abierto las puertas de la Real Academia de la Historia á personas de
merecimientos mayores ó menores, pero de seguro bastantes en el cultivo
de las ciencias históricas, en la presente, al llamar, unánimes,
á compartir vuestras doctas tareas, al historiador, bibliógrafo y
crítico Asensio y Toledo, no sólo habéis galardonado la vasta y sólida
labor de un erudito de primer orden, en cincuenta años de estudios
perseverantes y fructuosos, sino que también habéis patentizado,
de modo elocuentísimo, á la nación entera, que sabéis conocer y
apreciar, con amor y justicia, los trabajos de nuestros beneméritos
Correspondientes en las provincias; que de buen grado les ofreceríais
asiento entre vosotros, en concurrencia legítima con los doctos de
la Corte, si vuestros Estatutos lo consintieran, y que cuando, como
en este caso, el antiguo y laborioso Correspondiente satisface las
exigencias reglamentarias, os apresuráis á ornar su pecho con la bien
ganada medalla de esmaltes.
Viene el nuevo Académico de ciudad tan favorecida por los encantos de
la naturaleza como privilegiada por las dotes del espíritu; tierra
bendita de la lealtad y el españolismo más puro; rival, cuando no
vencedora, de las más insignes de la Península y del Extranjero, la
ciudad de San Isidoro y San Hermenegildo, sepulcro del más santo y
del más sabio de nuestros Reyes; Casa de Contratación y Archivo de
las Indias; madre afortunada y fecunda de pintores como Murillo y
Velázquez; escultores como Roldán y Martínez Montañés (que si no
nació en Sevilla, en ella floreció y para ella creó sus _Cristos y
Nazarenos_); poetas como Herrera y Rioja, Tassara y Becquer; dramáticos
como Lope de Rueda y Vélez de Guevara; soldados como el Marqués de
Cádiz y Daoiz; marinos como Mendoza Ríos y los Almirantes Valdés y
Ulloa; filósofos como Fox Morcillo; jurisconsultos como Pacheco y
Cárdenas; oradores y estadistas como Rivero y el Conde de San Luis;
novelistas como Mateo Alemán y Fernández y González; humanistas como
Lebrija y Malara; críticos como Lista y Cañete; bibliógrafos como
Nicolás Antonio y Gayangos; historiadores, en fin, como el Zurita
sevillano Ortiz de Zúñiga, y los viejos cronistas del Nuevo Mundo Fray
Bartolomé de las Casas y Francisco López de Gómara.
Sevillano por familia, nacimiento, educación, aficiones y estudios,
más todavía, por su vida entera, transcurrida en las orillas del
Betis hasta bien poco antes de vuestro llamamiento; continuador como
ninguno, en la ciudad que atribuye su fundación á Hércules, de sus
tradiciones eruditas é históricas; explorador infatigable y afortunado
de sus archivos y bibliotecas; poseedor de una importante en extremo,
sobre todo por su colección cervantina; rescatador, ilustrador y
editor generoso de joyas tan valiosas como el _Libro de descripción
de verdaderos retratos de ilustres y memorables varones_, que dejó
inédito Francisco Pacheco; autor de copiosos escritos literarios y
críticos, artísticos é históricos; alma de la _Sociedad de Bibliófilos
Andaluces_, que, como su hijo _El Archivo Hispalense_, ha dado á luz
verdaderas preciosidades bibliográficas; Director inteligente de la
Real Academia Sevillana de Buenas Letras, en reemplazo del nuevo padre
de aquella ilustre Corporación nuestro insigne Correspondiente Fernando
De Gabriel, de inolvidable memoria; cervantista comparable con nuestro
difunto y egregio Anticuario Fernández-Guerra, á quien viene á suceder
y al que ha consagrado las justas y nobles frases que hemos oído,
y á las que en vuestro nombre y en el mío me adhiero por completo;
americanista eruditísimo, autor de la _Vida de Colón_ más extensa,
razonada y amena que tenemos; promovedor principal, en fin, del
moderno movimiento bibliógrafo, que ilustran con gloria eruditos tan
aventajados como Montoto, Gómez Imaz, Gestoso, el Duque de T’Serclaes y
el Marqués de Jeréz de los Caballeros, Asensio ingresa hoy en la Real
Academia de la Historia como los Grandes en el Senado: por derecho
propio.
Al darle ahora la bienvenida, llevando vuestra voz, experimento, Sres.
Académicos, una de las satisfacciones más grandes de mi vida. Hijo de
una de las ciudades más antiguas y gloriosas del viejo Reino sevillano,
la ciudad de los Guzmanes, tengo á orgullo, y es para mí eterno vínculo
de gratitud y de cariño, haber recibido mi educación literaria é
histórica en las aulas hispalenses y en el trato y comunicación de
los ingenios de Sevilla, y que el nuevo Académico fuese de los que
con mayor interés y afecto me alentasen en mis primeras tentativas y
ensayos. ¡Quién me dijera entonces que en acto de la solemnidad del
presente habría de disfrutar la grata y honrosa participación con que
vuestra bondad se ha dignado favorecerme!
Entre los muchos é interesantes asuntos que las ricas y variadas
aptitudes y conocimientos del nuevo compañero le habrían permitido
escoger como tema de su discurso de ingreso, el docto americanista ha
preferido oportunamente el de mayor alcance y trascendencia de todos,
esto es, el examen de las últimas doctrinas y trabajos referentes á
Cristóbal Colón, examen que acabáis de coronar con vuestros aplausos,
y que ha evidenciado una vez más el acierto y elocuencia peculiares á
su entendimiento y á sus facultades literarias. Mis enhorabuenas más
cordiales por la elección y el desempeño.
La celebración del cuarto Centenario del descubrimiento de América
dió origen, como era de esperar, dentro y fuera de la Península, á
numerosos estudios relativos á los dos grandes é inseparables factores
de aquel acontecimiento sin igual en la historia: Colón y España.
Natural era que el docto americanista sevillano siguiese con vivo
interés las nuevas publicaciones, estudiando cuanto en ellas se dijese
tocante á las mismas cuestiones que había tratado en su _Vida de
Colón_, á fin de comprobar y perfeccionar sus propias investigaciones.
La Academia, que cuenta en su seno americanistas mantenedores de
distintas y encontradas opiniones sobre puntos capitales de la historia
colombina, debía oir de igual modo las del nuevo Académico, que no
son otras, en esencia, que las que ya consignó en su obra magna,
robustecidas ahora con los datos y materiales con que el Centenario ha
contribuido al esclarecimiento de cuestiones sobrado graves y empeñadas
para que nadie pueda osar resolverlas todas y en absoluto, máxime dada
la naturaleza de los conocimientos históricos.
Por mucho tiempo la leyenda colombina y la leyenda anticolombina han de
disputar tenazmente la plaza que sólo cumple de derecho á la verdad
histórica. Panegiristas de Colón y panegiristas de España seguirán
luchando con apasionamiento, hasta que al fin luzca el día sereno de la
justicia, así para el incomparable marino genovés como para la nación
generosa que amparó é hizo posible la hazaña más prodigiosa de la Edad
Moderna.
Mis sentimientos y mis convicciones coinciden, de antiguo y casi por
completo, en estas materias, con las del nuevo Académico, y ahí están
que lo prueban los trabajos que dí á luz en el Centenario; sin que por
eso deje de reconocer en ningún caso que ni está ni es posible que esté
cerrada la puerta á ulteriores investigaciones, en esta, como en toda
clase de controversias históricas.
Creo más, señores Académicos: creo plenamente que, á pesar de las
exageraciones, aun de las injusticias con que la pasión haya podido
tratarla, en lo antiguo y en lo moderno, la figura gigantesca del
descubridor del Nuevo Mundo ha resistido victoriosamente los embates de
la ceguedad y del encono, llegando incólume á los días del Centenario,
y, como dijo magistralmente nuestro ilustre Director, en su discurso de
apertura del Congreso de Americanistas celebrado en el Convento de la
Rábida, «en puesto único, al que nadie puede acercarse, ni de lejos,
en la Historia.»
Después de todo, por fortuna nuestra, Colón no fué considerado nunca en
los trabajos del Centenario como llegó á serlo, por el mismo tiempo, en
algunas de las publicaciones italianas, esto es, como simple ejecutor
del pensamiento de Toscanelli; ni tratado tampoco con la crueldad
incalificable con que algunos portugueses escribieron del Infante Don
Enrique en los días mismos de la celebración de su Centenario, ni como
tratan hoy otros, con motivo del que ha de celebrarse dentro de pocos
días, al glorioso Taumaturgo de Lisboa.
Y es que las divisiones religiosas, políticas y científicas de nuestro
tiempo, y aun más, si cabe, el espíritu crítico, cuando no escéptico,
dominante, tenían que ejercer su propio y natural influjo aun en
ocasiones tan extraordinarias y solemnes. Lo verdaderamente extraño
es que se nieguen ó regateen tanto la admiración y el aplauso á las
grandes figuras de la historia, y se prodiguen con largueza, mejor
dicho, con verdadero escándalo, en ocasiones, á entidades subalternas,
como lo prueban las apoteosis pomposas que vemos celebrar en gloria de
algunas y las estatuas erigidas en honor de otras, careciendo, como
aún carecen de ellas, el Cid, Guzmán _el Bueno_, el Rey Católico y
tantas otras glorias indisputables y legítimas de la patria.
¡Dichosos los que, como el nuevo Académico, han sabido conservar
siempre inextinguibles en su alma el entusiasmo y la admiración debidas
á lo verdadero y lo justo, lo grande y lo sublime!
HE DICHO.
[Ilustración]
ÍNDICE
Páginas.
PRÓLOGO v
Las Conferencias americanistas del Ateneo 1
Los Reyes Católicos en el descubrimiento de América 33
El Cardenal Mendoza en el descubrimiento de América 61
Colón y Fray Diego de Deza 73
_El Nuevo Mundo descubierto por Colón_, comedia de Lope de Vega 87
La patria de Colón 99
Españolismo de Colón 111
La Duquesa de Alba 121
El Maestro Lebrija y el descubrimiento de América 135
La Aurora en Copacavana 147
Pedro de Valdivia 157
Gonzalo Jiménez de Quesada en la poesía y en la historia 167
El Alférez Doña Catalina de Erauso 179
La _Historia de la Conquista de México_, de Solís 199
Los restos de Pizarro 207
Sor Juana Inés de la Cruz 221
El Centenario en Chile 231
El Centenario en Colombia 239
Los Americanos en el Ateneo 247
Colón en las publicaciones italianas del Centenario 265
Un americanista notable 287