Huracán, huracán, venir te siento,
Y en tu soplo abrasado
Respiro entusiasmado
Del Señor de los aires el aliento. 25
En las alas del viento suspendido
Vedle rodar por el espacio inmenso,
Silencioso, tremendo, irresistible {p. 290}
En su curso veloz. La tierra en calma
Siniestra, misteriosa,
Contempla con pavor su faz terrible.
¿Al toro no miráis? El suelo escarban 5
De insoportable ardor sus pies heridos;
La frente poderosa levantando,
Y en la hinchada nariz fuego aspirando,
Llama la tempestad con sus bramidos.
¡Qué nubes! ¡qué furor! El sol temblando 10
Vela en triste vapor su faz gloriosa,
Y su disco nublado sólo vierte
Luz fúnebre y sombría,
Que no es noche ni día.
¡Pavoroso color, velo de muerte! 15
Los pajarillos tiemblan y se esconden
Al acercarse el huracán bramando,
Y en los lejanos montes retumbando
Le oyen los bosques y á su voz responden.
Llega ya... ¿No le veis? ¡Cual desenvuelve 20
Su manto aterrador y majestuoso!
¡Gigante de los aires, te saludo!
En fiera confusión el viento agita
Las orlas de su parda vestidura.
¡Ved, en el horizonte 25
Los brazos rapidísimos enarca,
Y con ellos abarca
Cuanto alcanzo á mirar de monte á monte!
¡Oscuridad universal! ¡Su soplo
Levanta en torbellinos 30
El polvo de los campos agitado!
En las nubes retumba despeñado
El carro del Señor, y de sus ruedas
Brota el rayo veloz, se precipita,
Hiere y aterra el suelo, {p. 291}
Y su lívida luz inunda el cielo.
¡Qué rumor! ¡Es la lluvia! Desatada
Cae á torrentes, oscurece el mundo,
Y todo es confusión, horror profundo. 5
Cielo, nubes, colinas, caro bosque,
¿Dó estáis? Os busco en vano:
Desparecisteis... La tormenta umbría
En los aires revuelve un Oceano
Que todo lo sepulta. 10
Al fin, mundo fatal, nos separamos:
El huracán y yo solos estamos.
¡Sublime tempestad! ¡Cómo en tu seno,
De tu solemne inspiración henchido,
Al mundo vil y miserable olvido, 15
Y alzo la frente de delicias lleno!
¿Dó está el alma cobarde
Que teme tu rugir? Yo en ti me elevo
Al trono del Señor: oigo en las nubes
El eco de su voz; siento á la tierra 20
Escucharte y temblar. Ferviente lloro
Desciende por mis pálidas mejillas,
Y su alta majestad trémulo adoro.