Dadme mi lira, dádmela: que siento
En mi alma estremecida y agitada 25
Arder la inspiración. ¡Oh! ¡cuánto tiempo
En tinieblas pasó, sin que mi frente
Brillase con su luz!... Niágara undoso,
Sola tu faz sublime ya podría
Tornarme el don divino, que ensañada 30
Me robó del dolor la mano impía.
Torrente prodigioso, calma, acalla {p. 292}
Tu trueno aterrador: disipa un tanto,
Las tinieblas que en torno te circundan,
Y déjame mirar tu faz serena,
Y de entusiasmo ardiente mi alma llena. 5
Yo digno soy de contemplarte; siempre
Lo común y mezquino desdeñando,
Ansié por lo terrífico y sublime.
Al despeñarse el huracán furioso,
Al retumbar sobre mi frente el rayo, 10
Palpitando gocé: ví al Oceano
Azotado del austro proceloso,
Combatir mi bajel, y ante mis plantas
Sus abismos abrir, y amé el peligro,
Y sus iras amé: mas su fiereza 15
En mi alma no dejara
La profunda impresión que tu grandeza.
Corres sereno y majestuoso, y luego
En ásperos peñascos quebrantado,
Te abalanzas violento, arrebatado, 20
Como el destino irresistible y ciego.
¿Qué voz humana describir podría
De la sirte rugiente
La aterradora faz? El alma mía
En vagos pensamientos se confunde, 25
Al contemplar la férvida corriente,
Que en vano quiere la turbada vista
En su vuelo seguir al borde obscuro
Del precipicio altísimo: mil olas,
Cual pensamiento rapidas pasando, 30
Chocan, y se enfurecen,
Y otras mil y otras mil ya las alcanzan,
Y entre espuma y fragor desaparecen.
Mas llegan... saltan... El abismo horrendo
Devora los torrentes despeñados; {p. 293}
Crúzanse en él mil iris, y asordados
Vuelven los bosques el fragor tremendo.
Al golpe violentísimo en las peñas
Rómpese el agua, y salta, y una nube 5
De revueltos vapores
Cubre el abismo en remolinos, sube,
Gira en torno, y al cielo
Cual pirámide inmensa se levanta,
Y por sobre los bosques que le cercan 10
Al solitario cazador espanta.
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