y le quitaba la vida, gritó, saludando a su matador, con una feroz
alegría:
--Este tiro ya es bueno.
Realmente, Lope de Aguirre era todo un hombre.
Después de muerto le cortaron la cabeza y descuartizaron el tronco,
conservándose la calavera en la iglesia de Barquisimeto, encerrada en
una jaula de hierro.»
Esto es lo que cuenta Cincunegui en sus _Recuerdos históricos de
Lúzaro_, y, poco más o menos, es lo que decía el libro de casa de mi
abuela, aunque con muchos más detalles y comentarios.
El leer aquellas aventuras de Aguirre me producía un poco la impresión
que produce a los niños _Guignol_ cuando apalea al gendarme y cuelga al
juez. A pesar de sus crímenes y de sus atrocidades, Aguirre, el loco, me
era casi simpático.
VII
EL FUNERAL DE MI TÍO JUAN
Una impresión de la infancia que me causó gran efecto, fué el funeral de
mi tío Juan de Aguirre.
Durante mucho tiempo constituyó un misterio el paradero del hermano
mayor de mi madre, hasta que se supo que había muerto.
Comprobé, con esa penetración que es frecuente en los chicos, que en mi
familia existía cierta reserva al referirse a mi tío Juan; ni mi madre,
ni su hermana Úrsula, ni mi abuela, querían hablar del desaparecido, y
este misterio y esta reserva excitaron mi fantasía.
Nuestra criada la _Iñure_, que era muy supersticiosa, me aseguró que el
tío Juan no había muerto.
--¿Pues dónde está?--le pregunté yo.
--Está lejos de aquí.
--¿Y por qué no viene?
--No puede venir.
--Pero ¿por qué?
Al último, y después de grandes recomendaciones para que no dijera nada
a mi madre, la _Iñure_ me contó que mi tío Juan se había hecho pirata,
que le habían llevado a un presidio de Inglaterra, donde estaba preso
con cadenas en los pies y unas letras impresas con un hierro candente en
la espalda. Por eso, aunque vivía, no podía venir a Lúzaro.
La historia de la _Iñure_ me sobreexcitó aún más, y exaltó mi
imaginación hasta un grado extremo. De noche me figuraba ver a mi tío en
su calabozo, lamentándose, desnudo, con las letras grabadas en la
espalda, que se destacaban de un modo terrible.
Por esta época, y para que se fijara más en mí la memoria de mi tío, se
celebró su funeral en Lúzaro. Al parecer, mi abuela recibió del cónsul
de un pueblo de Irlanda una carta participándole que Juan de Aguirre
había muerto. ¿Pero era verdad? La _Iñure_ aseguró, rotundamente, que
no.
Recuerdo muy bien el día del funeral; tan grabado quedó en mi memoria.
Mi madre me despertó al amanecer; ella estaba ya vestida de negro; yo me
vestí rápidamente, y salimos los dos al camino con la _Iñure_.
Era una mañana de otoño; el pueblo comenzaba a desperezarse, las brumas
iban subiendo por el monte Izarra y del puerto salía, despacio, una
goleta.
Llegamos a Aguirreche; estuvimos un momento, y después, mi abuela, la
tía Úrsula y mi madre, vestidas con mantos de luto, y yo con la _Iñure_,
nos dirigimos a la iglesia.
La alta nave se encontraba obscura y desierta; en medio, delante del
altar mayor, la cerora y el sacristán iban vistiendo de negro un
catafalco mortuorio; en el suelo se entreveían una porción de objetos,
trozos de madera, en donde se arrollan las cerillas amarillentas, y
cestas con paños negros.
Mi abuela, mi madre y mi tía se reunieron con la cerora, y las cuatro
anduvieron de un lado a otro, disponiendo una porción de cosas.
La _Iñure_ quería que me sentara en uno de los bancos próximos al
túmulo, donde tenían que colocarse los parientes a presidir el duelo;
pero a mí me daba miedo estar allí solo.
Anduve detrás de mi madre, cogido a su falda, sin dejarla hacer nada,
hasta que vino el viejo Irizar, con su traje negro y su sombrero de
copa, y me tuve que sentar junto a él en el banco del centro.
Poco a poco fueron entrando mujeres vestidas de luto, que se
arrodillaban, extendían paños negros en el suelo, desarrollaban la
cerilla amarillenta y la encendían.
Los cirios, en el altar mayor, comenzaron a arder, y a su luz
resplandeció todo el retablo churrigueresco, dorado, retorcido, con sus
columnas salomónicas y sus racimos de uvas.
Arriba del crucero de la iglesia, colgaba el barco de vela y se
balanceaba suavemente, como si fuera navegando hacia los esplendores de
oro que brillaban en el altar mayor.
Comenzó a sonar una campana; la gente fué afluyendo, primero, poco a
poco, luego de golpe; los dos bancos destinados a los parientes y amigos
se llenaron, y comenzó la misa.
[Ilustración]
Yo estaba asustado; ya sabía que en el túmulo no había nadie; pero me
parecía que allí dentro debía de estar agazapado el tío Juan con sus
cadenas y sus letras ignominiosas en la espalda.
De cuando en cuando sonaba el órgano, y su voz armoniosa se levantaba
hasta la alta bóveda. Yo miraba por todas partes, a pesar de que el
viejo Irizar me exhortaba a que estuviera con más devoción.
¡Qué fervor el de aquellas mujeres! Arrodilladas sobre sus paños negros
rezaban con toda su alma. Eran algunas viudas de capitanes y de pilotos,
y, al recordar el hombre perdido en el mar, sollozaban.
Después de la misa, el cura se volvió hacia los fieles y rezó por el
muerto y por todos los sepultados en el Océano.
Entonces los sollozos aumentaron.
Luego, el cura se acercó al catafalco a rezar sus responsos y lo roció
varias veces con agua bendita.
Yo me encontraba amilanado. Al salir de la iglesia, el sol pálido
iluminaba el atrio. Irizar y yo nos quedamos a la puerta. Todas las
mujeres, con sus capuchones negros, cruzaron por delante de nosotros, en
procesión, hacia casa de la abuela, y tras ellas fueron saliendo los
señores, con su sombrero de copa, y los marineros y la gente pescadora,
con los trajes de paño y las manos metidas en los bolsillos del
pantalón.
Por la noche, la _Iñure_ me aseguró de nuevo que mi tío Juan no había
muerto. Yo le tenía que ver, tarde o temprano.
Su convencimiento se me comunicó. Estaba persuadido de que un día vería
a un señor con el aspecto de marino de los libros de mi tía Úrsula, con
patillas, botas altas, levitón y sombrero de hule con cintas colgantes.
Hablaría con aquel señor y resultaría mi tío Juan.
Durante mucho tiempo, el misterio de Juan de Aguirre inquietó mi
espíritu, y con este misterio relacionaba aquel funeral en la iglesia,
con las nubes de incienso en el aire y el barco de vela colgado del
crucero, como si fuera navegando hacia los fuegos de oro del altar
mayor...
Una impresión semejante de misterio me producían las fiestas de Navidad.
En estos días, el aire, la luz, las cosas, todo me parecía distinto.
Había la tradición, en Aguirreche, de armar un gran nacimiento en un
cuarto del piso bajo. Una vieja medio loca, la _Curriqui_, vestida con
una falda de flores y una toca blanca, era la encargada de explicar lo
que pasaba en Belén. Llevaba una varita en la mano para mostrar las
figuras, y una pandereta para acompañarse cuando cantaba villancicos.
Tenía dos o tres tonadillas monótonas y unos cuantos versos monorrimos.
Entre las figuritas del nacimiento había una mujer desastrada, que sin
duda era la bufona. Recuerdo la canción que le dirigía la _Curriqui_.
Era así:
Orra Mari Domingui
Beguira orri
Gurequin naidubela
Belena etorri.
(Ahí está Mari Domingui. ¡Miradla qué facha! Quiere venir con nosotros a
Belén.)
Y la _Curriqui_ seguía:
Gurequin naibadezu
Belena etorri
Atera bearco dezu
Gona zar hori.
(Si quieres venir con nosotros a Belén, tendrás que quitarte esa falda
vieja.)
El público de pescadores y de chicos celebraba estos detalles
naturalistas.
La _Curriqui_ volvía el día de Reyes a su escenario de Aguirreche, con
una capa blanca y una corona de latón, a cantar otras canciones.
Este día, algunos pastores del monte bajaban a las casas y entonaban
villancicos con voces agudas y roncas, acompañándose de panderos y de
zambombas.
Si el ama de la casa les daba algunos cuartos, decían en el villancico
que se parecía a la Virgen; en cambio, si no les daba nada, le acusaban
de ser una vieja bruja.
VIII
CORRERÍAS DE CHICO
Tanto me habían hablado de la maldad de los chicos, que fuí a la escuela
como un borrego que llevan al matadero.
Yo estaba dispuesto a luchar, como Martín Pérez de Irizar, contra
cualquier Juan Florin que me atacase, aunque mis fuerzas no eran muchas.
Al principio me puso el maestro entre los últimos, lo que me avergonzó
bastante; pero pasé pronto al grupo de los de mi edad.
El maestro, don Hilario, era un castellano viejo que se había empeñado
en enseñarnos a hablar y a pronunciar bien. Odiaba el vascuence como a
un enemigo personal, y creía que hablar como en Burgos o como en Miranda
de Ebro constituía tal superioridad, que toda persona de buen sentido,
antes de aprender a ganar o a vivir, debía aprender a pronunciar
correctamente.
A los chicos nos parecía una pretensión ridícula el que don Hilario
quisiera dar importancia a las cosas de tierra adentro. En vez de
hablarnos del Cabo de Buena Esperanza o del Banco de Terranova, nos
hablaba de las viñas de Haro, de los trigos de Medina del Campo.
Nosotros le temíamos y le despreciábamos al mismo tiempo.
Él comprendía nuestro desamor por cuanto constituía sus afectos, y
contestaba, instintivamente, odiando al pueblo y a todo lo que era
vasco.
Nos solía pegar con furia.
A mí me salvó muchas veces de las palizas la recomendación de mi madre
de que no me pegara, porque me encontraba todavía enfermo.
Yo, comprendiendo el partido que podía sacar de mis enfermedades, solía
fingir un dolor en el pecho o en el estómago para esquivar los castigos.
Me libré muchas veces de los golpes; pero perdí mi reputación de hombre
fuerte. «Este chico no vale nada», decían de mí; y hasta hoy creen lo
mismo.
Ahora se ríe uno pensando en las marrullerías infantiles; pero si se
intenta volver con la imaginación a la época, se comprende que los
primeros días de la escuela han sido de los más sombríos y lamentables
de la vida.
Después se han pasado tristezas y apuros, ¿quién no los ha tenido? Pero
ya la sensibilidad estaba embotada; ya dominaba uno sus nervios como un
piloto domina su barco.
Sí; no es fácil que los de mi época, al retrotraerse con la memoria a
los tiempos de la niñez, recuerden con cariño las escuelas y los
maestros que nos amargaron los primeros años de la existencia.
Esta impresión de la escuela, fría y húmeda, donde se entumecen los
pies, donde recibe uno, sin saber casi por qué, frases duras, malos
tratos y castigos, esa impresión es de las más feas y antipáticas de la
vida.
Es extraño; lo que ha comprendido el salvaje, que el niño, como más
débil, como más tierno, merece más cuidado y hasta más respeto que el
hombre, no lo ha comprendido el civilizado, y entre nosotros, el que
sería incapaz de hacer daño a un adulto, martiriza a un niño con el
consentimiento de sus padres.
Es una de las muchas barbaridades de lo que se llama civilización.
A los pocos días de entrar en la escuela entablé amistad con dos chicos
que han seguido siendo amigos míos hasta ahora: el uno, José Mari
Recalde; el otro, Domingo Zelayeta.
José Mari era hijo de Juan Recalde, el Bravo. Llamaban así a su padre
por haber demostrado, repetidas veces, un valor extraordinario; José
Mari iba por el mismo camino: se mostraba arrojado y valiente.
El otro chico, Chomin Zelayeta, era hijo de un tornero y vendedor de
poleas del muelle.
Chomin se distinguía por su viveza y por su ingenio. El padre era un
tipo, hombre enérgico, de carácter fuerte y un poco fosco, que
encontraba motivos raros para sus decisiones.
--¿Por qué no se casa usted de nuevo, Zelayeta?--le dijo alguno.
--No, no; ¿para qué? Tendría que hacer mayor la casa, y no me conviene.
Habían querido una vez nombrarle concejal; pero él se opuso con todas
sus fuerzas.
--Pero, hombre, ¿por qué no quieres ser concejal?
--Antes me matan--dijo él--que obligarme a llevar una levita de cola de
golondrina.
Esta levita, tan aborrecida por Zelayeta, era el frac que, en ciertas
solemnidades de Lúzaro, hay la costumbre de que lo vistan los
concejales.
Zelayeta, padre, a pesar de sus genialidades y de sus rabotadas, era
hombre de tendencia progresiva; le gustaba suscribirse a los libros por
entregas, sobre todo para que los leyese su hijo.
Los primeros meses de escuela mi madre me enviaba a la _Iñure_, a la
salida, y aunque la buena vieja no era muy severa conmigo, tenía que
marchar a su lado, mientras mis camaradas campaban solos por donde
querían.
Después de muchas súplicas y reclamaciones, conseguí libertad para ir y
venir a la escuela sin rodrigón vigilante. Mi madre me recomendaba que
anduviera por donde quisiera, menos por el muelle, lo cual significaba
lo mismo que decirme que fuera a todos lados y a ninguno.
A pesar de sus advertencias, al salir de la escuela echaba a correr
hasta las escaleras del muelle.
Otros chicos, en general los de familias terrestres o terráqueas, como
dicen algunos en Lúzaro, tenían más afición a ir al juego de pelota;
nosotros, los de familia marinera, entre los que nos contábamos Recalde,
Zelayeta y yo, nos acercábamos al mar.
Veíamos salir y entrar las barcas; veíamos a los chicos que se
chapuzaban, desnudos, en la punta de Cay luce, y a los pescadores de
caña haciendo ejercicio de paciencia. Los pescadores nos conocían.
¡Qué sorpresa cuando aparecía, al final de un aparejo, un pulpo con sus
ojos miopes, redondos y estúpidos, su pico de lechuza y sus horribles
brazos llenos de ventosas! Tampoco era pequeña la emoción cuando salía
enroscada una de esas anguilas grandes, que luchaban valientemente por
la vida, o uno de esos sapos de mar, inflados, negros, verdaderamente
repugnantes.
Cuando no nos vigilaba nadie nos descolgábamos por las amarras y
correteábamos por las gabarras y lanchones, y saltábamos de una barca a
otra.
En este punto de la independencia infantil se va ganando terreno
velozmente, y yo fuí avanzando en mi camino, con tal rapidez que llegué
en poco tiempo a gozar de completa libertad.
Muchas veces dejaba de ir a la escuela con Zelayeta y Recalde. Don
Hilario, el maestro, mandaba recados a casa avisando que el día tal o
cual no había ido; pero mi madre me disculpaba siempre y, como veía que
me iba poniendo robusto y fuerte, hacía la vista gorda.
Los domingos y los días de labor que faltábamos a clase solíamos ir al
arenal, nos quitábamos las botas y las medias y andábamos con los pies
descalzos.
Recogíamos conchas, trozos de espuma de mar, _mangos de cuchillo_ y
piedrecitas negras, amarillas, rosadas, pulidas y brillantes.
Al anochecer saltaban los pulgones en el arenal, y los agujeros redondos
del solen echaban burbujas de aire cuando pasaba por encima de ellos la
ligera capa de agua de una ola.
Alguna vez logramos ver ese molusco, que nosotros llamábamos en
vascuence _deituba_ y que no sé por qué decíamos que solía
estrangularse. Para hacerle salir de su escondrijo había que echarle un
poco de sal.
El que tenía más suerte para los descubrimientos era Zelayeta; él
encontraba la estrella de mar o la concha rara; él veía el pulpo entre
las peñas o el delfín nadando entre las olas. Siempre estaba
escudriñándolo todo; su padre, por esta tendencia a registrar, le
llamaba el carabinero.
Los domingos mi madre comenzó a dejarme andar con los camaradas, después
de hacerme una serie de advertencias y recomendaciones.
Ya, teniendo tiempo por delante, no nos contentábamos con ir al arenal;
subíamos al Izarra y después íbamos descendiendo a las rocas próximas.
Cuando ya estuvimos acostumbrados a andar entre los peñascos, nos
pareció la playa insípida y poco entretenida.
El fin práctico de nuestros viajes a las rocas era coger esos cangrejos
grandes y obscuros que aquí llamamos carramarros, y, en otros lados,
centollas y ermitaños.
El monte Izarra, a una de cuyas faldas está Lúzaro, forma como una
península que separa la entrada del puerto de una ensenada bastante
ancha comprendida entre dos puntas: la del Faro y la de las Ánimas.
El monte Izarra es un promontorio pizarroso, formado por lajas
inclinadas, roídas por las olas. Estos esquistos de la montaña se
apartan como las hojas de un libro abierto, y avanzan en el mar dejando
arrecifes, rocas negras azotadas por un inquieto oleaje, y terminan en
una peña alta, negra, de aire misterioso, que se llama Frayburu.
Para hacer nuestras excursiones solíamos reunimos a la mañanita en el
muelle, pasábamos por delante del convento de Santa Clara, y por una
calle empinada, con cuatro o cinco tramos de escaleras, salíamos a un
callejón formado por las tapias de unas huertas. Luego cruzábamos
maizales y viñedos y salíamos más arriba, en el monte, a descampados
pedregosos con helechos y hayas.
En la punta del Izarra debió de haber en otro tiempo una batería; aún se
notaba el suelo empedrado con losas del baluarte y el emplazamiento de
los cañones. Cerca existía una cueva llena de maleza, donde solíamos
meternos a huronear.
Era un agujero, sin duda hecho en otro tiempo por los soldados de la
batería, para guarecerse de la lluvia, y que a nosotros nos servía para
jugar a los Robinsones.
El viejo Yurrumendi, un extraño inventor de fantasías, le dijo a
Zelayeta que aquella cueva era un antro donde se guarecía una gran
serpiente con alas, la _Egan-suguia_. Esta serpiente tenía garras de
tigre, alas de buitre y cara de vieja. Andaba de noche haciendo
fechorías, sorbiendo la sangre de los niños, y su aliento era tan
deletéreo que envenenaba.
Desde que supimos esto, la cueva nos imponía algún respeto. A pesar de
ello, yo propuse que quemáramos la maleza del interior. Si estaba la
_Egan-suguia_ se achicharraría, y si no estaba, no pasaría nada. A
Recalde no le pareció bien la idea. Así se consolidan las
supersticiones.
La parte alta del Izarra era imponente. Al borde mismo del mar, un
sendero pedregoso pasaba por encima de un acantilado cuyo pie estaba
horadado y formado por rocas desprendidas. Las olas se metían por entre
los resquicios de la pizarra, en el corazón del monte, y se las veía
saltar blancas y espumosas como surtidores de nieve.
Algunos chicos no se atrevían a asomarse allí, de miedo al vértigo; a mí
me atraía aquel precipicio.
Allá abajo, en algunos sitios, las piedras escalonadas formaban como las
graderías de un anfiteatro. En los bancos de este coliseo natural
quedaban, al retirarse la marea, charcos claros, redondos, pupilas
resplandecientes que reflejaban el cielo.
El mismo Yurrumendi aseguraba, según Zelayeta, que aquellas gradas
estaban hechas para que las sirenas pudieran ver desde allá las carreras
de los delfines, las luchas de los monstruos marinos que pululan en el
inquieto imperio del mar.
El agua, verde y blanca, saltaba furiosa entre las piedras; las olas
rompían en lluvia de espuma, y avanzaban como manadas de caballos
salvajes, con las crines al aire.
Lejos, a media milla de la costa, como el centinela de estos arrecifes,
se levantaba la roca de aspecto trágico, Frayburu.
Los pescadores decían que enfrente de Frayburu, el monte Izarra tenía
una gran cavidad, una enorme y misteriosa caverna.
Pasada esta parte, el Izarra se cortaba en un acantilado liso, pared
negra y pizarrosa, veteada de blanco y de rojo, en cuyas junturas y
rellanos nacían ramas y hierbas salvajes.
Aquí, el mar de mucho fondo era menos agitado que delante de los
arrecifes.
Cuando ya bajaba el camino, se veía la playa de las Ánimas, entre la
punta del Faro y otro promontorio lejano. Sobre el arenal de la playa se
levantaban dunas tapizadas de verde, y las casitas esparcidas de la
barriada de Izarte, echando humo.
Ya cerca de la punta del Faro abandonábamos el camino para meternos
entre las rocas. Había por allí agujeros como chimeneas, que acababan en
el mar. En algunas de estas simas se sentía el viento, que movía las
florecillas de la entrada; en otras se oía claramente el estrépito de
las olas.
Saltábamos de peña en peña, y solíamos avanzar hasta los peñascos más
lejanos; pero cuando comenzaba a subir la marea teníamos que correr,
huyendo de las olas, y a veces descalzarnos y meternos en el agua.
En la marea baja, entre las rocas cubiertas de líquenes, solían verse
charcos tranquilos, olvidados al retirarse el mar. Muchas horas he
pasado yo mirando estos aguazales. ¡Con qué interés! ¡Con qué
entusiasmo!
Bajo el agua transparente se veía la roca carcomida, llena de agujeros,
cubierta de lapas. En el fondo, entre los líquenes verdes y las
piedrecitas de colores, aparecían rojos erizos de mar cuyos tentáculos
blandos se contraían al tocarlos. En la superficie flotaba un trozo de
hierba marina, que al macerarse en el agua, quedaba como un ramito de
filamentos plateados, una pluma de gaviota o un trozo de corcho. Algún
pececillo plateado pasaba como una flecha, cruzando el pequeño océano, y
de cuando en cuando el gran monstruo de este diminuto mar, el cangrejo,
salía de su rincón, andando traidoramente de lado, y su ojo enorme
inspeccionaba sus dominios buscando una presa.
Algunos de estos charcos tenían sus canales para comunicarse unos con
otros, sus ensenadas y sus golfos; viéndolos, yo me figuraba que así, en
gran tamaño, serían los océanos del mundo.
En los recodos de las peñas donde se amontonaban las algas y se secaban
al sol, me gustaba también estar sentado; ese olor fuerte de mar me
turbaba un poco la cabeza, y me producía una impresión excitante como la
del aroma de un vino generoso.
Las horas se nos pasaban entre las rocas, en un vuelo; casi siempre yo
llegaba tarde a casa.
Muchos domingos el tiempo nos fastidiaba; comenzaba a llover de una
manera desastrosa, y mi madre no me dejaba salir. Le acompañaba a
Aguirreche, comíamos en casa de mi abuela y pasábamos la tarde allí.
¡Qué aburrimiento!
Se formaba una tertulia de señoras respetables, entre las que había dos
o tres viudas de capitanes y pilotos, y al anochecer se tomaba
chocolate.
... Y yo oía la charla continua, en vascuence, de las amigas de mi
abuela, y veía con desesperación el caer de la lluvia continua y
monótona, y escuchaba el ruido de los chorros de agua que caían de los
canalones a chocar en las aceras.
IX
YURRUMENDI, EL FANTÁSTICO
En mi tiempo, el muelle largo de Lúzaro, que en vascuence se llama _Cay
luce_, no era tan ancho ni tan bien empedrado como ahora; tenía una
pequeña muralla, y en vez de terminar en el Rompeolas, concluía en las
mismas peñas.
A todo lo largo del muelle, en aquella época y en ésta, sigue pasando lo
mismo; había casas de pescadores con balcones, ventanas y galerías de
madera, adornados por colgaduras formadas por camisetas encarnadas,
medias azules, sudestes amarillentos, aparejos y corchos.
En estas casas hay siempre ropa tendida, lo que depende, en parte, del
instinto de limpieza de esa gente pescadora, y en parte, de lo
difícilmente que se seca lo impregnado por el agua del mar.
Entre las casas de a lo largo del muelle de _Cay luce_, antes, como
ahora, había algunos almacenes de carbón, y una fila de tabernas en
donde los pescadores se reunían y se reúnen a beber y a discutir, y que
destilaban, sobre todo los domingos, por su única puerta, una tufarada
de sardina frita, de atún guisado con cebolla, y de música de
acordeones.
Entre aquellas tabernas había la del _Telescopio_, la de la _Bella
Sirena_, la del _Holandés_, la _Goizeco Izarra_ (Estrella de la mañana);
y la más célebre de todas era la de Joshe Ramón, conocida por el
_Guezurrechape de Cay luce_, o sea, en castellano, el Mentidero del
muelle largo.
En este muelle y a pocos pasos del Mentidero, tenía su taller el padre
de Zelayeta. En la ventana de la casa, convertida en escaparate, exponía
poleas de madera, faroles, cañas de pescar, un cinturón de
salvavidas...
El padre de Zelayeta trabajaba en su torno con un aprendiz, y, mientras
él torneaba, solían sentarse a la puerta, a charlar, algunos amigos.
Yo me había hecho íntimo de Chomin Zelayeta. Chomin era muy hábil y muy
pacienzudo. Llegó a domesticar un gavilán pequeño, y el pájaro, cuando
se hizo grande, reñía con todos los gatos de la vecindad. Los días de
tormenta se ocultaba en algún agujero obscuro, y no salía hasta que
pasaba.
Zelayeta sentía, como yo, el entusiasmo por la isla desierta y por los
piratas, y, como tenía talento para ello, dibujaba los planos de los
barcos en que íbamos a navegar los dos, y de las islas desconocidas en
donde pasaríamos el aprendizaje de Robinsones.