¿Se organizará definitivamente como una iglesia sin doctrinas para
cultivar una moral sin dogmas? Confieso que el eticismo me inspira
mucha simpatía y que no considero perdidos los momentos que he
consagrado a visitar sus sociedades y leer sus escritos; a pesar de
ello no podría predecir si, en su forma actual o transformándose, está
llamado a alcanzar una gran difusión. En todos los países de la Europa
civilizada existen asociaciones animadas de ese mismo espíritu, con
nombres análogos o diferentes; pero en todos, fuerza es reconocerlo,
su esfera de acción es más bien cualitativa que cuantitativa: hombres
de moralidad superior cuyo temperamento místico coincide con una
disconformidad religiosa. Acaso lleguen a constituir una iglesia
para las minorías selectas que necesiten un ambiente organizado para
desenvolver su misticismo; eso mismo excluirá de ellas al exiguo número
de hombres que no tenemos un temperamento místico.
La masa de los creyentes, si se apartara de las iglesias actuales,
preferiría vincularse a las nuevas religiones cristianas cuyo sentido
práctico y social las hace más humanas que las antiguas. Los incapaces
de creer en religión alguna, si tienen temperamento místico, serán
atraídos siempre por esas grandes corrientes de renovación política
y social, que equivalen prácticamente a verdaderas religiones de la
humanidad.
¿Evolucionarán las demás iglesias actuales hacia una moral sin dogmas?
Sin dogmas, no; con menos dogmas, sí. Basta recordar la influencia
del unitarismo y del trascendentalismo sobre todas las iglesias
norteamericanas; ese es el sentido general de la evolución religiosa
contemporánea, en el mundo civilizado: cada iglesia tiene en su seno
un "modernismo" que depura incesantemente sus dogmas. Es indudable
que los teólogos del siglo XX han aprendido cosas que no sospechaban
los del XV; en ninguna Facultad o Seminario de Teología podría
estudiarse un tratado de hace cincuenta años, fuera de su interés
histórico o literario; las iglesias, para defender sus dogmas, han
tenido que adaptarlos a los resultados menos inseguros de las ciencias
contemporáneas. Revisando los libros de texto usados en la Universidad
Católica de Louvain, y en la Divinity School de Harvard, he pensado con
escalofríos en la hoguera que habría carbonizado a sus autores si los
hubiesen escrito hace tres siglos.
Con esto os quiero expresar que las mayores iglesias euroamericanas han
experimentado grandes progresos, precursores de otros que atenuarán
gradualmente su dogmatismo. Como cada una de ellas sólo polariza una
parte limitada de las creencias sociales, es natural que llegue hasta
los concilios de los teólogos el eco de lo que pasa fuera de cada
iglesia; hemos visto que la ética social ha corregido ya en algunos
países la ética de los teólogos y podemos presumir que toda nueva
efervescencia moral tendrá repercusiones semejantes. Desde este punto
de vista considero legítimo suponer que el eticismo puro puede tener
una influencia indirecta, desdogmatizando poco a poco las morales
teológicas más difundidas.
Ciertos modos de pensar y de sentir, aunque adoptados por pocos,
constituyen un obligado término de comparación para los que piensan
y sienten de otra manera; poco importa que no tengan un éxito de
proselitismo, su eficacia consiste en que no pueden prescindir de ellos
los mismos que se proponen combatirlos.
Es una acción indirecta, diréis; pero existe y es benéfica. No es
la única, sin embargo. En horizontes más reducidos, para la minoría
ilustrada a que poco antes nos referíamos, las asociaciones éticas son
de utilidad directa. Baste pensar que ellas ofrecen un ambiente de
educación moral intensiva a muchos hombres que no creen en dogma alguno
religioso y que aislados están expuestos a caer en el dilettantismo,
en el escepticismo o en el pesimismo moral; por el funesto hábito
de asociar su moralidad a su religión abandonada, están expuestos a
aflojar los resortes de su conducta privada y cívica, confundiendo
la buena tolerancia doctrinal de todas las ideas con la detestable
tolerancia práctica de todos los vicios.
Reconozcamos que ese peligro existe; nadie podría negar su gravedad
desde una cátedra sin eludir la responsabilidad social que acepta
al ocuparla. Y el remedio contra ese peligro--después del ejemplo
personal, que es siempre la lección más fecunda--está en fomentar
toda nueva forma de experiencia moral que pueda suplir las ya
impracticables. El hombre que abandona sus dogmas religiosos está
obligado a intensificar su moral práctica, a ser mejor hijo y mejor
padre, mejor amigo y mejor esposo, mejor obrero y mejor ciudadano. La
_obligación social_ no es menor que la teológica o la metafísica; la
_sanción social_ es tan severa como la divina o la racional... Y bien;
si entre los hombres que no creen ya en las religiones dogmáticas,
muchos carecen de energías morales suficientes, ¿no es deseable que las
sociedades éticas les proporcionen un ambiente propicio para que su
moralidad sea sostenida y se perfeccione?
Basta reconocer que existe un peligro, para que no sea desdeñable
ningún medio que contribuya a evitarlo. Sabéis--da vergüenza
decirlo--que algunos señalan como único remedio la vuelta a los
dogmatismos tradicionales repudiando de plano todas las verdades que
desde hace un siglo los contradicen o los comprometen. No vacilemos en
declarar, en voz alta y en nombre de nuestros hijos, que perseguir la
moralidad a precio del error deliberado--que es la mentira--nos parece
la más irreparable de las inmoralidades.
Los eticistas, sin distinción de matices, quieren que la verdad,
profunda voz con que habla a los hombres la Naturaleza, sea respetada.
Nunca proponen ahogarla; prefieren depurar los viejos ideales éticos de
todos sus elementos dogmáticos, perfeccionándolos, elaborando ideales
nuevos.
Existe, no lo descuidemos, otro aspecto de la cuestión, más importante
para el porvenir. Las sociedades éticas no lo descuidan: es el problema
de la educación moral en la enseñanza; es el único práctico para el
porvenir. Así lo comprendieron, en nuestra patria, muchos grandes
espíritus: Echeverría, Alberdi, Sarmiento, Estrada, Peyret, en bellas
páginas que merecen releerse; Agustín Álvarez le consagró un volumen
especial; desde esta misma cátedra os la ha predicado el dignísimo
decano de esta Facultad, Rodolfo Rivarola.
Las naciones civilizadas han expresado ya su voluntad de que
la escuela pública se abstenga de preferir ninguno de los dogmas
religiosos profesados por sus ciudadanos. Afirmemos también la
necesidad de intensificar en ella la educación moral, preparando las
generaciones futuras para esa tolerancia recíproca de las creencias que
es la base misma de la solidaridad social. Sólo por obra de la escuela
marchará la humanidad hacia una moral sin dogmas; sólo por ella podrán
los argentinos de mañana repetir el lema de las sociedades éticas: _Los
dogmas dividen a los hombres; el ideal moral los une_.