que iba a dar el viático rodeado por cuatro hombres, con cirios, y me
pareció que todas las campanas de la ciudad tocaban a vuelo.
XXIV.
AL DÍA SIGUIENTE
A las altas horas de la noche llegué a casa y me metí en la cama.
Apenas pude conciliar el sueño, y me desperté a cada paso soñando con
que me encontraba en la Ciudadela y confundiendo esta impresión con
otras impresiones lejanas. Por la mañana me levanté y no quise salir de
casa. Por lo que me dijeron, a las seis de la tarde del día 5 algunos
nacionales, reunidos en la plaza del Teatro, empezaron a difundir la
alarma disparando tiros y dando gritos revolucionarios. Al parecer,
ésta era la señal de un movimiento sedicioso. Los directores debían ser
de los que se reunían en el primer piso de mi casa, porque durante la
tarde no apareció ninguno de ellos.
Los grupos comenzaron a vitorear a la Constitución e hicieron que se
reunieran con ellos los batallones de la milicia.
A los grupos de la plaza del Teatro se añadieron otros, y al anochecer,
el más numeroso, sostenido por las fuerzas de la milicia, se presentó
en la plaza de Palacio con un gran letrero, en donde se leía escrito
con letras grandes: «Viva la Constitución de 1812».
El letrero fué colocado en el pórtico de la Lonja, iluminado por dos
grandes antorchas y custodiado por dos centinelas.
Cuadrillas con banderolas desplegadas comenzaron a recorrer las calles;
la gente los vitoreaba al paso.
Se asaltó, según se dijo, la casa de un canónigo de la calle del
Paraíso, y se temió que fueran a continuar los horrores del día
anterior.
Debió de haber después gran confusión entre los batallones de la
Milicia nacional; unos, según se dijo, eran partidarios de secundar el
movimiento, y otros no querían que la Constitución saliera de un motín
tan sangriento y tan turbio como el del día anterior.
El segundo general, don Antonio María Alvarez, publicó dos bandos muy
enérgicos, arengó a las tropas, y por lo que se contó, uno de los
batallones de la Milicia, el que llamaban de La Blusa, se resistió a
retirarse. El médico don Pedro Mata, que era capitán de este último,
consiguió convencer a su gente y el movimiento fué sofocado.
El día 7 nos dijeron en la casa que Aviraneta, el conspirador
madrileño, acababa de ser preso y trasladado a un barco inglés que
estaba surto en el puerto.
XXV.
EPÍLOGO
UNOS días después fuí a ver a Elena y a María Rosa; las dos estaban
inconsolables. Elena había pensado ir a vivir a Francia; María Rosa me
dijo que hablara a su padre para reconciliarse con él. Arnau fué a la
fonda de las Cuatro Naciones y acogió a su hija con afecto. Se dispuso
que Arnau, Secret, María Rosa y yo volviéramos a Tarragona.
Elena se despidió de María Rosa y de mí llorando; yo no sabía qué
decirla.
Nos citamos con Arnau, para las diez de la mañana, en el puerto. Yo
llegué demasiado temprano y me asomé a la Ciudadela. Hacía una hermosa
mañana de sol. El cordelero de la Explanada estaba trabajando como en
días anteriores; iba y venía tranquilamente, con su manojo de estopa en
la cintura, y el chico daba vueltas al carretel.
De la tragedia pasada no quedaba ni rastro. Volví hacia el puerto.
Todavía era temprano. En los Encantes vi que se vendían botones,
galones y armas que procedían, seguramente, del asalto de la Ciudadela.
Dos hombres, sin duda dos de los asaltadores, mientras comían unas
naranjas contaban sus hazañas de la noche de la matanza.
Vinieron Arnau y su familia, y nos embarcamos y llegamos a Tarragona.
Yo recibí por aquel tiempo carta de Málaga diciéndome que volviera,
porque nuestros asuntos habían mejorado de tal manera que podíamos
vivir allí cómodamente y sin apuros.
No tuve más remedio que volver. Un domingo, a final de enero, fuí a
despedirme de Arnau y de su familia a la torre próxima al Hostal de la
Cadena.
Hacía un día magnífico, un día ya de primavera. En los huertos, los
almendros y los avellanos se mostraban llenos de flor, y las naranjas
brillaban, doradas, en el obscuro follaje. Estuvimos en el cenador
del jardín de la torre de Arnau, Pepeta, María Rosa y yo. Sentíamos
los tres que algo había pasado por nuestra vida, dándole una gravedad
inusitada.
El cielo estaba azul y el mar tranquilo; las olas llegaban plácidas,
perezosas, a la angosta playa.
Las chicas de la vecindad, en corro en la carretera, cantaban con voz
aguda:
A las chicas de este pueblo
las tengo que regalar
unas tijeritas de oro
para aprender a bordar.
Yo estuve ensimismado mucho tiempo oyendo el canto de las niñas y el
rumor de las olas, hablando de tarde en tarde maquinalmente, hasta que
me levanté, saludé con precipitación y me marché. Se hacía de noche y
tocaban los tambores la retreta en los cuarteles...
Al día siguiente era la marcha.
Doña Gertrudis y Eulalia me abrazaron y prometieron escribirme.
Dejé Tarragona con tristeza, y me acomodé de nuevo en Málaga, en donde
comencé a trabajar en sociedad con mi hermano en el antiguo escritorio
de mi padre. Pronto llegamos a consolidar nuestra casa comercial.
Llevaba varios meses sin hacer caso de mi gran poema la _Batalla de
Lepanto_, cuando un día lo saqué del armario donde lo tenía guardado, y
me puse a leerlo. Me produjo una terrible desilusión. Me pareció frío,
hueco, sin vida. Pensé si podría conservar algo de él, pero todo era
igualmente malo y decidí quemarlo. Comprendí que aquello era lo mismo
que romper con mi juventud; pero no vacilé y eché el manuscrito al
fuego.
Un año después de mi partida de Tarragona, Eulalia me escribió una
carta dándome noticias.
Un día que se hallaban en la torre de Arnau éste y Secret sonaron dos
tiros, y Arnau cayó herido en el hombro. Secret avanzó hacia donde
habían tirado, con la pistola amartillada, y recibió un tiro, y cayó
muerto. El matador era Jaime, el hermano de Pedro Vidal. Por lo que
se supo después, Jaime volvió a Tarragona, entró en la Catedral y se
acercó al confesonario del canónigo Roquebruna.
--Don Guillermo.
--¿Qué hay, hijo mío?
--Acabo de matar a un hombre y de dejar a otro malherido.
--Calla, podrían oírte; arrodíllate delante del confesonario y cuenta
lo que has hecho.
El canónigo entró en el confesonario; Jaime se arrodilló y contó lo que
había pasado. Cuando hubo concluído su relato, el canónigo le dijo:
--Sígueme muy de lejos y sin que te vea nadie.
Atravesaron la catedral, que estaba a obscuras, uno tras otro; entraron
en el Palacio del Arzobispo, y se acercaron a una torre que tenía una
lápida sepulcral, con un auriga esculpido y una inscripción en latín
en la que se decía que el finado hubiera preferido mejor morir en el
circo que de la fiebre. Pasaron a un cuarto pequeño que daba a la
terraza de un antiguo baluarte, y el canónigo dijo a Jaime:
--Aquí estarás escondido una semana; luego pasarás al campo carlista.
Efectivamente, Jaime estuvo escondido en el Palacio Arzobispal, y
después se marchó con las tropas de Tristany, en las que ingresó como
alférez.
De mis amigos de Tarragona supe que Arnau, de viejo, había comenzado a
ir a la iglesia; que María Rosa se casó con un militar, y Pepeta, con
Pascual el hortelano, el Vertumnio de la torre próxima al Hostal de la
Cadena.
Al acabar la guerra civil me volvió a escribir Eulalia: me decía que
había visto a Elena en Tarragona, que tenía una niña y que estaba
guapísima.
Eulalia añadía que Elena me recordaba constantemente, y me aconsejaba
que tuviera un arranque, fuese a Tarragona y me casara con ella. Se
me ocurrió consultar el caso con mi hermana y contarle la historia de
Elena; mi hermana me disuadió; me convenció de que una mujer así, tan
decidida, no me convenía. Después me arrepentí de seguir su consejo.
Itzea, junio, 1921.
LOS BASTIDORES DE LA TRAGEDIA
SEGÚN AVIRANETA
HABÍA leído el relato anterior a mi amigo don Eugenio, y éste me dijo:
--Esa historia que copiaste del Diario de ese señor malagueño
representa el lado público de la tragedia de Barcelona; ahora te
contaré yo el lado privado; seguramente, menos novelesco y con menos
ringorrangos. No soy nada partidario de la literatura en la Historia. A
mí me gusta la relación de los hechos ciertos, claros, escuetos y sin
adornos.
--A mí también. Lo malo es que no hay hechos claros, ciertos y escuetos.
--¿Cómo que no?
--Naturalmente que no. Si los hechos fueran tan claros en la
Historia, usted no tendría motivo para quejarse de haber sido juzgado
injustamente.
--Es que a mí se me ha tratado con una injusticia deliberada. Entre
los clericales y los farsantes de la masonería me han hecho el vacío.
Yo he preferido no ser nada que no medrar apoyado por miserables
imbéciles. Hoy, si empezara a vivir, haría lo mismo.
--Bien. Es que usted no tiene sentido social alguno, y, además, sucede
que esos hechos que usted cree tan claros y tan escuetos no lo son.
--¿Esa es tu opinión?
--Sí.
--No es la mía.
--Bueno, no discutamos; siga usted con lo que iba a decir.
--Habrás leído mi folleto _Mina y los proscritos_.
--Sí.
--No es la verdad completa, porque lo escribí en la emigración, en
Argel, y me hallaba verdaderamente furioso.
--¿Y los hechos? ¿Esos hechos que son tan claros, según usted?
--En mi folleto se advierte irritación y rabia; pero los hechos hablan
claros.
EN ZARAGOZA
El verano de 1835 me encontraba yo en Zaragoza, escapado de la Cárcel
de Corte, viviendo pobremente en una casa de huéspedes de la calle de
San Pablo. Allí publiqué un folleto titulado _Lo que debería ser el
Estatuto Real o derecho público de los españoles_, en la imprenta de
Ramón León.
El publicar este folleto me atrajo la hostilidad de los moderados y
de gran parte del partido liberal, que trabajaba con todo su poder
para ahogar la revolución, que muchos considerábamos necesaria y que
dirigíamos los de la Sociedad Isabelina.
Yo creo que nuestro plan era, por entonces, el más claro; consistía en
restaurar la Constitución, más o menos modificada, instalar un Gobierno
liberal de orden y acabar con el carlismo, tanto por medios políticos
como por la fuerza militar.
Reunir el patriotismo en un centro común, decía yo en mi folleto; hacer
al carlismo una guerra de exterminio y trabajar incesantemente hasta
conseguir una verdadera representación nacional, he ahí los constantes
desvelos de los isabelinos.
Mis planes--seguía diciendo después--nunca se dirigieron al
establecimiento de una república en España. Republicano por principios,
estoy plenamente convencido de que los españoles, desgraciadamente, no
nos hallamos en estado de abrazar el sistema de gobierno más barato y
perfecto que se conoce desde el origen de las sociedades.
--¡Pero, hombre, don Eugenio, qué utilitarismo más vulgar!
--Hay que tener principios, y el utilitarismo ha sido el principio
capital de nuestra época. Sigo adelante.
Las ambiciones personales destrozaron nuestro partido. Nosotros no
creíamos que fueran indispensables estas o las otras personas para
la marcha de las instituciones liberales. Entre nuestros políticos
no había grandes lumbreras, y pensábamos que todos o casi todos se
podían reemplazar. Esto producía en la clase política, convertida en
oligarquía, una cólera terrible. ¿No creíamos que Argüelles, Toreno o
Mendizábal eran insustituíbles? Pues éramos anarquistas, perturbadores,
dignos del presidio.
Como los oligarcas tenían el mando y el dinero, la traición en nuestras
filas era frecuente. Muchos de los individuos de las juntas isabelinas
se pasaron secretamente al campo enemigo y ofrecieron sus servicios al
conde de Toreno.
Por este tiempo, el gobernador civil de Zaragoza publicó un bando
contra los forasteros que habitaban la ciudad; y aunque indirectamente
y sin nombrarme, me señalaba a mí con tales detalles, que los
isabelinos todos comprendieron que se trataba de expulsarme.
En dicho bando se mandaba que los forasteros que no tuviesen
pasaporte, o que teniéndolo no fuera legítimo, se presentasen en el
Gobierno civil o salieran de la provincia. Yo, ni me presenté ni salí
de Zaragoza. Los patriotas y amigos míos se ofrecieron a sostenerme y a
defenderme en el caso de que se me quisiera expulsar de allí.
«EL CONSABIDO»
Al comienzo del mes de septiembre, el ministro de la Gobernación, don
Ramón Gil de la Cuadra, me escribió una carta pidiéndome que dirigiese
una circular a los socios de la Isabelina, a fin de que cooperasen con
todos sus esfuerzos a favor de Mendizábal, el hombre de los milagros.
Lo hice así, y con la mejor intención movilicé a mis amigos políticos
de Madrid y de provincias.
--¿Era usted todavía hombre influyente?
--Sí, ya lo creo. Estaba en auge.
A consecuencia de las comunicaciones que se cambiaron entre el ministro
y yo se estableció una correspondencia amistosa. Don Ramón Gil de la
Cuadra, me pidió mi parecer acerca de la marcha que debía de seguir
el nuevo ministerio, y yo le contesté dándole las soluciones que a mí
se me figuraban las más oportunas en aquel momento. Gil de la Cuadra
contestaba a mis cartas firmando: _El Consabido_.
Después de un mes o mes y medio de correspondencia, Gil de la Cuadra
me preguntó en una carta qué pensaba hacer, qué proyectos tenía; yo
le expliqué en qué situación me encontraba, y, al poco tiempo, él me
escribió diciéndome que, a su parecer, lo que más me convenía era que
el Gobierno me diese una comisión activa que me produjera un modo
decente de vivir de mi trabajo, y que más adelante, por medio de
la influencia de Mendizábal, me colocaran en un destino fijo en el
ejército.
Pregunté a Gil de la Cuadra adónde había pensado enviarme en comisión,
y me contestó que a Barcelona.
Los amigos de Zaragoza me hicieron desconfiar; según ellos, en
Barcelona me esperaba el fracaso; la ciudad condal tenía en
política cierta autonomía, y no siendo yo catalán no podría hacer,
probablemente, allí cosa de provecho.
Comuniqué esta opinión de mis amigos a Gil de la Cuadra, y éste me
replicó enfadado diciéndome que hacía mal en no ir a Barcelona, y que
allí era donde podía ejercer mi actividad con mayor provecho.
MENDIZÁBAL
A mediados de octubre escribí a mi amigo don Tomás de Alfaro, hermano
político de Mendizábal, rogándole hablase a éste para que me remitiera
un salvoconducto con el cual pudiese regresar a Madrid.
A vuelta de correo recibí el permiso, y me presenté en la corte el
mismo día de la apertura de los Estamentos.
Supe que los partidarios de Toreno y de Martínez de la Rosa trabajaban
para que otra vez se me encerrara en la Cárcel de Corte, pretextando
la existencia de un mandamiento de prisión dado contra mí, a causa de
mi fuga del mes de agosto; pero Mendizábal se opuso y me libertó de un
nuevo atropello. Fuí a ver a don Juan Alvarez Mendizábal a la calle de
Atocha, 65, donde vivía, y a la Presidencia.
En las varias ocasiones que tuve de hablar con el presidente del
Consejo, éste me recibió con gran atención, me auxilió en mi desgracia
y me quiso emplear de una manera honrosa y decente.
Tú ya le has conocido a Mendizábal, y recuerdas seguramente cómo
era: muy alto, con un tipo aguileño de judío, por lo que Borrow lo
encontraba aspecto de un Beni-Israel; el pelo, ya que comenzaba a
blanquear, y la levita, inglesa, de corte irreprochable.
--Una pregunta.
--Venga.
--¿Usted sabe por qué Mendizábal, que se llamaba Alvarez y Méndez,
cambió de apellido y se llamó Mendizábal?
--Creo que el motivo principal fué borrar el aire judaico que tenían,
por entonces, entre los gaditanos, sus apellidos, sobre todo el de
Méndez. Había en Cádiz la casa de los Méndez, que se tachaba de judía.
Los Alvarez eran desconocidos; todo el mundo tenía la tendencia de
llamar a Mendizábal, Méndez, y suponer que era judío, aunque Mendizábal
estaba bautizado, y sus padres también. Alvarez Méndez, Méndez
Alvarez... Esto último sonaba a Mendizábal, apellido vasco, por lo
tanto, poco sospechoso de judaísmo, y don Juan lo adoptó.
--Es una versión lógica.
--Mendizábal--siguió diciendo Aviraneta--hablaba de una manera muy
premiosa, que a veces sabía ser cordial. Yo le había conocido cuando la
revolución del año 20, pero él ya no se acordaba de mí.
Me preguntó qué quería; le expliqué que mi causa del 24 de julio
estaba todavía abierta, y que a consecuencia de ella no podía ser
reintegrado en mi destino de Comisario de Guerra. Me habían aconsejado
que presentase en el ministerio una solicitud pidiendo que aquella
causa fuese comprendida en el Real decreto de 25 de noviembre, y que,
en su consecuencia, se sobreseyese.
A Mendizábal le pareció bien que siguiera este procedimiento, y me
aseguró que sobreseería la causa.
Agradecido a tan gran beneficio me ofrecí a él para que me ocupase en
lo que me creyera más útil a la patria, y el ministro me manifestó el
estado crítico de Cataluña, las intrigas que allí se desarrollaban,
atizadas por los carlistas y por los extranjeros, y lo conveniente
que sería el que yo pasara al lado del general Mina para desentrañar
aquellas maquinaciones y auxiliar al general.
--¿Está usted en buenas relaciones con Mina?--me preguntó Mendizábal.
--Sí, soy amigo suyo; no tengo ningún motivo de queja contra él, y creo
que a él le debe pasar lo mismo con relación a mí.
--Mina hace un gran papel en Cataluña--añadió don Juan--; es muy
querido por los liberales del país, pero no tiene flexibilidad alguna;
cree que a cañonazos y a tiros ha de dominar la situación, y en esto
se engaña. Sería por eso conveniente que un hombre diplomático y de
espíritu flexible, como usted, se reuniera a él y lo aconsejara.
--Pues, nada, iré a Barcelona.
--Bien. Yo le daré a usted una carta.
La carta que me dió Mendizábal decía así:
«Excmo. Sr. D. Francisco Espoz y Mina.
»Madrid, 30 noviembre de 1835.
»Mi querido general: Por los beneficios que deben resultar a la
justa causa y por el concepto que me merece el dador de ésta, el
señor de Aviraneta, suplico a usted le considere como persona de
confianza; de la buena inteligencia y acuerdo de ustedes no dudo
resultarán motivos de satisfacción para todos, y en esta creencia
preveo igualmente que accederá usted a mis deseos.
»Es de usted siempre afectísimo amigo, que besa su mano,
»_J. A. y Mendizábal_».
Los días siguientes fuí a ver a don Ramón Gil de la Cuadra. Ni en el
ministerio ni en su casa pude encontrarle.
DON RAMÓN GIL DE LA CUADRA
Don Ramón Gil de la Cuadra era vizcaíno, de Valmaseda; había viajado
por América, Filipinas y la India inglesa; era aficionado a las
matemáticas y a las ciencias naturales. Tenía mucha suspicacia y era
muy enemigo de la gente joven y activa.
Durante los años de la emigración, en Londres, después de 1823, se hizo
tan íntimo de Mina, que se le consideraba como su mentor. Le escribía
los planes de las conspiraciones y los proyectos futuros de los futuros
gobiernos liberales.
Se tenía de él un gran concepto, y formaba con Argüelles, Calatrava,
Ferrer, Gamboa, etc., un grupo de doceañistas, al que algunos llamaban
el de los Magnates, y también el de los Viejos Cardenales. Don Ramón
era serio y reservado, tenía mucho prestigio, y excepto Alcalá Galiano,
que le odiaba, los demás le consideraban como un gran hombre.
La mala acogida de don Ramón Gil de la Cuadra renovó mis sospechas de
Zaragoza, que se aumentaron aún con los datos que me dieron algunos
amigos. Me dijeron que don Ramón hablaba mal de mí; que me pintaba como
un intrigante y como un alborotador, y que decía que sería conveniente
que me expulsaran de España.
LOS DOCTRINARIOS
--Pero esta hostilidad, ¿no tenía algún otro motivo particular?--le
pregunté yo a don Eugenio.
--No, que yo sepa; todos estos políticos viejos eran doctrinarios,
gentes de principios cerrados, ordenancistas; ellos, como los médicos
de Molière, preferían que el enfermo se muriera a dejar de seguir
los preceptos de Hipócrates. Comprendían, claro es, que en tiempo de
revoluciones y de revueltas no se puede marchar siguiendo la ley al pie
de la letra; pero en vez de confesarlo así y obrar en consecuencia,
tomando el mejor camino por intuición, buscaban sutilezas y argucias
para dar a la arbitrariedad una apariencia legal.
Por otra parte, estos viejos mandarines eran masones de los que creían
en la parte mística de la secta, o por lo menos la respetaban, y me
consideraban a mí como un hereje porque yo siempre había mirado las
cuestiones simbólicas de la masonería como verdaderas mamarrachadas
indignas de ser tomadas en serio. Además, estos doctrinarios creían que
sin intervenir ellos no se podía hacer nada, y tenían una suficiencia y
una vanidad completamente morbosa. Todos los que no estaban con ellos,
los que no les adulaban y no les jaleaban eran sus enemigos. En su
grupo, los diputados de 1812 eran dioses; los del 20 al 23, semidioses;
el que completaba el prestigio habiendo estado en la emigración en
Londres podía considerarse en el Olimpo. El que no cumplía alguno de
estos requisitos no valía nada; yo no tenía ninguno de ellos, razón
por la cual no se me consideraba persona grata. Por otra parte, mis
opiniones políticas audaces habían irritado de tal manera a Gil de la
Cuadra, a Calatrava y a sus amigos, que desde entonces me tomaron un
odio terrible y no me perdonaron.
DESCONFIANZA
Preocupado, le pregunté al pariente de Mendizábal si es que el Gobierno
quería desprenderse de mí, y Alfaro me dijo que don Juan no era
capaz de una perfidia semejante, y que sí desconfiaba que no fuera a
Barcelona. Ante esta afirmación me decidí; no tenía otro remedio.
La víspera de mi salida de la corte encontré, cerca de la Casa
de Correos, a Gil de la Cuadra, a quien manifesté claramente mi
desconfianza. Don Ramón, después de excusarse de no haberme recibido,
por haber estado muy enfermo y muy atareado, me indicó que en aquel
momento acababa de echar una carta para el general Mina, avisándole
que yo llegaría al final de mes, comunicándole la comisión que llevaba
a Barcelona y recomendándome eficazmente.
El 5 de diciembre salí de Madrid para Valencia; esperé allí quince días
la llegada del _Balear_, un vapor con la tripulación catalana, y el 24
del mismo mes me embarqué para Barcelona.
EN VALENCIA
En los quince días que estuve en Valencia me dediqué a leer periódicos
y a enterarme de los asuntos de Barcelona; leí varios folletos, entre
ellos uno de Raull y otro de Bertrán Soler acerca de la asonada,
seguida del incendio de los conventos, de la ciudad condal. Estas
lecturas me hicieron pensar que quizá Barcelona estaba en vísperas de
una gran conmoción popular como en tiempo del Corpus de sangre. Me
figuraba la ciudad catalana un Nápoles de la época de Masanielo.
Como tenía una idea muy vaga de la acción de este personaje, pedí
algún libro acerca de él en la librería de Cabrerizo, y me dieron uno
de un autor francés, Defaucompret, titulado _Masanielo u ocho días
en Nápoles_, que era una novela. Busqué otros libros sobre el héroe
napolitano, pero no encontré mas que éste.
Supuse, más o menos por inducción, que un pueblo como Barcelona, en
aquellas circunstancias, estaba abocado a tener un jefe revolucionario
y popular. Me engañé en absoluto; yo no podía prever la carencia de
hombres de inteligencia y de arranque que había en esta época en la
capital del principado.
BARCELONA
--¿Existía de veras tanta inferioridad?
--Sí; Barcelona, entonces, estaba sin directores; todo lo que
sobresalía no pasaba de la más absoluta mediocridad; los que querían
erigirse en caudillos eran gente sin inteligencia, sin valor y sin
abnegación.
Llegué el 27 de diciembre de 1835 a Barcelona; me esperaban en el
muelle dos individuos de la Isabelina: Tomás Bertrán Soler y mi antiguo
asistente, el Chiquet. Junto con ellos fuí a una casa de la calle de
la Puerta Ferrisa, enfrente de la capilla de Montserrat, donde quedé
hospedado.
Al día siguiente me presenté en la Capitanía General a saludar a doña
Juanita, la señora de Mina. Después de ofrecerle mis respetos le
pregunté si no había recibido su esposo una comunicación de Gil de la
Cuadra anunciándole mi llegada. Doña Juanita me dijo que no lo sabía;
su marido había salido para la campaña y no le había dicho nada. Esto
me dió muy mala espina.
Volví a mi casa un tanto preocupado y me dediqué a observar la política
barcelonesa. Esta política era reflejo de la española, aunque más
enconada y personalista.
POLÍTICOS BARCELONESES
Había por entonces en Barcelona muchos partidarios de Don Carlos,
muchos reaccionarios y absolutistas de buena fe.