oro. Lo que es torear

habrían toreado de echarles patatas; pero ahora nadie les ganaba á

darse pisto luciendo los trajes. Revolvían el paseo de la Castellana:

eran el acontecimiento de la tarde. Asís sintió un descanso mayor aún

después de ver pasar la comitiva taurómaca: comprendió, guiada por el

buen sentido, que á nadie, en aquel conjunto de personas siempre

entretenidas por algún suceso gordo del orden político, ó del orden

divertido, ó del orden escandaloso con platillos y timbales, se le

ocurriría sospechar su aventurilla del _Santo_. A buen seguro que por un

par de días nadie pensaba más que en la becerrada aristocrática.

Este convencimiento de que su escapatoria no estaba llamada á trascender

al público, se robusteció en casa de las tías de Cardeñosa. Las

Cardeñosas eran dos buenas señoritas, solteronas, de muy afable

condición, rasas de pecho, tristes de mirar, sumamente anticuadas en el

vestir, tímidas y dulces, no emancipadas, á pesar de sus cincuenta y

pico, de la eterna infancia femenina: hablaban mucho de novenas, y

comentaban detenidamente los acontecimientos culminantes, pero

exteriores, ocurridos en la familia de Andrade y en las demás que

componían el círculo de sus relaciones; para las bodas tenían aparejada

una sonrisa golosa y tierna, como si paladeasen el licor que no habían

probado nunca; para las enfermedades, calaveradas de chicos y

fallecimientos de viejos, un melancólico arqueo de cejas, unos ademanes

de resignación con los hombros y unas frases de compasión, que por ser

siempre las mismas, sonaban á indiferencia. Religiosas de verdad, nunca

murmuraban de nadie ni juzgaban duramente la ajena conducta, y para

ellas la vida humana no tenía más que un lado, el anverso, el que cada

cual deja ver á las gentes. Gozaban con todo esto las Cardeñosas fama de

trato distinguidísimo, y su tarjeta _hacía bien_ en cualquier bandeja de

porcelana de esas donde se amontona, en forma de pedazos de cartulina,

la consideración social.

Para Asís, la insulsa comida de las tías de Cardeñosa y la anodina

velada que la siguió, fueron al principio un bálsamo. Se la disiparon

las últimas vibraciones de la jaqueca y las postreras angustias del

estómago, y su espíritu se aquietó, viendo que aquellas señoras

respetadísimas y excelentes la trataban con el acostumbrado afecto y

comprendiendo que ni por las mientes se les pasaba imaginar de ella nada

censurable.

El cuerpo y el alma se sosegaban á la par, y gracias á tan saludable

reacción, _aquello_ se le figuraba á Asís una especie de pesadilla, un

cuento fantástico.

Pero obtenido este estado de calma tan necesario á sus nervios, empezó

la dama á notar, hacia eso de las diez, que se aburría ferozmente, por

todo lo alto, y que le entraban ya unas ganas de dormir, ya unos

impulsos de tomar el aire, que se revelaban en prolongados bostezos y en

revolverse en la butaca como si estuviese tapizada de alfileres punta

arriba. Tanto, que las Cardeñosas lo percibieron, y con su inalterable

bondad comenzaron á ofrecerla otro sillón de distinta forma, el rincón

del sofá, una silla de rejilla, un taburetito para los piés, un cojín

para la espalda.

--No os incomodéis... Mil gracias... Pero si estoy perfectamente.

Y no atreviéndose á mirar el suyo, echaba un ojo al reloj de sobremesa,

un Apolo de bronce dorado, de cuya clásica desnudez ni se habían

enterado siquiera las Cardeñosas, en cuarenta años que llevaba el dios

de estarse sobre la consola del salón en postura académica, con la lira

muy empuñada. El reloj... por supuesto, se había parado desde el primer

día, como todos los de su especie. Asís quería disimular, pero se le

abría la boca y se le llenaban de lágrimas los ojos; abanicábase

estrepitosamente, contestando por máquina á las interrogaciones de las

tías acerca de la salud de su niña y los proyectos de veraneo,

inminentes ya. Las horas corrían, sin embargo, derramando en el espíritu

de Asís el opio del fastidio... Cada rodar de coches por la retirada

calle en que habitaban las Cardeñosas, le producía una sacudida

eléctrica. Al fin hubo uno que paró delante de la casa misma... ¡Bendito

sea Dios! Por encanto recobró la dama su alegría y su amabilidad de

costumbre, y cuando la criada vino á decir:--«Está el coche de la señora

Marquesa»,--tuvo el heroismo de responder con indiferencia fingida:

--Gracias, que se aguarde.

A los dos minutos, alegando que había madrugado un poco, arrimaba las

mejillas al pálido pergamino de la de sus tías, daba un glacial beso al

aire y bajaba la escalera repitiendo:

--Sí..., cualquier día de estos... ¡Qué! Si he pasado un rato

buenísimo... ¿Mañana sin falta... eh? las papeletas de los Asilos. Mil

cosas al Padre Urdax.

Al tirar de la campanilla en su casa, tuvo una corazonada rarísima. Las

hay, las hay, y el que lo niegue es un miope del corazón, que rehusa á

los demás la acuidad del sentido porque á él le falta. Asís, mientras

sonata el campanillazo, sintió un hormigueo y un temblor en el pulso,

como si semejante tirón fuese algún acto muy importante y decisivo en su

existencia. Y no experimentó ninguna sorpresa, aunque sí una violenta

emoción que por poco la hace caerse redonda al suelo, cuando en vez de

la Diabla ó del criado vió que le abría la puerta aquel pillo, aquel

grandiosísimo truhán.

Insolación y Morriña (Dos historias amorosas) · 第 19 / 58 题