XXIII

Se despertó muy tarde, rendido de su lucha con el insomnio. Cuando la

cocinera, mocita frescachona, rubia, de buenas carnes--que desde la

mudanza de estado de Sabel desempeñaba el negociado de los pucheros--le

subió el chocolate á petición suya, eran cerca de las nueve y media:

hora extraordinaria para los Pazos, donde todo el mundo madrugaba

siguiendo el ejemplo del amo, á quien antes despertaban con la aurora

sus aficiones de cazador y ahora su consagración á las faenas agrícolas.

Los pensamientos de Gabriel al dejar las ociosas plumas, desayunarse y

asearse, fueron sobremanera halagüeños. Su sobrina le esperaría ya, y en

tan amable compañía prometíase otra jornada como la de la víspera, otro

viaje de exploración por los alrededores de los Pazos y, al mismo

tiempo, por los repliegues de un corazón candoroso, tierno y franco,

donde el artillero quería penetrar á toda costa. Y no sólo por

inclinación, sino por deber, fundiéndose en su deseo los más egoístas y

los más nobles sentimientos del alma, que eso suele ser, bien mirado, el

amor. Gabriel se atusó y acicaló lo mejor posible, y se peinó de manera

que el pelo le adornase con mediana gracia la cabeza (aunque sin

recurrir á artificios de tocador, indignos de tan varonil y discreta

persona), y aguardó, con ansiedad natural y disculpable, los golpecitos

en la puerta. Corrió tiempo. Nada. Impaciente ya, midió repetidas veces

el aposento, lo recorrió y examinó todo, abrió la ventana, asomóse á

ella, miró el paisaje, notó que el día era canicular y la temperatura

senegaliana, espantó con el pañuelo las impertinentes moscas que venían

á posársele críticamente en el hueco de las orejas ó en la comisura de

los labios--donde más podían fastidiarle,--sonrió ante las ingenuas

pinturas del biombo, intentó coger un libro, miró el reloj... Nada. La

incertidumbre le freía la sangre. Se determinó á salir, buscando el

camino de la habitación de su cuñado. Recorrió salones, más ó menos

destartalados, y durante la caminata observó algún hermoso vargueño con

incrustaciones, de esos que hoy se pagan y estiman tanto, abandonado y

estropeándose en un rincón, algún cuadro al óleo, cuyo asunto era

imposible adivinar, de tal modo se habían ennegrecido los betunes y las

tierras, y tan resquebrajado se hallaba por falta de barniz; vió, en

suma, indicios de lo que pudo ser en otro tiempo aquella señorial

morada, que inspiraba á Gabriel dilatadas tesis de filosofía histórica.

Sólo que entonces no estaba el horno para pasteles. ¿Dónde se habría

metido todo el mundo? Porque tampoco el hidalgo de Ulloa parecía por

ninguna parte. En su habitación sólo encontró Gabriel á la vieja perra

de caza, tendida bajo el rayo de sol que de una ventana caía. Al ruido

de los pasos del artillero, la perra entreabrió un ojo sin alzar el

hocico que recostaba en las patas de delante, y azotó el suelo con el

muñón del rabo, como dando los buenos días.

En vista de que la casa parecía un palacio encantado ó abandonado por

sus moradores, Gabriel bajó á la cocina, donde halló á la nueva hermosa

fregatriz ocupada en la labor de un picadillo. Con tanta energía meneaba

la media luna sobre la tabla de picar, que la había excavado por el

centro, y es seguro que en albondiguillas ó chulas se tragarían los

señores, á vuelta de pocos años, un castaño ó roble enterito. Cuando

Gabriel preguntó por el hidalgo, la moza dió paz á la media luna y le

miró, abriendo la boca de un palmo.

--Le está en la era... ¡con los que majan!--exclamó al fin asombrada de

la pregunta.

No comprendía Gabriel el asombro de la chica, ni toda la importancia de

la gran faena de la maja, esa faena en que se asocian el cielo y la

estación estival al trabajo del hombre, esa faena que no puede

realizarse sino en el corazón del año, en mitad de la canícula, en los

brevísimos días, que en Galicia apenas llegarán á ocho, cuando el

agricultor, pasándose el revés de la mano por la empapada frente y

respirando fuerte, exclama:

--¡Qué día de maja nos manda hoy Dios!

Á la entrada de la era de los Pazos, el comandante se paró sorprendido

por el cuadro, para él novísimo, que se le ofrecía. No era posible

imaginarlo más animado, más bucólico, más digno de un pintor colorista,

alumno de la naturaleza y fiel á la realidad, enemigo de afeminaciones

de dibujo y falsas luces cernidas por cortinas de taller. No siendo de

piedra la era, habíanla barnizado con una costra espesa de boñiga de

vaca, á fin de que el _fruto_ no se confundiese entre la arena y el

polvo, y rodeándola de sábanas sostenidas por cuerdas, con objeto de que

el mismo grano no rebasase del circuito donde se majaba. Las _camadas de

pan_, ópimas, gruesas, mullidas, se tendían sobre el espacio

cuadrilongo, en correcta formación: y los membrudos gañanes, remangados,

en dos hileras situadas frente á frente, aporreaban con sus pértigas, á

compás, la extendida mies, haciendo saltar las perlas de oro del trigo,

impacientes ya por salirse, con el menor pretexto, del estuche bruñido

que las contiene. El sol, implacable, metálico, se bebía el sudor de los

trabajadores apenas brotaba de los dilatados poros; y sin embargo, la

faena seguía y seguía, que para sostener el esfuerzo allí estaban, entre

camada y camada, los jarros de vino corriendo de mano en mano. Las

jornaleras, vestidas con sayas angostas de zaraza desteñida, que les

señalan los recios muslos, sacuden la paja, la colocan en rimeros

grandes, preparan la camada nueva, y entretanto el hombre, de pie,

apoyado en el _mallo_, ebrio de sol, despechugado, con la camisa de

estopa pegada al cuerpo, despacha aprisa el _espeque_ ó cigarro, y ya se

escupe en la palma de las manos para volver á blandir el instrumento

cuando suene la hora del combate. ¡Hora terrible, en que se gastan

energía y vigor suficientes para vivir un mes! La luz deslumbra y ciega;

el ambiente es de boca de horno; no corre ni el soplo de aire suficiente

á inclinar el tallo de la más endeble gramínea: las hojas de las

higueras que rodean la era de los Pazos permanecen inmóviles, como

recortadas en hoja de lata, y los verdes higos, tiesos, á modo de pencas

de metal: á veces un pajarillo cae al suelo agonizando de sofoco, con el

pico desesperadamente abierto y la pluma erizada: en el lindero más

cercano, la víbora saca su cabeza chata, enciende su ojillo de azabache,

resbala sobre la hierba escandecida, y los abejorros, aturdidos, no

aciertan á salir del cáliz de flor en que hundieron la trompa... Y en el

desmayo general de la naturaleza, que desfallece y espira de calor,

sólo el hombre reconoce su condición servil y cumple el precepto del

Génesis, azotando la mies que le ha de dar sustento!

Gabriel, en cuya presencia nadie reparaba, porque el interés de la faena

absorbía á todos, permanecía á la entrada de la era, protegido por la

sombra del hórreo, y deteniéndose en ir á saludar á su cuñado: verdad

que éste tenía el rostro más ceñudo y avinagrado que de costumbre,

leyéndose en él cierta sombría preocupación, debida á circunstancias que

merecen referirse.

Todos los años, al abrirse la maja, acostumbraba el señor de Ulloa

sacudir la primer camada, demostrando así á sus gañanes que si no ganaba

el mismo jornal que ellos, no era por falta de aptitud. Cuando el

descendiente de aquellos Moscosos que habían lidiado calzando espuela de

oro en los días, azarosos para el país gallego, del reinado de Urraca y

Alfonso de Aragón; de aquellos Moscosos que se distinguieron entre los

paladines portugueses en la ardiente África; de aquellos Moscosos que

hasta mediados del siglo XIX conservaron en el límite de sus dominios

erectos los maderos de la horca, como protesta muda contra la supresión

de los derechos señoriales; de aquellos Moscosos... en fin, de aquellos

Moscosos de Ulloa, que si no en caudal en sangre azul podían competir

con lo más añejo y calificado de la infanzonía española... cuando el

descendiente, digo, de tan claro linaje empuñaba el _mallo_ y á la voz

de á la una... á las dos... á las tres... se santiguaba, lo vibraba en

el aire y lo derrumbaba sobre la espiga, corría entre los _malladores_

halagüeño murmullo, que crecía á medida que el señor, con compás

admirable y pulso de atleta, reiteraba los golpes, sin cejar un punto,

poniendo la ceniza en la frente al más alentado de sus mozos. Su abierta

camisa descubría el esternón bien desarrollado, blanco, saliente, que

con el tragín de la labor iba sonroseándose como el cutis de una

doncella á quien agita la danza: sus mangas vueltas por más arriba del

codo permitían ver las montañuelas de carne que el ejercicio alzaba y

deprimía en los robustos brazos. Y así que terminaba el vapuleo por no

quedar ni sombra de grano en la espiga tendida, y don Pedro, sudoroso,

humeante, pero con la respiración igual y desahogada, se quedaba apoyado

en su _mallo_ y gritaba con firme voz:--¡Ea! ¡day un jarro de vino,

retaco! ¡Los majadores tenemos que mojar la palabra!--ya no era

murmullo, sino tempestad atronadora de plácemes, de alabanzas, de

requiebros si así puede decirse, dirigidos á lo que más admira el

labriego en las personas nacidas en esfera superior: la fuerza física.

Don Pedro sonreía, guiñaba el ojo, dejaba escurrir suavemente el _mallo_

sobre la paja, se atizaba el jarro de una sentada no sin decir antes

«hasta verte, Jesús mío», y consumada esta segunda hazaña, que no se

celebraba menos que la primera, echábase la chaqueta por los hombros, se

encasquetaba el sombrero, y sentado en las gavillas de mies, fumaba

como los otros trabajadores, pero con placer sereno é íntimo orgullo.

Este año observaban atónitos los gañanes que el marqués no seguía la ya

inveterada costumbre. Sentado estaba allí lo mismo que siempre; ¿cómo

sería no coger el mallo? Hasta parece que no se le alegraba la cara

viendo aquella gloria de Dios de los haces, nunca más lucidos ni de más

limpia espiga, y aquel sol hecho de encargo para desprender el fruto, y

aquel mar de oro donde los mallos, al precipitarse, producían un ruido

apagado, mate y sedoso que regocijaba el corazón. Lejos de manifestar el

contento de otras veces, hasta se podía jurar que el hidalgo de Ulloa

había exhalado media docena de suspiros. De tiempo en tiempo cruzaba las

manos y se tentaba los brazos, y fruncía el entrecejo, como el que no

sabe á qué santo encomendarse. De repente Gabriel, desde su atalaya, vió

que el marqués se levantaba resuelto, se despojaba de la americana á

toda prisa, se remangaba...

--¿Qué barbaridad irá á hacer éste?--pensó Pardo.

Se admiró más al verle asir la pértiga, colocarse en fila y zurrar

valerosamente la mies. El señor de Ulloa, en los primeros momentos,

demostró todo el esfuerzo y brío acostumbrados; pero á los pocos golpes,

empezó á sentir lo que tanto temía, lo que desde por la mañana le

nublaba la frente: la respiración se le acortaba, el brazo se resistía á

levantar el instrumento, las carnes se le volvían algodón y se le

doblaban las rodillas. Exclamó con angustia:--¡Alto, rapaces!--y los

diez y nueve mallos de la cuadrilla permanecieron suspensos en el aire

como si fuesen uno solo, mientras los gañanes miraban al señor con muda

lástima y en un silencio tal, que pudiera oirse el vuelo de una mosca.

Al fin dejó don Pedro caer la pértiga, se llevó ambas manos á la frente

húmeda, y á vueltas de congojoso sobrealiento, murmuró:

--Rapaces... Ya pasé de mozo. No sirvo... No darme el jarro.

Cuchichearon los gañanes; algunos sacudieron la cabeza entre burlones y

compasivos, no sabiendo si era prudente tomar el caso á risa ó dolerse

mucho de él. Don Pedro, desplomado en los haces, se enjugaba el sudor

con un pañuelo amarillo; sus labios temblaban, su rostro estaba

demudado, y un dolor real, acerbo y hosco, se pintaba en él. Parecía

como si el fracaso de su intento le echase de golpe diez años encima.

Sus arrugas, su pelo gris, todas las señales de vejez se hacían más

visibles. Y con los ojos cerrados, cubiertos por el pañuelo, la otra

mano caída, la espalda encorvada y la cabeza temblorosa, el marqués se

veía ya inútil para todo, baldado, preso en una silla, tendido después

en la caja, entre cuatro cirios, en la pobre iglesia de Ulloa, ó

pudriéndose en el cementerio, donde hacía tiempo le aguardaba su mujer.

Así se estuvo unos cuantos minutos, sin que los gañanes se atreviesen á

continuar la tarea, ni casi á chistar. Un rumor profundo, contenido,

salió de la multitud cuando don Pedro, levantándose impetuosamente,

listo como un muchacho y con un semblante bien distinto, alegre y

satisfecho, llamó con imperio al Gallo, que, ojo avizor, muy currutaco

de traje, muy digno de apostura, asistía á la faena.

--¡Angel! ¡Angel!

--Señor...

--Busca al _señorito_ Perucho... Tráelo volando aquí... De mi parte,

¡que venga á majar la camada!

Jamás impensado reconocimiento de príncipe heredero produjo en corte

alguna tan extraordinaria impresión como aquellas explícitas y graves

palabras del marqués de Ulloa. Inequívoca era la actitud; claro el

sentido de la orden; elocuente hasta no más el hecho; y si alguna duda

les pudiese quedar á los maliciosos y á los murmuradores de aldea acerca

del hijo de Sabel, ¿qué pedían para convencerse? Llamarle á que majase

la camada en lugar del hidalgo, era lo mismo que decirle ya sin rodeos

ni tapujos:--Ulloa eres, y Ulloa quien te engendró.

Todos miraron al Gallo, á ver qué gesto ponía. Nunca el semblante

patilludo del rústico buen mozo y su engallada apostura expresaron mayor

majestad y convencimiento de la alta importancia de su misión en la

señorial morada de los Pazos. Se enderezó más, brilló su redonda pupila,

y respondió con tono victorioso:

--Se hará conforme al gusto de Usía.

Salir el Gallo por un lado y entrar Gabriel por otro, fué simultáneo.

Acercóse á su cuñado, y hechos los saludos de ordenanza, sentóse en los

haces, y pidió noticias de su sobrina.

--¿Quién sabe de ella?--respondió el padre.--Andará por ahí... ¿Has

visto la maja?--añadió revelando sumo interés en la pregunta.

--Sí, te he visto hecho un valiente...

--¿A mí? ¡A mí me viste acabado, _derreado_! Ya no sirve uno sino para

echar al montón del abono... A cada cerdo le llega su San Martín... Ya

verás á Perucho majar la camada, que será la gloria del mundo... Ey,

Angel... ¿Viene ó no viene? ¿Qué... no está?

--Dice que no... que salió trempranito con Manola... Que no voltaron

aún.

--¡Por vida de...! ¡Mal rayo!

Volvió á encapotarse el rostro y á anudarse de veras el ceño del

hidalgo de Ulloa.

La madre naturaleza (2ª parte de Los pazos de Ulloa) · 第 46 / 64 题