dijo; mas su intención falsa y aleve
no pasará adelante: descubierto
me será siempre el mal a que se atreve.»
Esto diciendo, baja al mar abierto,
gastando en el camino tiempo breve:
manda luego a las ninfas amorosas
coronarse de flores y de rosas.
Manda poner guirnaldas de colores
sobre cabellos rubios a porfía:
¿quién no dirá que nacen rojas flores
sobre el oro que Arabia fértil cría?
Ablandar determina por amores
de vientos la enojada compañía,
mostrándoles sus ninfas caras, bellas,
que más hermosas van que las estrellas.
Así fué, porque luego que llegaron
a ver la vista de ellas, les fallecen
las fuerzas con que de antes pelearon
y ya como rendidos le obedecen:
pies y manos al punto les ligaron
los cabellos que rayos obscurecen,
y a Bóreas, que en amor más la quería,
le dijo la bellísima Oritía:
«No creas, fiero Bóreas, que te creo,
que me tuviste nunca amor constante:
la blandura es de amor más cierto arreo,
y el furor no está bien a firme amante:
si con freno tu furia no la veo,
no tienes que esperar de aquí adelante
que pueda más amarte, mas temerte,
que amor contigo en miedo se convierte.»
Así mismo la bella Galatea
decía al fiero Noto; que bien sabe
haber tiempo que en verla se recrea
y bien cree que con ella todo acabe:
no sabe si este bien tan grande crea,
que en su pecho tal gozo apenas cabe,
mirando que su dama ya le manda,
y piensa que hace poco aunque sea blanda.
De esta suerte las otras amansaban
con palabras sus firmes amadores,
y a la hermosa Venus se entregaban,
amansadas sus iras y furores.
Ella les prometió, viendo que amaban,
sempiterno favor en sus amores,
tomándoles a todos homenaje
de servir a la flota en su viaje.
Daba ya la mañana en los oteros
por donde el Ganges suena murmurando,
cuando de la alta gavia marineros
por la proa van tierra divisando:
fuera ya de tormenta y mares fieros,
el temor van del pecho desterrando.
Grita alegre el piloto melindano:
«¡De Calicut la tierra está a la mano!
«Si la India buscáis, esta es la tierra
del Indo verdadero, que aparece:
aquí vuestro viaje se destierra;
aquí vuestro trabajo se fenece.»
El fuerte capitán, en quien se encierra
el bien y el mal de cuanto allí se ofrece,
humilde se postró y a Dios adora,
que a la tierra los trujo de la Aurora.
Mil gracias daba a Dios, con grato pecho,
que no sólo la tierra le mostraba
que con tanto temor, tan sin pertrecho,
con trabajos ha tanto que buscaba;
mas en salvo lo puso del estrecho
de la muerte que el mal aparejaba:
libre se ve del golfo y sobre un leño,
como quien despertó de un grave sueño.
Por medio de peligros tan pesados,
de trabajos tan graves y temores,
alcanzan los que son a fama dados
los títulos honrosos de señores,
no estando en nobles troncos recostados,
sólo con el valor de sus mayores,
no en los dorados techos, ni con finos
aforros de Moscovia cebellinos.
No con manjares nuevos y exquisitos,
no con paseos blandos ocïosos,
no con varios deleites infinitos
que afeminan los pechos generosos,
no con nunca vencer los apetitos
que la fortuna tiene tan mimosos,
que no sufre a ninguno dar un paso
por obra de virtud que no sea escaso.
Mas con ganar con fuerzas de su brazo
honra que con razón la llame propia,
poniéndose de acero el fuerte lazo,
sufriendo mil miserias con inopia,
venciendo el torpe frío en el regazo
del Sur, y los calores de Etiopia,
tragando, aunque corrupto esté, el sustento
templado con un arduo sufrimiento.
Con mostrar al peligro en el semblante
una seguridad de pecho entero,
al pasar la pelota por delante
llevando pierna o brazo al compañero:
esto hará que el pecho se levante
despreciando las honras y dinero,
las honras y dinero que ventura
forjó, no la virtud, que es justa y dura.
De esta arte quedará el entendimiento
con experiencias hecho reposado,
viendo, cual atalaya, de alto asiento
el bajo trato humano mal trabado:
este tal, donde hubiere regimiento
derecho, y no de afectos ocupado,
subirá como debe a tener mando
contra su voluntad, y no rogando.
[Ilustración]
[Ilustración]
CANTO SÉPTIMO
YA se veían llegados a la tierra,
tan deseada, de la clara Aurora,
que entre las aguas Índicas se encierra
y Ganges, que en celeste suelo mora.
Ora, sus, gente fuerte, que en la guerra
queréis llevar la palma vencedora:
ya sois llegados, ya tenéis delante
la tierra de oro y piedras abundante.
¡Oh vosotros, del Luso estirpe clara,
que tan pequeña parte sois del mundo,
del mundo, mas ¿qué digo?, de la rara
partícula que cerca el mar profundo!
Vos a quien ni la muerte sujetara,
ni estorbó a conquistar el pueblo inmundo
la ambición, ni codicia, ni obediencia,
a la que está en el cielo por esencia:
Portugueses, tan pocos como fuertes,
que al flaco poder vuestro no mirando,
a costa vais de vuestras tristes muertes
la ley de vida eterna dilatando:
echadas son del cielo ya las suertes,
que por más que os veáis ir apocando,
por vos se ensalzará la ley más alta,
que Cristo a la humildad pequeña exalta.
Ved de Alemania el pérfido ganado,
que por tan largos campos se apacienta,
del sucesor de Pedro rebelado,
nuevo pastor y secta nueva inventa.
Miradlo en fieras guerras ocupado,
que aun con el ciego error no se contenta,
no contra el soberbísimo otomano,
mas por salir del yugo soberano.
Ved el falsario inglés, que se intitula
rey de Jerusalén, ciudad sagrada
que el turco feroz tiene, abate, anula,
y él conserva la honra no ganada:
mirad cómo a su carne blanda adula,
que nueva cristiandad tiene inventada,
su espada contra el Papa descargando,
no contra quien tiene su tierra en mando.
En tanto un falso rey le tiene en guarda
la Jerusalén clara de este suelo,
en cuanto la ley santa el rey no guarda
de la Jerusalén sacra del cielo.
Pues a ti, Galo indigno, ¿qué te aguarda?
Que el nombre cristianísimo y el celo
tomaste, no en defensa ni a guardarlo,
mas para ser ayuda al derribarlo.
[Ilustración: Gerard, dibujó
Foschi, sc.
Un regidor del reino al puerto estaba,
que en su lengua se llama Catual,
rodeado de Naires, que esperaba
con desusada fiesta al general.
_Canto VII, Estr. 44._
]
¿Sientes tener derecho en señoríos
ajenos, siendo el tuyo largo y tanto,
y no contra Cinifio y Nilo, ríos
enemigos del nombre antiguo santo?
Allí se han de probar la espada y bríos
en quien de nuestra Iglesia abate el canto:
de Carlos, de Luis el nombre y tierra
heredas, no las causas de la guerra.
Pues ¿qué diré de aquellos que en regalos
que el ocio vil al mundo trae consigo,
tan sin sentido cual Sardanapalos,
viven sin el temor de haber castigo,
sin saber que es contrario Dios de malos,
sin ver que el pueblo fuerte es su enemigo?;
contigo hablo, Italia, zambullida
en vicios mil, de ti propia homicida.
¡Oh, míseros cristianos! ¿Por ventura
sois de Cadmo los dientes esparcidos,
que os dais unos a otros muerte dura,
siendo todos de un vientre producidos?
¿No miráis la divina Sepultura
poseída de perros, que así unidos
os vienen a tomar aún vuestra tierra
haciéndose famosos en la guerra?
Ved que tienen por uso y por decreto,
del cual son muy enteros observantes,
ajuntar el ejército inquieto
contra pueblos que son de Cristo amantes;
y entre vosotros nunca deja Aleto
de sembrar las cizañas repugnantes:
sed de vuestros peligros los testigos,
que ellos y vos os sois los enemigos.
Si codicia de grandes señoríos
os mueve a conquistar tierras ajenas,
ved que Pactolo y Hermo, claros ríos
ambos llevan doradas las arenas:
los asirios no están de oro vacíos,
África esconde en sí lucientes venas:
muévaos a pelear riqueza tanta,
pues no os puede mover la Casa santa.
Aquellas invenciones fieras, nuevas,
de instrumentos de fuerte artillería,
debían de hacer sus duras pruebas
en muros de Bizancio y de Turquía:
haced que vuelva a las silvestres cuevas
de Caspios montes y de Escitia fría,
la turquesa nación, que multiplica
con despojos de nuestra Europa rica.
Griegos, traces, armenios, georgianos,
gritos os dan que aqueste pueblo bruto
sus hijuelos obliga a los profanos
preceptos de Mahoma (¡cruel tributo!):
en castigar los pechos inhumanos
os gloriad de un pecho fuerte astuto,
y no queráis loores arrogantes
en ser contra los vuestros muy pujantes.
Mas en tanto que ciegos y sedientos
andáis de vuestra sangre, gente insana,
no faltarán cristianos ardimientos
en esta poca gente Lusitana:
en África ya tiene sus asientos,
en Asia es más que todos soberana,
y ya en el Nuevo Mundo campos ara,
y si más mundo hubiera, allá llegara.
Y veamos en tanto qué acontece
a aquellos tan famosos navegantes,
después que el blando amor les enflaquece
las fuerzas a los vientos repugnantes;
ya que en la larga tierra se aparece
el fin de sus porfías tan constantes,
donde van a sembrar la ley del cielo
por coger santo fruto al nuevo suelo.
Como a la nueva tierra se llegaron,
en batelillos vieron pescadores
que el camino derecho les mostraron
de Calicut, donde eran moradores:
allá luego las proas inclinaron,
que era aquesta ciudad de las mejores
del Malabar, do siempre residía
el rey que aquesta tierra poseía.
Entre el Indo y el Gange está una tierra
con un asiento grande asaz hermoso
que por la parte de Austro el mar la cierra,
por la del Norte Emodio cavernoso:
varios reyes le dió la varia guerra
con leyes varias; unos al vicioso
Mahoma, otros los ídolos adoran,
cual los brutos que están y entre ellos moran.
Allá en el grande monte que, cortando
tan larga tierra, toda el Asia corta,
que nombres tan diversos va tomando
según diversas partes donde aporta,
las fuentes nacen de do están manando
los ríos, cuya madre queda absorta
en el Índico mar, cercando el peso
de la tierra, haciendo el Quersoneso.
Entre el un río y el otro está, cual lazo
saliendo de la tierra, una gran punta
casi piramidal, que en el regazo
del mar con Ceilán ínsula se junta;
y cerca de do nace el largo brazo
gangético, el rumor antiguo apunta
a decir que de aquí los moradores
del olor se mantienen de las flores.
Mas ahora de nombres y de usanza
nuevos y varios son los habitantes:
los Delis, los Patanes, que en pujanza
de tierra y gente son más abundantes;
Decamis, Oriás, que la esperanza
tienen de su remedio en las sonantes
aguas de Gange, y tierra de Bengala,
fértil de suerte que otra no la iguala.
El reino de Cambaya belicoso
(dicen que fué de Poro, rey potente);
el reino de Narsinga, poderoso
más de oro y piedras que de fuerte gente:
divísase de aquí del mar undoso
un monte alto que corre largamente,
sirviendo al Malabar de fuerte muro
con que del Canará vive seguro.
Los naturales llaman a éste Gate,
del pie del cual en cantidad pequeña
sale una estrecha falda, donde bate
la furia de la mar que la desdeña:
aquí de otras ciudades, sin debate,
Calicut sola hace la reseña
de cabeza de imperio, rica y bella:
Samorín se intitula el señor de ella.
Pues siendo nuestra flota aquí llegada,
por tierra un portugués al rey se parte,
del capitán llevándole embajada
y pidiendo licencia, de su parte,
para saltar en tierra. Y la no usada
color, el gesto extraño y no vista arte
del mensajero, que entra por el río,
a verle junta luego un gran gentío.
Entre la que a mirarle concurría,
se llega un mahometa, que nacido
fuera en la calurosa Berbería,
donde Anteón por rey fué obedecido:
o por la vecindad quizás tenía
el reino Lusitano conocido,
o fué ya señalado de su hierro
y fortuna lo trajo a tal destierro.
En viendo el mensajero, con jocundo
rostro, como quien sabe lengua hispana,
le dice: «¿Quién te trujo al nuevo mundo,
tan lejos de tu patria Lusitana?»
«Abriendo, le responde, el mar profundo,
por donde nunca vino gente humana,
venimos a buscar la gran corriente
del Indo, do la ley de Dios se aumente.»
Espantado quedó del gran viaje
el moro, que Monzaide se llamaba,
oyendo los trabajos que al pasaje
del mar el Lusitano le contaba;
mas viendo que la fuerza del mensaje
sólo al rey de la tierra le tocaba,
le dijo cómo el rey no está en palacio,
pero la tierra adentro breve espacio.
Y en tanto que la nueva le llegase
de su venida extraña, si quería,
en su pobre casilla reposase
y el manjar de la tierra probaría;
que después que algún rato descansase,
con él para la flota volvería,
pues que gozo no puede ser tamaño
como ver un vecino en reino extraño.
El Portugués recibe muy de gana
lo que Monzaide moro da y ofrece;
la voluntad conoce limpia y sana,
y con él bebe y come y le obedece:
a la armada tornaban Lusitana,
donde el moro regalan cual merece:
en torno lo cercaba nuestra gente
y con amor lo trata blandamente.
El capitán lo abraza muy gozoso,
viendo que el español nuestro hablaba,
y de saber del reino codicioso,
mil cosas todas juntas preguntaba.
Cual el bosque de Ródope frondoso
en uno tras el canto se juntaba
cuando tocaba Orfeo la lira de oro,
tal se junta la gente oyendo el moro.
«¡Oh gente, el moro dice, a quien Natura
vecina hizo de mi patrio asiento!
¿Qué destino tan grande, o qué ventura,
os dió a tan alta empresa atrevimiento?
No es causa oculta, no, o razón obscura,
que del Tajo y el Miño os traiga el viento,
por mares nunca de otro leño arados,
a reinos tan remotos y apartados.
»Por cierto Dios os trae, que aquí pretende
ser por vos conocido y adorado:
por eso solo os guía y os defiende
de peligros del mar y viento airado.
Sabed que esta es la India, do se extiende
diverso pueblo, rico y prosperado,
de oro luciente, fina pedrería,
olor suave, ardiente especería.
»Esta provincia, cuyo puerto ahora
habéis tomado, Malabar se llama:
los ídolos con culto antiguo adora
que acá por estas partes se derrama:
es de diversos reyes, mas señora
con uno solo fué, según es fama:
Saramá Perimal fué el rey postrero
que gozó de este reino solo entero.
»Y como por el trato aquí viniesen
de allá del seno Arábigo otras gentes
que el culto mahomético trujesen,
en el cual me criaron mis parientes,
sucedió que al gran rey lo convirtiesen
predicándole sabios y elocuentes:
él recibió la ley con fervor tanto,
que en ella presupuso morir santo.
»Armó una fuerte flota, do el famoso
metió mercaduría la más rica,
para luego hacerse religioso
del Profeta que aquesta ley publica:
mas, antes de partirse, el poderoso
reino que deje reyes le suplica:
él, sin hijos, lo parte a sus privados,
haciéndolos de pobres prosperados.
»A cuál Cochín, a cuál Cananor parte,
a cuál Calé, a cuál la isla de Pimienta;
cuál Coulán, Cranganor cuál lleva en parte,
dando más al que más sirve y contenta.
De uno se le olvidó cuando reparte,
que por amor merece mayor renta:
a éste a Calicut sola le aplica,
ciudad por trato noble, grande y rica.
»Esta le da, con título excelente
de emperador, que sobre todos mande,
y hecha la partija, diligente
se parte do con lloro el cielo ablande:
de aquí se les quedó el nombre potente
Samorín, más que todos digno y grande,
al mozo y descendientes, de do viene
este que aqueste imperio manda y tiene.
»La ley de aquesta gente en todo estado
de fábulas compuesta se imagina:
desnudos andan, y un paño fajado
en partes que a cubrir Natura inclina:
dos modos hay de gente; el uno, honrado,
de Naires; otro es chusma menos dina:
Poleas es un nombre, a quien obliga
la ley a no mezclar su casta antiga.
»Y así los que usan siempre un mismo oficio
no pueden recibir de otro mujeres,
ni los hijos tener otro ejercicio
sino el que el padre tuvo, o más poderes:
para los Naires es muy grande vicio
mezclarse con aquéstos por haberes,
y si a alguno le toca por ventura,
con ceremonias mil de ello se apura.
»Como el pueblo judaico no tocaba
por precepto la gente de Samaria,
así Naire y Polea no se mezclaba,
conservando en lo más su usanza varia:
a los Naires la guerra se dejaba:
de la parte defienden que es contraria
a su rey con la mano siempre usada,
la izquierda, adarga; la derecha, espada.
»Bramines son sus santos religiosos,
nombre antiguo de grande preeminencia:
observan los preceptos rigurosos
del que primero dió nombre a la ciencia:
no matan cosa viva, y temerosos
en comer carne, guardan abstinencia,
y sólo en el venéreo ayuntamiento
hay más licencia, menos regimiento.
»Común es la mujer, y solamente
son, para el engendrar, de sus maridos:
¡dichosa condición, dichosa gente,
que nunca son de celos combatidos!
Estos diversos usos variamente
son por los malabares admitidos:
la tierra es gruesa en trato en todo estilo
de lo que lleva el mar de China al Nilo.»
Esto contaba el moro, mas vagueando
por la ciudad andaba ya la fama
de esta nueva venida y gente, cuando
el rey manda llamar al fuerte Gama:
ya vienen por las calles caminando,
con multitud que a verlos se derrama,
aquellos que buscar el rey mandara
al capitán que al puerto se llegara.
Mas él, que ya del rey tiene licencia
para desembarcar, acompañado
de nobles Portugueses de presencia,
parte, de ricos paños adornado:
de colores la bella diferencia
la vista alegra al pueblo alborotado:
corta el ligero remo, sin desvío,
primero el mar, después el fresco río.
Un regidor del reino al puerto estaba,
que en su lengua se llama Catual,
rodeado de Naires, que esperaba
con desusada fiesta al general:
en llegando a la tierra lo llevaba
un lecho muy labrado de nogal,
que el principal aquí es ya muy usado
en hombros de los hombres ser llevado.
De esta arte el malabar, de esta arte el Luso
caminan para donde el rey espera:
los demás Portugueses van al uso
que infantería sigue o escuadra fiera:
el pueblo que concurre va confuso
de ver la gente extraña, y bien quisiera
preguntar; mas en tiempo ya pasado
en la Babel confusa fué vedado.
El Gama y Catual se iban hablando
en lo que la ocasión les ofrecía:
entre ellos va Monzaide interpretando
las palabras que de ambos entendía:
por medio la ciudad van caminando,
a do una rica fábrica se veía
de un suntuoso templo; ya llegaban,
por las puertas del cual juntos entraban.
Allí están de sus dioses las figuras
esculpidas en palo y piedra fría,
varios de gesta, varios de pinturas,
en formas que el demonio aparecía:
vense las detestables esculturas
cual la Quimera en miembros se varía:
los ojos, a mirar su Dios usados
en forma humana, están maravillados.
Cuernos tiene en la frente uno esculpidos,
cual Júpiter Amón en Libia estaba;
otro en el cuello rostros tiene unidos,
como el antiguo Jano se pintaba;
otro, con muchos brazos divididos,
a Briareo parece que imitaba;
otro, frente canina, ladradora,
cual Anubis menfítico, se adora.
Aquí la gente bárbara con brío
hace la adoración supersticiosa,
y derechos se parten sin desvío
al palacio do el rey está y reposa:
creciendo más y más viene el gentío
a ver aquesta gente belicosa:
están por los tejados y ventanas
viejos, mozos, doncellas muy galanas.
Ya llegan cerca, y, no con pasos lentos,
de los frescos jardines olorosos,
que en sí esconden los regios aposentos,
altos de torres no, mas suntuosos:
edifican los nobles sus asientos
entre bosques, con flores, deleitosos,
y así viven los reyes de esta gente
en la ciudad y campo juntamente.
Muéstrase en los portales la destreza
de Dédalo, el ingenio, ciencia y arte,
mostrando con figuras la nobleza
del Indo muy distinto parte a parte:
matizadas están con tal viveza
las historias que en ellos él reparte,
que el que noticia tiene acaso entera,
por la sombra ve allí la verdadera.
Estaba un grande ejército que pisa
la fértil tierra que el Idaspe lava:
rígelo un capitán de frente lisa,
que con floridos tirsos peleaba:
por él edificada estaba Nisa
en riberas del río que manaba,
tan propio que, si Sémele lo viera,
al pronto ser su hijo conociera.
Adelante bebiendo seca el río
muy grande multitud de asiria gente,
sujeta al femenino señorío
de una tan bella como incontinente:
allí tiene a su lado nunca frío
esculpido el feroz jinete ardiente
con quien tendría el hijo competencia.
¡Amor nefando, bruta incontinencia!
De aquí más apartadas volteaban
las banderas de Grecia glorïosas
tercera monarquía, y sojuzgaban
aun las aguas gangéticas undosas:
de un capitán mancebo se guiaban,
de palmas rodeado valerosas,
que ya no de Filipo, mas sin falta
de progenie de Júpiter se exalta.
Estando todos viendo estas memorias,
al capitán el regidor decía:
«Otro tiempo vendrá que con victorias
estas que veis ahora desharía:
aquí se escribirán nuevas historias
por extranjera gente que vendría:
que nuestros sabios magos lo alcanzaron
cuando el tiempo futuro profetaron.
»Mas nos dijo la mágica cïencia
que para declinar fuerza tamaña
no valdrá de los hombres resistencia,
que contra Dios no vale industria o maña;
mas dice que la bélica excelencia,
en guerra y paz, de aquesta gente extraña
será tal, que será en el mundo oído
el vencedor, por gloria del vencido.»
Así hablando, entraban por la sala
donde el emperador grande reposa
en una rica cama, a quien no iguala
en precio ni labor la más costosa:
el recostado bulto en sí señala
una majestad sacra poderosa:
un paño de oro viste, y la cabeza
con rubíes y diamantes la adereza.
Bien junto de él un viejo está presente,
de rodillas, que da de cuando en cuando
la verde hoja de la hierba ardiente
que el rey la está en la boca destilando:
un bramino, persona preeminente,
para el Gama se va con paso blando,
porque por él al rey sea presentado,
que ante sí le mandó fuese sentado.
Llegado el Gama junto al rico lecho,
apartados los suyos, con cuidado
miraba Samorín de trecho a trecho
la color, traje y gesto denodado:
arrancando la voz de un sabio pecho,
con grande autoridad muy sosegado,
delante el rey, delante el pueblo todo,
el capitán comienza de este modo:
«Un grande rey de aquellas partes donde
el primer móvil con perpetua rueda
de la tierra con tierra el Sol esconde,
dejando en triste noche la antes leda,
oyendo el gran rumor que allá responde
de tu ser y valor, y cuánto pueda
sobre el Indo y el Ganges tu grandeza,
amistad te demanda con firmeza.
»Por rodeos muy largos hoy me manda
que te haga saber que sólo un hilo
de lo que hay en el mar y en tierras anda
no le falta del Tajo hasta el Nilo:
desde la fría playa de Zelanda
hasta la donde el Sol no muda estilo
en días, sobre gente de Etiopia,
todo lo hay en su reino con gran copia.
»Y si quieres con pactos y conciertos
de paz y de amistad sincera y pura
comercio consentir en estos puertos
de las ricas haciendas que él procura,
tus rentas crecerán, y más despiertos
los nuestros, probarán en mar ventura,
y en ambos se verá generalmente,
provecho en ti y en él gloria excelente.
»Y siendo así que el nudo firme y fuerte
entre los dos atado permanezca,
estará pronto a toda adversa suerte
que a tu reino por guerra se le ofrezca:
con gente, armas y naos hasta la muerte
no sufrirá que ayuda te fallezca,
y de tu voluntad sobre esto puesta
te demando, señor, cierta respuesta.»
Con esto el capitán dió su embajada,
a quien el rey con gracia respondía
que de la nueva gente que es llegada
su puerto y reino gloria recibía;
mas la resolución que es demandada
con los de su consejo la vería,
informándose cierto de quién era
el rey, la gente y tierra que dijera.
Y que en tanto podía del trabajo
pasado descansar, que en tiempo breve
él daría al negocio corte y tajo
con que a su rey respuesta alegre lleve:
en esto trae la noche el dulce atajo
del humano cansancio, porque cebe
con el sueño los miembros trabajados,
ocupando los ojos desvelados.
Con los suyos se hospeda juntamente
el Gama en el florido retraimiento
del noble regidor de la india gente,
con fiestas y con gran contentamiento.
El Catual, muy pronto y diligente,
de su rey tiene ya por regimiento
saber aquesta gente de dó viene,
qué costumbres, qué ley, qué tierra tiene.
Y al punto que los carros del hermoso
Delio parecen que la luz renueva,
envía por Monzaide, deseoso
de informarse de aquesta gente nueva:
al moro le pregunta muy mañoso
si de éstos tiene hecha alguna prueba
para saber quién son, que él adivina
que es gente de su tierra muy vecina.
Que particularmente allí le diese
información muy larga, pues hacía
servicio en esto al rey, porque supiese
lo que en este negocio se haría.
Monzaide le responde: «Aunque quisiese
decirte de ellos más, yo no sabría:
sólo sé que son gente de la España,
donde el Sol en el mar se esconde y baña.
»Tienen ley de un Profeta que engendrado
fué sin dar a su Madre detrimento
y por divino Hijo está probado
de Dios, cuyo es el cielo y regimiento;
mas lo que entre nosotros es vulgado
de ellos es su valor sanguinolento
en guerra en que su brazo resplandece,
lo que en nuestros pasados se parece.