Desde el ángulo en que Felipín estaba, quietecito, cohibido, con
los pies colgando del alto banco y la gorra en la mano, no se veía
sino un extremo de la pieza inmediata, que debía ser como salón ó
estancia principal del domicilio florentino. Allí estaban reunidos
los convidados, esperando el momento. Se oía gente y gozosa algazara:
voces de muchachas, ruido de platos, risas de niños. Felipe veía
una de las cabeceras de la mesa, y deliciosos olores de cocina
le anunciaban lo que iba á pasar. El observaba todo, callado y
circunspecto. Nada perdía su activa penetración; á su instintivo
examen de las cosas, nada se escapaba. De todo, imágenes y olores,
iba tomando acta, así como de la figura grande y paternal de don
Florencio, comedido, solemne; de aquellas cejas negras y espesas
que parecían dos tiras de terciopelo; de aquel bigote blanquecino,
recortado y punzante como los pelos de un cepillo; de la gorra de
seda que usaba para dentro de casa; de sus botas tan relucientes como
grandes; de la exactitud de su andar y ademanes, que le daba cierto
parentesco con los péndulos de la casa. Tampoco perdía Felipe detalle
alguno de los preparativos, aun sin verlos. Seguíalos con atención
discreta, paso á paso, en su rápido progresar, y decía para sí: «Ya
ponen las sillas, ya traen la sopa, ya se sientan, ya echan agua en
las copas, ya empiezan.»
Don Florencio vió con marcada satisfacción que la comida empezaba, y
dió su último paseo. Su mujer salió á recibirle.
--Todavía el izquierdo está como hielo--dijo él dando una gran patada
con la aludida extremidad.--¿Vamos á la mesa? Gracias á Dios. Ya era
hora.
Felipe notó entonces aumento y difusión de los diversos vapores de
comida. Tan pronto olía á cosas fritas, tan pronto á guisados, todo
suculento, delicado y confortativo. Él miraba, afectando cierta
indiferencia mezclada de compostura, con disimulos muy trabajosos de
su verdadero anhelo; y veía que don Florencio, sentado en la cabecera
de la mesa, que justamente caía delante de la puerta, le vigilaba
desde su asiento. Á los otros comensales no les veía Felipe; pero
les oía, y podía distinguir, por el metal de cada voz, las varias
personas que estaban en la mesa. El habla de la señora con ninguna
otra podía confundirse; había dos voces que parecían de señorita
fina, dos ó tres de niño, y á todas las dominaba una varonil, sonora,
grave, al mismo tiempo decidora y chispeante, pues no pronunciaba
palabra alguna que no fuera seguida de generales risas y alabanzas.
Lelo, embobado, como esos músicos fanáticos que cuelgan su alma de un
hilo de notas, oía Felipe aquel enorme concierto de voces, sorbos,
risas, cucheretazos, cuchilladas sobre la loza, toqueteo de platos,
esgrima de tenedores, chocar de copas, y esos chupetones de labios
que son los besos de la gula. Todas las conversaciones giraban sobre
lo que bebía ó dejaba de beber el de la voz hermosa, que era el
gracioso de la mesa y seguramente el convidado más atendido. Felipe
oyó hablar de Jerez, de empanadas de anguilas, de capones cebados,
de escabechadas truchas, con infinitos comentarios y opiniones sobre
cada una de estas cosas. Así pasó tiempo, un lapso indefinido, y por
fin los párpados le temblaban, la vista se le iba de puro débil, la
piel se le enfriaba, las cavidades de su cuerpo parecían comprimirse
y arrugarse, cual odres que nunca más se habían de volver á llenar.
¡Cansancio infinito! Eran ya para él como un peso inútil sus propias
miradas, y no sabiendo á dónde arrojarlas, las echó sobre una estampa
de Cristo crucifijado que delante de él estaba en la pared. Miró los
chorros de sangre que al Señor le corrían por el santo cuerpo abajo,
y la ferocidad del judiote que le daba el lanzazo, y las tinieblas
y flamígeros celajes del fondo, todo lo cual puso espanto en su
sensible corazón, llevándole hasta el absurdo convencimiento de que
él (Felipito) era tan digno de lástima como nuestro Redentor.
¡Súbito cambio en su situación! ¡En la mesa hablaban de él! Lo
observó sin saber cómo, por la vibración de una palabra en el aire,
por milagrosa adivinación de su amor propio. Estremecióse todo al ver
que el señor de Morales, desde su asiento presidencial, le miraba
de una manera afectuosa. Después... ¡visión celeste! En el luminoso
cuadro que la puerta formaba, apareció, saliendo de uno de los lados,
una cara de mujer que más bien parecía de serafín. Era que una de
las señoritas sentadas á la mesa alargaba el cuello y se inclinaba
para poderle ver. El murmullo de compasión que del aposento venía,
embriagó el espíritu del héroe, y hasta se turbó su cerebro como al
influjo de fuerte y desusado aroma. No sabía cómo ponerse ni para
dónde mirar. Si miraba al comedor, creerían que pedía; si no miraba,
le olvidarían otra vez... Cortó estas angustiosas dudas un niño
gracioso y rubio que apareció... casi puede decirse que entre nubes,
desnudillo y con rosadas alas... Apareció, como digo, el niño con un
plato en la mano, y se lo puso delante diciéndole: «_Pa tí._»
Y el plato ¡ay! contenía diversos manjares, bonitos, gustosos,
calientes. Decir que el héroe hizo ceremonias ó melindres para
empezar á consumir el contenido del plato, sería contar patrañas. Se
le alegró el alma de tal modo, que no sabía por dónde empezar, y esto
le parecía bien, aquello mejor y todo venido del cielo. Absorbido
como estaba su ser enteramente por tan principal función, aún podía
distraer el sentido de la vista para echar una mirada al Santísimo
Crucifijo, que ya, sin saber cómo, tenía rostro de contento. Era
más bien el Señor Resucitado que volaba hacia el cielo, rodeado de
gloria. Lo más gracioso era que seguían aún hablando de él en la
mesa. Quizás decían alguna broma inconveniente; quizás le comparaban
á los gatos, cuando cogen un bocado sabroso y se van á un rincón á
comérselo. En efecto... maquinalmente se había vuelto Felipe de cara
hacia la pared, con el plato en las rodillas, y así despachaba su
regalo. ¡Vaya unas cosas ricas! ¡qué gran persona era don Florencio!
¡Y el señor de la voz hermosa, qué gracioso!... Pues aquellas tajadas
parecían gloria ó pedazos desprendidos de la bienaventuranza eterna.
Sin duda eran de la misma carne de las mejillas de la niña bonita
que alargaba el cuello para mirarle desde su asiento... ¡Buen queso,
bueno! No había niña mejor que aquella doña tal. ¡Y el niño qué
bonito, y las aceitunas qué sabrosas...! Desde el rincón, miraba él
por el rabillo del ojo hacia la puerta sin atreverse á arrostrar la
curiosidad de los comensales. Se reían, y la niña bonita se había
levantado para verle mejor.
Por fin el plato se quedó vacío, y el mismo niño rubio le trajo
pasas, almendras y una golosina amarilla, redonda, lustrosa como
cristal, por de fuera dura y quebradiza como caramelo, por dentro
blanda y más dulce y rica que todas las mieles posibles... Los de la
mesa dejaron de fijar su atención en el héroe. Allí no se pensaba
ya más que en beber. El de la voz hermosa debía de ser una humana
bodega, según lo que podía almacenar dentro de su cuerpo; las niñas
hacían melindres; el otro las llamaba cobardes y ñoñas. Risas y más
risas, apremios, protestas, carcajadas; mucho de _No, por Dios_;
repetición incesante del _Vamos, Amparo, esta copita_; luego otra
voz: _Ay, no, no, don Pedro, por Dios_. Y después: _Jesús, qué
melindrosa... Pero usted me quiere emborrachar... vamos... así,
valiente...--¡Ay, cómo pica!_
Don Florencio, fanático por las aguas de Madrid, apenas probaba el
Valdepeñas. El héroe le oyó abominar con sesudas razones del ardiente
Jerez, y, sobre todo, de los vinos compuestos, licores y demás
brebajes extranjeros.
--¿Te gustan los obscuritos y manchados, ó los rubios y flojos?--le
oyó decir Felipe aludiendo sin duda á los cigarros, que mostraba en
una envoltura de papel.--Son de estanco, pero bien escogiditos.
--Á ver éste qué le parece á usted,--dijo el otro sacando un manojo
de brevas negras y olorosas.
--Hombre, eso es más fuerte que la pez. Yo no salgo de mis coraceros.
Gracias...
Restallaron las cerillas... Humo.
Y al poco rato vió Centeno asomar por la puerta un señor no muy
alto, doblado y potente, todo vestido de negro. El rostro hacía
juego con el traje, pues era muy moreno. Bien afeitada la barba,
los cañones negros sobre la cárdena piel, cruelmente tundida por la
navaja, dábanle como aspecto de figura de bronce. Traía en la boca un
desmedido puro, del cual debía de sacar mucho gusto, según la fe con
que lo chupaba.
Bastaba mirarle una vez para ver cómo á la superficie de aquella
constitución sanguínea salía la conciencia fisiológica, el yo animal,
que en aquel caso estaba recogido en sí mismo con indolencia,
meditando en los términos de una digestión satisfactoria. Paso á paso
llegó hasta el héroe, y le miró de pies á cabeza sin decir nada.
Felipe, sobrecogido de respeto que casi rayaba en terror, se puso en
pie y esperó... ¡Qué ojos los de aquel hombre!