Aquella casa de recogimiento y estudio, aquel monasterio de la
ciencia, se parece á una casa de vecindad de las más vulgares. Los
que allí entran con el espíritu abrasado en esa fe de la ciencia,
que escala real y verdaderamente los cielos, creen percibir ecos
misteriosos de las altas armonías sidéreas. (Es que la poesía se mete
en todas partes, aun donde parece que no la llaman, y así, cuando
se cree encontrarla en los arroyuelos, aparece en las matemáticas.
¡Cuántas veces, en un bosque de versos, no se encuentran ni rastros
de ella, y se la ve callada, discreta, vestida con túnica de verdad,
en la zarza luminosa de una fórmula, enteramente contraria á las
formas del Arte!...) Pero los que entran en aquel recinto como se
entra en la oficina del Estado donde se hace el Almanaque, no oyen
cosa alguna, como no sea la voz casi sublime de don Florencio Mora...
les y Temprado, ni ven más que la arquitectura pobre y sin majestad,
las dos escaleras, en cuyos descansos se abren las puertas de las
habitaciones de los astrónomos, los farolillos de aceite destinados
al alumbrado nocturno, verdes, con una montera corva que parece
morrión de coracero.
Concluída la observación, Ruiz echó la llave á la sala de la
ecuatorial y bajó á su habitación. Miquis y Cienfuegos le oyeron leer
su comedia, y la encontraron muy buena, como pasa siempre en estas
lecturas de familia. Parecerá extraño que un astrónomo haga comedias;
pero ya se sabe que aquí servimos para todo. ¿No fué director del
Observatorio un célebre poeta? Anda con Dios, que por algo son
hermanas las Musas. Hombre de imaginación, Ruiz volvía sus ojos,
cansados de escudriñar el Cielo, hacia el aparatoso arte del teatro,
único que da fama y provecho. Creía él que se puede sobresalir
igualmente en labores tan distintas; su espíritu fluctuaba entre el
Arte y la Ciencia, víctima de esa perplejidad puramente española,
cuyo origen hay que buscar en las condiciones indecisas de nuestro
organismo social, que es un organismo vacilante y como interino.
El escaso sueldo, la inseguridad, el poco estímulo, entibiaban el
ardor científico de Federico Ruiz. ¿Para qué se metía á descubrir
asteroides, si nadie se lo había de agradecer como no fuera el
asteroide mismo?... España es un país de romance. Todo sale conforme
á la savia versificante que corre por las venas del cuerpo social. Se
pone un hombre á cualquier trabajo duro y prosáico, y sin saber cómo
le sale una comedia.
Después que Federico Ruiz leyó la suya, empezaron las disputas.
Los tres se habrían creído indignos de tener opinión, si no la
manifestaran bien adornada de manotadas, aspavientos y porrazos
sobre la mesa. Las ideas democráticas, que aún no habían perdido la
timidez de la virginidad; el viejo romanticismo; la música clásica,
recién venida, gemían en el yunque de aquella disputa, y la sintaxis
lloraba lágrimas de solecismos al verse en tales trotes. La lógica,
descoyuntada en potro, daba chillidos de sofismas y se vengaba de sus
verdugos, aparentando probar las cosas más absurdas, y, por último,
los conceptos convencionales, disfrazados de axiomas, salían por
encima de todo, soberbios é insolentes, embozados en la mala fe.
Pasó mucho tiempo en estas controversias ociosas, que eran como la
esgrima de los entendimientos, ávidos de ensayarse para el presagiado
combate. Hubo mucho de _pues yo sostengo que hoy por hoy_... y
aquello de _dígase lo que se quiera, la verdad es_... Oyóse más de
una vez el _porque yo soy muy lógico_... y no faltó el _yo tengo muy
estudiada esa cuestión_...
Los instantes volaban. Los minutos corrían con cierta familiaridad
juguetona que no está fuera de lugar en la casa del tiempo.
De pronto vieron los disputadores que entraba en la habitación
don Florencio, con una bandeja de dulces, copas y una botella.
Recibiéronle con alegría, y él, gozoso y lleno de bondad, les dijo al
ver su sorpresa:
--Pues qué, señores, ¿no sabían que hoy, 11 de Febrero, celebro los
días de mi mujer, que se llama Saturna?
--¡Qué gracioso!...--observó Miquis.--Por el nombre de su señora de
usted, parece que es esposa de un astro.
--Se llama Saturnina, señor de Miquis.
--Por muchos años.
No estuvieron reacios los tres amigos en la aceptación del obsequio.
Don Florencio, escanciando el Jerez, habló un poco de asuntos de la
casa... El señor director volvería pronto de Alemania... Se iban
á emprender algunas obras en la meridiana y en la biblioteca...
Había llegado un gran cajón con el nuevo barometrógrafo encargado á
Londres... Luego, volviéndose á Miquis, le dijo:
--¡Cuánto nos hemos reído con su amigo!
--¿Qué amigo?
--El de la capa, ese infeliz... Le hemos dado de comer, y nos ha
contado su historia... ¡Cómo se han reído las chicas!... ¡Á Perico
le ha caído tan en gracia...! Le hemos hecho mil preguntas. Dice que
ha venido de su pueblo á patita para _meterse_ de médico. ¡No, no
reirse, señores! Hay casos, hay casos. Yo soy viejo, y he conocido
á don Lorenzo Arrazola empollando las lecciones de noche, á la luz
de los portales de las casas... Éste apenas sabe leer; pero tiene
una viveza... Dice que estaba en unas minas, que es de la familia
de las piedras, y que á él se le ha puesto en la cabeza curar. Todo
su empeño es que le tomen de criado, y que le dejen aprender. Á mi
primo le ha entrado por el ojo derecho... Entre paréntesis, creo que
conocen ustedes á don Pedro Polo y Cortés, capellán de las monjas de
San Fernando. Pero no sabrán que tiene una escuela muy bien montada
en el hermoso local que le han cedido las señoras á espaldas del
convento.
--Le conozco--dijo Miquis con malicia.--Es un cura muy guapetón. Le
he visto muchas noches por esas calles embozado en su capa...
--Alto allá, niño. No haga usted suposiciones injuriosas...
--Le he visto en el café...
--Alto...
--Pero, don Florencio, ¿esto es suponer mal? Esto significa que el
padre Polo no es hipócrita.
--Como simpático--dijo Cienfuegos usando un giro popular,--lo es.
--Hombre que no gasta remilgos, pero que sabe como pocos su
obligación de sacerdote... Yo lo puedo asegurar así á los señores
que me escuchan--dijo con voz altisonante don Florencio, que
admiraba mucho á Olózaga y tenía de cuando en cuando sus dejos y
sonsonetes oratorios.--Es Pedro de la mejor pasta de hombres que
conozco. Nada de hipocresías: no es él de esos que dicen una cosa
y hacen otra. Lleva el corazón en la mano, y todo cuanto tiene es
para los necesitados. Hay quien le critica porque gusta de vestir
bien de paisano. ¿Y qué, señores? Para ser bueno, ¿es preciso andar
cubierto de andrajos? Muchos conozco, señores, que andan por ahí como
anacoretas, y luego en el hogar doméstico... Me callo.
--He oído que el padre Polo es furibundo gastrónomo.
--Alto ahí... Sobre eso también hay pareceres--añadió Morales
tomando asiento.--¿Que le gusta comer bien en días señalados? Y
entre paréntesis, señores, mi mujer nos ha dado hoy una comida...
francamente, creo que ni en Palacio. Volviendo al punto que se
debate, diré que sí, ciertamente, á Perico le gustan los buenos
platos... Y entre paréntesis, ¿saben ustedes que poquito á poco se ha
ido haciendo predicador, y es uno de los mejores que tiene Madrid? Yo
soy viejo, he oído muchos oradores en las Cortes, en la Cátedra del
Espíritu Santo, y cábeme la satisfacción...
--Muy bien,--clamaron los tres aplaudiendo.
--Cábeme la satisfacción...
--No se corte usted á lo mejor... Adelante.
--Entre paréntesis--dijo Cienfuegos con viveza.--También ha tenido
usted hoy á su mesa dos chicas preciosas.
--Son hijas de un pariente, el conserje de la Escuela de Farmacia:
Amparo y Refugio, dos ángeles, señor de Cienfuegos; trabajadorcitas,
modestas. ¡Cómo se han reído con las cosas de Pedro! Porque Pedro es
hombre de mucha sal... ¡Y qué corazón, señores! Un ejemplo: vió á ese
chico, le encontró simpático y listo. Á todos nos daba mucha lástima.
Al instante Pedro se volvió á mí y me dijo: «Don Florencio, éste es
un hombre: le tomo por mi cuenta.» Y yo le dije... llévale de criado
y enséñale en tu escuela... Entre paréntesis, señores, los hombres
que, como Pedro Polo, se lo deben todo á sí mismos; los hombres que
han trabajado para subir desde la nada de su origen al todo de su
posición actual; los hombres, en una palabra...
Ésta era ya demasiada oratoria para don Florencio. La plétora de sus
ideas le congestionó y no pudo concluir bien aquel brillante rosario
de conceptos.
--Quiero decir--prosiguió,--que estos hombres son los que mejor
pueden apreciar el mérito y las disposiciones... Volviendo al
importante asunto que nos ocupa, diré á los señores que me escuchan
que Pedro va á ser nombrado capellán honorario de Su Majestad. Esto
no es paja...
--¿Qué ha de ser?...
--Pastor Díaz me le tuvo entre ceja y ceja para una canongía. El
padre Cirilo no le deja vivir... siempre con recaditos. Y no es
porque el primo de mi mujer sea de los aduladores de Su Eminencia
Ilustrísima. Al contrario, Pedro tiene pocos amigos entre la gente
eclesiástica. Entre paréntesis, no falta quien le critica por su, por
su, por su...
Don Florencio no encontraba la palabra; mas la suplía con un vivo
ademán que quería decir algo como franqueza, aires distinguidos,
soltura...
--Y finalmente, señores, yo soy tan religioso como el primero; pero
no me gustan curas retrógrados, sino que vivan con el siglo...
--¡Que se resbala, don Florencio!
Ruiz no podía contener la risa.
--¡Si es un progresistón como una casa!--gritó Miquis, echando el
brazo por los hombros al bendito conserje.
--Alto allá, señores; atención...--manifestó gallardamente.--Vamos
por partes...
--Está suscrito á _Las Novedades_ y á _La Iberia_, y es el gran
amigote de Calvo Asensio.
--Alto, alto... Orden, señores, orden. Respétese el sagrado de las
opiniones. Que Calvo y yo nos tuteemos, sólo quiere decir que ambos
somos de la Mota del Marqués, y que le conocí tamañito así.
--Vamos, que este señor Morales y Temprado, bajo su capita de
santo--dijo Miquis,--es el revolucionario más atroz que hay en Madrid.
--Señor de Miquis...
--Va disfrazado á la Tertulia progresista.
--Señores, si no tuviera el convencimiento--declamó don Florencio,
levantándose un poquito enojado,--si no tuviera el convencimiento
de que las palabras dichas por mi _particular_ amigo el señor don
Alejandro Miquis...
Era orador sin pensarlo aquel buen señor. Con qué majestad prosiguió
la cláusula, después de una pausa de efecto, diciendo:
--...son pura broma, creería que ya la juventud española había
perdido el respeto á las canas.
--No, don Florencio. ¡Viva don Florencio!
--Por Dios...
--Aquí entre amigos...
De pie, con la botella vacía en la mano, libre la otra para describir
lentos y pomposos círculos en el aire, la gorra un poco echada hacia
atrás, el bigote más tieso y las mejillas un tanto encendidas, el
insigne don Florencio fué soltando de sus autorizados labios estas
palabras, que ni de los de Solón salieran con más gravedad:
--Porque, vamos á ver, señores: establezcamos _bajo_ seguras bases
esta cuestión. De que á uno le guste la libertad, no se deduce, no se
puede deducir... de ningún modo se deduce...
--Pero ¿qué es lo que no se deduce?...--preguntó Alejandro impaciente.
--No interrumpir. ¡Silencio en las tribunas!
--Entre paréntesis, señores, los que hemos andado á tiros con
los montemolinistas en Zaldívar y Estella... Pero no, no quiero
tocar esta cuestión personal. Mis méritos son escasos, y los dejo
aparte. _Reasumiendo_: yo he sido siempre un hombre de orden, muy
español, muy enemigo de lo extranjero y de la tiranía; pero... Entre
paréntesis, ahora me acuerdo de cuando el pobre Bartolo Gallardo me
decía: «Mientras haya curas no nos curaremos.» Éramos muy amigos.
Tenía la cabeza del revés... Yo no fuí ni soy de su parecer, y por
eso digo: «Mucha libertad, mucha religión, para que el mundo ande
derecho.» De otro modo no es posible, no, señor, lo sostengo...
¡Libertad, religión!... Y no me sacan de ahí. Olózaga, en las
Constituyentes del 55, pensaba lo mismo. ¿Para qué sirve la libertad
de cultos? Absolutamente para nada. Para que los demagogos, señores,
insulten á los ministros del altar... Veo que se ríen. Bueno, ríanse
todo lo que quieran. Ustedes son unos polluelos que no tienen mundo.
Leen muchos libros, que yo no leo; pero no crean que por eso saben
más. ¡El mundo, la experiencia, los años! Esos, esos, señor de
Miquis, esos son mis libros. Cuando uno tiene la cabeza llena de
canas, puede reirse de las ilusiones y desvaríos de la juventud... Y
veo que la juventud está hoy muy echada á perder. ¡Esas democracias
extranjeras!... ¡Si aquí tuviéramos juicio...! Pero no, con eso de
_todo ó nada_ nos están pervirtiendo... Yo conozco gente de Palacio
que me ha asegurado que no hay tales obstáculos tradicionales... Aquí
se habla más de la cuenta.
--Como que el mejor día llaman al Duque.
--No digo yo que al Duque precisamente--manifestó don Florencio de
una manera augusta;--pero...
--Más vale que no nos lo diga usted...
--Que lo diga...
Don Florencio dió algunos pasos hacia la puerta, y de improviso
volvió acompañado de esta soberana idea:
--Yo digo que en _la_ Europa hay tres hombres grandes, tres hombres
de talento macho... y son: Napoleón III, el cardenal Antonelli y don
Salustiano de Olózaga.
Y sin esperar respuesta, cual hombre convencido de que no merecían
escucharse los comentarios que se hicieran á su afirmación, dió otra
media vuelta á lo militar, y se fué diciendo:
--Señores, que haya salud, y que les aproveche.
Desapareció. Los tres amigos tuvieron la consideración de esperar
á que estuviera lejos para soltar la risa, y tras la risa las
agudezas que á competencia descargaron sobre el bendito señor, hasta
que le dejaron bien acribillado... Era un progresista platónico y
vergonzante que se iba callandito á la Tertulia algunas noches, y
desde el rincón donde se sentaba no perdía sílaba de los discursos.
Pero sólo gustaba de aquéllos que fuesen templados y juiciosos; y si
le seducía la sencillez elegante y la diplomática malicia de Olózaga,
ó la pedestre claridad de Madoz, desde que algún orador fogoso se
salía con embozadas invectivas ó con palabritas y donaires contrarios
á la religión, ya estaba mi hombre desasosegado y fuera de su centro.
Se escabullía con disimulo y abandonaba el local, diciendo para sí:
«Estos señores matarán al partido con su imprudencia... La
exageración es causa de todos los contratiempos del partido... Nada,
no conocen que todo se puede conciliar: el triunfo del partido y la
religión de nuestros mayores.»
Su inteligencia, según decía Ruiz, era una petrificación, en la
cual se veían hasta tres ideas perfectamente conservadas, duras é
inmutables como las formas fósiles que en un tiempo fueron seres
vivos. No tenía vanidad sino para suponerse amigo de célebres
personajes, y decía: «Cuando Fermín Caballero y yo nos conocimos en
Barajas de Melo...» ó bien: «Don Martín me contó tal ó cual cosa...»
«Don Antonio González me quiso llevar á Londres cuando fué á la
embajada...»
Era hombre de gran sobriedad, enemigo de las bebidas espirituosas
y aun de la horchata de cepas; muy inteligente en aguas; de estos
catadores de manantiales que distinguen con admirable paladar el agua
de la fuente del Berro de la de Alcubilla, y encuentran diferencias
notables entre la de la Encarnación y la del Retiro. Así, en días
señalados, se le veía descender al Prado y tomar asiento en el
banquillo de una aguadora, de quien era parroquiano, y allí hacerse
servir un gran vaso de Cibeles ó el Berro, el cual iba bebiendo á
sorbos, paladeándolo y gustándolo con más chasqueteo de lengua que
si fuera manzanilla de Sanlúcar ó amontillado de treinta años. Su
pericia en esta materia, con doctas aplicaciones á la Geografía, se
mostraba siempre que en su presencia se hablaba de viajes por pueblos
ó ciudades famosas. Él ilustraba las discusiones, diciendo: «¡Oh,
Bustarviejo!... ¡pueblo de excelentes aguas!» y otras veces su desdén
de todo lo extranjero encontraba ocasión de enaltecer la patria de
este modo: «¡Bah, París!... ¡pueblo donde no se puede beber un
triste vaso de agua!...»
Desde su edición pequeña de _Las Novedades_ observaba el movimiento
político, sin comprender de él más que la superficie bullanguera y
la palabrería rutinaria. Á veces hallaba en su diario alguna cosa
ininteligible, algo que era como los escalofríos y el amargor de
boca del cuerpo social y síntoma de su escondida fiebre. Entonces
se llevaba el dedo á la frente, afectaba penetración, y risueño,
borracho de agua, decía á su consorte:
--Saturna, ¡qué cosas escriben estos haraganes para hacer reir á la
gente!
V
Las cuatro serían cuando Miquis bajó y con él sus amigos. Ya no
estaba su protegido en el lugar donde le había dejado, sino junto al
pórtico Norte del edificio, viendo cómo discurrían con algazara, por
entre los setos de _evónymus_ y aligustre, las dos niñas bonitas y el
reverendo primo de la esposa de Morales. Ésta y el propio Mora...les
y Temprado gozaban de los últimos rayos del sol en la columnata
del Observatorio viejo, dando palique á una señora mayor que les
acompañaba. Dos niños jugaban en la explanada meridional, oprimiendo
alternativamente los lomos de un caballo de palo.
--Mire, señor--dijo Felipe á su protector agarrándole de un
faldón;--mire aquel caballero que allí está con esas señoritucas...
Me va á desasnar.
--Buena falta tienes...
--Me toma de criado... tiene _discuela_... Mañana me voy...
Ruiz y Cienfuegos se decían disimuladamente cosas picantes sobre las
dos agradabilísimas niñas del conserje de la Escuela de Farmacia...
Mas no se entienda que de esta murmuración saliese concepto alguno
contrario á la buena fama de las tales, siendo todo referente á
recuerdos de Ruiz, á la hermosura de ellas y al gusto que ambos
tendrían en tratarlas con la mayor confianza. Cienfuegos las había
visto en el paraíso del Real, y casi había hablado algunas palabras
con la menor, que era la menos bonita y tenía un defecto. Faltábale
un diente. Á la mayor se le podía decir como á Dulcinea: _alta
de pechos y ademán brioso_. Tenía lo que llaman ángel, expresión
de dulzura y tristeza, y un hermosísimo pelo castaño, que podría
figurar allá arriba, allá, en la constelación del León, ó junto á la
cabellera de Berenice.
¡Lástima grande que se notara en su cuerpo cierta tendencia á
engrosar más de lo que pedían la justa proporción y repartimiento de
las formas humanas! Era, no obstante, ágil y airosa. Pusiéranle una
túnica griega, y bien podría pasar por Diana la cazadora, que, según
dice Pausanias, era de formas redonditas, ó por Cibeles, la que dió
vida á tantísimos dioses. ¡Luego, aquel cuello blanco, torneado!...
¡Adiós! desaparecieron las dos y don Pedro tras aquellos arbolitos, y
ya no se les vió más. La tarde caía.
--Vamos--dijo Miquis, poniéndose su capa, que le entregó Felipe.
Aún estuvieron mucho tiempo allí, porque don Florencio pegó la hebra
con Cienfuegos, y entre hablar de tal ó cual cosa, y despedirse y
volverse á despedir, y ofrecimiento por acá, congratulación por allá,
se vino el crepúsculo encima quedamente. Fresquecillo picante convidó
á todos á marcharse. Ruiz se volvió á su casa. Cuando Cienfuegos y
Miquis bajaban la cuesta, éste se sintió detenido por una tímida
fuerza que le atenazaba el borde de la capa; volvióse y vió al más
humilde de los héroes, que con gran consternación le dijo:
--Señor, ¿se van sin decirme nada?
--Es verdad: ¡ya no me acordaba de tí! Ven con nosotros.
Ligerísimo, expresando su afecto con saltos, como un perrillo,
emprendió Felipe la marcha al lado de su protector. No puede formarse
idea de lo que padeció su dignidad al oir decir á Cienfuegos:
--¿Estás loco? ¿Á dónde vas con ese espantajo?
--Á casa. Le voy á dar ropa.
--¡Ropa!... Mañana voy con aquel caballero... Á las ocho, á las
ocho... Me toma de criado, y me enseña todo lo que sabe,--dijo Felipe
brincando.
--¿Te pondrías tú unas botas mías?
--¿Qué hacer?...
--Pues yo le voy á regalar una corbata verde,--indicó Cienfuegos.
--Y tengo yo una levita, que se la podría poner un duque.
Oyendo tales cosas, veía el bueno de Felipe delante de sí mundo
risueño de comodidades, glorias, grandezas y regalo. El cielo se
abría plegando su azul, como las cortinas de un guardarropa, y
mostraba una y otra prenda: ésta para invierno, aquélla para verano;
y tras la ropa, mil objetos de lujo y opulencia, como por ejemplo:
varias cajas de cerillas, un bastoncito, un reloj con tres varas de
cadena, anillos, una cartera con su lapicito para apuntar, paraguas,
etc.
--Y dos camisetas viejas, ¿qué tal te vendrían?
--Vamos, que tengo yo un cinturón de gimnasia que no me sirve para
nada...
--Y yo un sombrero número 3. ¿Te lo pondrás?
Felipe brincaba. Su gratitud no podía ser elocuente de otro modo.
--Es tarde--dijo Cienfuegos avivando el paso.--Doña Virginia se va á
poner furiosa porque tardamos.
--Valiente cuidado me da á mí de doña Virginia. ¿Dí, Felipe,
dormirías tú en una cama de colchones si te pusieran en ella?
Felipe, atacado de un gozo convulsivo, echó á correr, desapareció.
Al poco rato. Miquis le sintió á su espalda, imitando con donosura
infantil el ladrar de un cachorrillo.
Á trechos con prisa, á trechos lentamente, disputando en cada esquina
y pasando repetidas veces de una acera á otra, llegaron los dos
amigos y su protegido al centro de Madrid. Por cualquier motivo
fútil, cuando no lo había de importancia, habían de estar siempre
cuestionando y riñendo Miquis y Cienfuegos. En ellos la amistad no
habría tenido goces despojada de la irritación de la controversia, y
de aquel dramático interés que provenía de las frecuentes embestidas
entre uno y otro temperamento. Lo que hablaron, lo que argumentaron,
lo que por aquella simpleza de ir á prisa ó ir despacio dijeron, no
se puede contar. Á poco más pasan de las palabras á las obras.
--Es que no me gusta que esperen por mí.
--Mira no te vaya á comer doña Virginia...
--No es sino que...
--No me vengas á mí con...
--Bruto, no es eso...
--Animal, no se puede tratar contigo...
Llegaron por fin á su casa, que era de las que llamamos de huéspedes,
y estaba, según cuenta quien lo sabe, en una mala calle situada en
un barrio peor, la cual, si llevara nombre de macho como lo lleva de
hembra, se llamaría del _Rinoceronte_. Subieron al cuarto, que era
segundo con entresuelo, por la mal pintada, peor barrida y mucho peor
alumbrada escalera, y antes de que llamaran abrió con estruendo la
puerta una hermosa harpía, que en tono iracundo les increpó de esta
manera:
--¿Son éstas horas de venir á comer? ¡Qué señores éstos! No se puede
con ellos. Usted, don Alejandro, tiene la culpa.
--Señora, ¿quiere usted irse á...?
--¿Á dónde, á dónde?
--Á donde usted quiera.
Acobardado Felipe por el destemplado lenguaje de la matrona, se
detuvo en el último escalón, mirando con ansiedad á la puerta, que se
iba á cerrar ante él. Retrocedió Alejandro para llamarle; mas cuando
la señora, tan guapa como furiosa, oyó que Miquis decía: «entra,
muchacho,» se arrebató más, cerró de golpe, y he aquí sus dramáticos
acentos, conservados por un erudito averiguador:
--Pero qué... ¿Habráse visto? ¿Otra vez me trae estafermos de la
calle?... No faltaba más...
--Señora--dijo Miquis con zalamería,--si no me deja usted hablar, no
hay medio de entendernos. Yo sólo quería pedir á usted tuviese la
bondad de dejar dormir á ese chico en la buhardilla.
Oir esto y volarse fué todo uno. Los demás huéspedes acudieron al
ruido, curiosos de ver lo que pasaba.
--¿Qué les parece á ustedes este don Alejandro?...--prosiguió la
dueña de la casa, pasando ya del furor á las burlas.--Niño, ¿es
esto una hermandad para recoger pobres?... El mes pasado me trajo
un italiano de esos que tocan el arpa; hace días un viejo ciego con
joroba y clarinete, y hoy... ¡Vaya unos amigos que se echa el tal don
Alejandro! Y no pide nada... que les ponga cama en la buhardilla, que
les dé de comer... Vaya, señores, á la mesa, á la mesa.
Entre tanto, Miquis acercaba su rostro al ventanillo y por el
enrejado de cobre decía:
--Felipito, Felipito...
--Señor...
--Espérate ahí un momentito...
Los compañeros de hospedaje se burlaban, y la misma doña Virginia,
pasado aquel primer chispazo de ira, se reía también, diciendo:
--¡Pobre don Alejandro!... Es un buenazo.
Y no paró en esto su desenojo, sino que, mientras se servía la sopa,
fué adentro y sacó pedazos de pan, queso y golosinas, y poniéndolo
todo en un papel, salió á la escalera. Al poco rato volvió al comedor
asustada, con las manos en la cabeza y riendo á todo reir.
--Pero ¡qué loco, Virgen madre, qué loco!... Allá está dándole
ropa... Le ha dado el chaqué azul que no se ha puesto más que tres
veces... y dos camisas y unas botas enteramente nuevas... ¡Jesús,
Jesús!
En el extremo de la mesa sonó una voz campanuda, dictatorial, que,
separando con pausa las sílabas, promulgó esta sesuda frase:
--Acabará en San Bernardino.