XXII

Según suele suceder cuando el calor desazona el cuerpo y acontecimientos

importantes ocurridos durante el día perturban el espíritu, Gabriel

Pardo había pasado la noche en vigilia casi completa. Lo bueno fué que

se acostara creyendo tener mucho sueño; pesábale la cabeza y los

párpados, y experimentó gran alivio al desnudarse, estirarse en las

frescas sábanas de lino y sentir en las mejillas el contacto de la tersa

almohada. Resuelto á consagrar diez minutos á pensamientos agradables

antes de rendirse á la soñolencia que notaba, se colocó bien del lado

derecho, no sin apagar la luz y dejar sobre una silla, al alcance de la

mano (pues en los Pazos sólo conocía el lujo de las mesas de noche el

Gallo, que se había traído de Orense uno de los más feos ejemplares de

la especie, con su tableta de mármol y demás requilorios) la fosforera,

la petaca y el pañuelo.

Gozó de quietud y reposo los primeros instantes, dedicados á recordar

incidentes de la jornada, dichos de Manuela, observaciones referentes á

ella que conservaba apuntadas en la memoria, movimientos, actitudes y

otras menudencias por el estilo. En la oscuridad, paseando la palma de

la mano sobre el embozo de la sábana, pensaba el comandante:

--La chiquilla posee un fondo sorprendente de rectitud; además tiene,

como su madre, tierno el corazón y las entrañas humanas; es fácil, es

casi elemental el método para hacerse querer de ella: no hay más que

aparecer muy cariñoso, interesarse por la pobrecita... lo cual la coge

de nuevas, porque se ha criado en completo abandono, gracias á mi

bendito cuñado y á sus líos é historias... Tenemos aquí lo que se llama

un _naife_, ó sea un diamante en bruto... y ¿quién sabe si vale más así?

Se me figura que me hace doble gracia de esta manera; que sí señor...

¡Ah! Sencillez, carácter primitivo y campestre, comercio exclusivo con

la madre naturaleza, su única maestra y su única protectora... Cargue el

diablo con todo eso que está uno harto de ver por ahí: muñecas

emperejiladas y vestidas según las cursilerías de _La Moda Elegante_,

juguetes automáticos que tocan la _Rapsodia Húngara_ entreverada de

pifias... Luego dicen que tiene mucha ejecución... ¡Ejecución! ¡Qué más

ejecución que la que hacen ellas del arte!... Muñecas que todas ríen

como por resorte... que andan igual que si les tirasen de un hilito...

que para fingirse cándidas ponen cara de tontas en las zarzuelas donde

hay frases de doble sentido... que van á misa por rutina y por ver al

novio, y á paseo para que rabie la amiguita si tienen gala que

estrenar... Muñecas á quienes les han enseñado que es punto de honra no

enterrarse con palma, y cargan con el primer marido que les sale... y

después...

Aquí se agolparon á la memoria de Gabriel los recuerdos, y varias

gallardas siluetas de pecadoras cruzaron por entre las tinieblas del

dormitorio.

--¡Qué antipática me es--prosiguió Gabriel haciendo calendarios--la

mentira, la convención social! Convengamos en que hace falta, bueno...

¿Cómo se sostendría sin ella este edificio caduco, apuntalado por unas

partes, carcomido por otras, remendado aquí y recompuesto acullá? ¿Esta

sociedad que parece un monumento mal restaurado, donde se amontonan

hibridaciones de todos los estilos y mescolanzas de todos los órdenes...

aquí una portada románica, luego un frontón dórico, después una

techumbre de hierro á la moderna...? Aquí se tropieza usted con una

preocupación procedente de Chindasvinto... más allá una idea general

que difundió algún apólogo traído del Oriente por un cortesano de...

¡Sabe Dios! de un califa cualquiera ó del rey que rabió por gachas... y

otra que ya se remontará á los iberos primitivos... y otra que la

esparció ayer el estúpido artículo de fondo de un periódico político...

Y ajústese usted á esta... y á aquella... y á la otra... y á la de más

allá... Verdad es que todo hace falta para reprimir la bestialidad

humana... A no ser por eso... ¡crac!

Encontrando caliente ya el lado á que se había tendido, volvióse Gabriel

del opuesto; y sin duda este cambio le sugirió ideas revolucionarias,

porque pensó:

--¡Valiente estafermo está la sociedad actual! Aunque la volasen con

dinamita...

Pero el rincón frío y agradable que halló hubo de inspirarle doctrinas

conservadoras, y murmuró metiendo el brazo bajo la almohada, postura que

era en él habitual:

--Paciencia, Gabriel.... Ningún hombre es tiempo; al tiempo corresponde

esa obra histórica, si es que algún día ha de realizarse y no estamos

sentenciados á rodar siempre el mismo peñasco, nosotros y los que vengan

detrás... Calculemos que todo se lo lleva pateta; ¿y qué ponemos allí,

en el sitio de lo que desbaratamos? Verdad que si reparásemos en

pelillos, no habría adelanto ni progreso desde que el mundo es mundo...

No habría evolución... ¿Ó sí la habría; qué diablo? La evolución es

fatal, y no está en nuestra mano precipitarla ni estorbarla... ¿Puedo yo

impedir que ahora se cumplan perfectamente en mi cuerpo leyes

fisiológicas y biológicas? ¡Cáspita, estoy hecho un pedante; si me

oyesen en el Círculo! Me llamarían chiflado otra vez. Bueno; en resumen;

la niña es una perla sin engarce... y yo debo tratar de dormirme.

Dejóse oir en este momento la estridente trompetilla de un cínife, que

guiado por el instinto venía, sonando su guerrera tocata, á caer sobre

la víctima, suponiéndola aletargada é inerme.

--La evolución sin lucha... Sin lucha, es una utopía. Quizás la lucha

misma, el combate de todos contra todos, es la única clave del

misterio... Lo que dice muy bien Darwin en...

El cínife, elevando su clarín bélico á las más altas notas, descendía

raudamente sobre el pensador, á quien creía dormido... Gabriel sintió un

roce suave en la mejilla; luego le clavaron como una punta de aguja,

candente y finísima. Aunque empapado en ideas raras, semibudistas,

acerca del deber que tiene el hombre de no hacer sufrir al más pequeño

avechucho el más insignificante dolor, Gabriel, después de diez segundos

de astuta inmovilidad, alzó quedamente la mano, se descargó un lapo bien

calculado, con alevosía y ensañamiento, en el carrillo, y despachurró al

músico chupón.

Como si la leve sajadura del bisturí del insecto le hubiese inoculado á

Gabriel algún amoroso filtro, dió al punto vuelta hacia el mismo lado

que acababa de dejar, y empezaron á fatigarle mil tiernos pensamientos

relativos á su sobrina.

--¿Me querrá algún día, de verdad, con toda su alma? Si la saco de este

purgatorio, si le hago conocer la vida de las gentes racionales, si le

enseño á gustar de la música y de las artes, si la restituyo á su

verdadera clase social,... al gobierno soberano de su casa, que hoy rige

una fregona... y además le ofrezco muchísimo cariño, mucha amabilidad,

para que no se haga cargo ella de la diferencia de edades... que la hay,

que la hay, no vale decir que no... y menuda... Si juego con ella como

con una chiquilla... si le otorgo mi confianza, como á una compañera...

Me... me querrá del modo que... La sentiré palpitar... así... azorada...

turbada... embriagada... con esa mezcla de vergüenza y transporte...

que... ¡Cosa más dulce!

Aquí los recuerdos acudieron en tropel á la imaginación del artillero,

escudándose traidoramente con la oscuridad y el absoluto silencio que

había seguido á la muerte del cínife. Gabriel se volvió dos ó tres

veces de babor á estribor en la cama, al mismo tiempo que se le

incrustaba en la mente esta idea desconsoladora:

--Adiós... Me he despabilado. Ya no pego ojo en toda la noche.

Trató de poner coto á la desenfrenada fantasía.--A dormir, á

dormir--dijo casi en alto, con la resolución más firme. Eligió postura

nueva; apretó los párpados; se sepultó más en la almohada, y aunque

sintiendo dentro el mosconeo confuso de sus cavilaciones, procuró

fijarse en un solo pensamiento, porque sabía que así como la

contemplación invariable de un punto brillante produce el hipnotismo, la

fijeza de una idea calma y adormece.

Pronto se le apaciguó la efervescencia mental; pero en cambio, cuanto

más se sosegaba la tempestad de las ideas, más se le iban afinando y

complicando las percepciones de tres sentidos corporales: el oído, el

olfato y el tacto. ¡El oído sobre todo! Era cosa asombrosa lo de ruidos

microscópicos que empezaron á destacarse del aparente silencio:

carcomas que roían el entarimado de la cama; sutiles trotadas de ratones

allá muy alto, sobre las vigas del techo; chasquidos de la madera de los

muebles; orfeones enteros de mosquitos; solos de bajo de moscones; y por

último, hondo rumor, como de resaca, de las propias arterias de Gabriel;

del torrente circulatorio en las válvulas del corazón; de las sienes, de

los pulsos. Al olfato llegaba el olor de resina seca del antiguo barniz

del lecho; el vaho animal del plumoncillo de la almohada; el vago aroma

de lejía y el sano tufo de plancha de las sábanas; el rastro que en la

atmósfera había quedado al extinguirse la última centella del pábilo de

la vela; y un perfume general de campo, de mentas, de mies segada, de

brona caliente, un olor á montañesa joven, que lejos de ser sedante para

Gabriel, le atirantaba más los nervios... El tacto... ¿Quién no conoce

esa desazón de la epidermis, primero imperceptible cosquilleo

superficial, luego sensación insoportable de que nos corren por encima

mil insectos, y advertimos el roce de sus dentadas patitas y de su

cuerpo menudísimo, al cual el nuestro sirve de hipódromo...? Para

producir esta molestia feroz sobra en verano la inflamación de la sangre

que el calor ocasiona; si á ella se añaden las travesuras de algún

parásito real y efectivo, de las cuales no preserva á veces ni la mayor

pulcritud y aseo, es cosa de volverse loco.

Parece que en la oscuridad y quietud de la cama se centuplican las

incomodidades, y todo se abulta y transforma. A Gabriel le sucedía así.

El roer de la polilla ya le parecía el de una rata gigantesca; y las

corridas de las ratas, cargas de caballería á galope tendido. Los

concertantes de mosquitos eran coros humanos, de esos en que toma parte

una gran masa coral; los chasquidos del maderamen, crugir formidable de

techo que se desploma; su propia respiración, el movimiento de enorme

fuelle de fragua; y el curso de su sangre, impetuosa carrera de

torrente aprisionado entre dos montañas, ó ímpetu atronador de huracán

encajonado en algún ventisquero de los Alpes... Los olores también por

su persistencia en seguir flotando en la atmósfera, llegaban á pasar de

la nariz á las últimas celdillas cerebrales, ocasionando mareo indecible

y ganas de estornudar, y verdadera inquietud nerviosa. Las carreras de

la piel y la fermentación de la sangre crecían, y no pensaba Gabriel

sino que un ejército de pulgas caninas y chinches sanguinarias le andaba

recorriendo, con la mayor desvergüenza, el cuerpo todo. Notaba además

una sensación rara, muy propia del insomnio; y era que unas veces se le

figuraba ser muy chiquirritito, y otras inmenso, hasta el punto de no

caber en el espacio; y correlativamente con estas singulares

imaginaciones, notaba que los objetos, ya se le venían encima, ya se

retiraban á distancias tan inverosímiles que era imposible

alcanzarlos... Le parecía haberse vuelto de goma elástica, y que una

mano negra, sin consistencia ni forma, como el espacio hacia el cual

miraba con los ojos muy abiertos, le encogía ó le estiraba á su sabor...

Y en aquel mismo espacio tenebroso empezaba la vista á distinguir

claridades y luces espectrales, unas azules y como fosfóricas, otras

amarillas ó más bien color de azufre, que partiendo de un núcleo central

brillante, se extendían, trémulas y vibradoras, y formaban poco á poco

un nimbo violáceo, que irradiaba y se extinguía y volvía á irradiar y á

extinguirse, á semejanza de esas ruedas llamadas _cromátropas_ con que

remata el espectáculo de los cuadros disolventes...

--Esto ya no se puede aguantar--exclamó Gabriel en alta y colérica voz;

y saltando furioso de la cama ó más bien del potro del martirio, echó

mano á la caja de los fósforos y encendió la vela. El aposento quedó

débilmente iluminado, con claridad triste, y el insomne experimentó, al

arder la luz, la impresión desapacible de un hombre á quien despiertan

al coger el primer sueño: parecíale antes estar completamente desvelado,

excitadísimo, y ahora, la lumbre de la bujía, el movimiento de saltar

de la cama, le revelaban que, al contrario, se encontraba medio

adormecido, y á dos dedos de quedarse traspuesto. No obstante, apenas se

echó otra vez y apoyó el rostro en la almohada sin apagar la luz y con

un cigarrillo recién encendido en el canto de la boca, de nuevo se halló

perfectamente despabilado y en disposición de lavarse, ponerse el frac é

irse á un baile, ó salir para una cazata. Y claro está que los ruidos

habían cesado, los olores también, y la picazón de la epidermis

desaparecido por completo, no sintiendo Gabriel en ella sino bienestar,

sin que ronchas ni otros indicios delatasen el paso de la cohorte

enemiga.

Lo que sintió á poco rato fué amargura y constricción en el paladar; sed

ardiente.

--¿Qué demonios voy á beber ahora?--pensó.--Aquí no se acostumbra dejar

chisme, botellita, ni cosa que lo valga...

Levantóse y se dirigió al lavabo, resuelto á refrigerarse, en la última

extremidad, con agua de la jarra; pero la había gastado toda en sus

abluciones matinales, y como en las aldeas no se sospecha ni remotamente

que un hombre, después del refinamiento de lavarse bien por la mañana,

pueda incurrir en el inaudito sibaritismo de volver á chapotear otra vez

por la tarde ó la noche, no es costumbre renovar la provisión. De mal

humor con este incidente regresó Gabriel al lecho; la saliva le sabía á

acíbar, el cuerpo le parecía que se lo habían puesto á secar en un

horno, tal era la calentura que empezaba á abrasarle.

--¡Noche toledana!--exclamó al tenderse, no debajo, sino encima ya de

las sábanas.--Daría cinco duros por un vaso de agua. Mal tratan al rey

don Pedro--en la torre de Argelez!--añadió riéndose á pesar suyo de las

contrariedades mínimas que le traían á mal traer desde hacía algunas

horas.--Dudo que pueda ya dormir en todo lo que falta de noche.

Recordó que sobre una mesa tenía algunos libros de aquellos rancios y

mohosos encontrados en la biblioteca del caserón. Levantóse y tomó uno

de ellos, el que estaba encima, _Los Nombres de Cristo_. Al abrirlo y

descifrar la portada, lo soltó murmurando:

--¡Filosofías á estas horas! ¿A ver el otro?

El otro era una edición de Salamanca de 1798; _Traducción literal y

declaración del libro de los Cantares de Salomón_. Al lado de la portada

se veía, en un grabado en madera, la faz pensativa y melancólica, la

espaciosa y abovedada frente del Maestro León; debajo un emblema, un

árbol con el hacha al pie y la leyenda siguiente: _ab ipso ferro_. La

polilla se había ensañado en el volumen, recortando caprichosos calados

al través de las hojas.

--Aquí tiene usted un libro curioso, el que le costó la cárcel á su

autor--pensó el comandante.--Veremos si á mí me trae el sueño.

Echado ya y vuelto hacia la luz, abrió con interés el delgado volumen.

Lo primero que le llamó la atención, en la primera hoja, fueron algunos

garrapatos informes, que delataban la mano de un niño, y el nombre de

_Pedro_ escrito con enormes y dificultosas letrazas. Gabriel comenzó la

lectura. A los pocos minutos, el interés de lo que iba leyendo le hizo

insensiblemente olvidar la sed y el desasosiego nervioso; funcionó con

gran actividad su imaginación y se tranquilizó su cuerpo. De dos cosas

estaba pasmado el comandante, y al paso que iba leyendo, se las

comunicaba á sí mismo en interior monólogo.

--¡Demonio... qué retebien escribía el fraile! Tienen razón en decir que

estos moldes se han perdido... ¡Zape, zape! Y no se mordía la lengua...

Vaya unos comentarios, vaya unos escolios y aclaraciones, ¡como si la

cosa de por sí no estuviese bastante clara ya! ¡Mire usted que estas

metafísicas acerca del beso! No, y es que ningún poeta ni ningún

escritor de ahora discurriría explicación más bonita: está oliendo á

Platón desde cien leguas... ¡Qué lindo! Este deseo de cobrar cada uno

que ama su alma, que siente serle robada por el otro, é irla á buscar en

la boca y en el aliento ajeno, para restituirse de ella ó acabar de

entregarla toda... ¡Mire usted que es bonito, y endiablado, y poético, y

todo lo demás que usted quiera! Ah... pues no digo nada de los detalles

de... ¡Santo Dios, santo fuerte! No, lo que es este libro... Luego se

andan escandalizando de cualquier cosa que hoy se escriba, que ninguna

tiene ni este fuego, ni esta fuerza, ni esta hermosura, ni esta...

¡acción comunicativa! ¡Pero qué hermosura tan grande, qué lenguaje y...

qué diabluras para libro piadoso...!

Se hundió completamente en la lectura, embelesado, con el alma y los

sentidos pendientes del admirable cuanto breve poema. Una aspiración

profana á la dicha amorosa llenaba todo su sér, y creía oir de los puros

labios de la montañesita aquellas embriagadoras palabras: «No me mires,

que soy algo morena, que miróme el sol: los hijos de mi madre porfiaron

contra mí, pusiéronme por guarda de viñas: la mi viña no guardé...»

Acabóse el libro antes que las ganas de leer, y el artillero apagó de un

rápido soplo la luz, quedándose embelesado en dulces representaciones y

en proyectos sabrosos. La sed se le había calmado del todo; la fantasía,

aunque excitada por la lectura, cayó en esas vaguedades precursoras del

descanso; las ideas perdieron su enlace y continuidad, se deslizaron, se

hicieron flotantes é inconsistentes como el humo; Gabriel vió viñas y

prados, campos de mies opulenta, un mar de mies que no concluía nunca;

su sobrina le guiaba al través de él, diciéndole mil ternezas en bíblico

estilo y en primorosa lengua castellana; el cura de Ulloa estaba allí,

no austero y triste, sino paternal y venerable, con un jarro de agua

fresca en la mano... Gabriel pegaba la boca al jarro, bebía, bebía...

¡Qué agua tan delgada, tan refrigerante y deliciosa!

Oyóse la clara y atrevida voz del gallo; un reflejo blanquecino penetró

por las rendijas de las ventanas. El comandante Pardo dormía á pierna

suelta.

La madre naturaleza (2ª parte de Los pazos de Ulloa) · 第 45 / 64 题