Según suele suceder cuando el calor desazona el cuerpo y acontecimientos
importantes ocurridos durante el día perturban el espíritu, Gabriel
Pardo había pasado la noche en vigilia casi completa. Lo bueno fué que
se acostara creyendo tener mucho sueño; pesábale la cabeza y los
párpados, y experimentó gran alivio al desnudarse, estirarse en las
frescas sábanas de lino y sentir en las mejillas el contacto de la tersa
almohada. Resuelto á consagrar diez minutos á pensamientos agradables
antes de rendirse á la soñolencia que notaba, se colocó bien del lado
derecho, no sin apagar la luz y dejar sobre una silla, al alcance de la
mano (pues en los Pazos sólo conocía el lujo de las mesas de noche el
Gallo, que se había traído de Orense uno de los más feos ejemplares de
la especie, con su tableta de mármol y demás requilorios) la fosforera,
la petaca y el pañuelo.
Gozó de quietud y reposo los primeros instantes, dedicados á recordar
incidentes de la jornada, dichos de Manuela, observaciones referentes á
ella que conservaba apuntadas en la memoria, movimientos, actitudes y
otras menudencias por el estilo. En la oscuridad, paseando la palma de
la mano sobre el embozo de la sábana, pensaba el comandante:
--La chiquilla posee un fondo sorprendente de rectitud; además tiene,
como su madre, tierno el corazón y las entrañas humanas; es fácil, es
casi elemental el método para hacerse querer de ella: no hay más que
aparecer muy cariñoso, interesarse por la pobrecita... lo cual la coge
de nuevas, porque se ha criado en completo abandono, gracias á mi
bendito cuñado y á sus líos é historias... Tenemos aquí lo que se llama
un _naife_, ó sea un diamante en bruto... y ¿quién sabe si vale más así?
Se me figura que me hace doble gracia de esta manera; que sí señor...
¡Ah! Sencillez, carácter primitivo y campestre, comercio exclusivo con
la madre naturaleza, su única maestra y su única protectora... Cargue el
diablo con todo eso que está uno harto de ver por ahí: muñecas
emperejiladas y vestidas según las cursilerías de _La Moda Elegante_,
juguetes automáticos que tocan la _Rapsodia Húngara_ entreverada de
pifias... Luego dicen que tiene mucha ejecución... ¡Ejecución! ¡Qué más
ejecución que la que hacen ellas del arte!... Muñecas que todas ríen
como por resorte... que andan igual que si les tirasen de un hilito...
que para fingirse cándidas ponen cara de tontas en las zarzuelas donde
hay frases de doble sentido... que van á misa por rutina y por ver al
novio, y á paseo para que rabie la amiguita si tienen gala que
estrenar... Muñecas á quienes les han enseñado que es punto de honra no
enterrarse con palma, y cargan con el primer marido que les sale... y
después...
Aquí se agolparon á la memoria de Gabriel los recuerdos, y varias
gallardas siluetas de pecadoras cruzaron por entre las tinieblas del
dormitorio.
--¡Qué antipática me es--prosiguió Gabriel haciendo calendarios--la
mentira, la convención social! Convengamos en que hace falta, bueno...
¿Cómo se sostendría sin ella este edificio caduco, apuntalado por unas
partes, carcomido por otras, remendado aquí y recompuesto acullá? ¿Esta
sociedad que parece un monumento mal restaurado, donde se amontonan
hibridaciones de todos los estilos y mescolanzas de todos los órdenes...
aquí una portada románica, luego un frontón dórico, después una
techumbre de hierro á la moderna...? Aquí se tropieza usted con una
preocupación procedente de Chindasvinto... más allá una idea general
que difundió algún apólogo traído del Oriente por un cortesano de...
¡Sabe Dios! de un califa cualquiera ó del rey que rabió por gachas... y
otra que ya se remontará á los iberos primitivos... y otra que la
esparció ayer el estúpido artículo de fondo de un periódico político...
Y ajústese usted á esta... y á aquella... y á la otra... y á la de más
allá... Verdad es que todo hace falta para reprimir la bestialidad
humana... A no ser por eso... ¡crac!
Encontrando caliente ya el lado á que se había tendido, volvióse Gabriel
del opuesto; y sin duda este cambio le sugirió ideas revolucionarias,
porque pensó:
--¡Valiente estafermo está la sociedad actual! Aunque la volasen con
dinamita...
Pero el rincón frío y agradable que halló hubo de inspirarle doctrinas
conservadoras, y murmuró metiendo el brazo bajo la almohada, postura que
era en él habitual:
--Paciencia, Gabriel.... Ningún hombre es tiempo; al tiempo corresponde
esa obra histórica, si es que algún día ha de realizarse y no estamos
sentenciados á rodar siempre el mismo peñasco, nosotros y los que vengan
detrás... Calculemos que todo se lo lleva pateta; ¿y qué ponemos allí,
en el sitio de lo que desbaratamos? Verdad que si reparásemos en
pelillos, no habría adelanto ni progreso desde que el mundo es mundo...
No habría evolución... ¿Ó sí la habría; qué diablo? La evolución es
fatal, y no está en nuestra mano precipitarla ni estorbarla... ¿Puedo yo
impedir que ahora se cumplan perfectamente en mi cuerpo leyes
fisiológicas y biológicas? ¡Cáspita, estoy hecho un pedante; si me
oyesen en el Círculo! Me llamarían chiflado otra vez. Bueno; en resumen;
la niña es una perla sin engarce... y yo debo tratar de dormirme.
Dejóse oir en este momento la estridente trompetilla de un cínife, que
guiado por el instinto venía, sonando su guerrera tocata, á caer sobre
la víctima, suponiéndola aletargada é inerme.
--La evolución sin lucha... Sin lucha, es una utopía. Quizás la lucha
misma, el combate de todos contra todos, es la única clave del
misterio... Lo que dice muy bien Darwin en...
El cínife, elevando su clarín bélico á las más altas notas, descendía
raudamente sobre el pensador, á quien creía dormido... Gabriel sintió un
roce suave en la mejilla; luego le clavaron como una punta de aguja,
candente y finísima. Aunque empapado en ideas raras, semibudistas,
acerca del deber que tiene el hombre de no hacer sufrir al más pequeño
avechucho el más insignificante dolor, Gabriel, después de diez segundos
de astuta inmovilidad, alzó quedamente la mano, se descargó un lapo bien
calculado, con alevosía y ensañamiento, en el carrillo, y despachurró al
músico chupón.
Como si la leve sajadura del bisturí del insecto le hubiese inoculado á
Gabriel algún amoroso filtro, dió al punto vuelta hacia el mismo lado
que acababa de dejar, y empezaron á fatigarle mil tiernos pensamientos
relativos á su sobrina.
--¿Me querrá algún día, de verdad, con toda su alma? Si la saco de este
purgatorio, si le hago conocer la vida de las gentes racionales, si le
enseño á gustar de la música y de las artes, si la restituyo á su
verdadera clase social,... al gobierno soberano de su casa, que hoy rige
una fregona... y además le ofrezco muchísimo cariño, mucha amabilidad,
para que no se haga cargo ella de la diferencia de edades... que la hay,
que la hay, no vale decir que no... y menuda... Si juego con ella como
con una chiquilla... si le otorgo mi confianza, como á una compañera...
Me... me querrá del modo que... La sentiré palpitar... así... azorada...
turbada... embriagada... con esa mezcla de vergüenza y transporte...
que... ¡Cosa más dulce!
Aquí los recuerdos acudieron en tropel á la imaginación del artillero,
escudándose traidoramente con la oscuridad y el absoluto silencio que
había seguido á la muerte del cínife. Gabriel se volvió dos ó tres
veces de babor á estribor en la cama, al mismo tiempo que se le
incrustaba en la mente esta idea desconsoladora:
--Adiós... Me he despabilado. Ya no pego ojo en toda la noche.
Trató de poner coto á la desenfrenada fantasía.--A dormir, á
dormir--dijo casi en alto, con la resolución más firme. Eligió postura
nueva; apretó los párpados; se sepultó más en la almohada, y aunque
sintiendo dentro el mosconeo confuso de sus cavilaciones, procuró
fijarse en un solo pensamiento, porque sabía que así como la
contemplación invariable de un punto brillante produce el hipnotismo, la
fijeza de una idea calma y adormece.
Pronto se le apaciguó la efervescencia mental; pero en cambio, cuanto
más se sosegaba la tempestad de las ideas, más se le iban afinando y
complicando las percepciones de tres sentidos corporales: el oído, el
olfato y el tacto. ¡El oído sobre todo! Era cosa asombrosa lo de ruidos
microscópicos que empezaron á destacarse del aparente silencio:
carcomas que roían el entarimado de la cama; sutiles trotadas de ratones
allá muy alto, sobre las vigas del techo; chasquidos de la madera de los
muebles; orfeones enteros de mosquitos; solos de bajo de moscones; y por
último, hondo rumor, como de resaca, de las propias arterias de Gabriel;
del torrente circulatorio en las válvulas del corazón; de las sienes, de
los pulsos. Al olfato llegaba el olor de resina seca del antiguo barniz
del lecho; el vaho animal del plumoncillo de la almohada; el vago aroma
de lejía y el sano tufo de plancha de las sábanas; el rastro que en la
atmósfera había quedado al extinguirse la última centella del pábilo de
la vela; y un perfume general de campo, de mentas, de mies segada, de
brona caliente, un olor á montañesa joven, que lejos de ser sedante para
Gabriel, le atirantaba más los nervios... El tacto... ¿Quién no conoce
esa desazón de la epidermis, primero imperceptible cosquilleo
superficial, luego sensación insoportable de que nos corren por encima
mil insectos, y advertimos el roce de sus dentadas patitas y de su
cuerpo menudísimo, al cual el nuestro sirve de hipódromo...? Para
producir esta molestia feroz sobra en verano la inflamación de la sangre
que el calor ocasiona; si á ella se añaden las travesuras de algún
parásito real y efectivo, de las cuales no preserva á veces ni la mayor
pulcritud y aseo, es cosa de volverse loco.
Parece que en la oscuridad y quietud de la cama se centuplican las
incomodidades, y todo se abulta y transforma. A Gabriel le sucedía así.
El roer de la polilla ya le parecía el de una rata gigantesca; y las
corridas de las ratas, cargas de caballería á galope tendido. Los
concertantes de mosquitos eran coros humanos, de esos en que toma parte
una gran masa coral; los chasquidos del maderamen, crugir formidable de
techo que se desploma; su propia respiración, el movimiento de enorme
fuelle de fragua; y el curso de su sangre, impetuosa carrera de
torrente aprisionado entre dos montañas, ó ímpetu atronador de huracán
encajonado en algún ventisquero de los Alpes... Los olores también por
su persistencia en seguir flotando en la atmósfera, llegaban á pasar de
la nariz á las últimas celdillas cerebrales, ocasionando mareo indecible
y ganas de estornudar, y verdadera inquietud nerviosa. Las carreras de
la piel y la fermentación de la sangre crecían, y no pensaba Gabriel
sino que un ejército de pulgas caninas y chinches sanguinarias le andaba
recorriendo, con la mayor desvergüenza, el cuerpo todo. Notaba además
una sensación rara, muy propia del insomnio; y era que unas veces se le
figuraba ser muy chiquirritito, y otras inmenso, hasta el punto de no
caber en el espacio; y correlativamente con estas singulares
imaginaciones, notaba que los objetos, ya se le venían encima, ya se
retiraban á distancias tan inverosímiles que era imposible
alcanzarlos... Le parecía haberse vuelto de goma elástica, y que una
mano negra, sin consistencia ni forma, como el espacio hacia el cual
miraba con los ojos muy abiertos, le encogía ó le estiraba á su sabor...
Y en aquel mismo espacio tenebroso empezaba la vista á distinguir
claridades y luces espectrales, unas azules y como fosfóricas, otras
amarillas ó más bien color de azufre, que partiendo de un núcleo central
brillante, se extendían, trémulas y vibradoras, y formaban poco á poco
un nimbo violáceo, que irradiaba y se extinguía y volvía á irradiar y á
extinguirse, á semejanza de esas ruedas llamadas _cromátropas_ con que
remata el espectáculo de los cuadros disolventes...
--Esto ya no se puede aguantar--exclamó Gabriel en alta y colérica voz;
y saltando furioso de la cama ó más bien del potro del martirio, echó
mano á la caja de los fósforos y encendió la vela. El aposento quedó
débilmente iluminado, con claridad triste, y el insomne experimentó, al
arder la luz, la impresión desapacible de un hombre á quien despiertan
al coger el primer sueño: parecíale antes estar completamente desvelado,
excitadísimo, y ahora, la lumbre de la bujía, el movimiento de saltar
de la cama, le revelaban que, al contrario, se encontraba medio
adormecido, y á dos dedos de quedarse traspuesto. No obstante, apenas se
echó otra vez y apoyó el rostro en la almohada sin apagar la luz y con
un cigarrillo recién encendido en el canto de la boca, de nuevo se halló
perfectamente despabilado y en disposición de lavarse, ponerse el frac é
irse á un baile, ó salir para una cazata. Y claro está que los ruidos
habían cesado, los olores también, y la picazón de la epidermis
desaparecido por completo, no sintiendo Gabriel en ella sino bienestar,
sin que ronchas ni otros indicios delatasen el paso de la cohorte
enemiga.
Lo que sintió á poco rato fué amargura y constricción en el paladar; sed
ardiente.
--¿Qué demonios voy á beber ahora?--pensó.--Aquí no se acostumbra dejar
chisme, botellita, ni cosa que lo valga...
Levantóse y se dirigió al lavabo, resuelto á refrigerarse, en la última
extremidad, con agua de la jarra; pero la había gastado toda en sus
abluciones matinales, y como en las aldeas no se sospecha ni remotamente
que un hombre, después del refinamiento de lavarse bien por la mañana,
pueda incurrir en el inaudito sibaritismo de volver á chapotear otra vez
por la tarde ó la noche, no es costumbre renovar la provisión. De mal
humor con este incidente regresó Gabriel al lecho; la saliva le sabía á
acíbar, el cuerpo le parecía que se lo habían puesto á secar en un
horno, tal era la calentura que empezaba á abrasarle.
--¡Noche toledana!--exclamó al tenderse, no debajo, sino encima ya de
las sábanas.--Daría cinco duros por un vaso de agua. Mal tratan al rey
don Pedro--en la torre de Argelez!--añadió riéndose á pesar suyo de las
contrariedades mínimas que le traían á mal traer desde hacía algunas
horas.--Dudo que pueda ya dormir en todo lo que falta de noche.
Recordó que sobre una mesa tenía algunos libros de aquellos rancios y
mohosos encontrados en la biblioteca del caserón. Levantóse y tomó uno
de ellos, el que estaba encima, _Los Nombres de Cristo_. Al abrirlo y
descifrar la portada, lo soltó murmurando:
--¡Filosofías á estas horas! ¿A ver el otro?
El otro era una edición de Salamanca de 1798; _Traducción literal y
declaración del libro de los Cantares de Salomón_. Al lado de la portada
se veía, en un grabado en madera, la faz pensativa y melancólica, la
espaciosa y abovedada frente del Maestro León; debajo un emblema, un
árbol con el hacha al pie y la leyenda siguiente: _ab ipso ferro_. La
polilla se había ensañado en el volumen, recortando caprichosos calados
al través de las hojas.
--Aquí tiene usted un libro curioso, el que le costó la cárcel á su
autor--pensó el comandante.--Veremos si á mí me trae el sueño.
Echado ya y vuelto hacia la luz, abrió con interés el delgado volumen.
Lo primero que le llamó la atención, en la primera hoja, fueron algunos
garrapatos informes, que delataban la mano de un niño, y el nombre de
_Pedro_ escrito con enormes y dificultosas letrazas. Gabriel comenzó la
lectura. A los pocos minutos, el interés de lo que iba leyendo le hizo
insensiblemente olvidar la sed y el desasosiego nervioso; funcionó con
gran actividad su imaginación y se tranquilizó su cuerpo. De dos cosas
estaba pasmado el comandante, y al paso que iba leyendo, se las
comunicaba á sí mismo en interior monólogo.
--¡Demonio... qué retebien escribía el fraile! Tienen razón en decir que
estos moldes se han perdido... ¡Zape, zape! Y no se mordía la lengua...
Vaya unos comentarios, vaya unos escolios y aclaraciones, ¡como si la
cosa de por sí no estuviese bastante clara ya! ¡Mire usted que estas
metafísicas acerca del beso! No, y es que ningún poeta ni ningún
escritor de ahora discurriría explicación más bonita: está oliendo á
Platón desde cien leguas... ¡Qué lindo! Este deseo de cobrar cada uno
que ama su alma, que siente serle robada por el otro, é irla á buscar en
la boca y en el aliento ajeno, para restituirse de ella ó acabar de
entregarla toda... ¡Mire usted que es bonito, y endiablado, y poético, y
todo lo demás que usted quiera! Ah... pues no digo nada de los detalles
de... ¡Santo Dios, santo fuerte! No, lo que es este libro... Luego se
andan escandalizando de cualquier cosa que hoy se escriba, que ninguna
tiene ni este fuego, ni esta fuerza, ni esta hermosura, ni esta...
¡acción comunicativa! ¡Pero qué hermosura tan grande, qué lenguaje y...
qué diabluras para libro piadoso...!
Se hundió completamente en la lectura, embelesado, con el alma y los
sentidos pendientes del admirable cuanto breve poema. Una aspiración
profana á la dicha amorosa llenaba todo su sér, y creía oir de los puros
labios de la montañesita aquellas embriagadoras palabras: «No me mires,
que soy algo morena, que miróme el sol: los hijos de mi madre porfiaron
contra mí, pusiéronme por guarda de viñas: la mi viña no guardé...»
Acabóse el libro antes que las ganas de leer, y el artillero apagó de un
rápido soplo la luz, quedándose embelesado en dulces representaciones y
en proyectos sabrosos. La sed se le había calmado del todo; la fantasía,
aunque excitada por la lectura, cayó en esas vaguedades precursoras del
descanso; las ideas perdieron su enlace y continuidad, se deslizaron, se
hicieron flotantes é inconsistentes como el humo; Gabriel vió viñas y
prados, campos de mies opulenta, un mar de mies que no concluía nunca;
su sobrina le guiaba al través de él, diciéndole mil ternezas en bíblico
estilo y en primorosa lengua castellana; el cura de Ulloa estaba allí,
no austero y triste, sino paternal y venerable, con un jarro de agua
fresca en la mano... Gabriel pegaba la boca al jarro, bebía, bebía...
¡Qué agua tan delgada, tan refrigerante y deliciosa!
Oyóse la clara y atrevida voz del gallo; un reflejo blanquecino penetró
por las rendijas de las ventanas. El comandante Pardo dormía á pierna
suelta.