Lo característico del eticismo, en suma, no es la simple afirmación
de "la soberanía de la moral", para repetir el título del ensayo
de Emerson, sino su convicción de que _la moralidad es natural y
humana, independiente de todo dogma religioso y de toda especulación
metafísica_. La moralidad puede nacer, desarrollarse, prosperar,
alcanzar su máxima plenitud e intensidad, sin tener por fundamento
la noción de realidades sobrenaturales, la idea de una divinidad
trascendente o de una vida después de la muerte. Esas hipótesis, sobre
parecer inútiles, pueden ser nocivas al desarrollo de la moralidad, en
cuanto ponen fuera de la conducta humana los estímulos y las sanciones
que favorecen nuestra perfectibilidad. ¡Triste, miserable virtud, la
de aquellos hombres que no podrían tenerla sino como resultado de una
imposición dogmática o como simple negocio usurario para después de
la muerte! ¡Desgraciados esclavos, no hombres, los que en su propia
conciencia moral no podrían encontrar las normas para vivir con
dignidad, respetándose a sí mismos, y con justicia, respetando a sus
semejantes! Fuerza es reconocer que no carecen de lógica los eticistas
cuando afirman que lo sobrenatural es un peligro para lo natural, y lo
teológico para lo ético, y el dogmatismo para la perfectibilidad, y la
superstición para la virtud.
Quieren ellos constituir una religión exclusivamente humana. En todos
sus escritos se advierte la tendencia firme a propiciar el advenimiento
de un régimen social en que tengan una parte creciente la solidaridad
y la justicia; y muestran, también, una confianza optimista que
concilia su misticismo con los métodos de las ciencias contemporáneas,
creyendo en la bienhechora fecundidad de sus aplicaciones prácticas a
la felicidad humana. No temen que la Verdad pueda, en momento alguno,
disminuir el coeficiente medio de Virtud difundido en el mundo.
Emancipando la moralidad de todo dogmatismo, afirman que la Verdad sólo
puede ser temida por los que ven en la ignorancia, en la mentira y en
la superstición, los medios de perpetuar la maldad representada por la
injusticia y el dolor cimentado en el privilegio. Y creen, con bella
firmeza, que si los hombres logran poner algún día toda su fe, la más
ardiente, la más incontrastable, la más devota, en ideales nacidos de
la Experiencia Moral, habrá desaparecido el conflicto eterno entre la
inteligencia racional y el sentimiento místico, entre la Ciencia y la
Fe,--sólo incompatibles cuando un término busca la Verdad y el otro se
asienta en el Error,--hermanadas para siempre cuando la religión del
Ideal Moral limpie de sus malezas tradicionales el sendero que lleva al
individuo hacia la dignidad, que lleva a la sociedad hacia la justicia.