Cuando de Virgilio en pos
Fué el Dante al infierno á dar,
Su conciencia, hija de Dios,
Dejó á la puerta al entrar.
Después que á salir volvió, 5
Su conciencia el Dante hallando,
Con ella otra vez cargó,
Mas dijo así suspirando:
Del infierno en lo profundo,
No ví tan atroz sentencia 10
Como es la de ir por el mundo
Cargado con la conciencia.
¡QUIÉN SUPIERA ESCRIBIR!
I
—Escribidme una carta, señor cura.
—Ya sé para quién es.
—¿Sabéis quién es, porque una noche obscura 15
Nos visteis juntos?—Pues.
—Perdonad, mas...—No extraño ese tropiezo.
La noche... la ocasión...
Dadme pluma y papel. Gracias. Empiezo:
_Mi querido Ramón:_ 20
—¿Querido?... Pero, en fin, ya lo habéis puesto...
—Si no queréis...—¡Sí, sí!
—_¡Qué triste estoy!_ ¿No es eso?—Por supuesto.
—_Qué triste estoy sin ti!_
_Una congoja, al empezar, me viene_... {p. 314}
—¿Cómo sabéis mi mal?...
—Para un viejo, una niña siempre tiene
El pecho de cristal.
_¿Qué es sin ti el mundo? Un valle de amargura. 5
¿Y contigo? Un edén._
—Haced la letra clara, señor cura,
Que lo entienda eso bien.
—_El beso aquel que de marchar á punto
Te dí_...—¿Cómo sabéis?... 10
—Cuando se va y se viene y se está junto,
Siempre... no os afrentéis.
_Y si volver tu afecto no procura
Tanto me harás sufrir_...
—¿Sufrir y nada más? No, señor cura, 15
¡Que me voy á morir!
—¿Morir? ¿Sabéis que es ofender al cielo?...
—Pues, sí, señor; ¡morir!
—Yo no pongo _morir_.—¡Qué hombre de hielo!
¡Quién supiera escribir! 20
II
¡Señor Rector, señor Rector! En vano
Me queréis complacer,
Si no encarnan los signos de la mano
Todo el sér de mi sér.
Escribidle, por Dios, que el alma mía 25
Ya en mí no quiere estar;
Que la pena no me ahoga cada día...
Porque puedo llorar.
Que mis labios, las rosas de su aliento, {p. 315}
No se saben abrir;
Que olvidan de la risa el movimiento
A fuerza de sentir.
Que mis ojos, que él tiene por tan bellos, 5
Cargados con mi afán,
Como no tienen quien se mire en ellos,
Cerrados siempre están.
Que es, de cuantos tormentos he sufrido,
La ausencia el más atroz; 10
Que es un perpetuo sueño de mi oído
El eco de su voz.
Que siendo por su causa, ¡el alma mía
Goza tanto en sufrir!...
Dios mío, ¡cuantas cosas le diría 15
Si supiera escribir!...
III
_Epílogo_
—Pues señor, ¡bravo amor! Copio y concluyo:
_A don Ramón_... En fin,
Que es inútil saber para esto arguyo
Ni el griego ni el latín.— 20