»Mueren del vulgo vil otros sin cuento

y bajan de los nobles al profundo,

donde el trifauce perro muy hambriento

en las almas se ceba de este mundo;

y porque más se sienta el vencimiento

en el último trance furibundo,

la sublime bandera Castellana

vencida se rindió a la Lusitana.

»Aquí la cruel batalla se encrudece

con muertes, gritos, sangre y cuchilladas;

la multitud de gente que perece

las flores de color tiene manchadas;

ya vuelven las espaldas, ya fallece

la vida, donde sobran las lanzadas;

ya, porque el alto cielo lo ha ordenado,

la victoria los brazos ha trocado.

»Al Portugués le deja el Castellano

el campo con victoria conocida:

siguen a los que quedan, aunque en vano,

que el temor les dió vuelo en la huída.

Encubren en el pecho el inhumano

suceso, de la gente que es perdida;

encubren la deshonra, el triste enojo

de ver otro triunfar de su despojo.

»Unos van maldiciendo y blasfemando

del que inventó la guerra en este mundo;

otros la dura sed van reprobando

del pecho codicioso y furibundo,

que por lo que es ajeno, al miserando

pueblo condena a muerte y al profundo,

dejando tantas madres y aun esposas

sin hijos y maridos lastimosas.

»Estúvose en el campo el rey los días

acostumbrados con tan grande gloria:

con ofertas después y romerías

las gracias daba a Dios de tal victoria.

Mas Nuño, que no busca en otras vías

eternizar en todos su memoria,

sino por armas siempre soberanas,

a las tierras se pasa transtaganas.

»Ayuda a su destino de manera

que hizo igual el hecho al pensamiento,

y a la tierra de vándalos frontera

le concede el despojo y vencimiento.

De Sevilla la bética bandera,

y de otros mil señores, al momento

le conocen por grande en tal empresa,

vencidos de la fuerza Portuguesa.

»De estas y otras victorias largamente

eran los castellanos oprimidos

cuando la paz, alegre a toda gente,

vino entre vencedores y vencidos;

después que quiso el Padre omnipotente

que se diesen los reyes por maridos

a las dos ilustrísimas inglesas,

hermosas, bellas, ínclitas princesas.

»No sufre el fuerte pecho usado a guerra

verse sin enemigos a la mano,

y no hallando a quién vencer en tierra,

acomete a vencer el oceano:

este es el primer rey que se destierra

del reino, porque pueda el africano

conocer por las armas cómo doma

la ley de Dios la ley de su Mahoma.

»Mil aves por el húmedo elemento

volando van de Tetis inquïeta,

cogiendo con las alas un tal viento,

que pasan de do Alcides puso meta:

el monte Abila, el noble fundamento

de Ceuta gana al torpe mahometa,

y con esto asegura a toda España

de la juliana fuerza y desleal maña.

»No consienten los coros soberanos

que Portugal tal rey mucho lograse,

mas como eran sus hechos más que humanos,

el más que humano asiento ya alcanzase;

y deja en defensión de Lusitanos

el Dios que lo llevó quien gobernase,

aumentando la tierra muy más que antes,

generación famosa, altos infantes.

»No fué del rey Duarte tan dichoso

el tiempo que quedó en la suma alteza,

que va alternando el tiempo el bien gustoso

con mal, el alegría con tristeza.

¿Quién vió siempre un estado deleitoso?

¿O quién vió en la fortuna haber firmeza?

Pues aun en este reino, y con tal rey,

vino a quebrar la fuerza de su ley.

»Cautivo vió a su hermano don Fernando

que a tan altas empresas aspiraba,

que por salvar al pueblo miserando

del cerco, al sarraceno se entregaba:

por amor de la patria está pasando

la vida, de señora hecha esclava,

y porque no dé el rey a Ceuta al moro

por su rescate, muere en triste lloro.

»Porque a Codro el contrario no venciese,

dejó triunfar la muerte de su vida;

Régulo, porque a Roma no perdiese,

quiso su libertad verla perdida;

Fernando, porque España no temiese,

a eterno cautiverio se convida:

Decios, Codro, ni Curcio, hicieron tanto

como el famoso Hernando que aquí canto.

»Mas Alonso, que al reino fué heredero,

nombre en armas dichoso en nuestra Hesperia,

que al arrogante bárbaro frontero

puso en grande humildad y gran miseria,

fuera por cierto invicto caballero

si no quisiera ver la tierra iberia;

mas África dirá ser imposible

poder nadie vencer rey tan terrible.

»Que pudo éste coger los frutos de oro

que el Tirintio cogió nadie lo dude,

de donde el yugo puesto por el moro

la cerviz años ahora no sacude:

con la palma en la mano por decoro

de victorias ganadas del que acude

en defensa de Alcázar, do se afila

su espada contra Tánjar, contra Arcila.

»Mas al cabo, por fuerza siendo entradas,

los muros abajaron de diamante,

con las armas en guerra acostumbradas

a batir y vencer cuanto hay delante:

maravillas en Marte sublimadas,

dignas de otra escritura más pujante,

hicieron los de Luso en esta empresa,

ilustrando la fama Portuguesa.

»Y siendo de ambición mayor tocado

por gozar de mejor corona y silla,

a Hernando el de Aragón ha provocado

a guerra sobre el reino de Castilla;

las gentes en un punto se han juntado,

del Católico Rey hecha cuadrilla,

desde Cádiz al alto Pireneo,

con que Fernando ataja a su deseo.

»No se quiso quedar don Juan ocioso

sin ayudar al padre, y luego ordena

atizar el deseo codicioso

con ayuda que entonces lo despena:

salióse al fin del trance peligroso

con frente no turbada, mas serena,

desbaratado el padre truculento,

aunque quedó dudoso el vencimiento.

»Porque el hijo sublime y soberano,

gentil, fuerte, animoso caballero,

con un corazón grande y más que humano,

al español resiste el día postrero:

de esta arte fué vencido Octaviano

y Antonio vencedor su compañero,

cuando de los que a César dieron muerte,

la venganza les dió la feliz suerte.

»Mas después que la obscura noche eterna

puso a Alonso en el cielo más sereno,

el príncipe que el reino nos gobierna

fué el segundo don Juan y rey treceno:

éste, por haber fama sempiterna

sobre todo valor de hombre terreno,

quiso buscar de la luciente Aurora

el término que yo descubro ahora.

»Envía mensajeros que pasaron

a España, Francia e Italia celebrada,

y en el ilustre puerto se embarcaron

donde ya fué Parténope enterrada,

Nápoles, do los hados se mostraron,

haciéndola de varios sojuzgada,

y al fin, por la ilustrar con claros soles,

al señorío la rinden de españoles.

»Por el mar alto Sículo navegan,

por las playas de Rodas arenosas,

y de allí a las riberas altas llegan

que con muerte de Magno son famosas:

van a Menfis y tierras que se riegan

de las aguas de Nilo caudalosas;

suben a la Etiopia, sobre Egito,

que de Cristo ya guarda el santo rito.

»Pasan también las ondas eritreas

que el pueblo de Israel sin nao pasara;

quédanle atrás las tierras nabateas

que el hijo de Ismael con nombre ornara;

las playas odoríferas sabeas

que la madre de Adonis tanto honraba;

ven la Feliz Arabia descubierta,

dejando la Petrosa y la Desierta.

»Ven el estrecho Pérsico, do dura

de la Babel confusa la memoria,

donde entra en Tigre Eufrates por su altura,

cuyas fuentes están casi en la gloria:

de allí van a buscar el agua pura,

que causa me será de larga historia,

del Indo, por el mar largo Oceano,

donde no se atrevió a pasar Trajano.

»Vieron gentes incógnitas y extrañas

de la India, de Carmania y Gedrosía,

viendo varias costumbres, varias mañas,

que en sí cada región produce y cría;

mas de vías tan ásperas tamañas

tornarse fácilmente no podía:

allá mueren en fin y allá quedaron,

que a su querida patria no tornaron.

»Parece que guardaba el claro cielo

a Manuel, y sus merecimientos,

esta notable empresa, que su celo

siempre fué de subidos movimientos:

éste sucede al primo y al abuelo

en reino y en altivos pensamientos,

y así como tomó del reino el cargo,

la conquista tomó del mar tan largo.

»El cual, como de noble pensamiento,

de aquella obligación que le quedara

de sus antepasados, cuyo intento

fué siempre acrecentar la tierra cara,

no dejase de ser sólo un momento

movido, cuando huye la luz clara

del sol, y las estrellas resplandecen

que al caer a las gentes adormecen.

»Estando ya en la cama recostado,

cuando el imaginar suele ser cierto,

revolviendo en su pecho con cuidado

cómo corresponder al gran concierto

de sus antepasados, le ha ocupado

un sueño que le deja más despierto,

porque apenas el ojo se adormece

cuando Morfeo en sueños le aparece.

»Aquí se le figura que subía

tan alto, que tocaba allá en la esfera

do delante de sí mil mundos veía,

mil naciones de gente extraña y fiera,

y cerca de do nace el claro día,

después que bien los ojos extendiera,

vió de montes antiguos las corrientes

de las dos celebradas y altas fuentes.

»Agrestes aves, fieras alimañas

por el monte en las cuevas habitaban;

hierbas, espinas y árboles extrañas

el paso y trato a gentes atajaban;

otras cerradas y ásperas montañas

ser de comercio alguno demostraban,

pero desde que Adán pecó, pisada

nunca de humano pie fué allí estampada.

[Ilustración:

«¡Oh rey, a cuyos reinos y corona

»grande parte del mundo se guardaba!

»Los dos, a quien la fama ser pregona

»libres, nuestra cerviz rendimos brava...

_Canto IV, Estr. 73._

]

»Del agua se le antoja que salían,

hacia donde él estaba caminando,

dos hombres que muy viejos parecían,

de un aspecto, aunque agreste, venerando:

de la barba y cabello les caían

gotas que el cuerpo todo van bañando,

la color de la cara denegrida,

la barba espesa, blanca, algo cumplida.

»Ambos tienen la frente coronada

con los ramos de una árbol peregrina;

el uno es de presencia más cansada,

mostrando que de atrás viene y camina;

cuelga el agua con ímpetu alterada

que en parte más remota se avecina,

bien como Alfeo de Arcadia en Siracusa

va a buscar los abrazos de Aretusa.

»Este, que era más grave en la persona,

al rey como de lejos le hablaba:

«¡Oh rey, a cuyos reinos y corona

»grande parte del mundo se guardaba!

»Los dos, a quien la fama ser pregona

»libres, nuestra cerviz rendimos brava,

»y te avisamos que ya es tiempo mandes

»de nosotros cobrar tributos grandes.

»Yo soy el claro Ganges, que en la tierra

»santa mi origen tengo verdadero;

»estotro el Indo, río que en la tierra

»que ves su nacimiento es el primero:

»costaráte al principio dura guerra,

»mas serás vencedor a lo postrero:

»con no vistas victorias pondrás freno

»a las gentes que ves de este terreno.»

»No dijo más el río claro y santo

y ambos desaparecen al momento:

recuerda Manuel con nuevo espanto

y grande alteración del pensamiento:

extiende en esto el sol su claro manto

por el obscuro cielo soñoliento,

píntalo la mañana con colores

de vergonzosa rosa y blancas flores.

»Llama el rey los señores a consejo

para tomar del sueño algún acuerdo;

refiere lo que dijo el santo viejo

llamándole a reinar con pecho cuerdo:

«Si os parece, del mar el aparejo

»se haga, pues en ello nada pierdo,

»y váyanse a buscar por nuevos mares

»la tierra del Oriente y sus lugares.»

»Yo, que bien mal pensaba que en efeto

viera lo que mi pecho me pedía,

que siempre grandes cosas el conceto

presago al corazón le prometía,

no sé por qué razón, o qué respeto,

o qué virtud tan grande en mí se veía,

que hizo al grande rey darme la llave

de este acometimiento nuevo y grave.

»Y con ruego y palabras amorosas,

que es modo de mandar que más obliga,

me dijo: «Las empresas glorïosas

»se alcanzan con trabajo y con fatiga:

»a las personas hace ser famosas

»la vida que se pierde aunque sea amiga,

»que cuando del temor vil no se prende,

»mientras más poco dura más se extiende.

»Entre todos os tengo yo escogido

»para una empresa cual a vos se debe;

»trabajo ilustre, duro, esclarecido,

»yo sé que en ser por mí os será muy leve.»

No esperé más; mas luego: «¡Oh rey subido!

»¿Con tal favor por vos quién no se atreve

»al fuego, hierro, muerte, a la cadena,

»que el ser poco una vida me da pena?

»Imaginad, gran rey, las aventuras

»que a Hércules Eurísteo inventaba;

»el león clioneo, harpías duras,

»el puerco erimanteo, la hidra brava,

»abajar a las sombras más obscuras

»do los campos de Dite Estige lava,

»porque a mayor peligro y más afrenta

»se pondrá el corazón a vuestra cuenta.»

»Con reales mercedes me agradece

la voluntad, y alaba las razones;

que la virtud loada vive y crece

e inflama a grandes hechos los varones:

a acompañarme luego se le ofrece,

por descubrir mejor sus aficiones

al rey y a mí, con hambre de honra y fama,

mi deseado hermano Paulo Gama.

»Fué luego Nicolao Coello tercero,

hombre de gran valor y de consejo,

que en los peligros suele ser primero,

no mostrando al trabajo sobrecejo:

ya de la gente moza y del guerrero,

en quien crece el deseo, me aparejo:

todos de grande esfuerzo ser parecen,

pues con tal pecho a tal temor se ofrecen.

»Fueron de Manuel remunerados

porque con más amor se apercibiesen,

y con palabras blandas animados

para cuantos trabajos sucediesen:

así fueron, oh Minias, ajuntados

a que el reino de Colcos combatiesen

en la hadada nao que osó primera

cortar el mar Euxino venturera.

»Ya en el puerto de la ínclita Ulisea,

con alboroto noble y con trabajo,

donde su arena y agua que azulea

en el salado mar la mezcla Tajo,

está la flota a punto, y ya desea

cada cual al partir hallar atajo,

que la gente del mar y la del Marte

están para seguirme a cualquier parte.

»Por las playas vestidos los soldados

vienen de mil colores y mil artes,

y no menos de esfuerzo aparejados

para buscar del mundo nuevas partes,

en las naos los vientos sosegados

revuelven los lustrosos estandartes,

y ellas muestran que allá en los mares largos

se volverán estrellas, cual la de Argos.

»Apercibidos todos de esta suerte

de lo que tal viaje pide y manda,

al trance se aparejan de la muerte,

que en la mar ante el ojo a todos anda:

al inmenso poder eterno y fuerte,

que nos vuelva su vista veneranda

imploramos, pidiendo nos guiase

y que a nuestros comienzos aspirase.

»Partímonos así del sacro templo

que en las playas del mar está asentado,

con nombre de la tierra, para ejemplo,

donde fué Dios al mundo en carne dado.

Certifícote, rey, que si contemplo

cómo fuí de estas playas apartado,

de duda el pecho y de recelo lleno,

apenas a mis ojos pongo freno.

»Gente de la ciudad en aquel día,

unos por ser amigos o parientes,

otros sólo por vernos, concurría,

haciendo cada cual los ojos fuentes:

nosotros, con la santa compañía

de religiosos padres diligentes,

en procesión solemne a Dios llamando,

a los bateles vamos caminando.

»En tan largo camino y tan dudoso,

por perdidos las gentes nos juzgaban,

las mujeres con llanto muy piadoso,

los hombres con suspiros que arrancaban;

madres, damas y esposas, que el celoso

amor más desconfía, acrecentaban

la desesperación y miedo frío

de nunca poder ver vuelto navío.

»Cuál va diciendo: «¡Oh hijo, a quien tenía

»sólo por refrigerio y dulce amparo

»de mi vejez cansada, que a porfía

»acabaré con lloro nada avaro!

»¿Por qué me dejas, dulce ánima mía.

»por qué de mí te vas, oh hijo caro,

»a hacer el funéreo enterramiento

»donde seas de peces alimento?»

»Cuál en cabello: «¡Oh dulce y caro esposo,

»sin quien no da el amor de vivir muestra!

»¿Por qué me aventuráis al mar rabioso

»la vida, que es más vida mia que vuestra?

»¿Cómo, por un camino tan dudoso

»se os olvida el amor y afición nuestra,

»que nuestro gusto y nuestro dulce aliento

»queréis que con las velas lleve el viento?»

»Estas y otras palabras nos decían

de amor y de piadoso sentimiento:

los viejos y los niños nos seguían,

a quien la edad les da más corto aliento;

los montes más cercanos respondían

movidos en tan triste apartamiento;

las lágrimas la arena allí bañaban

y en número con ella se igualaban.

»Nosotros, sin volver los tiernos ojos

a las madres y esposas con cuidado,

porque dejar de amor tales despojos

no estorben el camino comenzado,

sintiendo mil dolores, mil enojos,

sin el despedimiento acostumbrado

subimos a la nao, que al despedirse

no puede el que se parte no afligirse.

»Mas un viejo de aspecto venerando

que en la playa se queda entre la gente,

volviéndose a nosotros, meneando

tres veces la cabeza blanca y frente,

la voz cansada un poco levantando

porque en la mar se oyese claramente,

con saber de experiencias solas hecho,

estas palabras saca de su pecho:

«¡Oh gloria de mandar, vana codicia

»de aquesta liviandad que llaman fama!

»¡Oh fraudulento gusto, oh gran malicia,

»atizada del ser que honra se llama!

»¿Qué castigo tan grande, qué justicia

»en el pecho ejecutas que te ama?

»¿Qué muertes, qué peligros, qué tormentas

»le pones con trabajos, con afrentas?

»Dura perturbación del alma y vida,

»fuente de desamparos y adulterios,

»sagaz consumidora conocida

»de haciendas, de reinos y de imperios:

»llámante ilustre, llámante subida,

»siendo digna de infames vituperios;

»llámante fama, gloria soberana,

»nombres para engañar la gente humana.

»¿A qué nuevos destinos determinas

»de llevar estos reinos, esta gente?

»¿Qué peligros, qué muertes le destinas

»debajo de algún nombre preeminente?

»¿Qué promesas de tierras, y aun de minas

»de oro, que le darás tan fácilmente?

»Qué famas les dirás tener, qué historias,

»qué triunfos, qué palmas, qué victorias?

»¡Oh tú, generación de aquel insano

»cuyo pecado triste e inobediencia

»no sólo de aquel Reino soberano

»te puso en tal destierro y dura ausencia,

»mas aun del otro estado más que humano,

»que fué de la primer simple inocencia

»de aquella edad de oro, te ha privado

»y en la de hierro y armas te ha dejado!

»Ya que en aquesta vanidad gustosa

»tanto enfrascas la loca fantasía;

»ya que a la fiera fuerza rigurosa

»le das nombre de esfuerzo y valentía;

»ya que tienes por cosa tan honrosa

»el despreciar la vida que debía

»de ser tenida en mucho, pues temiera

»perderla el Redentor que nos la diera:

»¿No tienes a la puerta el ismaelita,

»con quien armado campo y guerras veas?

»¿No sigue éste la ley falsa, maldita,

»si por la ley de Dios sólo peleas?

»¿No tiene pueblos mil tierra infinita,

»si tierras y riquezas más deseas?

»¿No es el moro por armas esforzado,

»si quieres en victorias ser loado?

»En tu tierra te dejas al contrario

»por ir a buscar otro a nueva tierra;

»dejas tu reino solo al adversario

»por mover al ausente cruda guerra;

»vas buscando el peligro extraordinario

»por la gloria que en sí la fama encierra,

»llamándote señor, con grande copia,

»de la India, Arabia, Persia, de Etiopia.

»¡Oh, maldito el primero que en el mundo

»al agua le entregó vela y madero,

»digno de estar en penas del profundo,

»si es justa ley la ley que seguir quiero!

»Nunca juício alguno alto y profundo,

»ni cítara sonora de otro Homero,

»te dé por ello fama ni memoria,

»mas contigo se acabe nombre y gloria.

»Bajó el hijo de Jápeto del cielo

»el fuego que inspiró en el pecho extraño,

»encendiendo con él muertes, recelo,

»armas, deshonras, guerras, grave engaño:

»¡cuánto mejor Prometeo fuera al suelo,

»y cuánto a los vivientes menos daño,

»que tu estatua aquel fuego no tuviera

»con que locas empresas emprendiera!

»No acometiera el mozo miserando

»del padre el carro, ni el aire vacío

»del grande arquitector el hijo, dando

»uno al mar nombre y otro fama al río:

»ningún prez de valor justo o nefando,

»por hierro, fuego, Marte, calma o frío,

»dejará de intentar la humana gente.

»¡Mísera condición, triste accidente!»

[Ilustración]

CANTO QUINTO

TALES sentencias dice el viejo honrado

en alta voz, al tiempo que tendimos

las velas al sereno y sosegado

viento, y del puerto amado nos partimos;

y como ya en el mar es muy usado,

al desplegar la vela voces dimos

diciendo: «¡Buen viaje!» Luego el viento

en el mástil mostró su movimiento.

»Era tiempo en el cual el Sol la lumbre

entraba en el Nemeo truculento,

y el mundo, declinando de su cumbre,

estaba en sexta edad cargado y lento:

en ella ve, como es vieja costumbre,

cursos del Sol catorce veces ciento

con más noventa y siete en que corría

cuando la flota al mar largo se hacía.

»La vista poco a poco se destierra

de aquellos patrios montes que quedaban:

quedaba el caro Tajo y fresca sierra

de Cintra, do los ojos se alejaban;

quedábanos el alma allá en la tierra,

que lástimas y amor nos la arrancaban,

y en alta mar metidos con tal duelo,

no vimos más, al fin, que mar y cielo.

»Así fuimos rompiendo aquellos mares

que nunca en tiempo alguno proa rompiera,

viendo las nuevas islas y lugares

que el generoso Enrique descubriera:

los africanos montes y casares,

tierra que Anteón rey la poseyera,

a la izquierda se queda; a la derecha

no hay certeza de tierra, mas sospecha.

»Pasamos juntamente la famosa

isla, de su madera así llamada,

conocida por fama provechosa

después que por nosotros fué poblada,

y no por ser postrera Venus osa

llamar a cualquier otra más preciada,

que a ella, siendo suya, le rindiera

a Cipro, Gnido, Pafos y Citera.

»De Masilia la costa atrás dejamos,

do apastan aceniegues su ganado,

donde las frescas aguas no gustamos

ni hay hierba que les baste en campo y prado;

ser la tierra infructífera hallamos,

con aves que digieren hierro helado,

padeciendo de todo extrema inopia,

aparta a Berbería de Etiopia.

»El límite pasamos donde llega

el Sol que para el Norte el carro guía,

donde yacen los pueblos a quien niega

el Climeneo la color del día;

aquí gentes extrañas lava y riega

el negro Sanagá con su agua fría,

donde el cabo Arsinario el nombre pierde,

llamándole los nuestros cabo Verde.

»Habíamos pasado las Canarias,

que de Fortuna el nombre recibieron;

las hijas navegamos ordinarias

que de Hesperio Hesperias se dijeron,

y las tierras do nuevas cosas varias

en otro tiempo nuestras gentes vieron,

a do tomamos puerto con buen viento

por tomar de la tierra algún sustento.

»A aquella isla aportamos que tomara

el nombre del guerrero Santiago,

santo que al español siempre ayudara

a hacer en los moros bravo estrago;

de aquí, luego que Bóreas nos soplara,

tornamos a cortar el ancho lago

de la salada mar, y así dejamos

la tierra do el refresco dulce hallamos.

»Por aquí rodeando aquella parte

de África que quedaba hacia el Oriente,

la provincia Jalofo, que reparte

por diversas naciones negra gente;

la muy grande Mandinga, por cuya arte

gozamos el metal rico y luciente,

que cerca del Gambea famoso vive,

cuya agua el mar Atlántico recibe.

»Las Dórcadas pasamos, que pobladas

de hermanas otro tiempo se vivían,

que de vista total siendo privadas

las tres de un ojo solo se servían:

tú sola, cuyas trenzas encrespadas

a Neptuno en las aguas encendían,

sintiendo ya por ellas grave pena,

de víboras henchiste aquesta arena.

»Siempre, en fin, para el Austro va la proa

y en el inmenso golfo nos metimos,

dejando la sierra áspera Lioa,

y el cabo a quien de Palmas nombre dimos,

y el grande río, que, como en Lisboa

el Tajo, da en las playas que allí dimos;

quedóse la isla ilustre que tomara

el nombre del que el lado a Dios tocara.

»Allí de Congo el reino está excelente,

que por nosotros cree la fe de Cristo,

donde el Zaire reparte su corriente,

río por los antiguos nunca visto;

por este largo mar huye la gente

del conocido Polo de Calisto,

siendo el término ardiente ya pasado,

donde el medio del mundo es limitado.

»Ya descubierto habíamos delante

en el nuevo hemisferio nueva estrella

no vista de otra gente, que ignorante

estuvo tiempo alguno incierta de ella;

vemos la parte menos rutilante,

y por falta de estrellas no tan bella,

del polo fijo, donde aun no se sabe

si otra tierra comience o mar acabe.

»Así pasando aquellos pueblos sanos

por adonde dos veces pasa Apolo,

dos inviernos haciendo y dos veranos

en cuanto corre de uno al otro polo;

por calmas, por tormentas, vientos vanos

que en la alterada mar levanta Eolo,

vimos las Ursas, a pesar de Juno,

en las aguas bañarse de Neptuno.

»Contarte, grande rey, las milagrosas

cosas del mar que los hombres no entienden,

súbitas tempestades peligrosas,

relámpagos que el aire en fuego encienden,

negras lluvias y noches tenebrosas,

rayos que en su caer al mundo hienden,

no menos es trabajo que gran yerro,

aunque mi voz, señor, fuera de hierro.

»Los casos vi que rudos marineros,

que tienen por maestra la experiencia,

cuentan por ciertos siempre y verdaderos,

juzgándolos por sola la apariencia;

mas los que tienen juicios más enteros,

que sólo por ingenio puro y ciencia

ven del mundo secretos escondidos,

entienden no ser veros ni entendidos.

»Fué claramente visto el fuego vivo

que la gente del mar tiene por santo

en tiempo de tormenta y viento esquivo,

de tempestad obscura y triste planto:

no menos les fué a todos excesivo

milagro, y causa grande de harto espanto,

ver las nubes del mar con caño largo

las aguas recoger del mar amargo.

Los Lusíadas: Poema épico en diez cantos · 第 5 / 13 段