III

Desde el ángulo en que Felipín estaba, quietecito, cohibido, con

los pies colgando del alto banco y la gorra en la mano, no se veía

sino un extremo de la pieza inmediata, que debía ser como salón ó

estancia principal del domicilio florentino. Allí estaban reunidos

los convidados, esperando el momento. Se oía gente y gozosa algazara:

voces de muchachas, ruido de platos, risas de niños. Felipe veía

una de las cabeceras de la mesa, y deliciosos olores de cocina

le anunciaban lo que iba á pasar. El observaba todo, callado y

circunspecto. Nada perdía su activa penetración; á su instintivo

examen de las cosas, nada se escapaba. De todo, imágenes y olores,

iba tomando acta, así como de la figura grande y paternal de don

Florencio, comedido, solemne; de aquellas cejas negras y espesas

que parecían dos tiras de terciopelo; de aquel bigote blanquecino,

recortado y punzante como los pelos de un cepillo; de la gorra de

seda que usaba para dentro de casa; de sus botas tan relucientes como

grandes; de la exactitud de su andar y ademanes, que le daba cierto

parentesco con los péndulos de la casa. Tampoco perdía Felipe detalle

alguno de los preparativos, aun sin verlos. Seguíalos con atención

discreta, paso á paso, en su rápido progresar, y decía para sí: «Ya

ponen las sillas, ya traen la sopa, ya se sientan, ya echan agua en

las copas, ya empiezan.»

Don Florencio vió con marcada satisfacción que la comida empezaba, y

dió su último paseo. Su mujer salió á recibirle.

--Todavía el izquierdo está como hielo--dijo él dando una gran patada

con la aludida extremidad.--¿Vamos á la mesa? Gracias á Dios. Ya era

hora.

Felipe notó entonces aumento y difusión de los diversos vapores de

comida. Tan pronto olía á cosas fritas, tan pronto á guisados, todo

suculento, delicado y confortativo. Él miraba, afectando cierta

indiferencia mezclada de compostura, con disimulos muy trabajosos de

su verdadero anhelo; y veía que don Florencio, sentado en la cabecera

de la mesa, que justamente caía delante de la puerta, le vigilaba

desde su asiento. Á los otros comensales no les veía Felipe; pero

les oía, y podía distinguir, por el metal de cada voz, las varias

personas que estaban en la mesa. El habla de la señora con ninguna

otra podía confundirse; había dos voces que parecían de señorita

fina, dos ó tres de niño, y á todas las dominaba una varonil, sonora,

grave, al mismo tiempo decidora y chispeante, pues no pronunciaba

palabra alguna que no fuera seguida de generales risas y alabanzas.

Lelo, embobado, como esos músicos fanáticos que cuelgan su alma de un

hilo de notas, oía Felipe aquel enorme concierto de voces, sorbos,

risas, cucheretazos, cuchilladas sobre la loza, toqueteo de platos,

esgrima de tenedores, chocar de copas, y esos chupetones de labios

que son los besos de la gula. Todas las conversaciones giraban sobre

lo que bebía ó dejaba de beber el de la voz hermosa, que era el

gracioso de la mesa y seguramente el convidado más atendido. Felipe

oyó hablar de Jerez, de empanadas de anguilas, de capones cebados,

de escabechadas truchas, con infinitos comentarios y opiniones sobre

cada una de estas cosas. Así pasó tiempo, un lapso indefinido, y por

fin los párpados le temblaban, la vista se le iba de puro débil, la

piel se le enfriaba, las cavidades de su cuerpo parecían comprimirse

y arrugarse, cual odres que nunca más se habían de volver á llenar.

¡Cansancio infinito! Eran ya para él como un peso inútil sus propias

miradas, y no sabiendo á dónde arrojarlas, las echó sobre una estampa

de Cristo crucifijado que delante de él estaba en la pared. Miró los

chorros de sangre que al Señor le corrían por el santo cuerpo abajo,

y la ferocidad del judiote que le daba el lanzazo, y las tinieblas

y flamígeros celajes del fondo, todo lo cual puso espanto en su

sensible corazón, llevándole hasta el absurdo convencimiento de que

él (Felipito) era tan digno de lástima como nuestro Redentor.

¡Súbito cambio en su situación! ¡En la mesa hablaban de él! Lo

observó sin saber cómo, por la vibración de una palabra en el aire,

por milagrosa adivinación de su amor propio. Estremecióse todo al ver

que el señor de Morales, desde su asiento presidencial, le miraba

de una manera afectuosa. Después... ¡visión celeste! En el luminoso

cuadro que la puerta formaba, apareció, saliendo de uno de los lados,

una cara de mujer que más bien parecía de serafín. Era que una de

las señoritas sentadas á la mesa alargaba el cuello y se inclinaba

para poderle ver. El murmullo de compasión que del aposento venía,

embriagó el espíritu del héroe, y hasta se turbó su cerebro como al

influjo de fuerte y desusado aroma. No sabía cómo ponerse ni para

dónde mirar. Si miraba al comedor, creerían que pedía; si no miraba,

le olvidarían otra vez... Cortó estas angustiosas dudas un niño

gracioso y rubio que apareció... casi puede decirse que entre nubes,

desnudillo y con rosadas alas... Apareció, como digo, el niño con un

plato en la mano, y se lo puso delante diciéndole: «_Pa tí._»

Y el plato ¡ay! contenía diversos manjares, bonitos, gustosos,

calientes. Decir que el héroe hizo ceremonias ó melindres para

empezar á consumir el contenido del plato, sería contar patrañas. Se

le alegró el alma de tal modo, que no sabía por dónde empezar, y esto

le parecía bien, aquello mejor y todo venido del cielo. Absorbido

como estaba su ser enteramente por tan principal función, aún podía

distraer el sentido de la vista para echar una mirada al Santísimo

Crucifijo, que ya, sin saber cómo, tenía rostro de contento. Era

más bien el Señor Resucitado que volaba hacia el cielo, rodeado de

gloria. Lo más gracioso era que seguían aún hablando de él en la

mesa. Quizás decían alguna broma inconveniente; quizás le comparaban

á los gatos, cuando cogen un bocado sabroso y se van á un rincón á

comérselo. En efecto... maquinalmente se había vuelto Felipe de cara

hacia la pared, con el plato en las rodillas, y así despachaba su

regalo. ¡Vaya unas cosas ricas! ¡qué gran persona era don Florencio!

¡Y el señor de la voz hermosa, qué gracioso!... Pues aquellas tajadas

parecían gloria ó pedazos desprendidos de la bienaventuranza eterna.

Sin duda eran de la misma carne de las mejillas de la niña bonita

que alargaba el cuello para mirarle desde su asiento... ¡Buen queso,

bueno! No había niña mejor que aquella doña tal. ¡Y el niño qué

bonito, y las aceitunas qué sabrosas...! Desde el rincón, miraba él

por el rabillo del ojo hacia la puerta sin atreverse á arrostrar la

curiosidad de los comensales. Se reían, y la niña bonita se había

levantado para verle mejor.

Por fin el plato se quedó vacío, y el mismo niño rubio le trajo

pasas, almendras y una golosina amarilla, redonda, lustrosa como

cristal, por de fuera dura y quebradiza como caramelo, por dentro

blanda y más dulce y rica que todas las mieles posibles... Los de la

mesa dejaron de fijar su atención en el héroe. Allí no se pensaba

ya más que en beber. El de la voz hermosa debía de ser una humana

bodega, según lo que podía almacenar dentro de su cuerpo; las niñas

hacían melindres; el otro las llamaba cobardes y ñoñas. Risas y más

risas, apremios, protestas, carcajadas; mucho de _No, por Dios_;

repetición incesante del _Vamos, Amparo, esta copita_; luego otra

voz: _Ay, no, no, don Pedro, por Dios_. Y después: _Jesús, qué

melindrosa... Pero usted me quiere emborrachar... vamos... así,

valiente...--¡Ay, cómo pica!_

Don Florencio, fanático por las aguas de Madrid, apenas probaba el

Valdepeñas. El héroe le oyó abominar con sesudas razones del ardiente

Jerez, y, sobre todo, de los vinos compuestos, licores y demás

brebajes extranjeros.

--¿Te gustan los obscuritos y manchados, ó los rubios y flojos?--le

oyó decir Felipe aludiendo sin duda á los cigarros, que mostraba en

una envoltura de papel.--Son de estanco, pero bien escogiditos.

--Á ver éste qué le parece á usted,--dijo el otro sacando un manojo

de brevas negras y olorosas.

--Hombre, eso es más fuerte que la pez. Yo no salgo de mis coraceros.

Gracias...

Restallaron las cerillas... Humo.

Y al poco rato vió Centeno asomar por la puerta un señor no muy

alto, doblado y potente, todo vestido de negro. El rostro hacía

juego con el traje, pues era muy moreno. Bien afeitada la barba,

los cañones negros sobre la cárdena piel, cruelmente tundida por la

navaja, dábanle como aspecto de figura de bronce. Traía en la boca un

desmedido puro, del cual debía de sacar mucho gusto, según la fe con

que lo chupaba.

Bastaba mirarle una vez para ver cómo á la superficie de aquella

constitución sanguínea salía la conciencia fisiológica, el yo animal,

que en aquel caso estaba recogido en sí mismo con indolencia,

meditando en los términos de una digestión satisfactoria. Paso á paso

llegó hasta el héroe, y le miró de pies á cabeza sin decir nada.

Felipe, sobrecogido de respeto que casi rayaba en terror, se puso en

pie y esperó... ¡Qué ojos los de aquel hombre!

El Doctor Centeno (Tomo I) · 第 7 / 35 题