En la calle de la Libertad, más allá de la esquina de la casa donde
la redacción estaba, había un solar vacío, separado de la calle
por una cerca de desiguales y viejas tablas. Dentro sólo se veían
montones de escombros, media docena de escobas y otras tantas
carretillas que dejaban allí los encargados de la limpieza urbana.
Tenía la tal valla una puerta que estaba cerrada casi siempre; pero
Juanito del Socorro y otros chicos de la vecindad, asistentes á
la escuela de don Pedro, habían hallado medio de colarse dentro,
arrancando una tabla y apartando otra; y posesionados del terreno, lo
dedicaron á plaza para hacer en él sus corridas.
Habiendo sido admitido un día Felipe á esta diversión infantil, halló
tanto gusto en ella, que se hubiera estado todo el santo día en la
plaza, sin acordarse para nada de sus deberes escolares y domésticos,
ni de don Pedro, ni del santo de su nombre. Mientras más el juego
se repetía, más afición le cobraba, y los domingos por la tarde, si
sus amos le permitían salir, entregábase con frenesí á las alegrías
del toreo. Saltar, correr, montarse sobre otro; ser alternativamente
picador, caballo, banderillero, mula, toro y diestro, era la delicia
de las delicias, exigencia del cuerpo y del alma, prurito que
declaraba perentorias necesidades de la naturaleza. Días enteros
pasaba pensando en el ratito que podía dedicar á la función, ó
representándose los entretenidos episodios y pasos de ella. Y tanto
repitieron los chicos aquel juego, que llegaron á organizarlo en
regla, para lo cual tenía especial tino el gran Juanito del Socorro,
sujeto de mucho tacto y autoridad. Era empresario y presidente,
acomodador y naranjero. Dirigía las suertes y á cada cual asignaba
su papel, reservando para sí el de primer espada. Á Felipe le tocaba
siempre ser toro.
Quisieron proporcionarse una de esas cabezotas de mimbres que adornan
las puertas de las cesterías; pero no lograron pasar del deseo al
hecho, porque no había ningún rico en la cuadrilla, ni aunque se
juntaran los capitales de todos podrían llegar á la suma necesaria.
Se servían de una banasta, donde Felipe metía la cabeza. ¡Con qué
furor salía él del toril, bramando, repartiendo testarazos, muertes
y exterminio por donde quiera que pasaba! Á éste derribaba, al otro
le metía el cuerno por la barriga, al de más allá levantaba en vilo.
Víctimas de su arrojo, muchos caían por el suelo, hasta que Juanito
del Socorro, alias _Redator_, lo remataba gallarda y valerosamente,
dejándole tendido con media lengua fuera de la boca.
Cada cual contribuía con sus recursos y con su inventiva á dar todo
el esplendor y propiedad posibles á la hermosa fiesta. No había
detalle que no tuvieran presente, ni oportunidad que no aprovecharan
aquellas imaginaciones llenas de viveza y lozanía. Blas Torres, hijo
de un prendero, se proporcionó una capa de seda con galoncillos de
plata. Algunos llevaban capa de percal, y otros se equipaban con un
pedazo de cualquier tela. Perico Sáez, hijo del carnicero, presentó
á la cuadrilla una adquisición admirable y de grandísimo precio: un
rabo de buey, que Felipe se ataba en semejante parte para imitar la
trasera del feroz animal. Con aquello y la banasta en la cabeza, y
los bramidos que daba, parecía acabadito de venir de la ganadería.
Fuenmayor llevaba las banderillas de papel, y Gázquez, hijo del
estanquero, llevaba una cosa muy necesaria en juego tan peligroso,
á saber: tiras de papel engomado de los sellos para aplicarlo á las
heridas, rozaduras y contusiones. El chico de la prestamista se
había proporcionado una corneta para hacer las señales, y algunos
cascabeles para las mulas; y Alonso Pasarón, el de la tienda de
ultramarinos, que era artista, pintor y tenía su caja de colores
para hacer láminas, llevaba los carteles con una suerte pintada en
verde y rojo, grandes letras y garabatos en que no faltaba palabra,
ni fecha, ni detalle de los que en tales rótulos se usan. Pero de
cuanto aquellos benditos inventaron para imitar al vivo las corridas,
nada tan ingenioso como lo que se le ocurrió á Nicomedes, hijo del
dueño de una tienda de sedas de la calle de Hortaleza. Este condenado
reunió en su casa muchas varas de cinta encarnada: con ellas hacía un
revuelto lío; se lo metía en la camisa junto á la barriga, y cuando
en lo mejor de la lidia desempeñaba con admirable verdad, vendado
un ojo, el papel de caballo, y venía el toro y le daba el tremendo
topetazo en el cuerpo, empezaba á soltar cinta y más cinta y á cojear
y dar relinchos y á hacer piruetas de dolor, con tal arte, que
parecía que se le salían las tripas y que se las pisaba, como suele
suceder á los caballos de verdad en la sangrienta arena de la plaza.
Para que nada les faltara, también se habían adjudicado unos á otros
sus _alias_ en sustitución de los nombres verdaderos. Á Nicomedes
se le llamaba _Lengüita_, sin duda por lo mucho que hablaba. Blas
Torres, ilustre hijo de una prendera, tenía por mote _Trapillos_.
Felipe respondía por el _Iscuelero_, y Juanito del Socorro tenía un
apodo á la vez popular y respetuoso, nombre peregrino, que declaraba
en cierto modo su origen literario. Se le llamaba _Redator_.
En lo mejor de la pelea se presentaba un individuo de policía ó el
guarda del solar, y les echaba á la calle... Porque, verdaderamente,
¿qué cosa más contraria á la dignidad de una población que esta
batahola de chicos en un solar cerrado, en día festivo, y cuando
los mayores se entregan con delirio á las ardientes emociones del
toreo verdadero? Los guindillas ó polizontes municipales demostraban
un celo digno de todo encomio en la corrección de estos abusos
infantiles, y el guarda, enojadísimo porque profanaban la virginidad
de su solar, la emprendía á escobazos con los lidiadores y... Dios
nos libre de que alguno se le rebelara... Por la calle adelante salía
corriendo la partida, perseguida activamente por la fuerza pública,
y al fin se disolvía, sin más consecuencias y sin ninguna desgracia
personal.
Por lo mismo que Felipe no podía disfrutar de este juego sino en
breves y angustiosos momentos, robados á cualquier obligación, sus
goces eran grandísimos, inefables, y no los trocaría por la gloria
eterna. Los sofiones que se llevó por su tardanza en un recado
ó por sus escapatorias cuando el deber le llamaba á la casa, no
son para contados. Pero llegó á familiarizarse de tal modo con el
sermoneo y los golpes, que ya no le hacían efecto. Estaba al fin
como curtido, y su cuerpo se le figuraba forrado de duras conchas
como las del galápago. Moralmente, su atrofia corría parejas con
la insensibilidad dérmica, y el convencimiento de que era malo,
incorregible, llevábale á sentir altivo desprecio de los mandamientos
de todos los Polos nacidos y por nacer.
Cuando se retiraba de noche á su madriguera, renovaba en su mente con
claridad y frescura las gratas sensaciones de la última corrida, y á
la memoria traía los puyazos que le dieron, los jinetes que echó á
rodar por el suelo, los caballos que destripó y los diestros que hizo
pedazos. Oía la bélica trompeta y los gritos de la multitud. Hasta el
recuerdo del despejo final, hecho á escobazos por el guarda, y aquel
desalado correr por la calle, insultando desde la esquina al mismo
guarda, tenía dejos gratísimos en su memoria. ¡Oh! divinas horas,
¿por qué pasáis?
Pronto le ganaba el sueño, y se dormía profundamente, rendido de
cansancio. No le permitían usar luz por temor á que prendiera fuego á
los trastos almacenados en el desván, y cuando no había luna que le
iluminara el paso por aquel tenebroso y fantástico recinto, á tientas
buscaba su rincón, y ya se trompicaba en el cáliz de la Fe, ya iba
á parar á los brazos de una Virgen, ó rodaba entre las columnas del
monumento.
Si por acaso despertaba á media noche ó de madrugada, y era tiempo
de luna, le entraba miedo de verse entre tantos señores de cartón.
los unos en pie, los otros arrumbados, casi todos muy barbudos y con
luengos trajes blancos ó negros. Por allí salía un brazo con dorada
custodia; por aquí la cabeza melenuda de un león; por allá judíos
feroces con los brazos en alto y las manos armadas de disciplinas;
caras lívidas y afligidas, y lienzos negros con calaveras pintadas
y canillas en cruz. Las primeras noches pasó Felipe momentos de
agonía, y los escalofríos y congojas no le dejaban dormir. El terror
le apretaba los párpados, y la curiosidad se los abría... Abría un
poquito, y luego al punto cerraba prontamente para no ver más. Poco
á poco se fué acostumbrando á ver sin miedo las figuras que poblaban
su vivienda, y de tal modo se connaturalizó con ellas, que llegaron
á parecerle individuos de la familia, algo como parientes mudos ó
callados amigos. No obstante, le desagradaba despertar á media noche
en tiempo de luna, porque, ó él era tonto y veía visiones, ó la Fe
soltaba el cáliz y se quitaba la venda de los ojos para mirarle á él,
á Felipe, que no osaba moverse ni el espacio de un dedo.
También le puso al principio en gran zozobra un ruido que sentía tras
las paredes, así como roce y vibración de una soga, rumor seguido de
lejanos tañidos de campana. No tardó en comprender que un tabique
le separaba de la parte alta del convento, y que por allí pendía
la cuerda con que las señoras monjas tocaban á maitines á desusadas
horas de la noche. Sentía también Felipe ruido de pasos. Eran las
esposas de Jesucristo que bajaban al coro. Una de ellas debía de
ser coja, porque claramente se sentía el acompasado toqueteo de dos
muletas.
Tempranito despertaba nuestro Doctor. Generalmente no era preciso
llamarle; pero á veces, si su cansancio le emperezaba un poco,
subía la criada, y tirándole del cabello le ponía más despabilado
que una ardilla. Se levantaba mi hombre renegando de las criadas
madrugadoras, y antes de bajar se daba un paseo por entre sus
inmóviles compañeros de domicilio, observando las variaciones que el
tiempo y el olvido ponían en la catadura de cada cual. Á una santa le
habían comido los ratones media cabeza. Las telarañas que abrigaban
como toquilla el vendado rostro de la Fe, crecían atrozmente, y
rostros que fueron lampiños echaban barbas de polvo; rodaban por el
suelo torneados brazos, alas de ángeles, manos de judíos que, aun
desprendidas, no habían soltado el látigo. Había rostros apolillados
que de tristes habíanse vuelto cómicos y alegres.
Pero lo más interesante para el gran Felipe era un San Lucas, tamaño
como dos hombres bien conservados, y que estaba, no enteramente á
plomo, sino algo arrumbado sobre San Marcos, el cual, oprimido del
peso de su compañero, tenía muy ajadas las ropas. Á los pies del
primero había un magnífico toro, del cual no se veían más que los
cuartos delanteros y la cabeza, tan grande y hermosa como la de los
que salen en la plaza. El escultor que lo hizo había sabido imitar á
la Naturaleza con tan exquisito arte, que al animal no le faltaba más
que mugir. Tenía los cuernos relucientes, corvos y agudísimos; los
ojos negros y vivos; la piel obscura... en fin, daba gozo el verle.
De cuanto en el desván había, esta cabeza taurina era lo que
principalmente merecía la admiración, mejor dicho, los amores de
Felipe. La quería con toda su alma. Todos los días le quitaba el
polvo, y por fin la limpió con agua, dejándola tan reluciente,
que era una maravilla de aseo. Un día, mientras la limpiaba, notó
en el cuello del animal una grande y profunda hendidura. Sí: la
cabeza estaba casi separada del tronco, y bastaba tirar un poco
para desprenderla completamente. ¿Se atrevería?... Sí: Felipe tiró
cuidadosamente y con cierto respeto, y el apolillado cartón se rasgó
como un papel.
La cabeza era hueca, cual muchas de carne y hueso puestas sobre
humanos hombros. En la mente de Felipe nació una idea... ¡qué idea!
Pronto fué luz y norte de su alma... ¡Qué soberbia pieza para jugar
al toro! El Doctor metió su cabeza dentro de la del animal, y vió que
le venía como el mejor de los sombreros... Pero no veía nada. Los
ojos no tenían agujeros... Tanto le dominó y subyugó su idea, que
aquel mismo día hubo de subir con disimulo el cuchillo de la cocina,
y le sacó los ojos al toro. Hizo dos agujeros, con los cuales la
cabeza quedó convertida en admirable careta. ¡Bien, muy bien!
¡Si él se atreviera...! pero no, no se atrevería. Pues si se
atreviera, ¡qué golpe!... ¡Si cuando estuviesen los chicos en lo
mejor de la corrida se presentara él de repente con su cabeza
puesta...! De fijo creerían que había entrado en la plaza un toro de
verdad... ¡Qué sensación, qué efecto, qué delirio! ¡Con qué envidia
le mirarían!... Porque él primero se dejaría desollar que ceder su
cabeza á nadie... Pero no se atrevía, no...
Gran batalla surgió en su alma, turbándola espantosamente. Aquella
idea tenía poder bastante para interrumpir su pesado sueño infantil.
Á media noche despertaba creyendo estar en la plaza, haciendo lo
que por el día había pensado. De día, y dando la lección, soñaba lo
mismo, y no se volvía su espíritu á ninguna parte sin llevar consigo
la idea tentadora, gozo y tormento de su existencia. Ya, en los
breves ratos sustraídos á su obligación, no salía á la calle en
busca de Juanito del Socorro (_Redator_), sino que en dos trancazos
se encaramaba en el desván, y poniéndose la cabeza, arremetía al
mismo San Lucas, á la Fe, á los rotos telones, y en todo ello, con
las repetidas cornadas, abrió mil agujeros y desgarraduras. Por el
boquete que el santo Evangelista tenía en su vientre, se le verían
las entrañas si algunas hubiera.
Cuando se cansaba de este ejercicio, se divertía de otro modo. Tenía
el desván un ventanillo alto que daba á los tejados y buhardillones
de la vecindad. Con ayuda de un banco, Felipe subía hasta alcanzar
con su cabeza el hueco, se ponía la del toro y se asomaba para
ofrecer inusitado espectáculo á los chicos y á las mujeres de la
buharda frontera. Él se reía lo increíble, viendo por los agujeros,
que eran los ojos del animal, el estupor y miedo de los espectadores;
y para dar más carácter á la broma, lanzaba desde el interior de su
máscara un prolongado y terrorífico _muú_... imitando el bramar de
la fiera. Los chicos de la vecindad que tal veían se alborotaban;
las vecinas se asomaban también, y todo era curiosidad, cuchicheos,
asombro y dudas... De pronto desaparecía el toro... Expectación.
Presentábase de nuevo, llenando el marco del ventanucho; y como no
se viera rastro de persona, ni se tenía noticia de que allí habitase
nadie, crecía la sorpresa de aquella gente y la felicidad del
_Iscuelero_.
Si se atreviera, ¡ay!... ¿pero cómo atreverse? Don Pedro le mataría.
X
En éstas y otras cosas pasaba el verano, época dichosa para algunos
de los alumnos del capellán; mas no para Felipe y las demás
víctimas, porque don José Ido siguió funcionando durante la canícula
y don Pedro administrando coscorrones. Á tantas diversidades de
tormentos uníase la asfixia, porque el infierno de Polo tenía
exposición meridional, y si por una ventana salían lamentos, por
otra entraban llamaradas. Se podía decir que en aquel caldeado altar
de la instrucción se ofrecían á la bárbara diosa entendimientos
cochifritos... Pero esto se queda aquí, pues lo que nos importa ahora
es hablar de la solemnísima fiesta religiosa que celebraron las
monjas, no se sabe bien si el 15 de Agosto ó el 8 de Septiembre, por
haber cierta obscuridad en los documentos que de esto tratan. Mas
como la fecha no es cosa esencial, y ambas festividades de la Virgen
son igualmente grandes, queda libre este punto para que cada cual lo
interprete ó aplique á su gusto.
Consta, sin género alguno de duda, que ofició el obispo de
Caupolicán, prelado de excelsa virtud y humildad, y que dijo el
panegírico nuestro buen don Pedro Polo, el cual supo salir muy airoso
de su empeño, que consideraba el más arriesgado de su vida por ser
alto y sutil el asunto, la función muy aparatosa, el auditorio
escogidísimo. Su varonil presencia en la cátedra, así como su hermosa
voz, le aseguraban las tres cuartas partes del éxito. Gustó mucho el
sermón, y de uno á otro confín de la iglesia, cuando don Pedro bajaba
del púlpito, se oían esos murmullos de aprobación que equivalen á los
aplausos que en otros sitios manifiestan el contento del público.
Doña Claudia y Marcelina habían mojado entre las dos, de tanto
llorar, una docena de pañuelos. No faltaba ninguno de los amigos
de la casa: Morales y su esposa, don José Ido, el fotógrafo y el
empleado de Hacienda con sus señoras respectivas, y Sánchez Emperador
con sus dos guapas niñas, Amparo y Refugio.
Felipe y Juanito del Socorro se habían subido al coro para ver mejor
y estar al lado de la música y oirla de cerca. Pegados al que tocaba
el contrabajo, estorbaban sus gallardos movimientos en tal manera,
que el buen músico, un anciano de mucha paciencia y cortesía, les
dijo alguna vez, apartándoles:
--Si me hicieran ustedes el favor...
Felipe estaba lelo, mirando cómo vibraban las cuerdas de aquel
formidable instrumento; luego observaba embelesado cómo abrían
la boca los cantores; y él y Juanito agradecían mucho que se les
mandara tener algún papel de música ó traer un vaso de agua al señor
director, el cual era un hombre con mucha hormiguilla en el cuerpo,
según se movía y dislocaba para conducir la orquesta y toda la
balumba de voces.
Durante el panegírico, ambos, aburridísimos, se fueron á la calle y
se metieron en la redacción, que estaba desierta por ser día festivo.
Revolvieron los pupitres de los redactores, comieron obleas rojas,
cortaron pedazos de periódico, escribieron en las cuartillas. En un
momento de entusiasmo, Juanito se subió sobre la mesa, y empezó á
repetir frases que antes oyera y que se habían grabado en su memoria.
El condenado imitaba la voz y gesto de alguno de los periodistas
ausentes, diciendo:
--Señores, esto se va... los dioses se van... esto matará á aquello.
Después subieron al campanario del convento. Juanito, siempre fatuo
y vanidoso, contaba á Felipe las grandezas de su casa. ¡Qué cosas le
dijo! Su madre tenía una silla dorada, y su padre era amigo de un
Marqués. Él iba á estudiar para _redator_, y su padre no esperaba
sino que llegara la jarana para ponerse su uniforme de capitán de
la milicia. Como en estas conversaciones siempre sacaba á relucir
el del Socorro los términos que oía, habló á Felipe del pueblo
soberano, de la revolución próxima, de los curas, de la tropa y
de ahorcar mucha y diversa gente. Esto, dicho en las alturas del
campanario y bajo los ardientes rayos del sol, le puso á mi Felipe la
cabeza toda exaltada y como en ebullición, llena de ideas sediciosas
y disolventes. Cuando bajaban á saltos por la angosta escalera, le
dijo Socorro:
--Aquel obispote que está en el altar mayor, es el capitán general de
los curas... ¡Vaya un peje!... ¡Cuando se arme...!
Concluída la función, hubo refresco en casa de don Pedro. Las monjas
enviaron dulces y bartolillos, y el predicador laureado sacó de un
misterioso armario de su cuarto botellas de vino añejo que le había
regalado el padre de uno de sus alumnos. Brindó el fotógrafo por el
_primero de nuestros oradores sagrados_, cuyo elogio recibió don
Pedro con carcajadas de modestia. El oficial de Hacienda, frotándose
las manos, no cesaba de decir:
--Bien, señor de Polo, muy bien.
Doña Claudia se reía como si no tuviera bien sentado el juicio,
y el majestuosísimo don Florencio Mora...les y Temprado daba
fuertes palmadas en el hombro del héroe del día, promulgando estas
observaciones que merecen ser entregadas á la posteridad:
--Vas á dejar atrás al célebre Troncoso y á ese que llaman
_Bordalúo_... Estuviste muy propio. Así da gusto oir predicar. Esto
es religión, porque francamente y entre paréntesis, querido, cuando
suben á la cátedra del Espíritu Santo, ó pongamos el caso, á la
tribuna de un Congreso, algunos que...
Amparo y Refugio miraban á Polo con cierta veneración. Refugio, que
era un tanto desenvuelta, sin menoscabo de su inocencia y purísimas
costumbres, dijo así con risa y donaire:
--Don Pedro, estaba usted muy guapo en el púlpito.
Amparo, que era muy callada, tendiendo siempre á la melancolía, no
decía nada.
Obsequiaba Polo á sus amigos con exquisita urbanidad. Vestía, no sin
elegancia, su negra sotana limpia, y más que rancio y descuidado cura
español, parecía uno de esos italianos de la Nunciatura, hechos al
roce del mundo y al trato de gentes cortesanas. Cuando se suscitó
aquella cuestión de si estaba más ó menos guapo en el púlpito, echóse
á reir y dijo con mucha sorna:
--Pero, Refugio, si tú no me has visto... Yo te ví, y me parece que
te dormías.
--¡Don Pedro!
--¿No es verdad, Amparo? Ésta lo dirá. ¿Es cierto ó no que Refugio
estaba dando cabezadas?
--¡Quien las daba era ella!--exclamó Refugio señalando á su hermana.
--¿Yo?... ¡Si no quitaba los ojos de don Pedro...! Que lo diga él.
--Bien, bien. ¿Esas tenemos? ¡Don Pedro!... ¡Amparo!--exclamó el
fotógrafo, riendo y envolviéndose una mano en otra, pues era hombre
que no sabía decir sus bromas sin amasarse las manos con tanta fuerza
cual si de las dos quisiera hacer una sola.
--¿Y cuándo predicamos en Palacio?--preguntó en tono de excelsitud el
señor de Morales, ávido de cortar, con una proposición seria, aquel
tema tan baladí.
Don Pedro dió media vuelta para contestar á Sánchez Emperador, que le
daba su parecer sobre el vino que bebían. Este señor y el empleado
de Hacienda no gastaban cumplidos para aceptar copa tras copa, y se
reían de Morales, considerándole el estómago lleno de ranas, sapos,
anguilas y otras diversas alimañas acuáticas. Pero él, sin darse por
vencido, antes bien orgulloso de su pasión por las aguas, gritaba
cogiendo el vaso, lleno hasta los bordes del licor del Lozoya:
--Estas son mis bodegas. Vaya una cosa rica... No me harto nunca.
Felipe bajaba á cada instante al torno de las monjas, para traer
cestas llenas y llevarlas vacías.
Bizcochos, mojicones, bartolillos, pasteles, mazapanes y otras
menudencias ocupaban toda la mesa, pasando fugaces desde las
bandejas á las tragaderas del fotógrafo, de Sánchez Emperador y del
hacendista, que eran los principales consumidores. Bienaventuradas
bocas, ¡para eso os cría Dios! En poco tiempo descubrióse el fondo de
las bandejas. Había, entre los felicitantes, ropas polvoreadas, dedos
untados de pegajoso caramelo y barbas con canela.
Doña Claudia, que estaba en todo, dijo á Felipe:
--Vete corriendo al locutorio y dí á las señoras monjas que no se
olviden de mandarnos el pebre para la salsa del cabrito.
Volviendo luego á la hermosa Amparo, que á su lado estaba, le dijo:
--Es el pebre picante de que hablábamos ayer, fuertecito como á tí te
gusta. ¡Verás qué cosa tan rica!
Don Pedro, que no cesaba de mirar á todos lados repartiendo por igual
sus finezas y ofrecimientos, alcanzó á ver, allá junto á la puerta,
lejos del animado grupo, ¿á quién? al propio don José Ido, humilde y
modestísimo en todas las ocasiones, y más en aquélla, pues tanta era
su timidez, que habiendo entrado de los primeros, hacía media hora
que estaba allí sin que nadie reparase en él, y ni avanzar quería
ni retirarse por miedo á llamar la atención. Estaba el pobre sin
saber qué hacer, inmóvil y pestañeando, parado y atónito, cual sí le
estuvieran dando una mala noticia. Don Pedro, con aquella generosidad
rumbosa que era la flor tardía, pero lozana, de un honrado carácter,
llegóse al pasante, le trajo por el brazo al círculo de amigos y con
cariñoso modo le dijo:
--No tenga usted miedo, Ido. Tomará usted una copita.
Ido refunfuñó no se sabe qué excusas; pero negarse á recibir la copa
y tomarla, todo fué uno.
--Un bollito, don José.
--Gracias... si acabo de comer...
Para aquel bendito, haber comido en Julio era acabar de comer. En un
solo instante rechazaba el bollo y se lo engullía. El fotógrafo, qué
quieras que no, le hizo tomar otra copa; y después de beber, don José
sacó un pañuelo para limpiarse la boca y enjugarse las lágrimas, pues
aquel hombre, más que hombre, era una sensitiva. Cualquier incidente
común le producía emoción vivísima, y cualquier emoción abría la
exclusa de sus lágrimas. Balbuciendo gratitudes y dando un cordial
apretón de manos á don Pedro, se marchó veloz, bajando la escalera
como si le fueran á prender.
--Este señor--dijo el fotógrafo,--es más blando que la manteca.
Entre tanto, se oía ruido de almireces que alegraría el corazón menos
sensible á los halagos de un buen comer. La cocina repicaba á convite
con más ruido que la iglesia repicando á procesión. Allí estaba
doña Saturna, afanada con tanto tráfago. La cocinera y Marcelina la
ayudaban. Grandes palmadas y bravos resonaron en la sala, cuando
Refugito, la del diente menos, se presentó, poniéndose un delantal y
diciendo:
--Voy á ayudar también.
--¡Bien, bravo! ¡Viva la cocinera de la sal!
--¿Qué nos va usted á hacer?
--La salsa picona.
--Haga usted la olla gorda.
--¿Y usted, Amparito?--preguntó con urbanidad el empleado de Hacienda.
--Ésta no puede ir á la cocina--dijo don Pedro.--Le dan vahídos.
--Y se pone las manos perdidas,--añadió doña Claudia, haciendo
observar y admirar á todos los presentes las hermosas, blancas y
finísimas manos de la joven.
--Que nos las sirvan estofadas,--indicó el fotógrafo, riendo él su
propia gracia antes de que la rieran los demás.
Don Pedro, que no olvidaba nada y sabía, en ocasiones como
aquélla, hacer caer sobre todos, grandes y pequeños, el rocío de
su liberalidad, llamó á Felipe, que entraba y salía inquietísimo
arrojando sobre las bandejas más miradas que echó Scipión sobre
Cartago, y le dió dos bartolillos de los mayores, uno para él y otro
para Juanito del Socorro, que estaba en el portal.
Cuando los dos amigos se sentaron en el primer peldaño de la escalera
á comerse los pasteles, el Doctor, lleno de orgullo por los triunfos
oratorios de su amo y por los plácemes que le daban los amigos,
empezó á enumerar las elevadas personas que había en la casa.
--Está ese que saca los retratos, ¿oyes? que no hace más que verte
y te pone clavado. Está ese otro señor gordo, del gabán color de
barquillo, que cuando entra da voces y respira como un fuelle. Doña
Claudia dice que le hizo la boca un fraile, por lo mucho que come.
Está también aquella señora guapa, ¿oyes? aquella que parece una
reina y que mira como las imágenes... Si la ves y te dice algo, te
caes redondo. Una tarde me pasó la mano por la cara, ¿oyes? y por
poco me desmayo de gusto. Una noche estaba en la sala con don Pedro:
entré yo, y oí que don Pedro le decía que había bajado del cielo...
ella, ella... Yo la llamo _La Emperadora_: la otra noche soñé que
estaba yo en la iglesia, y ella bajando de un altar con una estrella
en la frente y muchas flores por aquí y por allí... Sus dedos son
azucenas.
--Hijí... no digas bobadas.
--Cuando viene acá, y come en casa, me quedo un rato como lelo
mirándola.
Juanito, que era la misma soberbia, no consentía que delante de él
se hablase de las grandezas de otras casas sin sacar á relucir al
instante las de la suya y las visitas que recibía su madre el día de
su santo. En aquella ocasión solemne su madre se sentaba en la silla
dorada, y empezaba á recibir gente. Iba un alabardero con su sombrero
atravesado, un alférez, muchos señores de sombrero de copa, y uno que
va á caballo al lado de la Reina cuando ésta sale de paseo.
--Tiene mi madre dos amigas tan guapas, tan guapas, pero tan
guapas--indicó para concluir,--que cuando las ves te entra un frío...
¿estás? Son señoras de unos grandes pejes, y llevan vestidos de seda
verde con mucho arrumaco. Una de ellas tiene los pechos así...
Y hacía Juanito con los brazos un grande y bien arqueado círculo
delante de su pecho para dar idea, siquiera fuese aproximada, de la
delantera de aquella señora desconocida.
--¡Pues lo que es ésta...!--murmuró Felipe.
Agria y destemplada voz, gritando desde lo alto de la escalera
_pillo_, _tunante_, llamó al Doctor á su obligación. Subió y entró
en la sala á recoger copas y vasos y bandejas. Cuando los señores
fumaban, doña Claudia entró con varios papelitos en la mano,
diciendo:
--En el 5.505 lleva dos reales Enriqueta. Señor de Lomo, guárdese
usted el apuntito. ¡Qué número! Es el mío. Lo soñé hace dos años, y
le tengo una ley... Ya me lleva ganados más de mil reales. El que va
á salir ahora es el de los tres patitos: el 222. En éste te he puesto
la peseta, Amparo. Toma la papeleta. Mira que si la pierdes, no pago.
Hace cuarenta y tres extracciones que este número no sale. Ahora,
ahora... Á la cuarenta y cuatro le toca, es decir, al doble de dos de
sus tres números. Esto es claro como el agua.
Don Pedro, el fotógrafo y Morales convinieron en que era preciso dar
un buen paseo para hacer ganas de comer, y salieron llevando consigo
á Amparo. Los demás se fueron poco más tarde, dejando concertada la
hora en que se habían de reunir por la noche para comer. Ninguno
faltó á la cita; celebróse el festín; lucióse doña Saturnina; dijo
muchas agudezas algo libres el fotógrafo, y oportunidades sin número,
llenas de donaire y finura, el insigne don Pedro; rieron mucho Amparo
y Refugio; se le fué el santo al cielo al empleado de Hacienda;
también á Sánchez Emperador, y aun hay ciertos indicios de que doña
Claudia no conservó en toda la comida la plenitud y claridad de su
juicioso entendimiento. Por último, don Florencio se puso como una
cuba, y no de vino, hasta el punto de que, al decir del fotógrafo,
podía navegar una fragata dentro de su estómago.
Por la noche, Felipe estuvo indigesto; don Pedro ¡ay! muy triste.