»Y viendo el rey sublime castellano

la fuerza de los moros grande y fuerte,

temiendo más el fin del pueblo hispano,

ya perdido otra vez, que no su muerte,

pidiendo ayuda al grande Lusitano,

envía a su mujer, que era de suerte

mujer de quien la envía e hija amada

de aquel a cuyo reino fué enviada.

»Entraba la bellísima María

por palacios del padre sublimados

con bello rostro y fuera de alegría,

con los ojos en lágrimas bañados;

los cabellos rubísimos traía

por los ebúrneos hombros deslazados,

y a su padre, que sale a recibilla,

le demanda favor para Castilla:

[Ilustración:

Tú solo, cruel amor, con fuerza cruda

que al corazón humano tanto obliga,

mataste a la de culpa y mal desnuda

como si fuera pérfida enemiga.

_Canto III, Estr. 109._

]

»Cuantos pueblos la tierra ha producido

»en África de gente fiera, extraña,

»de Marruecos el rey los ha traído

»para talar mi tierra y noble España:

»poder tan grande junto no lo ha habido

»desde que el ancho mar la tierra baña:

»traen ferocidad y furor tanto,

»que al vivo pone miedo, al muerto espanto.

»Pues aquel que me diste por marido,

»por defender su tierra amedrentada,

»con pequeño poder está ofrecido

»al duro golpe de la mora espada;

»si por ti, caro padre, socorrido

»no fuese, de él y reino soy privada,

»quedando triste viuda en vida obscura

»sin marido, sin reino, sin ventura.

»Por tanto, oh rey, de quien con puro miedo

»la corriente Maluca se ve helada,

»rompe ya la tardanza, no está quedo,

»sea por ti Castilla libertada:

»si ese rostro que muestras claro y ledo

»es de padre, tu gente sea juntada:

»acude y corre, padre, que, aunque corras,

»quizás no hallarás a quien socorras.»

»No de otra suerte al padre está María

hablando, que la triste Venus cuando

a Júpiter ayuda le pedía

para Eneas que el agua va cortando,

que a tanta piedad lo conmovía

que, de la mano el rayo cruel echando,

el deseo de Venus colma y mide

con pesar de lo poco que le pide.

»Ya con el campo de la gente armada

los Eborenses campos van cuajados;

con el sol el arnés luce y la espada,

relinchan los caballos enjaezados;

la sonora trompeta embanderada

los pechos a la paz acostumbrados

a las lucientes armas va incitando

por las concavidades retumbando.

»Entre todos en medio se sublima,

de la real insignia acompañado,

el valeroso Alfonso, que por cima

de todos lleva el cuello levantado;

con sólo su mirar esfuerza y anima

a cualquier corazón desalentado:

así entra por Castilla a socorrella

con su hija gentil que es reina de ella.

»Juntos los dos Alfonsos finalmente

en campo de Tarifa se han sitiado

ante la multitud de mora gente

para quien son pequeños monte y prado:

no hay pecho tan feroz ni tan valiente

que a la desconfianza no haya dado

lugar, hasta que entienda claro y vea

que por los suyos Dios siempre pelea.

»Ya los nietos de Agar se están riendo

del español poder, poco, aunque ajeno,

las tierras ya por suyas repartiendo

entre todo el ejército agareno

(que con título falso poseyendo

está el famoso nombre sarraceno):

así también reparten ya por suya

la tierra que tenía dueño y cuya.

»Cual el membrudo y bárbaro gigante

del rey Santo con causa tan temido,

viendo el pastor David puesto delante,

de piedras y de honda apercibido,

con un hablar soberbio y arrogante

desprecia al flaco mozo mal vestido

hasta que al hondear se desengaña

que más puede la fe que no la maña:

»Así desprecia el moro con braveza

el español poder, porque no entiende

que le ayuda la suma fortaleza

de quien toda la fuerza y ser depende:

con ella el castellano y su destreza

de Marruecos al rey soberbio ofende,

y el Portugués, que a todo tiene en nada,

temer se hizo al reino de Granada.

»Ya las lanzas y espadas retiñían

por sobre los arneses: ¡bravo estrago!

Llaman, según las leyes que seguían,

unos Mahoma y otros Santiago:

los gritos hasta el cielo se subían,

la sangre de heridos hace un lago,

donde otros medio muertos se ahogaban,

si del hierro las vidas escapaban.

»Con esfuerzo destruye, hiere y mata

el Luso al granadino ya deshecho;

totalmente el poder le desbarata,

sin le valer arnés ni armado pecho;

de alcanzar tal victoria y tan barata

no quedando contento y satisfecho,

fuese a ayudar al bravo castellano

que combatiendo estaba al mauritano.

»Ya se iba el claro Apolo recogiendo

a la casa de Tetis; inclinado

para el Poniente el Véspero, trayendo

estaba el claro día celebrado:

cuando el poder del moro, grande, horrendo,

fué por los fuertes reyes destrozado

con tanta mortandad, que la memoria

nunca en el mundo vió tan gran victoria.

»No mató ni aun la parte cuarta Mario

de los muertos de aqueste vencimiento,

cuando el agua con sangre del contrario

beber hizo al ejército sediento:

ni aun el cartaginés, duro adversario

que del romano fué de nacimiento,

cuando de muertos de la ilustre Roma,

tres almudes de anillos llenos toma.

»Y si tú tantas almas dar pudiste

al tenebroso reino de Cocito

cuando la ciudad santa deshiciste

del pueblo pertinaz en falso rito,

permisión fué del cielo que tuviste,

que no fuerza de brazo, noble Tito,

que así mucho antes fué profetizado

y después por Jesús certificado.

»Pasada esta tan próspera victoria,

se torna Alfonso a su querida tierra

a gozar de la paz con tanta gloria

cuanto supo ganar con dura guerra:

do el caso triste, digno de memoria,

que de sepulcros muertos desentierra,

a la mezquina y mísera ha acaecido

que después de ser muerta reina ha sido.

»Tú solo, cruel amor, con fuerza cruda

que al corazón humano tanto obliga,

mataste a la de culpa y mal desnuda

como si fuera pérfida enemiga:

el que en la lid de amor pusiere duda

porque con el llorar no se mitiga,

sepa que así lo quiere este tirano

por con sangre bañar su altar profano.

»Estabas, bella Inés, puesta en sosiego,

de tus años cogiendo el dulce fruto,

en un engaño de alma alegre y ciego

que a la fortuna paga cruel tributo,

en el florido campo de Mondego,

de tus hermosos ojos nunca enjuto,

enseñándole al monte, al río, al prado,

el nombre que en tu pecho está estampado.

»De tu príncipe allí te respondían

las memorias que en él se aposentaban,

que siempre ante sus ojos te traían

cuando de tus hermosos se apartaban,

de noche en dulces sueños que mentían,

de día en pensamientos que volaban,

y cuanto, en fin, pensaba y cuanto veía

era todo memorias de alegría.

»De otras bellas señoras y princesas

los deseados tálamos no aceta,

que no curas, Amor, de altas empresas

cuando un hermoso rostro te sujeta:

viendo las condiciones tan aviesas

del hijo el viejo padre, que respeta

el murmurar del pueblo y fantasía

del hijo que casarse no quería,

»quitar a Inés del mundo determina

por librar, con quitarla, al hijo preso,

creyendo con su sangre y muerte indina

a matarle el amor y darle seso.

¿Qué furor consintió la espada fina

que pudo sustentar el grave peso

del bélico furor, ser levantada

contra una flaca dama delicada?

»Ante el rey los verdugos traen atroces,

que estaba de piedad ya conmovido;

mas con razones falsas y feroces

el pueblo: «¡Muera, muera!» le ha pedido:

ella con tristes y piadosas voces,

salidas del amor que le ha tenido

al príncipe y los hijos que dejaba,

que más que no la muerte le aquejaba,

»al cristalino cielo levantando

con lágrimas los ojos piadosos,

los ojos (que las manos le está atando

uno de los ministros rigurosos),

y después sus hijuelos contemplando

tan tiernos, tan queridos y mimosos,

cuya orfandad cual madre temía tanto,

al abuelo crüel hizo este llanto:

«Si ya en las fieras brutas, cuya suerte

»se conoció crüel del nacimiento;

»si en las duras Harpías que en la muerte

»en rapiñas y robos traen su intento,

»con niños y con gente nada fuerte

»vemos todos un tierno sentimiento,

»cual de Nino en la madre se mostraron

»y en los que la gran Roma edificaron:

»Tú que de humano tienes gesto y pecho

»(si de humano es matar una doncella

»flaca y sin fuerza, porque dió de hecho

»su corazón a quien supo vencella),

»detengan estos nietos tu despecho,

»pues no puede la muerte obscura de ella

»moverte a compasión de ellos y mía

»viendo como de culpa estoy vacía.

»Y si al vencer la dura resistencia,

»la muerte sabes dar con fuego y hierro,

»sabe también dar vida con clemencia

»a quien para perderla no hizo yerro;

»mas si ya la merece esta inocencia,

»ponme en perpetuo y mísero destierro

»en Scitia fría o en la Libia ardiente,

»donde en lágrimas viva eternamente.

»Ponme donde el extremo de fiereza

»entre los tigres pueda imaginarse:

»veré si en ellos hallo más terneza

»que en los humanos pechos pudo hallarse:

»allí con grande amor, aunque en tristeza,

»de aquel a quien amó podrán criarse

»estas reliquias suyas que aquí viste,

»consolación extrema de esta triste.»

»Quería perdonarle el rey benino

oyendo las palabras que la abonan,

mas el pertinaz pueblo (y su destino

que así lo permitió) no la perdonan.

Echan mano al acero puro y fino

los que este hecho bueno ser pregonan:

¡contra una dama, oh pechos carniceros,

feroces os mostráis y caballeros!

»Cual contra la hermosa Policena,

consuelo sólo de la madre vieja,

porque el alma de Aquiles la condena,

con hierro el duro Pirro se apareja,

y ella con un mirar tierno, serena

(así como paciente y mansa oveja),

vuelto el rostro a la madre que enloquece,

al duro sacrificio el cuello ofrece:

»Tales contra la Inés los matadores,

en el hermoso cuello donde estaba

la gracia con que Amor mató de amores

al que después por reina la juraba,

las espadas bañando y blancas flores

que ella con dulce lloro antes regaba,

se encarnizaban fieros y enojados,

del castigo futuro descuidados.

»Bien pudieras, oh Sol, la vista aviesa

de tal hecho llevar en aquel día

cual de Tiestes en la horrenda mesa

cuando sus hijos por Atreo comía;

vos, oh cóncavos valles donde impresa

quedó la voz de aquella boca fría,

el nombre de su Pedro, que le oisteis,

por espacio muy largo repetisteis.

»Cual la rosa del campo que, cortada

antes de tiempo, fué cándida y bella,

de las manos lascivas maltratada

del niño que jugar huelga con ella,

tiene el olor perdido marchitada,

tal estaba la pálida doncella

sin las rosas del rostro, ya perdida

la color blanca con la dulce vida.

»Las ninfas de Mondego aquesta obscura

muerte por largo tiempo la lloraron

y por memoria eterna en fuente pura

las lágrimas lloradas transformaron;

el nombre le pusieron, que aun le dura,

_Dos Amores de Inés_, que allí pasaron;

mirad qué fuente riega el prado y flores,

do lágrimas son agua, el nombre amores.

»No pasó mucho tiempo sin venganza

de la muerte crüel y las heridas,

que viéndose el rey Pedro en su pujanza

la tomó de los fieros homicidas:

de otro Pedro cruel los dos alcanza,

siendo ambos enemigos de las vidas,

el concierto haciendo duro e injusto

que con Antonio y Lépido hizo Augusto.

»Este castigador fué muy entero

de latrocinios, muertes y adulterios,

y mostrarse a los malos cruel y fiero

eran sus más gustosos refrigerios;

las ciudades guardaba justiciero

de todos los soberbios vituperios;

a más ladrones dió castigo feo

que Alcides el valiente ni Teseo.

»Del justo y duro Pedro nace el blando

(ved de la naturaleza el caso extraño),

remiso y sin cuidado rey Fernando,

por quien al reino vino tanto daño,

pues cuando el castellano entró talando

las tierras, bien pudiera en aquel año

el reino destruirse totalmente,

que hace el flaco rey flaca su gente.

»O fué castigo duro del pecado,

por quitar a Leonor a su marido

y casarse con ella de prendado

de un falso parecer mal entendido,

o fué que el corazón sujeto y dado

al vicio vil de quien se vió rendido,

se hace flaco y blando, y bien parece

que un bajo amor los fuertes enflaquece.

»Del pecado siguió siempre la pena

a muchos que el Señor lo ha permitido,

como a los que robaron a la Helena,

y con Apio, Tarquino en sí la vido.

Pues ¿al santo Daniel quién le condena,

o quién el tribu ilustre ha destruído

de Benjamín? ¿Quién dió la pena dina

a Faraón, Siquén, por Sara y Dina?

»Y si los fuertes pechos enflaquece

un inconceso amor desatinado,

en el hijo de Alcmena se parece

cuando en Omfale anduvo transformado:

de Marco Antonio el nombre se obscurece

por ser con su Cleopatra enredado,

y tú, próspero Peno, lo sentiste

cuando la moza vil de Apulia viste.

»Mas ¿quién puede librarse por ventura

del lazo que Amor arma blandamente

cuando entre rosas y la nieve pura

pone oro y alabastro transparente?

¿Quién de una peregrina hermosura,

de un rostro de Medusa propiamente,

se podrá libertar, si el ser cautivo

no en piedra, mas lo muda en fuego vivo?

»¿Quién vió un mirar seguro, un rostro blando,

una bella y angélica excelencia,

que en sí está siempre el alma transformando,

que pudiese hacerle resistencia?

Disculpado por cierto está Fernando

con el que de amor tiene la experiencia

y yo, si por tenerme en esto tanto,

el resto lo remito al otro canto.»

[Ilustración]

[Ilustración]

CANTO CUARTO

«DESPUÉS de la tormenta rigurosa

nocturna sombra y proceloso viento,

suele venir la luz pura y hermosa,

esperanza del puerto y salvamiento;

aclara el sol la noche tenebrosa

apartando el temor del pensamiento:

así en el fuerte reino aconteciera

después que el rey Fernando falleciera.

»Que si mucho los nuestros desearon

quien las ofensas vaya ya vengando

de aquellos que tan bien se aprovecharon

del descuido remiso de Fernando,

dentro de breve tiempo lo alcanzaron

por rey un Juan invicto levantando,

de don Pedro el Crüel cierto heredero,

aunque hijo bastardo verdadero.

»Ser esto por divina providencia

se mostró con señales evidentes

cuando una niña en Ébora, sin ciencia

y sin habla, habló con los presentes;

y como era del cielo la sentencia,

el corazón movió de muchas gentes

diciendo: «¡Portugal, con cuerpo y mano,

»por el primer don Juan, rey soberano!»

»Alterados del reino muchos pechos

con odio que ocupados los tenía,

infinitas matanzas y despechos

el popular furor ciego hacía.

Los parientes y amigos son deshechos,

que eran de reina y conde compañía,

con quien su incontinencia deshonesta

era, después de viuda, manifiesta.

»Mas él, en fin, con causa deshonrado,

ante la reina muere, y no socorre

la triste al triste; muere acompañado

de otros a quien la misma suerte corre;

quien, como Astianacte, fué arrojado,

sin valerle corona, de alta torre:

a quien orden o altar no fué provecho,

que por las calles queda piezas hecho.

»Puédense ya poner en largo olvido

las muertes y crudezas que vió Roma

hechas del feroz Mario y favorido

Sila, que a su contrario vence y doma;

mas, por muerte del conde, sin sentido

quedó Leonor, y por venganza toma

traer a Portugal al de Castilla,

diciendo de su hija ser la silla.

»Beatriz era la hija, que, casada

con el español rey, a Juan precede,

por hija de Fernando reputada,

si la fama y rumor se lo concede.

Con esta voz Castilla levantada

porque la hija al padre le sucede,

sus fuerzas ajuntó para las guerras

de varias regiones, varias tierras.

»De la provincia vienen que de un Brigo

(si fué) ya tuvo el nombre derivado;

de tierras que Fernando y rey Rodrigo

ganaron del tirano y moro estado:

no estiman en el campo al enemigo

los que cortando van con duro arado

los campos de León, cuya arma y gente

contra los moros fué siempre excelente.

»Los vándalos, de antigua valentía,

en ella confiados se juntaban,

la cabeza de toda Andalucía

que de Guadalquivir las aguas lavan;

la noble isla también se apercibía

que tirios otro tiempo la moraban,

trayendo por insignias verdaderas

las dos columnas puestas en banderas.

»También vienen del reino de Toledo,

ciudad noble y antigua, a quien cercando

el Tajo, corre en torno blando y ledo

que en la sierra de Cuenca está manando:

a vosotros también no os quitó el miedo,

descuidados gallegos, hacer bando,

que para resistir luego os armasteis

a aquellos cuyos golpes ya probasteis.

»De la guerra movieron negras furias

la gente de Vizcaya que carece

de pulido lenguaje, y las injurias

de los extraños mal las compadece;

la tierra de Guipúzcoa y las Asturias,

que con minas de hierro se ennoblece,

armó de él los soberbios matadores

para ayudar en guerra a sus señores.

»Don Juan, a quien del pecho crece el brío,

como al hebreo Sansón de la guedeja,

puesto que todo es poco a su albedrío,

con los pocos del reino se apareja,

y aunque de parecer no está vacío,

con grandes y letrados se aconseja

por conocer de todos las sentencias,

que siempre hubo entre muchos diferencias.

»No falta con razón quien desconcierte

de la opinión de fuertes aprobada,

en quien la fuerza antigua se convierte

en su fidelidad jamás usada;

pudiendo el temor más de baja suerte

que el amor y lealtad tan sublimada,

niegan su rey, su patria y, si conviene,

negarán, como Pedro, al Dios que tiene.

»Mas no permitió Dios que se sintiese

tal yerro en don Nuño Álvarez; mas antes,

puesto que en sus hermanos claro viese

vueltas las voluntades inconstantes,

en alta voz habló, porque se oyese,

con palabras más duras que elegantes,

con la mano en la espada, y no facundo,

amenazando airado al mar, al mundo.

»¡Cómo! ¿De gente ilustre portuguesa

»ha de haber quien rehuse el patrio Marte?

»¡Cómo! ¿De esta provincia, que princesa

»fué de gentes por guerra en cualquier parte,

»ha de salir quien niegue en tal empresa

»la fe, el amor, la patria, esfuerzo y arte

»de portugués, y por ningún respeto

»quiera su propio reino ver sujeto?

»¡Cómo! ¿No sois vosotros descendientes

»de aquellos que debajo la bandera

»del grande Enríquez, fieros y valientes,

»vencisteis esta gente tan guerrera?

»¿Cuándo tantas banderas, tantas gentes

»pusieron en huída de manera

»que siete ilustres condes le trajeron

»presa, sin la gran presa que allí hubieron?

»¿Con quién fueron continuo reprochados

»éstos de quien tenéis ahora recelos,

»por Dionís y su hijo sublimados,

»sino por vuestros padres, tios y abuelos?

»Pues si con sus descuidos o pecados

»el rey Fernando os puso en tantos duelos,

»tomad con el rey nuevo fuerza cruda,

»si el pueblo con el rey se trueca y muda.

»Rey tenéis tal, que si el valor le fuese

»igual al fuerte rey que coronasteis,

»sin duda lo invencible lo venciese,

»cuánto más a quien ya desbaratasteis;

»y si esto de esos pechos no pudiese

»el temor arrancar que ya tomasteis,

»poned en boca y manos lazo y freno,

»que yo desecharé este yugo ajeno.

»Con mis vasallos y con ésta puedo

»(sacando de la vaina media espada)

»defender de tal fuerza y duro enredo

»la tierra nunca de otro sojuzgada:

»en virtud de mi rey y patria quedo,

»y de la lealtad por vos negada,

»de vencer no sólo estos adversarios,

»mas cuantos a mi rey fueran contrarios.»

»Bien como entre los mozos recogidos

en Canusio, reliquias de las Canas,

ya para se entregar casi movidos

a las fuerzas invictas africanas,

Cornelio se levanta, y compelidos

hizo a todos jurar que las romanas

armas no dejarían en cuanto vida

tuviesen, hasta en ellas ser perdida:

»De esta suerte a su pueblo esfuerza Nuño,

que con le oir las últimas razones

desechan el temor frío importuno,

que helados les tenía los corazones:

en animales suben de Neptuno,

con la lanza enristrada en los arzones,

van corriendo y gritando a boca abierta:

«¡Viva, viva el gran rey que nos liberta!»

»Del vulgo popular unos aprueban

la guerra que la patria defendía,

otros armas alimpian y renuevan

que el orín de la paz gastado había;

capacetes estofan, petos prueban,

ármase cada cual cual convenía;

otros hacen vestidos de colores

con letras y blasón de sus amores

»Con toda esta lustrosa compañía

el rey don Juan se parte desde Abrantes,

Abrantes, que también la fuente fría

de Tajo goza en aguas abundantes:

los primeros soldados los regía

quien pudiera regir los más pujantes

ejércitos de Jerjes del Oriente,

con que pasó de Heles la corriente:

»Don Nuño Álvarez, digo, verdadero

resistidor de fuertes castellanos,

cual huno se mostró a Francia primero

y a la gran multitud de italianos:

otro también famoso caballero

lleva en la ala derecha Lusitanos,

experto en guerra, en paz, en bien y en duelos;

llámase Men Rodríguez Vasconcelos.

»La izquierda ala, que a estotra corresponde,

Antón Vázquez la lleva del Almada,

que después fué de Abranches noble conde,

repartiendo su gente compasada;

mas en la retaguardia no se esconde,

de quinas y castillos cuarteada,

la bandera con Juan, que en cualquier parte

obscureciendo va el valor de Marte.

»Estaban por los muros, temerosas

y de un alegre miedo casi frías,

hermanas, madres, damas y aun esposas

ayunos prometiendo y romerías;

ya llegan las escuadras belicosas

defrente las contrarias compañías:

con grandísima grita los reciben,

de que muchos temor grande conciben.

»Responden las trompetas mensajeras

pífano sonoroso y atambores;

los alférez voltean las banderas

que listeadas son de mil colores.

Era en el seco tiempo que en las eras

Ceres el fruto da a los labradores,

entra el sol en Astrea por agosto,

y Baco en sus lagares coge mosto.

»Dió señal la trompeta castellana

con horrísono estruendo temeroso:

oyólo el monte Artabro, y Guadiana

atrás volvió sus aguas de medroso:

oyólo Duero y tierra transtagana,

corrió Tajo a la mar triste y dudoso:

las madres que el terrible estruendo oyeron

los hijos de los pechos desasieron.

»¡Cuántos rostros quedaron sin colores

dándole al corazón la sangre abrigo!

Que en los grandes peligros los temores

pueden a veces más que el enemigo.

Pues qué cuando se encienden con furores

al escalar el muro, entrar postigo,

que hacen no sentir perder la vida

por salir con la empresa acometida.

»Comiénzase a trabar la incierta guerra:

de ambas partes se encuentran los primeros,

unos por la defensa de su tierra,

otros por la esperanza de herederos:

luego el grande Pereira, en quien se encierra

todo el valor, se muestra en golpes fieros,

derriba, encuentra, y dales con su espada

la posesión del reino deseada.

»Ya por el aire espeso mil lucientes

harpones, saetas y otros tiros vuelan;

debajo de los pies de los ardientes

caballos tiembla tierra y valles suenan;

despedázanse lanzas; hay frecuentes

caídas que del golpe el campo atruenan:

recrecen los contrarios en la poca

gente, mas el buen Nuño los apoca.

»Contra él corren primero sus hermanos,

caso feo y crüel, mas no le espanta:

que en poco tiene alzar contra él las manos

quien contra el rey y patria las levanta:

de aquestos traen los fuertes castellanos

en la escuadra que a todas se adelanta

por herir cada cual su conocido,

como entre Julio y Magno Roma vido.

»Catilina, Sertorio, Coriolano,

que obligados a ser dulces abrigos

de vuestras propias patrias, con profano

corazón os hicisteis enemigos:

si en el obscuro reino de Sumano

recibís de tal culpa los castigos,

decid: ¿qué portugueses hubo en guerra

traidores a su gente, rey y tierra?

»Rómpense de los nuestros los primeros:

tantos de los contrarios se han juntado:

está don Nuño cual por los oteros

de Ceuta el cruel león encarnizado,

que cercado se ve de caballeros,

de Tetuán corriendo campo y prado:

acósanlo con lanzas, y él, rabioso,

turbado un poco está, mas no medroso.

»Míralos con furor, mas su natura

ferina y rabia no le compadecen

que huya; mas se arroje en la espesura

de los dardos y lanzas que recrecen.

Tal está el caballero la verdura

tiñendo en roja sangre; allí perecen

de los suyos no pocos; que el valiente

la virtud pierde contra mucha gente.

»Sintió don Juan la afrenta que pasaba

Nuño; cual capitán bien advertido,

todo lo corre y ve, y a todos daba

con su presencia esfuerzo muy crecido.

Cual parida leona, fiera y brava,

que los hijos que estaban en el nido

sintió que en cuanto el pasto les buscaba

el pastor de Marsilia los hurtaba,

»corre rabiosa y gime y con bramidos

los siete montes hiende, atruena, abala:

tal va don Juan con otros escogidos

corriendo a socorrer la primera ala.

»¡Oh fuertes compañeros, oh subidos

»caballeros, a quien ninguno iguala!

»Los vuestros defended, que la esperanza

»de vuestra libertad está en la lanza.

»Veisme aquí, vuestro rey y compañero,

»que entre espadas y lanzas y entre arneses

»del adversario corro y voy primero:

»¡pelead, verdaderos Portugueses!»

Esto dijo el magnánimo guerrero,

y blandiendo la lanza con reveses

del brazo la tiró, y de aqueste tiro

muchos dieron el último suspiro.

»Los suyos, encendidos nuevamente

de una noble vergüenza, honroso fuego,

sobre cuál más con ánimo valiente

peligros vencerá del marcio juego,

porfían; tiñe el hierro el fuego ardiente;

rompen primero mallas, petos luego:

así reciben junto y dan heridas,

como quien tiene en poco sangre y vidas.

»Muchos van de Cocito a ver el lago,

en cuyo cuerpo muerte y hierro entraba;

el Maestre murió de Santiago,

que fortísimamente peleaba;

muere también, haciendo grande estrago,

el Maestre feroz de Calatrava;

los Pereiras murieron renegados,

renegando del cielo y de sus hados.

Los Lusíadas: Poema épico en diez cantos · 第 4 / 13 段