Algunos días después de aquél por tantos conceptos memorable, doña
Claudia notaba con asombro y pena que su hijo había perdido el
apetito. Era cosa de llamar al médico; pero don Pedro, con malísimo
talante, se opuso á tan descabellada idea, diciendo: «Si las ganas de
comer están ahora de menos, váyase por cuando han estado de sobra.»
Por las noches, no obstante su inapetencia, daba prisa para que le
sirvieran la cena; despachábala en un santiamén, picando con el
tenedor en éste y el otro plato, probando más bien que comiendo, y
parecía que le faltaba tiempo para echarse á la calle.
--Estoy abotagado--decía,--y necesito mucho, mucho ejercicio.
Más que pictórico, estaba nuestro capellán desmedrado y flatulento,
como quien padece desgana ó insomnios. Y era verdad que dormía
poco, no cuidándose él ciertamente de halagar el sueño, sino más
bien espantándolo con sus lecturas á deshora, las cuales á veces
duraban hasta el amanecer. Habíase impuesto con rigor de anacoreta
la prohibición de leer historias de guerras y conquistas, novelas,
viajes y demás cosas incitativas de su espíritu activo; ayunaba de
aquel pasto heróico, y para dominarse y flagelarse y someterse,
apechugaba valeroso con los alimentos más desabridos de la literatura
eclesiástica. Por desgracia suya, pronto le faltaron las fuerzas
para esta cruelísima penitencia. Ni _La Rosa mística desplegada_,
ni el _Imán de la gracia_, ni el _Mes de San José_, ni otras obras
insípidas que tenía en su biblioteca, sin saber bien cómo habían
ido á ella, privaron por mucho tiempo en su espíritu. Hastiadísimo,
las confinó á un hueco de su estante, donde probablemente estarían
intactas hasta la consumación de los siglos.
Los grandes místicos se acordaban mal con su viril temperamento,
hostigado de inclinaciones humanas. No los comprendía bien. Las
sutilezas admirables de que tales libros están llenos no le cabían
á él en su tosco cacumen, molde de resueltas acciones más bien que
alambicados pensamientos; ni tampoco tenía gusto literario bastante
fino para poder saborear el gallardo y elegante estilo de aquellos
buenos señores. Los poetas sagrados se le sentaban en el estómago
(pase esta frase vulgar que él usaba con frecuencia), y los versos
de monjas le daban náuseas. No hallando á dónde volver los ojos
en el terreno de las lecturas, se amparó de la Biblia. El Antiguo
Testamento, sobre ser cosa muy santa, es poema, historia, geografía,
novela, poesía, drama, y la riquísima serie de sus relatos enciende
la imaginación, aviva el entusiasmo, embelesa, suspende y anonada.
Para llenar aquellos tristes vacíos de sus insomnios. Polo cogía
el Génesis, el Éxodo, los Números, los Jueces, y se deleitaba con
lo mucho que allí hay de trágico y sublime, con las guerras, las
intrigas, las conspiraciones, las conquistas, las batallas, los
grandes sacrificios, las violencias, los hechos inmensos, los
colosales crímenes y virtudes que allí se cuentan. Aquel estilo
sobrio, en que la frase parece producto inmediato del hecho que la
motiva, estaba en armonía preciosa con el genio esencialmente activo
de Polo. Porque él tenía en su espíritu el germen de los hechos, lo
que podríamos llamar impulso histórico; impulso y germen que, aunque
comprimidos por las contingencias de tiempo y lugar, tenían cierta
vida sofocada y dolorosa en el fondo de su alma.
Refiere Felipe Centeno que uno de aquellos días, hallándose en el
comedor limpiando cubiertos, doña Marcelina contaba con misterio
á la señora del fotógrafo una cosa estupenda y un si es no es
horripilante. Á media noche, la señora había sentido la voz de su
hermano, que gritaba con palabras descompuestas. Creyó al principio
que hablaba dormido; mas como sintiera los pasos de él, sospechando
que estaba enfermo, se levantó. Despavorido, cual si se viera
rodeado de fantasmas, salió el mísero capellán del cuarto, los ojos
inyectados, el habla torpe, los brazos trémulos, inseguro y vacilante
el pie. La vista de su hermana le serenó un tanto, volviendo al cauce
normal su razón desbordada; dejóse conducir al lecho, y al sentarse
sobre él, después de un breve espasmo, durante el cual pareció
resolverse la crisis, dió un suspiro, se pasó la mano por la frente,
y entre fosco y risueño dijo estas palabras: «El león dormido cayó
en la ratonera; despierta, y al desperezarse rompe su cárcel de
alambre.» Marcelina contaba á su amiga estos disparates, vacilando
entre reírlos como ocurrencias, ó lamentarlos como señales de
extravío mental. La digna esposa del fotógrafo, que tenía sus puntas
y recortes de médica, tranquilizó á Marcelina con estas sesudas
palabras:
--Eso no vale nada. Pero conviene prevenir... Créeme: tu hermano debe
sangrarse.
Precisamente en la mañana que siguió á la noche de referencia, fué
cuando el Doctor se espantó de ver á su amo: ¡tan desfigurado estaba!
Era su rostro verde, como oxidado bronce. Sus ojos, que tenían
matices amarillos y ráfagas rojas, recordaban á Centeno la bandera
española, y sus labios eran del color de la tela con que se visten
los obispos. Tuvo tanto miedo Felipe, que no se atrevió á ponérsele
delante. Aquella mañana don Pedro no quiso celebrar la misa. Mandó
un recado á las monjas diciendo que estaba malo, y malo debía de
estar, pues no probó bocado en todo el día, desairando las fruslerías
selectas que para engolosinarle inventó doña Claudia.
Pero, no obstante su enfermedad, si alguna había, bajó á la clase
y fué más cruel y exigente que nunca. ¡Día de luto, día de ira!
Las lágrimas que corrieron fueron tantas, que con ellas se podrían
haber llenado todos los tinteros, si alguien intentara escribir con
llanto la historia de la desventurada escuela. Hasta los ojos de
don José Ido contribuyeron con algo al crecimiento de aquel caudal
tristísimo. Los chichones que se levantaban en ésta y la otra cabeza
fueron tantos, que era una erupción de cráneos. Las orejas crecían
por pulgadas, y poco faltó para que hubiera piernas rotas y espinas
dorsales quebradas por la mitad. Don Pedro, aquel constructor de
jorobas intelectuales, quería desfigurar también los cuerpos. Tenía
como un furor de odio y venganza. Creeríase que los muchachos le
habían jugado una mala pasada teniéndole por maestro. Doce ó catorce
se quedaron sin comer. Felipe estuvo aterradísimo todo el día, y
evitaba el mirar á su amo y maestro. También él se quedó en ayunas,
y en su mísero cuerpo no hubiera sido posible poner un cardenal más:
tan bien ocupado y distribuido estaba todo.
Por la noche, cuando se acostó, después de haber jugado un poco
al toro, dando testarazos á las imágenes, soñó diversas cosas
terroríficas. Primero, que don Pedro era el león de San Marcos y se
paseaba por la clase fiero, ardiente, melenudo, echando la zarpa á
los niños y comiéndoselos crudos, con ropa, libros y todo; segundo,
que don Pedro, no ya león, sino hombre, iba al convento y castigaba
á las monjas, cual hacía diariamente con los alumnos, dándoles
palmetazos, pellizcos, nalgadas, sopapos, bofetones y porrazos,
poniéndoles la coroza y arrastrándolas de rodillas.
Otra mañana, cuando limpiaba el cuarto del señor, vió en el suelo
pedacillos de papel. Sin duda don Pedro había pasado la noche
escribiendo cartas. Alguna le salió mal, y la había roto; pero los
trozos eran tan chiquirrititos, que apenas contenían un par de
sílabas. La vela estaba apurada, señal de haber pasado el señor
capellán la noche de claro en claro... Para que todo fuera extraño,
llegó también un día en que don Pedro estuvo tolerante y hasta
benignísimo con los muchachos. No solamente dejó de pegar y tuvo
en paz las manos en aquel venturoso día, sino que á cada momento
amenizaba las lecciones con chuscadas y agudezas. ¡Qué risas! Nunca
fueron humanas gracias más aplaudidas, ni con mayor plenitud de
corazón celebradas. Aún no había abierto la boca el maestro, y ya
estaban todos muertos de risa. Humanizada la fiera, perdonaba las
faltas, alentaba con vocablos festivos á los más torpes, y los
aplicados recibían de él sinceros plácemes. Hasta don José Ido se
permitió unir su delgada voz al coro de los chistes, diciendo algunos
que no carecían de oportunidad.
Para que en todo fuera dichosa aquella fecha, don Pedro comió
vorazmente; pero estaba tan distraído en la mesa, que no contestaba
con acierto á nada de lo que su madre y su hermana le decían. Cuando
se levantó para fumar, puso bondadoso la mano sobre la despeinada
cabeza de Felipe, y dijo estas palabras, que el Doctor oyó con
arrobamiento:
--Es preciso hacer á Felipe algo de ropa blanca.
Centeno, que mejor que nadie sabía cuán grande era su necesidad
en ramo tan importante del vestir, no tuvo palabras para dar las
gracias. ¡La gratitud le volvía mudo!
--¡Se le hará, se le hará!--afirmó doña Claudia, mirando embobada á
su hijo, pues desde que empezaron aquellos desórdenes orgánicos, la
madre no cesaba de leer atentamente á todas horas en la fisonomía
del capellán, buscando la cifra de sus misteriosos males.
--Es preciso que te sangres, Pedro,--dijo Marcelina, mirándole
también con perspicaz cariño.
--Sí, hijo: sángrate, sángrate.