¿Y eres tú el que velando
La excelsa majestad en nube ardiente
Fulminaste en Siná? y el impío bando
Que eleva contra ti la osada frente,
¿Es el que oyó medroso 5
De tu rayo el estruendo fragoroso?
Mas hora abandonado,
¡Ay! pendes sobre el Gólgota, y al cielo
Alzas gimiendo el rostro lastimado:
Cubre tus bellos ojos mortal velo, 10
Y su luz extinguida,
En amargo suspiro das la vida.
Así el amor lo ordena,
Amor, más poderoso que la muerte:
Por él de la maldad sufre la pena 15
El Dios de las virtudes; y león fuerte,
Se ofrece al golpe fiero
Bajo el vellón de cándido cordero.
¡O víctima preciosa,
Ante siglos de siglos degollada! 20
Aun no ahuyentó la noche pavorosa
Por vez primera el alba nacarada,
Y hostia del amor tierno
Moriste en los decretos del Eterno.
. . . . . . . . . .
¿Oyes, oyes cuál clama: 25
«Padre de amor, por qué me abandonaste?»
Señor, extingue la funesta llama,
Que en tu furor al mundo derramaste:
De la acerba venganza {p. 252}
Que sufre el justo, nazca la esperanza.
¿No veis cómo se apaga
El rayo entre las manos del Potente?
Ya de la muerte la tiniebla vaga 5
Por el semblante de Jesús doliente:
Y su triste gemido
Oye el Dios de las iras complacido.
Ven, ángel de la muerte:
Esgrime, esgrime la fulmínea espada, 10
Y el último suspiro del Dios fuerte,
Que la humana maldad deja espiada,
Suba al solio sagrado,
Do vuelva en padre tierno al indignado.
Rasga tu seno, ó tierra: 15
Rompe, ó templo, tu velo. Moribundo
Yace el Criador; mas la maldad aterra,
Y un grito de furor lanza el profundo:
Muere... Gemid, humanos:
Todos en él pusisteis vuestras manos. 20