Don Diego, que en el coche se me figuraba reservado y tristón, se volvió
muy dicharachero desde que andábamos por San Isidro, justificando su
fama de buena sombra. Sujetando bien mi brazo para que las mareas de
gente no nos separasen, él no perdía ripio, y cada pormenor de los
tinglados famosos le daba pretexto para un chiste, que muchas veces no
era tal sino en virtud del tono y acento con que lo decía, porque es
indudable que si se escribiesen las ocurrencias de los andaluces, no
resultarían tan graciosas, ni la mitad, de lo que parecen en sus labios;
al sonsonete, al ceceíllo y á la prontitud en responder, se debe la
mayor parte del salero.
Lo peor fué que como allí no había más personas regulares que nosotros,
y Pacheco se metía con todo el mundo y á todo el mundo daba cuerda, nos
rodeó la canalla de mendigos, fenómenos, chiquillos harapientos,
gitanas, buñoleras y vendedoras. El impulso de mi acompañante era
comprar cuanto veía, desde los escapularios hasta los botijos, pero me
cuadré.
--Si compra V. más, me enfado.
--¡Soniche! San acabao las compras. ¡Que san acabao digo! Al que no me
deje en paz, le doy en igual de dinero, cañaso. ¿Tiene V. más que
mandar?
--Mire V., pagaría por estar á la sombra un ratito.
--¿En la cárcel por comprometeora? Llamaremos á la pareja y verasté que
pronto.
Ahora que reflexiono á sangre fría, caigo en la cuenta de que era
bastante raro y muy inconveniente que á los tres cuartos de hora de
pasearnos juntos por San Isidro, nos hablásemos don Diego y yo con tanta
broma y llaneza. Es posible, bien mirado, que mi paisano tenga razón;
que aquel sol, aquel barullo y aquella atmósfera popular obren sobre el
cuerpo y el alma como un licor ó vino de los que más se suben á la
cabeza, y rompan desde el primer momento la valla de reserva que
trabajosamente levantamos las señoras un día y otro contra peligrosas
osadías. De cualquier índole que fuese, yo sentía ya un principio de
mareo cuando exclamé:
--En la cárcel estaría á gusto con tal que no hiciese sol... Me
encuentro así... no sé cómo... parece que me desvanezco.
--Pero ¿se siente V. mala? ¿mala?--preguntó Pacheco seriamente, con vivo
interés.
--Lo que se dice mala, no: es una fatiga, una sofocación... Se me nubla
la vista.
Echóse Pacheco á reir y me dijo casi al oído:
--Lo que V. tiene ya lo adivino yo, sin necesidad de ser sahorí... V.
tiene ni más ni menos que... gasusa.
--¿Eh?
--Debilidad, hablando pronto... ¡Y no es V. sola!.. yo hace rato que doy
las boqueás de hambre. ¡Si debe de ser mediodía!
--Puede, puede que no se equivoque V. mucho. A estas horas suelen
pasearse los ratoncitos por el estómago... Ya hemos visto el Santo;
volvámonos á Madrid y podrá V. almorzar, si gusta acompañarme...
--No, señora... Si eso que V. discurre es un pueblo. Si lo que vamos á
haser es almorsá en una fondita de aquí. ¡Que las hay...!
Se llevó los dedos apiñados á la boca y arrojó un beso al aire, para
expresar la excelencia de las fondas de San Isidro.
Aturdida y todo como me encontraba, la idea me asustó; me pareció
indecorosa y vi de una ojeada sus dificultades y riesgos. Pero al mismo
tiempo, allá en lo íntimo del alma, aquellos escollos me la hacían
deliciosa, apetecible, como es siempre lo vedado y lo desconocido. ¿Era
Pacheco algún atrevido, capaz de faltarme si yo no le daba pié? No por
cierto; y el no darle pié quedaba de mi cuenta. ¡Qué buen rato me perdía
rehusando! ¿Qué diría Pardo de esta aventura si la supiese? Con no
contársela... Mientras discurría así, en voz alta me negaba
terminantemente... Nada, á Madrid de seguida.
Pacheco no cejó, y en vez de formalizarse, echó á broma mi negativa. Con
mil zalamerías y agudezas, ceceando más que nunca, afirmó que espicharía
de necesidad si tardase en almorzar arriba de veinte minutos.
--Que me pongo de rodillas aquí mismo...--exclamaba el muy truhán.--Ea,
un sí de esa boquita... ¡Usted verá el gran almuerso del siglo! Fuera
escrúpulos... ¿Se ha pensao V. que mañana voy yo á contárselo á la señá
duquesa de Sahagún? A este probetico..., ¡una limosna de armuerso!.
Acabó por entrarme risa y tuve la flaqueza de decir:
--Pero... ¿y el coche que está aguardando allá abajo?
--En un minuto se le avisa... Que se procure cochera aquí... Y si no,
que se vuelva á Madrid hasta la puesta del sol... Espere V., buscaré
alguno que lleve el recao... No la he de dejar aquí solita pa que se la
coma un lobo; eso sí que no.
Debió de oirlo un guindilla que andaba por allí ejerciendo sus
funciones, y en tono tan reverente y servicial como bronco lo usaba
para intimar á la gentuza que se _desapartase_, nos dijo con afable
sonrisa:
--Yo aviso, si justan... ¿Dónde está ó coche? ¿Cómo le llaman al
cochero?
--Este no es de mi tierra, ni nada. ¿De qué parte de Galicia?--pregunté
al agente.
--Desviado de Lujo tres légoas, á la banda de Sarria, para servir á
vusté--explicó él, y los ojos le brillaron de alegría al encontrarse con
una paisana.--«¿Si éste me conocerá por conducto de la Diabla?»--pensé
yo recelosa; pero mi temor sería infundado, pues el agente no añadió
nada más. Para despacharle pronto, le expliqué:
--¿Ve aquella berlina con ruedas encarnadas..., cochero mozo, con
patillas, librea verde? Allá abajo... Es la octava en la fila.
--Bien veo, bien.
--Pues va V.--ordenó Pacheco--y le dice que se largue á Madrí con viento
fresco, y que por la tardesita vuerva y se plantifique en el mismo
lugar. ¿Estamos, compadre?
Noté que mi acompañante extendía la mano y estrechaba con gran efusión
la del guindilla; pero no sería esta distinción lo que tanto le alegró
la cara á mi conterráneo, pues le vi cerrar la diestra deslizándola en
el bolsillo del pantalón, y entreoí la fórmula gallega clásica:
--De hoy en cien años.
Libre ya del apéndice del carruaje, por instinto me apoyé más fuerte en
el brazo de Don Diego, y él á su vez estrechó el mío como ratificando
un contrato.
--Vamos poquito á poco subiendo al cerro... Animo y cogerse bien.
El sol campeaba en mitad del cielo, y vertía llamas y echaba chiribitas.
El aire faltaba por completo; no se respiraba sino polvo arcilloso. Yo
registraba el horizonte tratando de descubrir la prometida fonda, que
siempre sería un techo, preservativo contra aquel calor del Senegal. Mas
no se veía rastro de edificio grande en toda la extensión del cerro, ni
antes ni después. Las únicas murallas blancas que distinguí á mi derecha
eran las tapias de la Sacramental, á cuyo amparo descansaban los muertos
sin enterarse de las locuras que del otro lado cometíamos los vivos.
Amenacé á Pacheco con el palo de la sombrilla:
--¿Y esa fonda? ¿Se puede saber hasta qué hora vamos á andar buscándola?
--¿Fonda?--saltó Pacheco como si le sorprendiese mucho mi
pregunta.--¿Dijo V. fonda? El caso es... Mardito si sé á qué lado cae.
--¡Hombre..., pues de veras que tiene gracia! ¿No aseguraba V. que había
fondas preciosas, magníficas? ¡Y me trae V. con tanta flema á asarme por
estos vericuetos! Al menos entérese... Pregunte á cualquiera, ¡al
primero que pase!
--¡Oigasté... cristiano!
Volvióse un chulo de pelo alisado en peteneras, manos en los bolsillos
de la chaquetilla, hocico puntiagudo, gorra alta de seda, estrecho
pantalón y viciosa y pálida faz; el tipo perfecto del rata, de esos
mocitos que se echa uno á temblar al verlos, recelando que hasta el modo
de andar le timen.
--¿Hay por aquí alguna fonda, compañero?--interrogó Pacheco alargándole
un buen puro.
--Se estima... Como haber fondas, hay fondas: misté por ahí too alredor,
que fondas son; pero tocante á fonda, vamos, según se ice, de comías
finas, pala gente é aquel, me pienso que no hallarán ustés conveniencia;
digo, esto me lo pienso yo; ustés verán.
--No hay más que merenderos, está visto--pronunció Pacheco bajo y con
acento pesaroso.
Al ver que él se mostraba disgustado, yo, por ese instinto de
contradicción humorística que en situaciones tales se nos desarrolla á
las mujeres, me manifesté satisfecha. Además, en el fondo, no me
desagradaba comer en un merendero. Tenía más _carácter_. Era más nuevo é
imprevisto, y hasta menos clandestino y peligroso. ¿Qué riesgo hay en
comer en un barracón abierto por todos lados donde está entrando y
saliendo la gente? Es tan inocente como tomar un vaso de cerveza en un
café al aire libre.
V
Convencidos ya de que no existía fonda ni sombra de ella, ó de que
nosotros no acertábamos á descubrirla, miramos á nuestro alrededor,
eligiendo el merendero menos indecente y de mejor trapío. Casi en lo
alto del cerro campeaba uno bastante grande y aseado; no ostentaba
ningún rótulo extravagante, como los que se leían en otros merenderos
próximos, verbigracia:--«Refrescos de los que usava el Santo.»--«La mar
en vevidas y comidas.»--«La Brillantez: callos y caracoles.»--A la
entrada (que puerta no la tenía) hallábase de pié una chica joven, de
fisonomía afable, con un puñal de níquel atravesado en el moño: y no
había otra alma viviente en el merendero, cuyas seis mesas vacías me
parecieron muy limpias y fregoteadas. Pudiera compararse el barracón á
una inmensa tienda de campaña: las paredes de lona: el techo de unas
esteras tendidas sobre palos: dividíase en tres partes desiguales, la
menor ocultando la hornilla y el fogón donde guisaban, la grande que
formaba el comedor, la mediana que venía á ser una trastienda donde se
lavaban platos y cubiertos; pero estos misterios convinimos en que sería
mejor no profundizarlos mucho, si habíamos de almorzar. El piso del
merendero era de greda amarilla, la misma greda de todo el árido cerro:
y una vieja, sucia y horrible, que frotaba con un estropajo las mesas,
no necesitaba sino bajarse para encontrar la materia primera de aquel
limpión inverosímil.
Tomamos posesión de la mesa del fondo, sentándonos en un banco de madera
que tenía por respaldo la pared de lona del barracón. La muchacha, con
su perrera pegada á la frente por grandes churretazos de goma y su puñal
de níquel en el moño, acudió solícita á ver qué mandábamos: olfateaba
parroquianos gordos, y acaso adivinaba ó presentía otra cosa, pues nos
dirigió unas sonrisitas de inteligencia que me pusieron colorada. Decía
á gritos la cara de la chica:--«Buen par están estos dos... ¿Qué manía
les habrá dado de venir á arrullarse en el Santo? Para eso más les valía
quedarse en su nido... que no les faltará, de seguro».--Yo, que leía
semejantes pensamientos en los ojos de la muy entremetida, adopté una
actitud reservada y digna, hablando á Pacheco como se habla á un amigo
íntimo, pero _amigo_ á secas; precaución que lejos de desorientar á la
maliciosa muchacha, creo que sólo sirvió para abrirle más los ojos. Nos
dirigió la consabida pregunta:
--¿Qué van á tomar?
--¿Qué nos puede V. dar?--contestó Pacheco.--Diga V. lo que hay,
resalada..., y la señora irá escogiendo.
--Como haber..., hay de todo. ¿Quieren almorzar formalmente?
--Con toa formaliá.
--Pues de primer plato... una tortillita... ó huevos revueltos.
--Vaya por los huevos revueltos. ¿Y hay magras?
--¿Unas magritas de jamón? Sí.
--¿Y chuletas?
--De ternera, muy ricas.
--¿Pescado?
--Pescado no... Si quieren latas... tenemos escabeche de besugo,
sardinas...
--¿Ostras no?
--Como ostras..., no señora. Aquí pocas cosas finas se pueden despachar.
Lo general que piden... callos y caracoles, Valdepeñas, chuletas...
--V. resolverá--indiqué volviéndome á Pacheco.
--¿He de ser yo? Pues tráiganos de too eso que hemos dicho, niña
bonita..., huevos, magras, ternera, lata de sardinas... ¡Ay! y lo
primero de too se va V. á traer por los aires una boteya e mansaniya y
unas cañitas... Y aseitunas.
--Y después... ¿qué es lo que les he de servir? ¿Las chuletas antes de
nada?
--No: misté, azucena: nos sirve V. los huevos, luego el jamón, las
sardinas, las chuletitas... De postre, si hay algún queso...
--¡Ya lo creo que sí! De Flandes y de Villalón... Y pasas, y almendras,
y rosquillas, y avellanas tostás...
--Pues vamos á armorsá mejor que el Nuncio.
Esto mismo que exclamó Pacheco frotándose las manos, lo pensaba yo.
Aquellas ordinarieces, como diría mi paisano el filósofo, me abrían el
apetito de par en par. Y aumentaba mi buena disposición de ánimo el
encontrarme á cubierto del terrible sol.
Verdad que estaba á cubierto lo mismo que el que sale al campo á las
doce del día bajo un paraguas. El sol, si no podía ensañarse con
nuestros cráneos, se filtraba por todas partes y nos envolvía en un baño
abrasador. Por entre las esteras mal juntas del techo, al través de la
lona, y sobre todo, por el abierto frente de la tienda, entraban á
oleadas, á torrentes, no sólo la luz y el calor del astro, sino el
ruido, el oleaje del humano mar, los gritos, las disputas, las
canciones, las risotadas, los rasgueos y punteos de guitarra y vihuela,
el infernal paso doble, el _¡Viva España!_ de los duros pianos
mecánicos.
Casi al mismo punto en que la chica del puñal de níquel depositaba en la
mesa una botella rotulada _Manzanilla superior_, dos cañas del vidrio
más basto y dos conchas con rajas de salchichón y aceitunas _aliñás_, se
coló por la abertura una mujer desgreñada, cetrina, con ojos como
carbones, saya de percal con almidonados faralaes y pañuelo de crespón
de lana desteñido y viejo, que al cruzarse sobre el pecho dejaba asomar
la cabeza de una criatura. La mujer se nos plantó delante, fija la mano
izquierda en la cadera y accionando con la derecha: de qué modo se
sostenía el chiquillo, es lo que no entiendo.
--En er nombre e Dios, Pare, Jijo y Epíritu Zanto, que donde va er
nombre e Dios no va cosa mala. Una palabrita les voy á icir que lase á
ostés mucha farta saberla...
--¡Calle!--grité yo contentísima. ¡Una gitana que nos va á decir la
buenaventura!
--¿La mando que se largue? ¿La incomoda á V.?
--¡Al contrario! Si me divierte lo que no es imaginable. Verá V. cuántos
enredos va á echar por esa boca. Ea, la buenaventura pronto, que tengo
una curiosidad inmensa de oirla.
--Pué diñe osté la mano erecha, jermosa, y una moneíta de plata pa jaser
la crú.
Pacheco le alargó una peseta, y al mismo tiempo, habiendo descorchado la
manzanilla y pedido otra caña, se la tendió llena de vino á la egipcia.
Con este motivo armaron los dos un tiroteo de agudezas y bromas; bien se
conocía que eran hijos de la misma tierra, y que ni á uno ni á otro se
les atascaban las palabras en el gaznate, ni se les agotaba la labia
aunque la derramasen á torrentes. Al fin la gitana se embocó el
contenido de la cañita, y yo la imité, porque, con la sed, tentaba aquel
vinillo claro. ¡Manzanilla superior! ¡A cualquier cosa llaman _superior_
aquí! La manzanilla dichosa sabía á esparto, á piedra alumbre y á
demonios coronados; pero como al fin era un líquido, y yo con el calor
estaba para beberme el Manzanares entero, no resistí cuando Pacheco me
escanció otra caña. Sólo que en vez de refrescarme, se me figuró que un
rayo de sol, disuelto en polvo, se me introducía en las venas y me
salía en chispas por los ojos y en arreboles por la faz. Miré á Pacheco
muy risueña, y luego me volví confusa, porque él me pagó la mirada con
otra más larga de lo debido.
--¡Qué bonitos ojos azules tiene este perdis!--pensaba yo para mí.
El gaditano estaba sin sombrero; vestía un traje ceniza, elegante, de
paño rico y flexible; de vez en cuando se enjugaba la frente sudorosa
con un pañuelo fino, y á cada movimiento se le descomponía el pelo,
bastante crecido, negro y sedoso; al reir, le iluminaba la cara la
blancura de sus dientes, que son de los mejor puestos y más sanos que he
visto nunca, y aun parecía doblemente morena su tez, ó mejor dicho,
doblemente tostada, porque hacia la parte que ya cubre el cuello de la
camisa se entreveía un cutis claro.
--La mano, jermosa,--repitió la gitana.
Se la alargué, y ella la agarró haciéndomela tener abierta. Pacheco
contemplaba las dos manos unidas.
--¡Qué contraste!--murmuró en voz baja, no como el que dice una
galantería á una señora, sino como el que hace una reflexión entre sí.
En efecto, sin vanidad, tengo que reconocer que la mano de la gitana, al
lado de la mía, parecía un pedazo de cecina feísimo: la tumbaga de
plata, donde resplandecía una esmeralda falsa espantosa, contribuía á
que resaltase el color cobrizo de la garra aquella, y claro está que mi
diestra, que es algo chica, pulida y blanca, con anillos de perlas,
zafiros y brillantes, contrastaba extrañamente. La buena de la bohemia
empezó á hacer sus rayas y ensalmos, endilgándonos una retahila de esas
que no comprometen, pues son de doble sentido y se aplican á cualquier
circunstancia, como las respuestas de los oráculos. Todo muy recalcado
con los ojos y el ademán.
--Una cosa diquelo yo en esta manica, que hae suseder mu pronto, y nadie
saspera que susea... Un viaje me vasté á jaser, y no ae ser para má, que
ae ser pa sastisfasión e toos. Una carta me vasté á resibir, y lae
alegrá lo que viene escribío en eya... Unas presonas me tiene usté que
la quieren má, y están toas perdías por jaserle daño; pero der revé les
ae salir la perra intensión... Una presoniya está chalaíta por usté--(al
llegar aquí la bruja clavó en Pacheco las ascuas encendidas de sus
ojos)--y un convite le ae dar quien bien la quiere... Amorosica de genio
me es usté; pero cuando se atufa, una leona brava de los montes se me
güerve... Que no la enriten a usté y que le yeven toiticas las cosas ar
pelo de la suavidá, que por la buena, corasón tiene usté pa tirarse en
metá e la bahía e Cadis... Con mieles y no con hieles me la han de
engatusar á usté... Un cariñiyo me vasté á tener mu guardadico en su
pechito y no lo ae sabé ni la tierra, que secretica me es usté como la
piedra e la sepultura... También una cosa le igo y es que usté mesma no
me sabe lo que en ese corasonsiyo está guardao... Un cachito e gloria le
va a caer der sielo y pasmáa se quedará usté; que á la presente me está
usté como los pajariyos, que no saben el árbol onde han de ponerse...
Si la dejamos, creo que aún sigue ahora ensartando tonterías. A mí su
parla me entretenía mucho, pues ya se sabe que en esta clase de
vaticinios tan confusos y tan latos, siempre hay algo que responde á
nuestras ideas, esperanzas y aspiraciones ocultas. Es lo mismo que
cuando, al tiempo de jugar á los naipes, vamos corriéndolos para
descubrir sólo la pinta, y adivinamos ó presentimos de un modo vago la
carta que va á salir. Pacheco me miraba atentamente, aguardando á que me
cansase de gitanerías para despedir á la profetisa. Viendo que ya la
chica del puñal en el moño acudía con la fuente de huevos revueltos,
solté la mano, y mi acompañante despachó á la gitana, que antes de poner
piés en polvorosa aún pidió no sé qué para _er churumbeliyo_.
Empezábamos á servirnos del apetitoso comistrajo y á descorchar una
botella de jerez, cuando otro cuerpo asomó en la abertura de la tienda,
se adelantó hacia la mesa y recitó la consabida jaculatoria:
--En er nombre e Dió Pare, Jijo y Epíritu Zanto, que onde va er nombre é
Dió...
--¡Estamos frescos!--gritó Pacheco.--¡Gitana nueva!
--Claro--murmuró con aristocrático desdén la chica del merendero.--Como
á la otra le han dado cuartos y vino, se ha corrido la voz... Y tendrán
aquí á todas las de la romería.
Pacheco alargó á la recién venida unas monedas y un vaso de jerez.
--Bébase usté eso á mi salú..., y andar con Dios, y najensia.
--E que les igo yo lo buenaventura e barde... por el aqué de la sal der
mundo que van ustés derramando.
--No, no...,--exclamé yo casi al oído de Pacheco.--Nos va á encajar lo
mismo que la otra; con una vez basta. Espántela V.... sin reñirla.
--Bébase usté el jerés, prenda... y najarse he dicho--ordenó el gaditano
sin enojo alguno, con campechana franqueza.
La gitana, convencida de que no sacaba más raja ya, después de echarse
al coleto el Jerez y limpiarse la boca con el dorso de la mano, se largó
con su indispensable _churumbeliyo_, que lo traía también escondido en
el mantón como gusano en queso.
--¿Tienen todas su chiquitín?--pregunté á la muchacha.
--Todas, pues ya se ve--explicó ella con tono de persona desengañada y
experta.--Valientes maulas están. Los chiquillos son tan suyos como de
una servidora de Vds. Infelices, los alquilan por ahí á otras bribonas,
y sabe Dios el trato que les dan. Y está la romería plagada de estas
tunantas, embusteronas. ¡Lástima de Abanico!
--¿Vds. duermen aquí?--la dije por tirarla de la lengua.--¿No tienen
miedo á que de noche les roben las ganancias del día ó la comida del
siguiente?
--Ya se ve que dormimos con un ojo cerrado y otro abierto... Porque no
se crea V.: nosotros tenemos un café á la salida de la Plaza Mayor y
venimos aquí no más á poner el ambigú.
Comprendí que la chica se daba importancia, deseando probarme que era,
socialmente, muy superior á aquella gentecilla de poco más ó menos que
andaba por los demás figones. A todo esto íbamos despachando la ración
de huevos revueltos y nos disponíamos á emprenderla con las magras.
Interceptó la claridad de la abertura otra sombra. Esta era una chula de
mantón terciado, peina de bolas, brazos desnudos, que traía en un jarro
de loza un inmenso haz de rosas y claveles, murmurando con voz entre
zalamera y dolorida:--«¡Señoritico! ¡Cómpreme usté flores pa osequiar á
esa buena moza!»--Al mismo tiempo que la florera, entraron en el
merendero cuatro soldados, cuatro húsares jóvenes y muy bulliciosos, que
tomaron posesión de una mesa pidiendo cerveza y gaseosa, metiendo ruido
con los sables y regocijando la vista con su uniforme amarillo y azul.
¡Válgame Dios, y qué virtud tan rara poseen la manzanilla y el jerez,
sobre todo cuando están encabezados y compuestos! Si en otra ocasión me
veo yo almorzando así, entre soldados, creo que me da un soponcio; pero
empezaba á tener subvertidas las nociones de la corrección y de la
jerarquía social, y hasta me hizo gracia semejante compañía y la celebré
con la risa más alegre del mundo! Pacheco, al observar mi buen humor, se
levantó y fué á ofrecer á los húsares jerez y otros obsequios; de
suerte que no sólo comíamos con ellos en el mismo bodegón, sino que
fraternizábamos.
Cuando está uno de buen temple, ninguna cosa le disgusta. Alabé la
comida; de la chula de los claveles dije que parecía un boceto de Sala;
y entonces Pacheco sacó de la jarra las flores y me las echó en el
regazo, diciendo:--«Póngaselas V. todas.»--Así lo ejecuté, y quedó mi
pecho convertido en búcaro. Luego me hizo reir con toda mi alma una
desvergonzada riña que se oyó por detrás de la pared de lona, y las
ocurrencias de Pacheco que se lió con los húsares no recuerdo con qué
motivo. Volvió á nublarse el sol que entraba por la abertura y apareció
un pordiosero de lo más remendado y haraposo. No contento con aflojar
buena limosna, Pacheco le dió palique largo, y el mendigo nos contó
aventuras de su vida: una sarta de embustes, por supuesto. Oyóle el
gaditano muy atentamente, y luego empezó á exigirle que trajese un
guitarrillo y se cantase por lo más jondo. El pobre juraba y perjuraba
que no sabía sino unas coplillas, pero sin música, y al fin le soltamos,
bajo palabra de que nos traería un buen cantaor y tocaor de bandurria
para que nos echase polos y peteneras hasta morir. Por fortuna hizo la
del humo.
Yo, á todo esto, más divertida que en un sainete, y dispuesta á
entenderme con las chuletas y el champagne. Comprendía, sí, que mis
pupilas destellaban lumbre y en mis mejillas se podía encender un
fósforo; pero lejos de percibir el atolondramiento que suponía precursor
de la embriaguez, sólo experimentaba una animación agradabilísima, con
la lengua suelta, los sentidos excitados, el espíritu en volandas y
gozoso el corazón. Lo que más me probaba que _aquello_ no era cosa
alarmante, era que comprendía la necesidad de guardar en mis dichos y
modales cierta reserva de buen gusto; y en efecto, la guardaba, evitando
toda palabra ó movimiento que siendo inocente pudiese parecer equívoco,
sin dejar por eso de reir, de elogiar los guisos, de mostrarme jovial,
en armonía con la situación... Porque allí, vamos, convengan Vds. en
ello, también sería muy raro estar como si me hubiese tragado el
molinillo.