9.--EL PORVENIR DEL ETICISMO

¿Se organizará definitivamente como una iglesia sin doctrinas para

cultivar una moral sin dogmas? Confieso que el eticismo me inspira

mucha simpatía y que no considero perdidos los momentos que he

consagrado a visitar sus sociedades y leer sus escritos; a pesar de

ello no podría predecir si, en su forma actual o transformándose, está

llamado a alcanzar una gran difusión. En todos los países de la Europa

civilizada existen asociaciones animadas de ese mismo espíritu, con

nombres análogos o diferentes; pero en todos, fuerza es reconocerlo,

su esfera de acción es más bien cualitativa que cuantitativa: hombres

de moralidad superior cuyo temperamento místico coincide con una

disconformidad religiosa. Acaso lleguen a constituir una iglesia

para las minorías selectas que necesiten un ambiente organizado para

desenvolver su misticismo; eso mismo excluirá de ellas al exiguo número

de hombres que no tenemos un temperamento místico.

La masa de los creyentes, si se apartara de las iglesias actuales,

preferiría vincularse a las nuevas religiones cristianas cuyo sentido

práctico y social las hace más humanas que las antiguas. Los incapaces

de creer en religión alguna, si tienen temperamento místico, serán

atraídos siempre por esas grandes corrientes de renovación política

y social, que equivalen prácticamente a verdaderas religiones de la

humanidad.

¿Evolucionarán las demás iglesias actuales hacia una moral sin dogmas?

Sin dogmas, no; con menos dogmas, sí. Basta recordar la influencia

del unitarismo y del trascendentalismo sobre todas las iglesias

norteamericanas; ese es el sentido general de la evolución religiosa

contemporánea, en el mundo civilizado: cada iglesia tiene en su seno

un "modernismo" que depura incesantemente sus dogmas. Es indudable

que los teólogos del siglo XX han aprendido cosas que no sospechaban

los del XV; en ninguna Facultad o Seminario de Teología podría

estudiarse un tratado de hace cincuenta años, fuera de su interés

histórico o literario; las iglesias, para defender sus dogmas, han

tenido que adaptarlos a los resultados menos inseguros de las ciencias

contemporáneas. Revisando los libros de texto usados en la Universidad

Católica de Louvain, y en la Divinity School de Harvard, he pensado con

escalofríos en la hoguera que habría carbonizado a sus autores si los

hubiesen escrito hace tres siglos.

Con esto os quiero expresar que las mayores iglesias euroamericanas han

experimentado grandes progresos, precursores de otros que atenuarán

gradualmente su dogmatismo. Como cada una de ellas sólo polariza una

parte limitada de las creencias sociales, es natural que llegue hasta

los concilios de los teólogos el eco de lo que pasa fuera de cada

iglesia; hemos visto que la ética social ha corregido ya en algunos

países la ética de los teólogos y podemos presumir que toda nueva

efervescencia moral tendrá repercusiones semejantes. Desde este punto

de vista considero legítimo suponer que el eticismo puro puede tener

una influencia indirecta, desdogmatizando poco a poco las morales

teológicas más difundidas.

Ciertos modos de pensar y de sentir, aunque adoptados por pocos,

constituyen un obligado término de comparación para los que piensan

y sienten de otra manera; poco importa que no tengan un éxito de

proselitismo, su eficacia consiste en que no pueden prescindir de ellos

los mismos que se proponen combatirlos.

Es una acción indirecta, diréis; pero existe y es benéfica. No es

la única, sin embargo. En horizontes más reducidos, para la minoría

ilustrada a que poco antes nos referíamos, las asociaciones éticas son

de utilidad directa. Baste pensar que ellas ofrecen un ambiente de

educación moral intensiva a muchos hombres que no creen en dogma alguno

religioso y que aislados están expuestos a caer en el dilettantismo,

en el escepticismo o en el pesimismo moral; por el funesto hábito

de asociar su moralidad a su religión abandonada, están expuestos a

aflojar los resortes de su conducta privada y cívica, confundiendo

la buena tolerancia doctrinal de todas las ideas con la detestable

tolerancia práctica de todos los vicios.

Reconozcamos que ese peligro existe; nadie podría negar su gravedad

desde una cátedra sin eludir la responsabilidad social que acepta

al ocuparla. Y el remedio contra ese peligro--después del ejemplo

personal, que es siempre la lección más fecunda--está en fomentar

toda nueva forma de experiencia moral que pueda suplir las ya

impracticables. El hombre que abandona sus dogmas religiosos está

obligado a intensificar su moral práctica, a ser mejor hijo y mejor

padre, mejor amigo y mejor esposo, mejor obrero y mejor ciudadano. La

_obligación social_ no es menor que la teológica o la metafísica; la

_sanción social_ es tan severa como la divina o la racional... Y bien;

si entre los hombres que no creen ya en las religiones dogmáticas,

muchos carecen de energías morales suficientes, ¿no es deseable que las

sociedades éticas les proporcionen un ambiente propicio para que su

moralidad sea sostenida y se perfeccione?

Basta reconocer que existe un peligro, para que no sea desdeñable

ningún medio que contribuya a evitarlo. Sabéis--da vergüenza

decirlo--que algunos señalan como único remedio la vuelta a los

dogmatismos tradicionales repudiando de plano todas las verdades que

desde hace un siglo los contradicen o los comprometen. No vacilemos en

declarar, en voz alta y en nombre de nuestros hijos, que perseguir la

moralidad a precio del error deliberado--que es la mentira--nos parece

la más irreparable de las inmoralidades.

Los eticistas, sin distinción de matices, quieren que la verdad,

profunda voz con que habla a los hombres la Naturaleza, sea respetada.

Nunca proponen ahogarla; prefieren depurar los viejos ideales éticos de

todos sus elementos dogmáticos, perfeccionándolos, elaborando ideales

nuevos.

Existe, no lo descuidemos, otro aspecto de la cuestión, más importante

para el porvenir. Las sociedades éticas no lo descuidan: es el problema

de la educación moral en la enseñanza; es el único práctico para el

porvenir. Así lo comprendieron, en nuestra patria, muchos grandes

espíritus: Echeverría, Alberdi, Sarmiento, Estrada, Peyret, en bellas

páginas que merecen releerse; Agustín Álvarez le consagró un volumen

especial; desde esta misma cátedra os la ha predicado el dignísimo

decano de esta Facultad, Rodolfo Rivarola.

Las naciones civilizadas han expresado ya su voluntad de que

la escuela pública se abstenga de preferir ninguno de los dogmas

religiosos profesados por sus ciudadanos. Afirmemos también la

necesidad de intensificar en ella la educación moral, preparando las

generaciones futuras para esa tolerancia recíproca de las creencias que

es la base misma de la solidaridad social. Sólo por obra de la escuela

marchará la humanidad hacia una moral sin dogmas; sólo por ella podrán

los argentinos de mañana repetir el lema de las sociedades éticas: _Los

dogmas dividen a los hombres; el ideal moral los une_.

Hacia una Moral sin Dogmas: Lecciones sobre Emerson y el Eticismo · 第 45 / 51 题