DERROTEROS Y VIAGES
A LA
Ciudad Encantada, ó de los Césares.
QUE
SE CREIA EXISTIESE EN LA CORDILLERA,
AL SUD
DE VALDIVIA.
Primera Edicion.
BUENOS-AIRES.
IMPRENTA DEL ESTADO, 1836.
DISCURSO PRELIMINAR
A LAS
NOTICIAS Y DERROTEROS
DE LA
CIUDAD DE LOS CESARES.
Pocas páginas ofrece la história, de un carácter tan singular como las
que le preparamos en las noticias relativas á la _Ciudad de los
Césares_. Sin mas datos que los que engendraba la ignorancia en unas
pocas cabezas exaltadas, se exploraron con una afanosa diligencia los
puntos mas inaccesibles de la gran Cordillera, para descubrir los
vestigios de una poblacion misteriosa, que todos describian, y nadie
habia podido alcanzar.
En aquel siglo de ilusiones, en que muchas se habian realizado, la
imaginacion vagaba sin freno en el campo interminable de las quimeras, y
entre las privaciones y los peligros, se alimentaban los hombres de lo
que mas simpatizaba con sus ideas, ó halagaba sus esperanzas. El
espectáculo inesperado de tantas riquezas, amontonadas en los templos y
palacios de los Incas, avivó los deseos y pervirtió el juicio de esos
felices aventureros, que no contentos con los frutos opimos de sus
victorias, se prometian multiplicarlos, ensanchando la esfera de sus
conquistas.
El contraste entre la abundancia de los metales preciosos en América, y
su escasez, tan comun en aquel tiempo en Europa, y mas especialmente en
España, explica esta sed inextinguible de oro en los que marchaban bajo
los pendones de Cortes y Pizarro. La disciplina militar no era entonces
tan severa que enfrenase la licencia del soldado, y escarmentase la
prevaricacion de los gefes. Nervio principal del poder de los reyes, y
ciegos instrumentos de sus venganzas, los egércitos disfrutaban de la
impunidad con que suele recompensarse esta clase de servicios, y ninguna
barrera era capaz de contener el brazo de esos indómitos satélites del
despotismo. Si hay quien lo dude, contemple la suerte de Roma, profanada
por los soldados de un general de Carlos V, casi en la misma época en
que sus demas caudillos anegaban en sangre á regiones enteras del Nuevo
Mundo.
Ninguna de las pasiones nobles, que suelen agitar el corazon de un
guerrero, templó esa sórdida ambicion de riquezas, que cegaba los
hombres, y los hacia insensibles á los mismos males que sufrian. Los
planes que se frustraban eran facilmente reemplazados por otros no menos
efímeros y fantásticos; y las últimas empresas sobrepujaban casi siempre
en temeridad á las que las habian precedido. No contentos con lo mucho
que habian disipado, buscaban nuevos recursos para fomentar su natural
propension á los gustos frívolos, cuando no era á los vicios ruinosos.
Bajo el imperio de estas ilusiones, acogian todas las esperanzas,
prestaban el oido á todas las sugestiones, y estaban siempre dispuestos
á arrostrar los mayores peligros, cuando se les presentaban en un camino
que podia conducirlos á la fortuna. Es opinion general de los escritores
que han tratado del descubrimiento del Rio de la Plata, que lo que mas
influyó en atraerle un número considerable y escogido de conquistadores,
fué el nombre. Ni el fin trágico de Solis, ni el número y la ferocidad
de los indígenas, ni el hambre que habia diezmado á una porcion de sus
propios compatriotas, fueron bastantes á retraerlos de un país que los
brindaba con fáciles adquisiciones. Pero pronto reconocian su error, y
el vácio que dejaba este desengaño hubiera sido abrumante, si no
hubiesen tenido á su disposicion un _Dorado_ y los _Césares_ para
llenarlo.
Estas dos voces, que son ahora sin sentido para nosotros, fueron
entonces el alma de muchas y ruinosas empresas. Los gobiernos de Lima,
Buenos Aires y Chile, distrayéndose de las atenciones que los rodeaban,
tendian la vista hácia estas poblaciones misteriosas, reiterando sus
conatos para alcanzarlas; y las noticias que circulaban sobre su
existencia, eran tan circunstanciadas y concordes, que arrancaban el
convencimiento. Se empezó por repetir lo que otros decian, y se acabó
por hablar como testigos oculares.
De los Césares sobre todo se discurria con la mayor precision y
evidencia. Eran ciudades opulentas, fundadas, segun opinaban algunos,
por los españoles que se salvaron de Osorno y de los demas pueblos que
destruyeron los Araucanos en 1599; ó segun otros, por los restos de las
tripulaciones de los buques naufragados en el estrecho de Magallanes.
"La ciudad principal, (puesto que se contaban hasta tres) estaba en
medio de la laguna de _Payegué_, cerca de un estero llamado _Llanquecó_,
muy correntoso y profundo. Tenia murallas con fosos, rebellines y una
sola entrada, protegida por un puente levadizo y artilleria. Sus
edificios eran suntuosos, casi todos de piedra labrada, y bien techados
al modo de España. Nada igualaba la magnificencia de sus templos,
cubiertos de plata maciza; y de este mismo metal eran sus ollas,
cuchillos, y hasta las rejas de arado. Para formarse una idea de sus
riquezas, baste saber que los habitantes se sentaban en sus casas en
asientos de oro! Gastaban casaca de paño azul, chupa amarilla, calzones
de _buché_, ó bombachos, con zapatos grandes, y un sombrero chico de
tres picos. Eran blancos y rubios, con ojos azules y barba cerrada.
Hablaban, un idioma ininteligible á los españoles y á los indios; pero
las marcas de que se servian para herrar su ganado eran como las de
España, y sus rodeos considerables. Se ocupaban en la labranza, y lo que
mas sembraban era _ají_, de que hacian un _vasto comercio_ con sus
vecinos. Acostumbran tener un sentinela en un cerro inmediato para
impedir el paso á los extraños; poniendo todo su cuidado en ocultar su
paradero, y en mantenerse en un completo aislamiento. A pesar de todas
estas precauciones, no habian podido lograr su objeto, y algunos indios
y españoles se habian acercado á la ciudad hasta oir el tañido de las
campanas!"
Estas y otras declaraciones que hacian, _bajo de juramento_, los
individuos llamados á ilustrar á los gobiernos sobre la _Gran Noticia_,
(tal era entonces el nombre que se daba á este pretendido
descubrimiento) excitaron el celo de las autoridades, y la mas viva
curiosidad del público. Este fervor, y los proyectos de expediciones que
le fueron consiguientes, empezaron con el siglo XVII, y continuaron
hasta el año de 1781, en que la Corte de España encargó al Gobierno de
Chile de tomar en consideracion las propuestas del capitan D. Manuel
Josef de Orejuela, que solicitaba auxilios de tropa y dinero para
emprender la conquista de los _Césares_. Con este motivo se pasaron al
Fiscal de aquel reino nueve volúmenes de autos, que se conservaban en
los archivos, para que aconsejase las medidas que le pareciesen mas
conducentes á llenar los objetos consultados. Este magistrado procedió
en su exámen con los principios del criterio legal, que no duda de lo
que se apoya en declaraciones _juradas, explícitas, concordes_ y
_terminantes_. Las objeciones que se hacian contra estos asertos le
parecieron cavilaciones de hombres acostumbrados á dudar de las cosas
mas evidentes. Puso en cotejo la incredulidad con que se oyeron los
vaticinios de Colon sobre la existencia de un nuevo mundo; los muchos é
importantes descubrimientos debidos á las solas indicaciones de los
indios, y buscó en la historia de los naufrágios célebres una
explicacion fácil al orígen de estas poblaciones ocultas.
Hay errores que merecen ser escusados, y en los que pueden incidir los
espíritus mas rectos y juiciosos: tal nos parece el del Fiscal de Chile.
Su convencimiento es completo: no solo creia en los Césares, sino que se
esforzaba á que todos les creyesen.--_Con semejantes atestaciones_,
exclamaba en su entusiasmo, _parece que ya no debe dudarse de la
existencia de aquellas poblaciones_. Y realmente ¡cuan peligroso seria
en un juez un sistema de investigacion llevado hasta la incredulidad y
el escepticismo! ¡Cuan insuperables serian las trabas que opondria al
curso de la justicia una conciencia _incontentable_, que desconfiase de
la razon, y protestase contra sus fallos!...
No eran hombres vulgares los PP. Mascardi, Cardiel y Lozano, y todos
ellos participaron de este engaño, trabajando con ahinco para
generalizarlo. Uno de ellos fué víctima de su celo apostólico:--los
otros estaban dispuestos á imitarle, por la persuasion en que estaban
de hallar un pueblo, falto de los auxilios de la religion, aunque
viviese en la comodidad y la abundancia.
Sin embargo, esta justificacion de un error que ya no es posible
disfrazar, debo esparcir dudas sobre muchos hechos históricos, por mas
auténticos y calificados que sean. Hay épocas en que la razon se ofusca
al contemplar objetos nuevos é inusitados; y expuesto el hombre mas
juicioso á una serie continua de impresiones violentas, deja de
analizarlas, y baja insensiblemente al nivel de las inteligencias
vulgares, que todo lo ponderan y admiran. Para cumplir con el precepto
del sábio, _nil admirari_, se necesita estar en el pleno egercicio de
sus facultades, y haber contraido cierto hábito de dominar sus sentidos,
siempre propensos á fascinar, y á engañarse. ¡Cuan distantes estaban los
conquistadores de América de este estado de sosiego! Para ellos todo era
motivo de arrebato. El espectáculo de un nuevo mundo, de pueblos nuevos,
de nuevas costumbres, y mas que todo, esas fuentes inagotables de
riquezas, que brotaban por todas partes con mas prontitud que el mismo
deseo de poseerlas, mantenian á los hombres en una dulce y perpetua
extasis. Sin tomar el opio como los musulmanes, probaban las mismas
sensaciones, y les costaba trabajo arrancarse de ellas.
Con estas disposiciones se forjaron tantas mentiras, y se formaron
espedientes para acreditarlas. Los casos mas inverósimiles, los sucesos
mas extraños, las declaraciones evidentemente falsas y absurdas,
encontraban siempre testigos, y un _escribano_ para certificarlas. El
que quisiera recopilar estos embustes, formaria una obra voluminosa, y
talvez divertida. Garcilaso, el menos crédulo de sus contemporáneos, no
ha podido sustraerse de este embeleso; ya exagerando la sabiduria de las
antiguas instituciones del Perú; ya sus tesoros, ya la fecundidad de su
territorio. Le habian quedado algunas dudas sobre la magnitud
extraordinaria de un _rábano_ del valle de Cuçapá, del que habia oido
hablar vagamente, y se encontró en Córdoba con un caballero español, que
acompañaba al Gobernador de Chile cuando se trató de reconocer y
_probar_ este hecho. Este español le dijo, "_á fé de caballero
hijodalgo_, no solo ví cinco caballos atados á las ramas del rábano,
sino que comí de él, y lo hallé muy tierno."
Con este motivo le habló tambien de un _melon_ del mismo valle de Ica,
que pesaba cuatro arrobas y tres libras, y del que se tomó fé y
testimonio _ante escribano_!--De este modo cundia el fraude por obra de
aquellos mismos que debian atajarlo, y se sorprendia la conciencia
pública hasta en los documentos auténticos.
La poca instruccion que reinaba en las clases privilegiadas, favorecia
estas imposturas, y hacia mas dificil su manifestacion. La geografia,
que debió haber adelantado en proporcion de los descubrimientos, quedaba
estacionaria; y solo al cabo de muchos años se pensó en reconocer lo que
habia sido ocupado. De conformidad á los primeros informes sobre la
localidad de los Césares, los geógrafos los habian colocado en una abra
de la Cordillera Nevada, entre los 45 y 50 grados de latitud austral: y
no obstante, habia gefes que preguntaban por la _Gran Noticia_ á los
indios Chiquitos, y otros que la buscaban en las riberas del Atlantico!
La gravedad con que el Fiscal de Chile funda su dictámen en 1782, prueba
que hasta entonces conservó todo su crédito esta patraña.
La solicitud del capitan Orejuela, que dió mérito á este informe, puede
haber sido dictada por un exceso de candor, ó por un cálculo de malicia.
En ambos casos tiene el mérito de haber dejado concentrado en un solo
foco las varias opiniones que se han vertido sobre este asunto, y cuya
lectura es mas que suficiente para clasificarlas.
De los distintos papeles á que se refiere el Fiscal de Chile, hemos
extractado lo que nos ha parecido mas conducente á formar el juicio del
público, relegando al olvido muchos pequeños detalles que nada hubieran
añadido á su convencimiento.--Estos documentos nos han sido franqueados,
parte por el Sr. Coronel D. José Maria Cabrer, y parte por el Sr. Dr. D.
Saturnino Segurola, cuya liberalidad y benevolencia solo podemos
retribuir con este testimonio estéril de nuestro agradecimiento.
_Buenos Aires, 28 de Enero de 1336_.
PEDRO DE ANGELIS
DERROTERO
_De un viage desde Buenos Aires á los Césares, por el Tandil y el
Volcan, rumbo de sud-oeste, comunicado á la corte de Madrid, en 1707,
por Silvestre Antonio de Roxas, que vivió muchos años entre los indios
Peguenches_.
Los Indios de esta tierra se diferencian algo en la lengua de los Pampas
del Tandil ó del Volcan. Dirigiéndose al sud-oeste hasta la sierra
Guamini, que dista de Buenos Aires ciento y sesenta leguas, se
atraviesan sesenta leguas de bosques, en que habitan los indios
Mayuluches, gente muy belicosa, y crecida, pero amiga de los españoles.
Al salir de dichos bosques se siguen treinta leguas de travesía, sin
pasto ni agua, y se lleva desde el Guamini el rumbo del poniente. Al fin
de dicha travesía se llega á un rio muy caudaloso y hondo, llamado de
las Barrancas: tiene pasos conocidos por donde se puede vadear.
De dicho rio se siguen cincuenta leguas al poniente, de tierras
estériles y medanosas, hasta el rio Tunuyan. Entre los dos rios habitan
los indios Picunches, que son muchos, y no se extienden sino entre ambos
rios.
De dicho rio Tunuyan, que es muy grande, se siguen treinta leguas de
travesía, por médanos ásperos, hasta descubrir un cerro muy alto,
llamado Payen. Aquí habitan los indios Chiquillanes. Dicho cerro es
nevado, y tiene al rededor otros cerrillos colorados de vetas de oro muy
fino; y al pié del cerro grande uno pequeño, con panizos como de azogue,
y es de minerales de cristal fino. Por lo dicho resultan, hasta el pié
de la Cordillera, 330 leguas de camino: y las habrá á causa de los
rodeos precisos para hallar las aguadas y pasos de los rios. Pero por un
camino directo no puede haber tantas, si se considera que desde Buenos
Aires á Mendoza hay menos de 300 leguas, abriendo algo mas el rumbo
desde aquí casi al poniente con muchas sinuosidades; y el Payen, segun
el rumbo de la Cordillera, queda al sur de Mendoza.
_Prosigue el derrotero al sur, costeando la Cordillera hasta el valle de
los Césares_.
Caminando diez leguas, se llega al rio llamado San Pedro, y en medio de
este camino, á las cinco leguas, está otro rio y cerro, llamado
Diamantino, que tiene metales de plata y muchos diamantes. Aquí habitan
los indios llamados Diamantinos, que son en corto número.
Cuatro leguas mas al sur, hácia el rio llamado de los Ciegos, por unos
indios que cegaron allí en un temporal de nieve, habita multitud de
indios, llamados Peguenches. Usan lanza y alfange, y suelen ir á
comerciar con los Césares españoles.
Por el mismo rumbo del sur, á las treinta leguas, se llega á los indios
Puelches, que son hombres corpulentos, con ojos pequeños. Estos Puelches
son pocos, parciales de los españoles, y cristianos reducidos en
doctrina, pertenecientes al Obispo de Chile.[1]
[Nota 1: _Pocos años despues que anduvo el autor en aquella tierra, los
indios Puelches se amotinaron, y mataron al doctrinero Jesuita. No se
sabe si fueron muchos los culpados, pero sabiendo que entraba gente de
Chiloé á castigarlos, desampararon su reduccion, y se huyeron: de modo
que la expedicion de Chiloé no tuvo mas efecto que haber averiguado
dicha huida_.]
En la tierra de estos Puelches hay un rio hondo y grande, que tiene
lavadero de oro. Caminando otras cuatro leguas hay un rio llamado de
Azufre, porque sale de un cerro ó volcan, y contiene azufre.
Por el mismo rumbo, á las treinta leguas, se halla un rio muy grande y
manso, que sale á un valle muy espacioso y alegre, en que habitan los
indios Césares. Son muy corpulentos, y estos son los verdaderos Césares.
Es gente mansa y pacífica; usa flechas, ó arpones grandes, y hondas,
que disparan con mucha violencia: hay en su tierra muchedumbre de
guanacos que cazan para comer. Tienen muchos metales de plata, y solo
usan del plomo romo, por lo suave y fácil de fundir. En dicho valle hay
un cerro que tiene mucha piedra iman.
Desde dicho valle, costeando el rio, á las seis leguas se llega á un
pontezuelo, á donde vienen los Césares españoles que habitan de la otra
banda, con sus embarcaciones pequeñas (por no tener otras), á comerciar
con los indios. Tres leguas mas abajo está el paso, por donde se vadea
el rio á caballo en tiempo de cuaresma, que lo demas del año viene muy
crecido.
En la otra banda de este rio grande está la ciudad de los Césares
españoles, en un llano poblado, mas á lo largo que al cuadro, al modo de
la planta de Buenos Aires. Tiene hermosos edificios de templos, y casas
de piedra labrada y bien techadas al modo de España: en las mas de ellas
tienen indios para su servicio y de sus haciendas. Los indios son
cristianos, que han sido reducidos por los dichos españoles. A las
partes del norte y poniente, tienen la Cordillera Nevada, donde trabajan
muchos minerales de oro y plata, y tambien cobre: por el sud-oeste y
poniente, hácia la Cordillera, sus campos, con estancias de muchos
ganados mayores y menores, y muchas chácaras, donde recogen con
abundancia granos y hortalizas; adornadas de cedros, álamos, naranjos,
robles y palmas, con muchedumbre de frutas muy sabrosas. Carecen de vino
y aceite, porque no han tenido plantas para viñas y olivares. A la parte
de sur, como á dos leguas está la mar, que los provéen de pescado y
marisco. El temperamento es el mejor de todas las Indias; tan sano y
fresco, que la gente muere de pura vejez. No se conocen allí las mas de
las enfermedades que hay en otras partes; solo faltan españoles para
poblar y desentrañar tanta riqueza. Nadie debe creer exageracion lo que
se refiere, por ser la pura verdad, como que lo anduve y toqué con mis
manos.
(Firmado.)--_Silvestre Antonio de Roxas._
Dicho Silvestre se embarcó para Buenos Aires en los navios de D. José
Ibarra, el año de 1714. La copia de su carta ó memorial está autorizada
por D. Francisco Castejon, secretario de Su Magestad en la Junta de
guerra del Perú, con fecha de 18 de Mayo de 1716, para remitirla al
Presidente de Chile, de órden del Rey.
Los mas tienen por falso lo que contiene dicho informe. No me empeño en
justificarlo; pero me inclino á que es cierto lo principal, de haber
tal ciudad de españoles, mas hácia Buenos Aires, ó el estrecho de
Magallanes, y lo fundo en las razones siguientes.
La primera es, que el autor, despues de referir al Rey su historia,
asegurando que los Peguenches lo cautivaron en la campaña de Buenos
Aires, yendo á una vaqueria con un D. Francisco Ladron de Guevara, á
quien y á su comitiva mataron dichos indios, añade, que el haber salido
de entre ellos, estimulado de su conciencia para morir entre cristianos,
y restituirse á su patria, dejando las delicias del cacicazgo, fué
tambien para informar de dicha ciudad al Rey Nuestro Señor, lastimándose
mucho de la poca diligencia que para su descubrimiento hicieron en los
tiempos pasados los Ministros, á quienes los Reyes, sus antecesores, le
habian encargado.
Silvestre Antonio de Roxas no es nombre supuesto; porque D. Gaspar
Izquierdo afirma que lo conoció en Cadiz, en tiempo que le comunicó en
substancia lo mismo; y se lamentaba del poco caso que se habia hecho de
materia tan importante. Que el dicho Roxas, aunque fué pobre de Buenos
Aires, con dinero que heredó de un hijo suyo en Sevilla, habia comprado
armas con que armar una compañía de soldados de á caballo para el dicho
descubrimiento, y las volvió á vender.
Que no era imaginario dicho informe, se deduce de que su copia simple me
la prestó en Chile D. Nicolas del Puerto, general que fué de Chiloé:
quien me afirmó, que, en virtud de este informe, se escribió á los
Césares, el año de 1719, por un Sr. Oidor, de quien era amanuense dicho
D. Nicolas, y por órden de aquella Real Audiencia, una carta que un
indio ofreció levar, y volver con la respuesta. Esta carta yo la ví,
cuando el tal indio estuvo en esta ciudad de Buenos Aires á pedir á su
Señoria algun socorro de caballos, que no se les dieron, y solo se le
ofreció regalarle si conseguia carta de los Césares, y la traia á su
Señoria antes de llevarla á Chile.
Que el dicho indio fuese embustero, es posible; pero D. Nicolas del
Puerto cree que lo mataron los indios Puelches, ú otros; porque en la
entrada que se hizo de Chiloé por el alzamiento de dichos Puelches,
pareció en poder de un indio no conocido, la carta referida, que él
reconoció en Chiloé por ser de su letra. Tambien me informó dicho D.
Nicolas del Puerto, que en ocasion de hallarse en Chiloé, y en el
estrecho de Magallanes, en un brazo de mar que entra tierra adentro,
sacando los españoles de un navio que se le perdió, un indio de aquella
tierra, á quien tomó aficion, le comunicó, con gran encargo del secreto,
que por esta parte de la Cordillera habia un pueblo de españoles; pero
que los indios no querian que se supiera, y que si sabian que él lo
habia descubierto á algun español, lo matarian sin duda.
Dicho D. Nicolas del Puerto me hizo relacion de que este indio
aseguraba, que aquel brazo de mar se juntaba á otro, que cree ser el
estrecho de Magallanes, por donde facilmente se podia navegar á dicho
pueblo de españoles.
Añade el mismo D. Nicolas, que los vecinos de Chiloé desean hacer el
descubrimiento, sin embargo de lo necesario que seria rodear en la
Cordillera para hallar un camino; pero que solo lo impide su mucha
pobreza; y que le parece que se empeñarian en 2 ó 3000 pesos, si se les
anticipáran para los avios del viage.
Las tradiciones que hay en Chile, de lo que declararon allí dos hombres
que salieron de dicho pueblo, á los 30 años de fundado, acreditan que no
es fábula, y se conforman con el derrotero de Silvestre Antonio de
Roxas. Porque dicen, que habiéndose perdido el navío en la altura de 50
grados, salieron á tierra con lo que pudieron salvar y cargar; y
caminaron seis ú ocho dias al nord-este, hasta un parage, donde se
asentaron y poblaron, por haber sugetado allí, y rendídoseles mas de
tres mil indios con sus familias.
Y suponiéndose, por via de argumento, que declinaron uno y medio grados
del polo, quedaron en 48-1/2 de la equinoccial. Buenos Aires está en 34
grados, 36' y 39", la diferencia es 13 grados 53' y 21", que por ser el
rumbo de nord-este al sud-oeste, con poca diferencia, viene como un
tercio, y habria de distancia 31 grados, leguas poco mas ó menos. Si se
atiende á las 48 leguas que Silvestre Antonio de Roxas pone desde el
Payen hasta los Césares, caminando de norte á sur, con los 33 grados que
refiere hay de Buenos Aires al Payen, no se diferencia mucho de lo que
tendrá la mitad del camino, y de lo que aumenta el rumbo del poniente:
porque lo demas que cae en las pampas, alejándose del sud-oeste, que es
como quien endereza al mismo estrecho, queda del camino de dicho
derrotero cerca de la mar, otro tanto cuanto hay por el cabo de San
Antonio en la boca del Rio de la Plata.
Tambien se ignora si despues mudaron dichos dos hombres su poblacion mas
al nordeste, porque entonces quedarian mas cerca de Buenos Aires de lo
que estaban al principio.
Tambien se conforma la distancia que hay desde Mendoza hasta el cerro
de Payen, con el viage que hizo al descubrimiento de dicho cerro, el año
de 1701, D. Nicolas Francisco de Retoña; siendo corregidor de Mendoza;
que los que fueron con él regulaban en menos de 150 leguas algunos, y
otros en mas; estando cono está Mendoza al norte de los Césares, distaré
250 leguas de ellos.
En dicho año de 1701, entrando D. Juan de Mayorga á recoger ganado desde
la Punta del sur, estando muy tierra adentro, se infiere llegaria hasta
cerca de 100 leguas de los Césares. Aseguran en Mendoza, que fué á
buscarle un indio de aquellas cercanias, trayéndole dos caballos
ensillados á la gineta, y dijo eran de dos caballeros que habian salido
de los Césares en busca de españoles, y que los indios de la faccion, de
que era cacique, inadvertidamente los habian muerto.
Fuera de otras noticias confusas, que mal explicadas de unos en otros
indios, han llegado en varios tiempos á Buenos Aires, este año de 1740,
examiné con industria á un indio de los de la Cordillera de Chile,
llamado Francisco, á quien los indios, que acá llamamos Césares, habian
traido muy muchacho por esclavo. Preguntándole si era de las naciones
Peguenches ó Puelches, ó de qué nacion; contestó, que lo sacaron de su
tierra tan niño, que no se acuerda; sino que es muy tierra adentro, mas
allá de los Peguenches y Puelches, haciendo la seña, como que es á la
parte del sueste de los Puelches, y adentro de la Cordillera, que mira á
Chiloé, aunque no sabe dar razon de dicho Chiloé.
Pero, preguntado si cerca de su tierra está la de los indios que llaman
Césares; respondió, que estaban cerca de allí; pero mas cerca de Buenos
Aires. Y preguntado, si en su tierra oyó decir que cerca de los indios
Césares habia una poblacion de españoles; contestó, en propios términos,
que era cierto que habia españoles, pero que estaban mas acá de los
indios Césares, hácia la mar, y que la gente de aquellos parages,
inmediatos á los Césares, tienen vacas y caballos, como los españoles de
por acá. Añadió dicho indio, que los indios de aquellas partes no
quieren que se oiga que hay tales españoles.
Esto indio lo conocí mucho, por haberme servido en el viage á Chile, á
fines del año de 1738. Es de natural silencioso y sencillo, verídico en
su proceder, y cuando diese tales respuestas de invencion suya, mal
podria acaso acertar en circunstancias concordantes con la relacion del
dicho Silvestre Antonio de Roxas; ni este, si fuese tan embustero, que
hubiese en su fantasia fabricado su relacion tan adecuada á las
tradiciones y á la razon que dá el dicho indio Francisco.
Se ha reparado en que Silvestre Antonio de Roxas no expresa en su
informe qué modo de cristiandad, uso de sacramentos, y gobierno
eclesiástico tienen los españoles Césares, ni qué república y leyes
civiles observan; el vestuario y las armas que usan; obrages y otras
circunstancias que calla; ni lo que discurren de los otros españoles de
estas partes, de que talvez tendrán noticias tan dudosas y confusas como
nosotros de ellos. Pero este reparo no me hace fuerza, considerando que
dicho Roxas entraria por algun acaso á la tierra y ciudad de los
Césares, como indio Peguenche, disimulado de los otros indios, y atendió
solo á lo visible, sin detenerse en tales particularidades; y por la
relacion tan sencilla que hace en su informe, se advierte que su cuidado
se redujo á informar á Su Magestad ser cierto que habia tal ciudad de
los Césares españoles.
Muchos, ó los mas creen imposible que sea cierta dicha relacion,
arguyendo que de serlo hubieran salido dichos Césares en busca de otros
españoles; pero se les responde que no es de maravillar esta omision en
ellos, cuando la nuestra es mayor en no haberlos procurado buscar,
sabiendo que hay distancia cierta hasta la costa del mar, que corre
desde el estrecho de Magallanes hasta la Bahia de San Julian, en cuyo
intermedio es preciso que estén, si no es fabulosa su existencia: y que
es de persuadirse que los indios sus comarcanos les ponderarian que es
imposible llegar por entre naciones bárbaras, y caminos inaccesibles, á
abrir comunicaciones con los demas españoles de estos reynos: porque la
política de los indios, aunque bárbaros, será engañarlos, para que no
haya motivo de que los españoles los conquisten, y descubran las
riquezas de que no quieren usar; lo que observan rigurosamente, solo por
ocultarlas á los españoles: por conocer que ni dominacion, ni comercio
han sido la epidemia de infinidad de indios que habitaban antes las
tierras, que al presente tienen pobladas los españoles.
Tambien puede haber entre los tales Césares españoles la política
natural de no descubrirse á quienes los domine, para que no alteren el
modo de gobierno, y leyes municipales entre si acordadas, con que puede
ser esten bien hallados: pues la parcialidad entre ellos dominante, mas
querrá carecer de las útilidades que les podia proporcionar la sugecion
al Rey de España, que decaer de la autoridad, que pueden pensar
establecida en su descendencia.
Ni fuera temerario creer, que como lo hicieron los pocos que empezaron á
restaurar de los moros el reyno de Aragon, hayan dichos españoles
Césares fundado alguna, aunque muy pequeña monarquia, con tales fueros y
libertades de los subditos, y limitaciones de la soberania, que
aborrescan absolutamente en comun la novedad del gobierno, y de las
leyes á que no estan acostumbrados.
Y suponiendo que aunque haya 350 leguas por mar de aquí al paraje que
señala dicho derrotero, se podria á poca costa descubrir con un navio, y
una falua en menos de tres meses de ida y vuelta, y salir de tantas
dudas, no deja de ser notable el descuido que hay en esto: y aun cuando
no fuese cierta la noticia de dichos Césares, podrian á la venida
descubrir con una buena chalupa, las ensenadas y puertos que hay desde
el Cabo de San Antonio al estrecho de Magallanes, y sí los dos grandes
rios de las Barrancas y Tonuyan son navegables tierra adentro, con otras
circunstancias que pueden ser muy importantes al servicio del Rey, y
seguridad de esta parte de América: porque sin duda Su Magestad enviaria
providencias para asegurar que en ningun tiempo cayesen en poder de
extrangeros los puertos de San Julian, y otros que se descubriesen &a.
CARTA
_Del Padre Jesuita José Cardiel, escrita al Señor Gobernador y Capitan
General de Buenos Aires, sobre los descubrimientos de las tierras
patagónicas, en lo que toca á los Césares_ (11 de Agosto de 1746.)
SEÑOR GOBERNADOR Y CAPITAN GENERAL,
Me alegraré que V.S. se halle con la cabal salud que mi deseo le
solicita para universal bien de estas provincias.
Estando en esta nuestra estancia de Areco, retirado de la mision de
españoles, que no pude proseguir mas que por 15 dias, á causa de la
defensa ó guerra contra los indios, be recibido respuesta de mi
Provincial á la carta que le escribí recien llegado del viage del mar,
enviándole el diario del viage, y pidiéndole que informase al Consejo
Real sobre el celoso y eficaz porte de V.S. acerca de dicho viage.
Contiene la respuesta tres puntos: en el primero me dice estas formales
palabras:--"Haré lo que dice el Sr. Gobernador, de escribir al Consejo,
como Su Señoria lo merece, por su celo y eficacia en servicio de Dios, y
del Rey; que quizá si no hubiese sido por él, nada se hubiera hecho. Yo
me alegrára mucho de poder servir á V.S. en cosas de mayor monta; pues
ademas de otros títulos milita en mi el de paisano."
En el segundo me pide, que ruegue á V.S. me dé una certificacion firmada
de los gastos que los tres Padres hemos hecho en el viage, porque así
conviene. Ruego á V.S., me haga este favor, como de su benevolencia lo
espero: podrá venir esta certificacion con él que lleva esta carta,
enviándola para eso al Colegio.
En el tercero me dice, atendiendo á mis deseos, que, "luego que halle
coyuntura emprenderá el viage del Volcan, que es sierra distante de
Buenos Aires como cien leguas al sud-oeste; para ver si allí hay forma y
parage á propósito para formar un pueblo de indios serranos, que los
Padres del de los Pampas tienen apalabrados; y penetrar desde allí á los
célebres Patagones y Césares, hasta el estrecho de Magallanes. Porque
habiéndose frustrado esta empresa por mar, por lo inhabitable de sus
costas, como hemos visto, dice que no halla otro modo para esta tan
famosa mision, por tantos años pretendida por el ánimo real, y del
nuestro, sino principiando por dichos serranos, y prosiguiendo por sus
inmediaciones á los inmediatos." Larga y tarda empresa, por cierto, si
así se toma: mas pronta y eficáz la espero yo por la actividad, y celo
cristiano y real de V.S., especialmente si V.S. considera bien lo que
aquí dice.
Sabido es que el Papa, como Vicario de Cristo en la tierra, entregó al
Rey Católico la América con sus islas, haciéndole tutor de todos sus
habitadores, para que como tal procurase su reduccion al cristianismo,
con su poder, y con el egemplo de sus vasallos. Penetrado Su Magestad de
esta obligacion, no cesa, por espacio de tres siglos, de hacer lo
posible en cumplirla, ya despachando continuas cédulas á los Vireyes y
Gobernadores, exhortándoles á lo mismo, y prometiéndoles favores á los
que se esmerasen en este tan cristiano celo; ya premiando colmadamente á
los que en este punto se han adelantado, como se puede ver en las
historias de este Nuevo Mundo; ya enviando continuamente ministros
evangélicos á su costa, y señalando en casi todas las provincias buen
número de soldados que les sirvan de escolta en sus ministerios. Pues
ademas de los muchos que tiene pagados para esto en Filipinas, Marianas
y Mégico, en solo la provincia del Nuevo Reino, que comprende solamente
desde Panamá hasta el reino de Quito, tiene pagados exclusivamente para
este intento cuatrocientos soldados, con sus cabos respectivos, y con
sueldo mayor que el de Buenos Aires: y en Buenos Aires tiene pagados
para lo mismo cincuenta con su capitan; especificando que hayan de ser
para escolta de los Padres Jesuitas de la mision de Magallanes y
Patagones, que es de aquí al Estrecho. Todos estos soldados, de todas
estas provincias, son para solos los misioneros Jesuitas, y no de otra
religion. Los cincuenta de esta ciudad de Buenos Aires los señaló Su
Magestad desde el año de 1684, de que no dejará de haber cédula en ese
archivo; y manda Su Magestad que vayan siempre á obediencia de los
misioneros. Así lo refiere D. Francisco Xavier Xarque, Dean de
Albarracin, en la historia que escribió de los misioneros del Paraguay,
y lo mismo manda que se efectúe en las demas provincias.
Acerca de estas tierras de Magallanes, ha puesto Su Magestad especial
empeño; pues habrá poco mas de cuarenta años, que envio una mision
entera para estas tierras, y en ella venian padres escogidos, de tierras
frias, para que mejor pudiesen aguantar los frios de hácia el Estrecho.
Una Condesa se hizo protectora especial de esta mision, dió varias
alhajas para ella, que estan todavia depositadas; y el altar portátil,
que en este viage marítimo hemos llevado, es uno de estos dones.
Comenzóse á disponer el viage, señaláronse soldados, buscábanse viveres,
y cuando no faltaba mas que caminar, lo deshizo todo el enemigo comun,
por intereses particulares de algunos. No era vizcaino el Gobernador,
ni tenia brios, eficacia, ni empeño de tal; que si los tuviera, poco
hubiera podido Satanás.
Hasta ahora han estado todas esas miserables naciones en manos del
demonio, cayendo cada dia al infierno. ¿Qué corazon cristiano lo podria
sufrir, y siendo próximos nuestros redimidos con la sangre de un mismo
Rey y Señor? Basta un rastro de cristiandad, sin ser necesario ser
recoleto, para mover á compasion á cualquiera, haciéndole poner los
medios posibles para ello; especialmente á los que tienen autoridad y
poder para hacerlo. Nuestros padres, así de Chile, que es otra
provincia, como de aquí, han empleado varios arbitrios; pero como para
ello es menester el brazo seglar, y este ha faltado, tambien han faltado
ellos.
Acerca de estas tierras hay mas especiales motivos, que acerca de otras,
para procurar su conquista, así espiritual como temporal: porque ademas
de haber, tierra adentro, naciones de indios labradores, segun se tiene
noticia de los de á caballo comarcanos, y tambien de á pié; estas dos
calidades de ser labradores, y de á pié, son, segun nos muestra la
experiencia, mas favorables para recibir el Evangelio, que si fuesen de
á caballo, ó vagabundos sin sementeras, que es casi imposible el
convertirlos.
Ademas de esto digo, que hay graves fundamentos para creer que hay
tambien poblaciones de españolea, y quizas con algunas minas de oro y
plata, lo cual ha dudo motivo á la decantada ciudad de los Césares.
Los fundamentos son estos: el suplemento á la historia de España por
Mariana, y los mapas modernos dicen, que el año de 1523, entraron por el
estrecho de Magallanes, cuatro navios españoles: los tres se perdieron
en el Estrecho, y el cuarto pasó á Lima. En 1526, fué la flota de
Molucas: pereció en el Estrecho la capitana, y las demas pasaron á
dichas islas. En 1535, entraron en dicho estrecho algunos navios,
amotinóse allí el equipage, y los hicieron naufragar. En 1539, entraron
otros tres navios: el primero naufragó, el otro volvió de arribada, y el
tercero pasó. Despues, (no dicen en que año) D. Pedro Sarmiento llegó al
Estrecho con cuatro navios para poblar, y hacer escala de los demas,
como ahora pretendiamos nosotros. Antes del Estrecho, á la entrada,
formó una poblacion con el nombre de Jesus; y en ella dejó 150 hombres
de guarnicion. Mas adelante, en el centro del Estrecho, echó los
fundamentos para una ciudad, con el nombre de San Felipe. Todos dicen,
que en varios parages del Estrecho hay leña y agua dulce, y por eso
haria allí esas dos poblaciones; las cuales cosas no se encontraron en
las costas, antes del Estrecho en los puertos que hay: que si se
encontraron con pastos y tierra de sembrar, yo juzgo que hubieran
sembrado los españoles.
Pobló, pues, Sarmiento estos dos parages, y á poco tiempo, por las
muchas calamidades, frio, hambre, y no venirle socorro, se volvió á
España. Esto dice dicho suplemento y los mapas. ¿Qué se hizo, pues, de
toda esta gente, que en tantos navios se perdió? Se ahogó toda? No por
cierto, porque el Estrecho es muy angosto en partes: dicen aun los
modernos que es de sola media legua, y por esto es cosa fácil el
salvarse los naufragantes. Cuentan que de tres navios, habiéndose
perdido los dos, y volviendo el uno, vió este á toda la gente en la
orilla; que aunque le pedian que los llevase, no se atrevió á ello por
falta de víveres y de buque, y con toda la gente de los demas navios
perdidos sucederia lo mismo. Presúmese, pues, que toda esta gente habrá
emparentado con los indios, y tendrán sus poblaciones á trescientas ó
cuatrocientas leguas de aquí.
El que no se haya descubierto en tanto tiempo, no me hace fuerza; pues
las Batuecas, en medio de España tan poblada por todas partes, estuvo
tantos centenares de años, ó sin descubrirse ó con muy poca ó dudosa
noticia de que hubiese tal gente. Y pocos años ha, en medio del reyno de
Mégico, mucho mas poblado de cristianos que estas partes, se descubrió
una nacion hasta política, de quien existian varias dudas de si la
habria ó no. Y mas arriba de la Nueva Viscaya y del Nuevo Mégico, en
donde los mapas antiguos ponen la gran ciudad de Quiriza, de quien se
decian tantas ó mas ponderaciones que las que se hacen de los Césares, y
á cuya empresa ó conquista fueron tropas españolas, y se volvian
cansados de la dificultad, diciendo que estaba encantada (vulgaridad que
dicen luego para cohonestar su falta de empeño y constancia), se
descubrió la nacion de los Pitos, gente efectiva, que vive en ciudades
con edificios altos de suelos, y este es el encanto. Con que habiendo
aquí mas dificultades que en lo dicho, no debe hacer fuerza el que hasta
ahora no se haya descubierto. Ni tampoco me hace fuerza lo que dicen
algunos, que si hubiera tales Césares ó poblaciones, era imposible que
alguno de ellos no hubiera venido acá: porque si ninguno de estas partes
ha penetrado mas que doscientas leguas de aquí hasta el rio del Sauce,
por las dificultades que se han ofrecido ¿qué estraño es que ellos,
teniendo menos medios, y quizás sin caballos, no hayan podido penetrar
hasta nosotros?
Pero vamos adelante, mostrando mas fundamentos. En la vida del santo
Padre Nicolas Mascardi se dice, que siendo Rector del Colegio de Chiloé,
ahora 60 ó 70 años, viendo que en el archivo de una ciudad de Chile
habia una relacion de dos españoles, en que decian que habian salido
huyendo del Estrecho por un homicidio que habia sucedido en una
poblacion de españoles que en dicho parage habia, formada de la gente
que se perdió en no navío que naufragó, y cotejando con esta relacion
las noticias que daban los indios, se determinó á ir en busca de ellos.
Encontró en el camino una nacion de indios, harto docil, que le pidió el
bautismo. Pasó hácia el oriente. Salió al camino un cacique, que le dió
una ropilla de grana, un peso de fierro, y un cuchillo con especiales
labores en el puño, y le dijo: has de saber, que tantas dormidas de aquí
(así cuentan las jornadas), hay una ciudad de españoles. Yo soy amigo de
los de esta ciudad. Por la voz que corre de indios á indios, han sabido,
que un sacerdote de los cristianos, anda por estas tierras: desean mucho
que vayas allá; y para que creas que es verdad, me han dado estas señas.
El padre no pudo penetrar allá, ni ellos pudieron juntarse con el padre
por los indios enemigos. Envió dichas señas á Chile, y allí conocieron
el cuchillo por su especial cabo, y dijeron que era del hijo del capitan
tal (que no me acuerdo del nombre), que años habia te habia perdido con
su navio en el Estrecho. Pasó adelante, donde le dijeron otros indios,
que de otra ciudad habian salido en su busca dos españoles vestidos de
blanco, que era el trage que allí todos usaban; y que llegando á una
gran laguna, no pudieron pasar, y se volvieron. Tampoco pudo penetrar
acá el padre. Dijeronle que mas adelante habia un muchacho, que habia
estado algun tiempo en una de esas ciudades, y que sabia la lengua de
los cristianos: llegó allá el padre, dió con el muchacho, y vió que
sabia español, aunque pronunciaba mal. Prosiguió en busca de esta
ciudad, y otros indios mas bárbaros lo mataron: aunque otros dicen que
los mismos que lo guiaban por codicia de los abalorios que llevaba para
ganar la voluntad de los que encontraba. Eran su escolta y su guia unos
pobres indios traidores, como lo son de génio. Despues de la muerte de
este padre, por las noticias que de él se adquirieron, resultó el venir
la mision de que hablo arriba.
Hay mas: un cristiano español ó mixto, hizo una relacion, que anda por
Buenos Aires, en que dice en suma, que llevándole cautivo, ó de otra
forma, llegó á una de estas ciudades, de que cuenta grandezas, y que en
cierto parage antes de llegar, habia un cerro de diamantes, y otro en
otro parage de oro. Un corregidor del Perú, llamado Quiros ó Quiroga,
cuenta en suma en su relacion, que siendo de diez años, estando en
Amberes, se embarcó en un navio, y que caminando por las costas de
Magallanes, mucho antes del Estrecho, y metiéndose con la lancha por un
riacho, saltando á tierra, dieron con él, el piloto, y todos los de la
lancha, unos hombres que los llevaron por tierra, y que llegaron á una
gran laguna; que allí los metieron en una embarcacion, y aportaron á una
isla en medio de ella, en donde habia una gran ciudad é iglesia, donde
estuvieron tres dias; que no entendian la lengua; y que al partir les
dieron dos cajoncitos de perlas, que se cogian en aquella laguna. Que
por señas, y por nombrar Rey y Papa, entendieron que les decian que era
para ellos: que el piloto como herege se las llevó para sí: que
cresciendo, y siendo ya mozo, dió cuenta de todo al consejo, prometiendo
señalar la costa del riacho, por donde entraron: que le señalaron cuatro
navios; y que suscitándose en este tiempo la guerra del Emperador y
Felipe V., se deshizo el viage, por lo cual pretendió un corregimiento,
que consiguió en el Perú. Estas y otras muchas cosas dice en su
relacion; y se asegura que murió poco há.
Añádese á esto lo que cuenta una cautiva, que llevada á muy distantes
tierras, hácia el sud-oeste, encontró unas casas, y en ellas gente
blanca y rubia; y que estando ella muy alegre, juzgando ser gente
española, se le ahogó todo el contento, viendo que no les entendia
palabra. Ademas de esto los indios estan continuamente diciendo, que hay
tales poblaciones, y muchos de ellos convienen en que, en medio de una
gran laguna hay una gran isla, y en ella desde la orilla se vé una gran
poblacion, en la cual descuella mucho una casa muy grande, que piensan
ser iglesia; y que otra pequeña está siempre echando humo, y que desde
la orilla se oyen tocar campanas: y dicen que desde el volcan (de que
hablé arriba) á donde dice, mi Provincial "que yo vaya" hay solamente
seis dias de camino, al andar de ellos, que es lijero. Estos y otros
fundamentos hay para creer que haya dichas poblaciones en este vasto
espacio de 400 leguas. Creo que estas noticias estan mezcladas con
muchas fabulas, mas habiéndose perdido tantos navios, no puede menos de
haber algo de lo que se dice, y que por algo se dijo, pues que _no hay
mentira que no sea hija de algo_. Lo de no entenderse la lengua es muy
factible; siendo aquella poblacion del español corregidor, y la otra de
la cautiva, de gente olandesa, ó inglesa; que tambien dicen que se han
perdido en el Estrecho navios olandeses. La historia de Chile por el
padre Ovalle trae algunos naufragios de ellos; y tambien puede ser que
algunos españoles con el mucho tiempo, hayan perdido la lengua española,
usando la que aprendieron de sus madres indias, con quienes se casaron
los primeros. ¿Cuantos hay en el Paraguay, que no saben la lengua
española? Y si se conserváran los primeros españoles que se casaron con
las indias, sin que ningun europeo fuera allá, no se usára, ni se sabria
ya otra lengua que la del indio, y aun con tanta mezcla de europeos, que
cada dia van allá, la lengua que comunmente se usa, es la de los indios
Guaranís, como en Viscaya la vascongada? ¡Oh cuanto me alegrára que
V.S., sin hacer caso de algunos que quieren pasar por críticos y
discretos, haciéndose incrédulos á todo, pusiese todo empeño en
averiguar este punto, consiguiendo con su eficacia lo que otros no han
podido! ¡Cuan deveras le serviria á V.S. en cosa que puede ser de tanto
servicio de Dios, y del Rey! De Dios, pues si encontráramos españoles,
estos, sin sacerdotes tantos años, estarán con muchos errores en la Fé y
las costumbres, como el pueblo de las 400 casas, que dice el clerigo
agradecido Ordoñez, que encontró hácia Filipinas, de un navio que habia
naufragado 70 años antes, que tenian su cabildo é iglesia, á donde iban
á rezar todos los dias de fiesta en lugar de misa, por no tener
sacerdotes. Pero cada uno estaba casado con tres ó cuatro indias,
diciendo que para multiplicarse, y poderse así defender de los indios
enemigos, les era aquello lícito (¡qué de teólogos hace la depravada
naturaleza!), y tenian otros varios errores. Sin hablar de la docilidad
de los indios para el cristianismo, que en tanta variedad de naciones
puede encontrar.