Convengamos; pero también en que Pacheco, habiéndose portado tan
correctamente al principio, no debió luego echarla á perder. Si yo, por
culpa de las circunstancias--eso es, de las circunstancias
inesperadísimas en que me he visto,--pude darle algún pié, á la verdad,
ningún caballero se aprovecha de ocasiones semejantes; al contrario, en
ellas debe manifestar su educación, si la tiene. Yo me trastorné
completamente, por lo mismo que nunca anduve en pasos como éstos; yo no
estaba en mi cabal juicio, no señor; yo no tenía responsabilidad, y él,
el grandísimo pillo, tan sereno como si le acabasen de enfriar en el
pozo... Lo dicho: ¡fué una osadía, una serranada incalificable!
Cuanto más lo pienso... ¡Un hombre que hace veinticuatro horas no había
cruzado conmigo media docena de palabras; un hombre que ni siquiera es
visita mía! Cierta heroína de novela, de las que yo leía siendo
muchacha, en un caso así recuerdo que empezó á devanarse los sesos
preguntándose á sí propia: «¿Le amo?» ¡Valiente tontería la de aquella
simple! ¡Qué amor ni qué!... Caso de preguntar, yo me preguntaría: «¿Le
conozco á este caballero?» Porque maldito si sé hasta ni cómo se llama
de segundo apellido... Lo que sé es que le detesto y le juzgo un
pillastre. Motivos tengo sobrados. ¡Que se ponga en mi caso cualquiera!
Y ahora... Supongamos que, naturalmente, cuando él aporte por aquí, me
cierro á la banda y doy orden terminante á los criados: que he salido.
Se pondrá furioso, y lo menos que hará, con el despecho, irse alabando
en casa de Sahagún... Porque de fijo es uno de esos tipos que pegan
carteles en las esquinas... ¡Como si lo viera! Y resistir que se me
presente tan fresco... vamos, es de lo que no pasa. Una, que me daría un
sofoco de primera; otra, que en estas cosas, si no se empieza cortando
por lo sano... Me parece lo más natural. Me niego... y se acabó.
Escribirá... Bien, no contesto. Y dentro de unos días, como ya salgo de
Madrid... Sí, todo se arregla.
Y... á sangre fría, Asís... ¿Es ese descarado quien tiene la culpa toda?
Vamos, hija, que tú... ¿Quién te mandaba satisfacer el caprichito de ir
al Santo y de acompañarte con una persona casi desconocida, y de
almorzar allí en un merendero churri, como si fueses una salchichera de
los barrios bajos? ¿Por qué probaste del vino aquel, que está encabezado
con el _amílico_ más venenoso? ¿No sabías que, aun sin vino, á ti el sol
te marea?
Te dejaste embarcar por la Sahagún... Pero la Sahagún... Para ciertas
personas no rigen las ordenanzas sociales. La Sahagún, no sólo es muy
experta, y muy despabilada, y discretísima, y una de esas mujeres á
quienes nadie se les atreve no queriendo ellas, sino que con su alta
posición convierte en excentricidad graciosa é inofensiva lo que en las
demás se toma por desvergüenza y liviandad. Hay gentes que tienen
permiso para todo, y se imponen, y les caen bien hasta las barrabasadas.
Pero yo, que soy una señora como todas, una de tantas, debo respetar el
orden establecido y no meterme en honduras. Era visto que Pacheco se
había de figurar desde el primer instante... No, no es justo acusarle á
él solo.
Bien dice mi paisano. Somos ordinarios y populacheros; nos pule la
educación treinta años seguidos, y renace la corteza... Una persona
decente, en ciertos sitios obra lo mismo que obraría un mayoral. Aquí
estoy yo, que me he portado como una chula.
Es decir... más bien obré como una tonta. Caí de inocente. No supe
precaver, pero no hubo en mí mala intención. Ello ocurrió... porque sí.
Me pesa, Señor. En toda mi vida me ha sucedido ni ha de volver á
sucederme cosa semejante... De eso respondo, y ahora, á remediar el
daño. Puerta cerrada, esquinazo, mutis. No me vuelve á ver el pelo el
señorito ese. En tomando el tren de Galicia... Y sin tanto. Declaro la
casa en estado de sitio... Aquí no entra una mosca. Ya verá si es tan
fácil marear á una mujer cuando ella sabe lo que se hace.