Barcelona de un fraile exclaustrado que era librero de viejo. Este
hombre tenía tal afición por sus libros y sus papeles, que cuando
vendía alguno de ellos le entraba tal desesperación de verse sin su
infolio o sin su manuscrito, que salía detrás del comprador y lo
asesinaba para recuperarlo.
Este absolutismo y esta violencia para cualquier cosa existía, más que
en ninguna parte de España, en Cataluña, y sobre todo en Barcelona.
XX.
CONFUSIÓN
HABÍA un constante entrar y salir de gente misteriosa, hombres
embozados en capas y en mantas, en nuestra casa de la calle de la
Puerta Ferrisa. Pregunté a don Ramón Arnau qué pasaba allí, y me dijo
que un conspirador venido de la corte, Aviraneta, había llegado con el
objeto de dirigir las huestes revolucionarias de Barcelona.
Unos días después, Arnau me contó que había acudido algunas noches
a las tertulias que se celebraban en el piso principal de nuestra
casa, y se manifestó muy partidario de las ideas y de los planes del
conspirador madrileño.
Como a mí no me interesaban las cosas políticas, me dedicaba a vagar
por el pueblo, a recorrer sus calles, a andar por la Rambla, y pasaba
también largos ratos en el claustro de la Catedral.
Una mañana, en este claustro me encontré con Elena y María Rosa. Se me
acercaron rápidamente; tenían aire de haber llorado; venían las dos
de negro, de mantilla, con un rosario en la mano. Me dijeron estaban
haciendo gestiones para libertar a Vidal y a Moro-Rinaldi, que se
hallaban encerrados en la Ciudadela. Habían visitado a la mujer del
general Mina, y ésta, tratándolas con gran cariño, les había dicho que
su marido no se encontraba en Barcelona y que esperasen a que llegara.
María Rosa me indicó que hablara a su padre; le hablé; pero el capitán
Arnau me contestó rudamente que no pensaba hacer nada en favor de su
yerno.
María Rosa y Elena me indicaron que fuera a la fonda de las Cuatro
Naciones, donde vivían, y si sabía alguna noticia importante para sus
respectivos maridos se la comunicase.
Mientras yo paseaba y Arnau visitaba la habitación de Aviraneta,
Secret, uno de Reus y el Caragolet, andaban de trinca, de café en café,
con la gente más exaltada y de armas tomar de Barcelona.
Se reunían en el café de la Noria, de la calle del Arco del Teatro; en
la taberna de la Bomba, de la calle de la Bomba, y frecuentaban también
el café de los Tres Reyes, situado junto al Palacio; el de Guardias,
cerca del teatro Principal, y el café de Titó, que entonces se llamaba
de la Reina. Todos estos cafés eran verdaderos clubs en donde se
celebraban reuniones patrióticas. Otro centro de reunión de los
exaltados estaba en las casas del Colegio de Mercedarios, en la Rambla.
El café de la Noria era entonces el club más favorecido por los hombres
de pro; allí peroraban Madoz, Figuerola, Aiguals de Izco, Pedro Mata,
y otros. Allí acudían diariamente el gobernador militar de la plaza,
don Antonio María Alvarez, y el administrador de Correos Abascal,
para seguir las inspiraciones de los exaltados. Allí habló también
Alibaud, que luego atentó en París contra la vida de Luis Felipe. Los
de la taberna de la Bomba eran francamente republicanos, y los del
café de los Tres Reyes tenían cierto matiz, todavía mal definido, de
regionalistas.
Estos exaltados se dividían por su grado de exaltación y por la clase
social a que pertenecían: los había elegantes y distinguidos y los
había del arroyo. Entre esta gente del arroyo un tipo muy influyente
era el Bacallanet, contratista que acababa de construír una plaza de
toros cerca de la Ciudadela. Como lugartenientes del Bacallanet estaban
dos hermanos liberales exaltados, los Madecul, el hojalatero Garriga,
el carpintero Xingola, el cerillero Castró, el Aucellet, y otros.
También había en estos grupos de las últimas capas sociales mujeres
exaltadas, verduleras, lavanderas y algunas perdidas, todas a cuál más
chillonas y alborotadoras.
Según me dijeron, las tres furias de la casa del Negre, la Nas, la
Escombra y el Mussol, habían aparecido por la taberna de la Bomba.
Se vivía en Barcelona en plena exaltación; se hacían salvas al ponerse
el sol. Todos los días se hablaba de que la Milicia urbana tenía que
salir a campaña, lo que, naturalmente, producía una gran sensación
en los pequeños comercios y en los talleres donde trabajaban los
milicianos nacionales.
Un día le pregunté a Secret qué es lo que pretendían sus amigos y él;
si estaban de acuerdo con los que se reunían en casa de mi vecino
Aviraneta; pero me dijo que no, que ellos tenían otros proyectos y
otros ideales.
El pueblo se hallaba próximo al estallido; el odio frenético contra los
carlistas, el recuerdo de los atropellos del conde de España, la idea
de que los frailes seguían mandando en la ciudad y de que los carlistas
tenían en ella más influencia y más poder que los liberales, les ponía
a éstos en la mayor desesperación.
XXI.
LA CIUDADELA
UNA tarde, después de comer, acompañé a Elena y a María Rosa a la
Ciudadela; al llegar delante del rastrillo, el cabo de guardia nos
detuvo y nos interrogó. A las dos mujeres las dejó pasar; a mí no me
permitió la entrada.
Siguieron ellas por el puente y yo quedé fuera del rastrillo, que tenía
a cada lado un gran pilar de piedra, con una bola, también de piedra,
como remate. Pasé allí un cuarto de hora largo, y viendo que Elena y
María Rosa no aparecían, me asomé al paseo de la Explanada. Había cerca
de la muralla un cordelero que hacía una cuerda de cáñamo mientras un
chico daba vueltas a una rueda. Me paré a mirarle, recordando a mi
amigo el señor Vicente, el tío Corda.
El cordelero me preguntó si le necesitaba para algo, y le dije que no,
que me recordaba a un amigo, y le indiqué a lo que había ido allí.
El hombre pareció agradecer la confianza, y, hablándome en mal
castellano, me explicó que en aquella explanada había hacía poco tiempo
una horca muy fuerte, con una escalera de madera, con su barandado, sin
duda para que los reos pudieran subirla con seguridad. En esta horca se
colgaba a la gente en serie.
El había visto allí los hombres como racimos. Los franceses habían
ejecutado en aquel punto a cinco patriotas catalanes, y el conde de
España no se contentaba con ahorcar a los liberales, sino que tenía la
humorada de darles broma en vida y de tirarles de los pies después de
muertos.
Unos meses antes, según me dijo el cordelero, habían fusilado en aquel
mismo sitio a Miguel Arques, a quien llamaban el estudiante Murri, mozo
que durante el mando del conde de España fué uno de los espías que
denunciaban a los liberales.
Le di un pitillo al cordelero. Era un vejete flaco y aguileño. Hablaba
de una manera un tanto desdeñosa. No había salido nunca de aquel
rincón. Allí trabajaba desde su infancia.
El cordelero deshizo el cigarro que le di, molió el tabaco entre sus
manos callosas, puso el papel de fumar en el labio, lió el pitillo, lo
encendió y me dijo, mostrándome la fortaleza:
--Dentro de unos días va a haber aquí sangre.
--¿Cree usted?
--Eso dicen.
--¿Y a usted no le parece mal eso?
El cordelero se encogió de hombros. Luego me mostró las distintas
dependencias de la Ciudadela: los cuarteles, los almacenes y la torre
de Santa Clara. Era ésta ancha, gruesa, con contrafuertes; tenía en lo
alto una torrecilla a modo de templete, con un barandado con cuatro
floreros. Según me dijo el cordelero, en esta torre solían encerrar a
los presos políticos, y allí había estado el general Lacy antes de ser
enviado a Mallorca para ser fusilado.
Vi que Elena y María Rosa aparecían de nuevo en el rastrillo, y me
despedí del cordelero para acercarme a ellas. Elena y María Rosa
venían abatidas; por lo que me dijeron, Vidal y Moro-Rinaldi tenían
pocas esperanzas de ser libertados. En la Ciudadela, entre los
presos, corría la voz de que el pueblo pensaba asaltar la prisión y
degollarlos a todos. Al parecer, el odio era grande contra el coronel
don Juan O'Donnell, uno de los O'Donnell carlista que había sido
hecho prisionero en una escaramuza en Olot y que estaba preso en la
Ciudadela. O'Donnell era objeto de las iras del pueblo, que quería
sacrificarle en venganza de los fusilamientos y crueldades que habían
cometido los carlistas...
Otro día acompañé a mis dos amigas a casa del general don Pedro María
Pastors, gobernador de la Ciudadela.
Elena llevaba una carta para la señora del general, doña Carmen de Foxá
y Vadolato, hija del barón de Foxá.
El general nos recibió amablemente. Era el tal militar un tipo raro,
catalán, de Gerona, que hablaba con un acento muy rudo. Este hombre
me pareció un extravagante de muy poco talento; de gustos populares,
llevaba, como algunos marineros, un anillo en la oreja.
El general Pastors nos dijo que había pedido al segundo cabo, don
Antonio María Alvarez, quien mandaba la capital en ausencia de Mina, el
que permitiese trasladar a O'Donnell y a otros prisioneros carlistas
odiados por el pueblo a un buque de guerra de la marina inglesa; pero
Alvarez se había negado, diciendo que mientras Mina no estuviese en
Barcelona él no podía tomar tales disposiciones.
La razón de la diligencia y del deseo de Pastors de salvar a O'Donnell
dependía de que era amigo suyo y de que había hecho con el padre
del preso y con el preso la campaña de los absolutistas, en 1823.
Pastors mandó por entonces una brigada, de la que eran comandantes
Zumalacárregui, el joven O'Donnell y el conde de Negri.
Como Alvarez sabía por qué motivos Pastors pedía la traslación de
O'Donnell, no se la quiso conceder. Lo extraño era que Pastors no lo
comprendiese y se devanase los sesos pensando qué causa habría para la
negativa.
Elena y María Rosa se despidieron del gobernador de la Ciudadela con
muy pocas esperanzas.
XXII.
LA MAREA QUE SUBE
HACIA fin de año apareció en los periódicos de Barcelona un parte
del general Mina, fechado en San Lorenzo de Morunys. Decía que
los carlistas continuaban defendiéndose en el Santuario del Hort
estrechados por las tropas de la Reina, y que un prisionero, fugado
la noche anterior del santuario, había declarado que los carlistas
pasaban por las armas a los liberales que tenían en su poder. Llevaban
fusilados ya treinta y tres hombres, entre oficiales y soldados. Estos,
en su mayoría, eran del regimiento de Saboya.
Por lo que se contó, los sitiados advirtieron a Mina que por cada
cañonazo que les disparase fusilarían a un prisionero, y empezaron su
represalia sacrificando a cinco comandantes de nacionales que tenían
presos, arrojando sus cadáveres por los barrancos del monte, en donde
estaba el santuario.
La noticia causó una gran indignación entre el ejército y los paisanos;
se decía que los carlistas atropellaban las leyes de la guerra, y la
indignación era mayor en los soldados que guarnecían la Ciudadela, pues
éstos, en su mayor parte, pertenecían al regimiento de Saboya, el cual
había sido el más castigado por los carlistas en el Santuario del Hort.
Se añadía que, antes de matarlos, los carlistas atormentaban a sus
prisioneros.
Estos rumores, verdaderos o falsos, se fueron exagerando al correr de
boca en boca y avivaron el furor de los liberales barceloneses. La
rabia contra los enemigos de dentro y de fuera se hacía frenética y
desesperada.
--Hay que acabar con los que nos asesinan--se gritaba.
--Es necesario hacer algo ejemplar.
María Rosa y Elena vinieron a mi casa pidiéndome consejo, pero yo no
sabía qué aconsejarlas.
El día 4 de enero amaneció frío y triste. Estaba lloviendo. Barcelona
tomó un aire de revuelta. En las primeras horas, tambores tocando
generala pasaron, seguidos de grandes grupos, por la Rambla. Iban
hacia la plaza de Palacio, donde la multitud engrosaba por momentos.
Marchaban las patrullas de acá para allá, gritando, exasperadas.
Por entonces, en la plaza de Palacio, frente a la Lonja, se estaba
construyendo un edificio grande por un capitalista catalán, Xifré,
enriquecido en la Isla de Cuba. Al mismo tiempo se trabajaba en
ensanchar la plaza. Con la lluvia se hallaba ésta convertida en un
barrizal.
Elena y María Rosa no se apartaban de las proximidades de la fortaleza
en que se encontraban prisioneros sus maridos.
Custodiando la Ciudadela no había el día 4 de enero mas que un pequeño
destacamento del regimiento de Saboya, que no llegaba a ciento
cincuenta hombres; ocho artilleros y ochenta milicianos nacionales. Al
mediodía del 4 se reforzó la guardia con unos sesenta soldados, única
fuerza útil de un batallón del 20 de línea, que ni siquiera tenía armas.
Por lo que se dijo, el general Pastors, al oír que el pueblo intentaba
asaltar la Ciudadela, y sabiendo que se hallaba completamente
desguarnecida, salió de su casa, tomó un coche y, atravesando el gentío
que le obstruía el paso, llegó a la fortaleza.
Al caer de la tarde, la muchedumbre, en la plaza de Palacio, era
imponente; se decía que los oficiales carlistas más comprometidos se
habían fugado de la cárcel, y que el Gobierno contemporizaba con los
enemigos de la libertad. Al parecer, los batallones de la Milicia
estaban dispuestos a dejar hacer a los ciudadanos decididos para que
estos tomasen las represalias que quisieran.
Al obscurecer, la multitud se decidió, se movilizó y comenzó a marchar
hacia la Ciudadela. El movimiento parecía pensado, premeditado. Alguien
daba las órdenes, aunque no se sabía quién. Los tambores tocaban
generala. «¡Viva la Petita!»--gritaban unos--. «¡Viva Cristina y vinga
farina!»--decían otros; y estos gritos se mezclaban con los de la gente
que vitoreaba a la Libertad y a la República.
Seguía lloviznando.
Entre los grupos vi al Caragolet, harapiento, con su gorro rojo en la
cabeza, tocando un tambor. Un gentío inmenso se acercó al rastrillo, lo
empujó, lo rompió y comenzó a adelantar hacia la puerta de la muralla.
Por dentro levantaron el puente levadizo. Los amotinados vacilaron un
instante. Entonces, un grupo de hombres, dirigidos por el Bacallanet y
por otros que hablaban catalán y que no se sabía quiénes eran, fueron a
la plaza de Palacio, cogieron de las obras que allí se estaban haciendo
dos grandes escaleras y las trajeron entre los aplausos de la multitud.
Mientrastanto, algunos amotinados habían inundado los fosos y los
glacis de la Ciudadela, y pedían a gritos que les entregasen los
prisioneros carlistas.
Los directores del motín conferenciaron y decidieron, sin duda,
esperar a que entrara la noche para dar el asalto.
¿Quiénes eran estos hombres? Lo pregunté. Nadie los conocía.
La multitud se estrellaba contra los muros de la Ciudadela como las
olas de un mar turbulento; pronto se hizo completamente de noche, y
comenzaron a brillar antorchas, que iban y venían de un lado a otro en
la explanada y en los fosos.
Contemplaba yo la escena sobrecogido cuando se me acercó Elena.
Me sorprendió, porque venía vestida de hombre. Me dijo que estaba
dispuesta a salvar a su marido, de cualquier manera que fuese.
De pronto vimos una silueta iluminada por un hacha de viento humeante
en lo alto de la muralla, y supimos que era el gobernador de la
Ciudadela que arengaba a la multitud. Yo no le oí; me dijeron que había
preguntado a los sublevados qué es lo que querían y que éstos habían
contestado:
--Queremos a los presos; queremos a O'Donnell.
El gobernador dijo que no tenía atribuciones para entregar a los
prisioneros, y que lo haría si le mostraban una orden superior. Los
amotinados contestaron con terribles alaridos, exigiendo que se les
entregara a los presos inmediatamente. El general se retiró de la
muralla y volvió a aparecer de nuevo, poco tiempo después, a la luz de
una antorcha, a proponer que el pueblo nombrase un parlamentario y
que, en unión de un coronel que estaba entonces en la Ciudadela, fueran
a visitar a la primera autoridad militar de Barcelona.
El Bacallanet y sus amigos discutieron entre ellos; se oyeron frases
contra el Gobernador; alguien dijo que no había que hacer caso de sus
palabras, sino comenzar en seguida el asalto.
El problema estaba en saber lo que haría la guarnición; si ésta
comenzaba a disparar era imposible entrar en el castillo. El Bacallanet
y los suyos afirmaron que la guarnición no dispararía.
Se colocaron las dos largas escaleras en el foso, enfrente cada una
de una tronera, y comenzó a subir por ambas una fila de personas. El
primero que se lanzó al asalto fué el Caragolet. Llevaba una antorcha
en la mano, iba harapiento, sin gorro, con los pelos alborotados, la
cara llena de rabia y de cólera.
Tras él subieron la Nas, la Escombra y el Mussol; luego, Ramón Secret,
y poco después, Arnau.
A la luz vacilante de las antorchas se vió ir subiendo, por las dos
largas escaleras, filas de hombres decididos e iracundos.
Se veían caras foscas, duras, barbudas, la mayoría con el gorro rojo
sobre las greñas; algunos pocos iban armados con sables y fusiles; dos
o tres llevaban el cuchillo entre los dientes.
Toda esta gente avanzaba con una terrible decisión. De pronto se abrió
el puente levadizo y comenzó a bajar, con lentitud, hasta cubrir el
foso.
Aquella puerta abierta de la muralla, un arco negro iluminado por la
luz de las antorchas, me pareció la entrada del Tártaro. Creí que iba a
aparecer algún pantano fétido con algún sombrío Caronte.
Las turbas, al ver el paso franco, se lanzaron adentro como una ola
embravecida. Yo penetré, empujado por la multitud, en aquellos dominios
del Orco. Era como una marea cenagosa que iba subiendo e inundándolo
todo.
El general Pastors se presentó delante de la desbordada muchedumbre
intentando aplacarla; quiso hacerse obedecer por la tropa, pero ésta
apenas le hizo caso; por el contrario, muchos soldados del regimiento
de Saboya se unieron con los sublevados y les entregaron sus fusiles.
--Hay que vengar a nuestros compañeros, amigos y parientes asesinados
por los carlistas. ¡A muerte los presos!
Entonces, a la siniestra luz de las antorchas, se vió a esta multitud
de frenéticos y de sicarios entrar en los cuarteles y en los calabozos.
Arrebataron al alcaide las llaves, forzaron a balazos las puertas que
no podían abrir, sacaron a los presos y los fueron matando a tiros, a
sablazos y a cuchilladas.
La salvaje marea subía furiosa, golpeando a derecha e izquierda y
dejando por todas partes huellas de sangre.
Muchos de los presos se arrodillaban implorando la misericordia de los
amotinados: no les valía. Uno que había sido sacado a empellones de su
encierro y vió aquella horrible carnicería, alzó en sus brazos a un
niño de pecho, gritando:
--Tened piedad de mi hijo.
--Dámelo--gritó un hombre del pueblo; y mientras éste lo cogía en sus
brazos, otro atravesaba el corazón del padre de una puñalada.
Según dijeron, O'Donnell, que vió acercarse a los amotinados por un
corredor, gritó con desesperación:
--Me van a asesinar; ¡oh!, si tuviera una espada.
Inmediatamente cerró la puerta de su calabozo; pero los asaltantes la
abrieron a tiros y a culatazos.
O'Donnell se refugió en un rincón; los sublevados le dispararon varios
tiros y cayó al suelo. Vivo aún, lo cogieron y por una ventana lo
echaron al foso. Como una manada de lobos feroces, la turba se arrojó
sobre aquel cadáver, le ataron una cuerda a los pies y lo llevaron
arrastrando por el suelo hacia el centro de la ciudad.
Gran parte de la gente que andaba por los fosos salió aullando,
corriendo, detrás de aquel despojo sangriento. La marea de sangre
comenzaba a bajar.
XXIII.
FURINALIA
DE pronto, Elena se acercó a mí y me dijo:
--Venga usted, ¡por Dios!, a ver si salvamos a mi marido.
La seguí, y fuimos los dos hasta uno de los almacenes de pólvora en
el que se habían refugiado Moro-Rinaldi y Vidal; pero los asaltantes,
ávidos de nuevas víctimas, recorrían todas las instalaciones de la
Ciudadela. Al final de un corredor del almacén de pólvora en donde
estaban Vidal y Moro-Rinaldi apareció el general Pastors con otros dos
oficiales y gritó, con su acento catalán duro y violento, que antes
que forzar la puerta hollarían su cadáver, pues de entrar allí con las
antorchas podrían producir una explosión que sepultaría a todos bajo
las ruinas de la Ciudadela y de gran parte de la ciudad.
La energía de las palabras del general probó, sin duda, a los
sublevados que eran verídicas. Iban a volver atrás cuando uno de
ellos, señalando a Moro y a Vidal, dijo:
--Estos son presos carlistas.
Elena gritó con voz aguda:
--No; han entrado en la Ciudadela conmigo.
--Es verdad--afirmé yo--; y acababa de decir esto cuando aparecieron en
el corredor la Nas, la Escombra y el Mussol como tres lobas furiosas,
las tres pálidas, con los ojos ardientes, una de ellas armada con una
hoz, y seguidas del Caragolet, con un sable en la mano.
Yo pensé que eran fantasmas que brotaban de la noche y de las
profundidades del Averno.
Las tres furias gritaron con energía que no era cierto, que eran
prisioneros carlistas. Pastors y los oficiales nada dijeron a favor de
los presos, e inmediatamente los amotinados los sacaron al foso.
--¡La _jettatura_! ¡La _jettatura_!--repitió varias veces Moro-Rinaldi,
pálido de terror.
El Caragolet enarboló el sable, y de un terrible sablazo en la cabeza
tumbó al italiano en el suelo; las tres furias de la casa del Negre se
echaron sobre Vidal y lo acuchillaron. Inmediatamente desaparecieron,
reabsorbidas en el caos de aquella noche horrible.
Elena dió un grito como si le hubieran herido a ella, y cayó al suelo.
Yo la levanté como pude. Ella temblaba convulsivamente. No había nada
que hacer; la tomé de la mano y la ayudé a salir de la Ciudadela.
--¡Si pudiera usted recoger su cadáver!--me dijo.
No la contesté; llevaba yo una tea en la mano, que no sé de dónde la
cogí, y a su luz veíamos en el suelo charcos de sangre, cadáveres
y restos humanos. La lluvia había dejado el suelo lleno de barro.
Fuera aprensión o realidad, me pareció que había un vaho espeso en la
atmósfera y que el aire olía a sangre. Se oían gritos y lamentos de
mujeres y de moribundos.
Salimos como pudimos de aquel sombrío Aqueronte. Elena muchas veces
se detenía y se echaba a llorar; yo la agarraba por la cintura y la
llevaba casi arrastrando. Me temblaban las piernas y todo el cuerpo;
debía tener fiebre. Llegamos a la fonda, subimos las escaleras, dejé a
Elena en su cuarto y salí a la calle.
Me encontraba en un estado de exaltación tan grande, que iba hablando
solo; comprendía que no podría dormir aquella noche, e instintivamente
eché a andar.
Salí a la Rambla. Me crucé con un grupo de gente que gritaba:
--¡A las Atarazanas, a las Atarazanas!
Yo fuí instintivamente hacia la Ciudadela. Marchaba por la Rambla a
obscuras, cuando vi un grupo de gente que saltaba y gritaba alrededor
de una hoguera.
--¿Qué hay, qué pasa?
Había en el suelo un bulto informe y sangriento: era la cabeza y los
restos de O'Donnell, que habían echado a las llamas.
Llegué a la Ciudadela y me acerqué a ella. La matanza había cesado,
los amotinados habían hecho una gran hoguera en la plaza de Armas con
la paja de los jergones y con todas las tablas que habían encontrado y
estaban quemando los muertos. Una terrible humareda salía de aquella
fúnebre pira.
En esto, a la luz de una antorcha, encontré a Jaime Vidal, que andaba
buscando el cadáver de su hermano. Jaime creía que Arnau y Secret
habían matado a su hermano; yo le conté lo ocurrido.
Salimos a la plaza de Palacio y después a la Rambla. Seguía habiendo
grupos; oímos contar que en las Atarazanas la tropa y la Milicia
se negaron a hacer fuego contra los amotinados, y que penetró en
la fortaleza una comisión que, provista de linternas, registró los
calabozos, sacando a los presos carlistas de los escondrijos donde
se habían refugiado. Uno de ellos se había metido en el tubo de una
chimenea, y los sublevados lo hicieron salir disparando sus pistolas
hacia arriba. Todos los presos fueron sacados de la fortaleza e
inmediatamente degollados por la turba feroz.
En las torres de Canaletas se repitió, según dijeron, la misma escena,
y en el Hospital Militar ocurrió otra más horrible aún, pues tres
infelices heridos que se encontraban allí fueron arrancados de sus
camas y fusilados en la calle.
En la Rambla la gente cantaba y gritaba celebrando la matanza; yo
estaba asombrado de tanta ferocidad. Así debían ser las matanzas de los
almogávares en los pueblos de Oriente.