PÍO BAROJA
EL MAR
#Las inquietudes de Shanti Andía#
NOVELA
[Ilustración]
1920
ÍNDICE
LIBRO PRIMERO
INFANCIA
I.--Shanti se disculpa
II.--El mar antiguo
III.--Tengo que hablar de mí mismo
IV.--La casa de mi abuela
V.--La tía Úrsula
VI.--Lope de Aguirre, el traidor
VII.--El funeral de mi tío Juan
VIII.--Correrías de chico
IX.--Yurrumendi, el fantástico
X.--Las indignaciones de Shacu
XI.--El naufragio del «Stella Maris»
XII.--Nuestra gran aventura
XIII.--La gruta del Izarra
LIBRO SEGUNDO
JUVENTUD
I.--Mis primeros viajes
II.--Historia de la «Bella Vizcaína»
III.--Dolores de vanidad
IV.--La palmera y el pino
V.--Nuevas fatigas de amor
VI.--Grandeza y miseria
VII.--El paradero de Juan de Aguirre
LIBRO TERCERO
LA VUELTA AL HOGAR
I.--La herida
II.--Lúzaro y su formación
III.--La tertulia de la relojería
IV.--La playa de las Ánimas
V.--Frayburu
VI.--Bisusalde
VII.--El recado
VIII.--Urbistondo y su familia
IX.--El devocionario de Allen
X.--La cueva de la serpiente
LIBRO CUARTO
LA URCA HOLANDESA, «EL DRAGÓN»
I.--El capitán de la «Dama Zuri»
II.--NARRACIÓN DE ITCHASO.--Los dos caminos del marino
III.--El capitán Zaldumbide
IV.--De otras personas distinguidas que formaban la
tripulación de «El Dragón»
V.--Los dos Tristanes
VI.--La sublevación
VII.--Por el Pacífico
LIBRO QUINTO
JUAN MACHÍN, EL MINERO
I.--Mala noticia
II.--Días felices
III.--Una noche en Frayburu
IV.--Ardides de guerra
V.--La tempestad
VI.--Una canción pesada
VII.--Machín desaparece
LIBRO SEXTO
LA SHELE
I.--Habla el médico viejo
II.--La confesión
III.--La venta de la ternera
IV.--El final de la Shele
LIBRO SÉPTIMO
EL MANUSCRITO DE JUAN DE AGUIRRE
I.--Resolución desesperada
II.--De negrero
III.--El pontón
IV.--La evasión
V.--A la deriva
VI.--La casa hospitalaria
VII.--El odio estalla
VIII.--Patricio Allen y el tesoro de Zaldumbide
EPÍLOGO
LIBRO PRIMERO
INFANCIA
I
SHANTI SE DISCULPA
Las condiciones en que se desliza la vida actual hacen a la mayoría de
la gente opaca y sin interés. Hoy, a casi nadie le ocurre algo digno de
ser contado. La generalidad de los hombres nadamos en el océano de la
vulgaridad. Ni nuestros amores, ni nuestras aventuras, ni nuestros
pensamientos tienen bastante interés para ser comunicados a los demás, a
no ser que se exageren y se transformen. La sociedad va uniformando la
vida, las ideas, las aspiraciones de todos.
Yo, en cierta época de mi existencia, he pasado por algunos momentos
difíciles, y el recordarlos, sin duda, despertó en mí la gana de
escribir. El ver mis recuerdos fijados en el papel me daba la impresión
de hallarse escritos por otro, y este desdoblamiento de mi persona en
narrador y lector me indujo a continuar.
No tenía la menor intención de dar mis cuartillas a la imprenta; pero,
cuando salió _El Correo de Lúzaro_, todos los amigos me instaron para
que publicase mis memorias en el periódico.
Debía colaborar en la cultura de la ciudad. Yo era uno de los puntales
de la civilización luzarense. Nos reímos en casa un poco de estos
elogios y comencé a publicar mi diario en _El Correo de Lúzaro_ y a
pagar periódicamente las facturas de la imprenta.
Estuve ausente de Lúzaro una semana para llevar mi segundo hijo al
colegio, y al volver de mi viaje me encontré con que _El Correo_ había
pasado a mejor vida, y mis memorias quedaban colgadas en lo que yo
consideraba más interesante. A pesar del interés supuesto por mí, nadie
se ocupó de saber su continuación, lo cual sirvió para mortificar
bastante mi amor propio de literato.
Ahora, mi amigo Cincunegui se ha empeñado en que publique mi diario
íntegro. Lúzaro necesita un grande hombre; le es preciso tener una
figura presentable ante los ojos del mundo. Desde la muerte de don Blas
de Artola, el teniente de navío retirado, la plaza de hombre ilustre
está vacante en nuestro pueblo. Cincunegui excita mis sentimientos
ambiciosos, quiere mi encumbramiento, mi exaltación; según él, no puedo
dejar a mis paisanos en la orfandad en que se hallan; debo llegar al
pináculo de la gloria.
[Ilustración]
A mí, la verdad, la gloria no me entusiasma. La gloria no es para los
países lluviosos; tener una estatua a orillas del Mediterráneo, en una
ciudad de Andalucía, de Valencia o de Italia, está bien; ¿pero qué voy a
hacer yo si en premio de este libro me levantan una estatua en Lúzaro?
¿Estar recibiendo constantemente la lluvia en la espalda?
No, no; soy muy reumático, y ni aun en efigie me gustaría estar así a la
intemperie.
¿Habrá que decir a mis lectores que no tengo pretensión literaria
alguna? Ellos lo verán si hojean, aunque sea distraídamente, las páginas
de mi libro. Estas cuartillas están escritas en distintas épocas de mi
vida y con diferentes estados de ánimo. El sentimiento ha sido sincero;
la forma, seguramente, poco hábil. Mi público creo que no me reprochará
mi falta de atildamiento. Más que para los jóvenes críticos del casino
de Lúzaro, escribo para mis amigos del Guezurrechape de Cay luce (El
mentidero del Muelle largo).
Soy un marino poco culto, un rudo marino, como dicen en los folletines y
melodramas, y de mí no hay que esperar los perfiles literarios de un
profesor de retórica.
II
EL MAR ANTIGUO
He tenido fama de indolente y optimista, de indiferente y apático. Basta
poseer una reputación cualquiera, buena o mala, para que las personas
conocidas por uno vayan poniendo su piedra en el monumento de valor o de
cobardía, de ingenio o de brutalidad, asignado a cada uno.
Esta colaboración espontánea adorna los grandes hechos y los grandes
caracteres. El uno insinúa: «Podría ser»; el otro añade: «Se dice»; un
tercero agrega: «Ocurrió así», y el último asegura: «Lo he visto...» De
este modo se va formando la historia, que es el folletín de las personas
serias.
Según la gente de mi pueblo, la indolencia mía ha sido de esas
extraordinarias: borrascas, tempestades, rayos, truenos, nada ha logrado
sacarme de mi pasividad habitual.
Se han inventado anécdotas acerca de mi frialdad y de mi indiferencia.
Una vez, un juramentado de Filipinas vino a mí, con el yatagán
levantado, a cortarme la cabeza; yo le miré y bostecé de fastidio.
Es indudable que el fondo mío de pereza, de indolencia, ha dado pábulo a
estas historias, no lo niego; lo inaudito para mis panegiristas o para
mis detractores sería si oyeran que con frecuencia me lamento de mi
manera de ser. ¿De no tener mayor actividad? ¿De no tener más espíritu
de empresa?
No, de todo lo contrario. Ciertamente es una demostración de mi
naturaleza cínica e inmoral; pero la verdad ante todo.
La mayoría de los hombres se sienten muy orgullosos de su constancia, de
la permanencia de sus propósitos. Son consecuentes como el acero de una
brújula rota o enmohecida, y esto les parece una gran virtud.
Saben adónde van, de dónde vienen. Cada paso en el camino de la vida lo
llevan contado y calculado.
Si les escuchamos, nos dirán: «No nos detengamos a contemplar el mar o
las estrellas; no hay que distraerse. El camino espera. Corremos el
peligro de no llegar al fin».
¡El fin! ¡Qué ilusión! No hay fin en la vida. El fin es un punto en el
espacio y en el tiempo, no más trascendental que el punto precedente o
el siguiente.
Debe ser grande el asombro de esos hombres discretos, previsores y
sensatos, al ver a muchos que, sin preocuparse gran cosa por las
revueltas del camino, van llevados en alas de la suerte por iguales
derroteros que ellos, y que tienen, ¡los insensatos!, además de la
satisfacción de conseguir un fin, cuando lo consiguen, el placer de
mirar a un lado y a otro de su ruta y de ver cómo sale el sol y se pone
el sol, y cómo brotan las estrellas en el cielo de las noches serenas.
[Ilustración]
La preocupación por conseguir un fin nos intranquiliza a todos los
hombres, aun a los más desaprensivos, aun a los más indolentes, y yo,
por mi parte, hubiera deseado vivir todavía más en cada hora, en cada
minuto, sin la nostalgia del pasado ni la ansiedad por el porvenir.
Este deseo es consecuencia de mi fondo de epicurismo y de la decantada
indolencia que tanto me han reprochado, y que, sin duda, desarrolla y
exagera la vida del marino.
Realmente, el mar nos aniquila y nos consume, agota nuestra fantasía y
nuestra voluntad. Su infinita monotonía, sus infinitos cambios, su
soledad inmensa nos arrastran a la contemplación.
Esas olas verdes, mansas, esas espumas blanquecinas donde se mece
nuestra pupila, van como rozando nuestra alma, desgastando nuestra
personalidad, hasta hacerla puramente contemplativa, hasta identificarla
con la Naturaleza.
Queremos comprender al mar, y no le comprendemos; queremos hallarle una
razón, y no se la hallamos. Es un monstruo, una esfinge incomprensible;
muerto es el laboratorio de la vida, inerte es la representación de la
constante inquietud. Muchas veces sospechamos si habrá en él escondido
algo como una lección; en momentos se figura uno haber descifrado su
misterio; en otros, se nos escapa su enseñanza y se pierde en el reflejo
de las olas y en el silbido del viento.
Todos, sin saber por qué, suponemos al mar mujer, todos le dotamos de
una personalidad instintiva y cambiante, enigmática y pérfida.
En la Naturaleza, en los árboles y en las plantas hay una vaga sombra de
justicia y de bondad; en el mar, no: el mar nos sonríe, nos acaricia,
nos amenaza, nos aplasta caprichosamente.
Si a uno le coge mozo como a mí, le moldea de una manera definitiva, le
hace marino para siempre; al que de niño se entrega a su poder con el
alma cándida, con la inteligencia virgen, le convierte en su esclavo.
Para el pescador, para el hombre ignorante y sencillo que no puede
apoyar sus ideas en las bases de la ciencia, el mar es un tirano, le
engaña, le adula, le seduce, le ahoga. Para el pobre marinero, el mar es
el _summum_ del interés, del encanto, de la variedad. Esos trabajadores
míseros cuya vida es una continua lucha y un esfuerzo titánico y
desproporcionado, son muchas veces felices, y el mar, su enemigo, el
mar, el monstruo incomprensible, llena su existencia y hace su
felicidad.
Para nosotros los marinos de altura, el mar es principalmente una ruta,
es casi exclusivamente un camino. ¡Pero qué camino!
Yo no olvidaré nunca la primera vez que atravesé el Océano. Todavía el
barco de vela dominaba el mundo.
¡Qué época aquélla! Yo no digo que el mar entonces fuera mejor, no; pero
sí más poético, más misterioso, más desconocido.
Hoy, el mar se industrializa por momentos; el marino, en su barco de
hierro, sabe cuánto anda, cuándo va a parar; tiene los días, las horas
contadas...; entonces, no; se iba llevando la casualidad, la buena
suerte, el viento favorable.
En aquel tiempo, todavía el mundo estaba mal conocido, todavía había
derroteros tradicionales y una inmensidad de Océano en blanco jamás
visitado por el hombre. Como el caminante en el desierto sigue las
huellas de otro, el marino en alta mar sigue la derrota de los antiguos
nautas. Así, los que se dirigían al Cabo de Buena Esperanza, al llegar a
las islas de Cabo Verde marchaban al Brasil, obedientes a la rutina y al
viento, y atravesaban el Atlántico de nuevo.
Entonces, en la mayoría de los buques se deducía la situación más por
conjeturas que por cálculos; los instrumentos de navegación empleados
por la generalidad de los marinos tenían errores de grados enteros.
Claro que en Londres y en Liverpool había ya admirables sextantes y
círculos de reflexión; pero muchos capitanes no sabían usarlos y
navegaban a la antigua.
La variedad de formas y de aparejos era extraordinaria. Todavía se veían
en los puertos, alternando con los bergantines y las fragatas vulgares,
las carabelas turcas, las saicas greco-romanas, las polacras venecianas,
las urcas de Holanda, los síndalos tunecinos y las galeotas toscanas.
Todavía en el mundo había piratas, todavía había negreros, males todos
¿quién lo duda?, peligros que obligaban al marino a tomar ante los
hechos una actitud gallarda. Todos estos riesgos exaltaban la
imaginación, aumentaban el valor, daban el pensamiento de luchar contra
el mal y de vencerlo.
A la gran barbarie del mar correspondía la barbarie de su servidor el
marino; a la brutalidad del elemento salobre, la brutalidad humana. En
aquella época, un marino volvía a su rincón con un anillo en la oreja,
una pulsera en la muñeca y una cacatúa o una mona en el hombro.
Un marino, entonces, era algo extrasocial, casi extrahumano; un marino
era un ser para quien la moral ofrecía otros aspectos que para los demás
mortales.
--Te preguntarán cuánto has hecho--decían los padres a sus hijos, que se
lanzaban a la aventura--, no cómo lo has hecho.
Y los hijos se hundían en los abismos de la vida intensa, sin
preocupaciones ni escrúpulos. La madre casualidad los llevaba por sus
ignorados derroteros; el Destino, en su misterioso molde, vaciaba esta
humanidad y sacaba intrépidos mareantes o feroces negreros, exploradores
audaces o vendedores de chinos.
Para aquellos hombres, la moral era una cuestión de paralelo. El mar era
el más grande escenario de los crímenes y violencias de los hombres.
Hoy, el mar ha cambiado, y ha cambiado el barco, y ha cambiado también
el marino. De aquellas airosas arboladuras que tanto nos entusiasmaban,
no quedan más que esos palos cortos para sostener los vástagos de las
poleas; de aquellas maniobras complicadas, nada se conserva.
Antes, el barco de vela era una creación divina, como una religión o
como un poema; hoy, el barco de vapor es algo continuamente cambiante
como la ciencia... una maquinaria en eterna transformación.
Antes, el capitán era un personaje sabio, un tirano de un poder
inaudito, un hombre que tenía que bastarse a sí mismo; hoy es un
especialista injerto en un burócrata.
Hoy, es la máquina la impulsadora del barco, algo exacto, matemático,
medido; antes, era el viento, algo caprichoso, impalpable, fuera de
nosotros. «Llevamos el Ángel de la Guarda en la lona de nuestras velas»,
me decía don Ciriaco, un viejo capitán de fragata muy inteligente y muy
romántico; «llevamos la fuerza en nuestra carbonera», puede decir el
capitán de hoy.
El carbón, ese dios modesto, pero útil, ha reemplazado las alas del
poético Ángel de la Guarda que llevábamos en nuestras velas, y ha
cambiado las condiciones del mar.
Antes, el mar era nuestra divinidad, era la reina endiosada y
caprichosa, altiva y cruel; hoy es la mujer a quien hemos hecho nuestra
esclava.
Nosotros, marinos viejos, marinos galantes, la celebrábamos de reina y
no la admiramos de esclava.
Seguramente, no; el mar entonces no era tan bueno como hoy, ni tan
pacífico; pero sí más hermoso, más pintoresco, un poco más joven. La
belleza del mundo y del mar dependía en gran parte de su rutina y de su
inmovilidad.
El mapa espiritual del universo de aquella época era como un plano de
diferentes colores, en donde se apreciaban no sólo las entonaciones
fuertes, sino los más ligeros matices.
Hoy, estos matices se pierden; el mundo lleva el camino de confundir y
borrar sus colores. Hoy, un japonés es un señor civilizado vestido a la
europea; un polinesio va como turista a la Meca, en un magnífico
paquebot de quince mil toneladas. La musa del progreso es la rapidez: lo
que no es rápido está condenado a morir.
Todo ello es mejor, ¿quién lo duda? Indica más civilización; pero para
el que todavía conserva en la retina el recuerdo del mar antiguo, para
ése, la confusión moderna es un espectáculo lamentable.
* * * * *
¡Oh, gallardas arboladuras, velas blancas, fragatas airosas con su proa
levantada y su mascarón en el tajamar! ¡Redondas urcas, veleros
bergantines! ¡Qué pena me da el pensar que vais a desaparecer! ¡Amable
sirena, que te levantabas sobre las olas azules para mirarnos con tus
ojos verdes, ya no te verán más!
¡Oh, días de calma! ¡Oh, momentos de indolencia!
¡Cuántas horas no habré pasado en la hamaca contemplando el mar, claro o
tempestuoso, verde o azul, rojo en el crepúsculo, plateado a luz de la
luna y lleno de misterio bajo el cielo cuajado de estrellas!
III
TENGO QUE HABLAR DE MÍ MISMO
Tengo que hablar de mí mismo: en unas memorias es inevitable. Además de
mi apatía e indolencia, exagerada un tanto por mis convecinos los
luzarenses para presentarme como un tipo estrambótico, soy un
sentimental y un contemplativo.
Me gusta mirar, tengo la avidez en los ojos; me quedaría contemplando
horas y horas el pasar una nube o el correr una fuente. Quizá viviendo
en tierra se hubiera desarrollado en mí el sentido musical, como en
muchos de mis paisanos; en el mar se ha ampliado, se ha alargado mi
sentido óptico.
Muchas veces me he figurado ser únicamente dos pupilas, algo como un
espejo o una cámara obscura para reflejar la Naturaleza.
Soy, además, al decir de mi familia, un tanto novelero, un tanto curioso
y amigo de novedades. Pero, ¿qué es la curiosidad--digo yo para
defenderme--sino el deseo de saber, de comprender lo que se ignora?
A mí me gusta ver; y si hay una molestia o un peligro para satisfacer mi
curiosidad, no tengo inconveniente en afrontarlo.
Soy también patriota a mi modo, sin sentido tradicional alguno. No
conozco la historia de España, y realmente no me preocupa gran cosa. Si
me preguntaran quién fué Wamba o Atanagildo, me vería en un gran
aprieto; pero, a pesar de no conocer nada o casi nada la historia de mi
país, cuando después de un largo viaje he visto desde lejos la costa de
España, he sentido siempre una gran impresión.
El recuerdo de la patria, y sobre todo de Lúzaro, de este rincón de la
costa vasca donde he nacido y donde vivo, ha estado siempre presente en
mi espíritu. No lo considero como un mérito; no tengo esa tendencia
exclusivista de las gentes mi pueblo. La tierra para el labrador, el mar
para el marino. Discutir si esto es mejor que aquello, me parece una
tontería.
Lúzaro me gusta; pero el haber nacido en él, y el que mi familia haya
vivido aquí muchos años, no creo constituya ninguna superioridad.
Pienso lo mismo que un masón a quien conocí en Liverpool. Este masón
había llegado al grado treinta y tres, o cuarenta y tres, no sé a cuál;
pero al más alto de todos. Los días de fiesta, el hombre se ponía el
frac, un mandil y una porción de placas y triángulos, se marchaba a la
logia y volvía perfectamente borracho. En la casa todo el mundo le
admiraba, y el buen señor, que era muy ingenuo, me decía:
--Mi padre me hizo ingresar en la logia a los catorce años; tengo
sesenta y cinco y he llegado al último grado. La gente le encuentra a
esto mucho mérito, pero yo, la verdad, no le encuentro ninguno.
Era un hombre sencillo el honrado masón.
Lo mismo que aquel albañil de la albañilería celeste, me sucede a mí con
el mérito de mi familia de haber vivido mucho tiempo en Lúzaro. Esto no
es obstáculo para que me encuentre en mi pueblo como en ningún otro.
Muchas veces, en mi camarote, navegando por el Atlántico o por el mar de
las Indias, al pensar en Lúzaro sentía el recuerdo intenso de un monte,
de una peña, de un hayal. Veía con la imaginación levantarse Lúzaro
sobre el mar, con el río que penetra por su flanco, y veía los montes a
un lado y a otro llenos de maizales y de robles.
Entonces me gustaba cantar, en voz baja, zortzicos y sones de tamboril,
y, al oírmelos a mí mismo, creía andar por las callejuelas de mi pueblo,
oler el olor del heno, contemplar las rocas del Izarra azotadas por el
mar, y el cielo azul pálido surcado por nubes blancas.
Se comprende mi entusiasmo por Lúzaro; soy de aquí, y de aquí es toda mi
familia. Además, mi vida se puede clasificar en dos períodos: uno el
pasado en Lúzaro, en el cual me han ocurrido los hechos más
trascendentales y más agradables de mi existencia; otro, el del mar, en
que no me ha sucedido nada, por lo menos nada bueno, y en que he vivido
con el corazón frío y la retina impresionada.
Mi familia ha sido de Lúzaro, y ha sido de marinos. Sobre todo, por
parte de mi madre, por los Aguirres, la genealogía marítima es abundante
e inacabable.
Mi padre, Damián de Andía, fué también capitán de barco. Murió en el
mar, en el Canal de la Mancha. Una noche, cerca del Finisterre inglés,
naufragó la corbeta que mandaba, la _Mary-Rose_; sólo un marino pudo
salvarse.
[Ilustración]
A pesar de que yo era muy niño, recuerdo bastante bien a mi padre. Era
un tipo indiferente y algo burlón; tenía la cara expresiva, los ojos
grises, la nariz aguileña, la barba recortada; por mis informes debía
ser un tipo parecido a mí, con el mismo fondo de pereza y de tedio
marineros; ahora, que no era triste; por el contrario, tenía una fuerte
tendencia a la sátira. Sentía una gran estimación por las gentes del
Norte, noruegos y dinamarqueses, con quienes había convivido; hablaba
bien el inglés, era muy liberal y se reía de las mujeres.
Parecía haber nacido para burlarse de todo y para encogerse de hombros;
pero su sátira no encerraba veneno; se reía sin amargura y sin pena.
Era de estos vascos que dejan todo su lastre de intolerancia y de
fanatismo al pisar el primer barco. Había echado la sonda en la sima de
la estupidez y de la maldad humanas y sabía a qué atenerse.
Mi abuela no se entendía bien con él y arrastraba a su hija, a mi madre,
a ponerse en contra de su marido. Sin duda el instinto de suegra le
cegaba. Él cedía, riendo, y mi abuela rabiaba.
Cuando mi padre llegaba a Lúzaro se reunía con otros pilotos, marineros
y pescadores, y charlaba con ellos, y algunas veces cantaba y
alborotaba, en su compañía, por las calles.
Todos los que le conocieron me han asegurado que era un hombre de gran
corazón. He sentido siempre una gran pena por no haberle llegado a
conocer. Hubiéramos sido buenos amigos.
Mi abuela, doña Celestina de Aguirre, no quería a mi padre; después de
pasados muchos años la he oído hablar en contra de él. Es muy triste que
el rencor de las personas alcance hasta los muertos; pero, ¿quién no
tiene algo de podrido en el alma?
Los motivos de mi abuela para no querer a mi padre eran un tanto
lejanos. Mi padre había nacido en Elguea, pueblo rival de Lúzaro. Para
mi abuela, las tres millas y media de costa que hay entre Lúzaro y
Elguea separan dos mundos aparte: la seriedad de los de Lúzaro, de la
petulancia, volubilidad y fatuidad de los de Elguea.
Otra causa de enemistad de doña Celestina para su yerno, provenía de ser
mi abuela paterna hija de un quincallero suizo, establecido en Elguea.
Doña Celestina había conocido a la hija del quincallero, en su juventud,
cuando las dos eran solteras, y parece que se desarrolló entre ellas una
gran antipatía.
Para doña Celestina, la sangre del quincallero suizo me ha perdido; el
bazar, con sus aros y sus pelotas de goma, ha perturbado la marcha del
severo barco con sus velas y sus anclas. Mi abuela me dijo muchas veces,
de chico, que yo salía a mi padre. Entonces no podía comprender bien la
terrible acusación encerrada en esta semejanza.
Mi abuela tuvo siempre grandes ambiciones escondidas, el orgullo del
nombre, y un amor extraordinario por su abolengo. Para ella, la familia
de los Aguirres constituía lo más selecto de la raza, y la profesión de
marino, por ser la más frecuente entre los de su estirpe, era
aristocrática y distinguida por excelencia.
Doña Celestina, en su fuero interno, debía suponer que las demás
familias de Lúzaro, exceptuando dos o tres, habían nacido, como los
hongos, entre la hierba, o que quizá sus individuos estaban modelados
con el fango del río.
No era fácil convencer a mi orgullosa abuela de que no tenía
precisamente una gran trascendencia para el mundo el que un Aguirre
apareciera o no apareciera en Lúzaro en el siglo xv. A doña Celestina le
parecía todo cuanto se refiriese a los Aguirres de una capital
importancia, y no sentía ningún escrúpulo en mentir, si era para mayor
gloria de su familia.
De vivir hoy, ¡cómo se hubiera indignado la buena señora con las ideas
del médico joven que tenemos en Lúzaro! Este médico es hijo de un
camarada de mi infancia, del piloto José Mari Recalde.
Nuestro joven doctor se entretiene ahora en medir cráneos; se ha metido
en el osario del Camposanto, y allí anda, ayudado por el enterrador,
llenando de perdigones las venerables calaveras de nuestros antepasados,
pesándolas y haciendo con ellas una porción de diabluras.
Recalde tiene talento, ha estado en Alemania y sabe mucho; pero yo, la
verdad, no creo gran cosa en sus afirmaciones.
Según él, en la raza blanca no hay más que dos tipos: el cabeza redonda
y el cabeza larga: Caín y Abel.
El cabeza redonda, Caín, es violento, orgulloso, inquieto, sombrío,
minero, aficionado a la música; el cabeza larga, Abel, es tranquilo,
plácido, inteligente, agricultor, matemático, hombre de ciencia. Caín es
salvaje, Abel, civilizado; Caín es religioso, fanático, reaccionario,
adorador de dioses; Abel es observador, progresivo, no le gusta adorar y
estudia y contempla.
Para Recalde, yo soy todo lo contrario de lo que era para mi abuela.
Según el doctor, la sangre de los Aguirres me ha estropeado; sin la
nefasta influencia de esa raza violenta de Caínes de cabeza redonda, yo
hubiera sido un hombre de un tipo admirable; pero esa sangre inquieta se
ha cruzado en mi camino.
--Usted--me suele decir Recalde--es uno de los tipos verdaderamente
europeos que tenemos en Lúzaro. Su abuelo, el suizo, debía ser un
dolicocéfalo rubio, un germano puro sin mezcla de celta ni de hombre
alpino. Los Andías son de lo mejor de Elguea, del tipo ibérico más
selecto. ¡Lástima que se cruzaran con esos Aguirres de cabeza redonda!
--No te preocupes por eso--le suelo decir yo, riendo.
--¡No me he de preocupar!--replica él--. Si usted fuera uno de esos
bárbaros de cabeza redonda como mi padre, por ejemplo, yo no le diría a
usted nada; pero como no lo es, le recomiendo que tenga usted cuidado
con sus hijos y con sus hijas: no les permita usted que se casen con
individuos de cabeza redonda.
Verdaderamente sería el colmo de lo cómico impedir a un hijo que se
casara con una buena muchacha por tener la cabeza redonda; pero no sería
menos cómico oponerse a un matrimonio porque el abuelo del novio o de la
novia hubiese sido en su tiempo zapatero o quincallero. En estas
cuestiones, los jóvenes suelen tener mejor sentido que los viejos,
porque no atienden más que a sus sentimientos.
Contaba una criada de mi casa, la _Iñure_, que un indiano rico de su
pueblo, ex negrero, que estaba muy incomodado porque su hijo quería
casarse con una muchacha pobre, hizo a la chica esta advertencia:
--Yo, como tú, no me casaría con mi hijo. Ten en cuenta que yo he sido
negrero y que en mi familia ha habido dos personas que fueron ahorcadas.
--Eso no importa--contestó la muchacha--. Gracias a Dios, en mi familia
ha habido también muchos ahorcados.
Realmente, esta muchacha discurría muy bien.
IV
LA CASA DE MI ABUELA
Mi madre y yo vivíamos en una casa solitaria, a un cuarto de hora del
pueblo, al lado de la carretera. El sitio era alto, claro, abierto y
despejado.
La casa tenía balcones a tres fachadas. Desde allí dominábamos toda la
ciudad, el puerto hasta la punta de la atalaya, y el mar. Veíamos, a lo
lejos, las lanchas cuando entraban y salían, y por delante de nuestra
casa pasaba la diligencia de Elguea, que se detenía en la fonda próxima.
En el mirador central de esta casita nuestra, transcurrieron los
primeros años de mi infancia.
Los días de temporal, más que una casa, parecía aquello un barco; las
puertas y ventanas golpeaban con furia, el viento se lamentaba por las
rendijas y chimeneas, gimiendo de una manera fantástica, y las ráfagas
de lluvia azotaban furiosamente los cristales.
En la casa vivíamos tres personas: mi madre y yo, y la vieja que había
sido nodriza de mi madre, a quien llamábamos la _Iñure_. Me parece que
estoy viendo a esta vieja. Era flaca, acartonada, la boca sin dientes,
la cara llena de arrugas, los ojos pequeños y vivos. Vestía siempre de
negro, con pañuelo del mismo color en la cabeza, atado con las puntas
hacia arriba, como es uso entre las viudas del país.
No creo que la _Iñure_ llegase a decir dos palabras seguidas en
castellano; pero, en cambio, se expresaba en vascuence con una rapidez
vertiginosa, en tono de persona que reza.
La _Iñure_ tenía una hermana, la Joshepa Iñashi, que era, al mismo
tiempo, cerora de la iglesia y mujer del sacristán. La Joshepa Iñashi
vivía en una casa antigua y negra, próxima a la parroquia y dependiente
de ésta. Como el sacristán era un simple, la cerora disponía lo que
había de hacerse en los altares y el color de las casullas.
Constantemente estaba consultando el añalejo. Cuando yo iba a casa de la
Joshepa Iñashi, con la _Iñure_, solíamos meternos en la cocina y
hacíamos hostias pequeñas y grandes, echando un poco de harina y agua en
una plancha y calentándola al fuego.
Mi madre se pasaba casi todo el día con mi abuela; pero no quería ir a
vivir con ella, conociendo de sobra el carácter dominador y absorbente
de doña Celestina.
[Ilustración]
La casa de mi abuela se llamaba Aguirreche, en vascuence, Casa de
Aguirre, y era, y sigue siendo, de las mejores del pueblo.
Tenía el aspecto severo de esos antiguos caserones de piedra del país
vasco: el color negro, el tejado muy saliente, una fila de balcones muy
espaciados, con los hierros llenos de florones y adornos; encima unas
pequeñas ventanas, y un escudo grande en el chaflán.
La casa se hallaba incrustada entre casuchas negras, en la parte más
baja de Lúzaro, rodeada de callejuelas tortuosas y húmedas.
En aquella época en que vivía mi abuela, solía verse Aguirreche casi
siempre cerrada, lo que producía una impresión de tristeza, mitigada un
tanto por las muchas flores que resplandecían en los balcones.
Entrando, se experimentaba una sensación de ahogo y de lobreguez. El
zaguán, pintado de azul, era obscuro, con las paredes desconchadas y
salitrosas; la escalera, de castaño, torcida y apolillada; en el rellano
principal, dentro de una hornacina, brillaba una virgen pintada en
tabla, dorada y estofada.
La casa de mi abuela tenía muchos cuartos con puertas de cuarterones,
que nunca se abrían. Estos cuartos, de paredes encaladas, con las vigas
del techo al descubierto y el piso con grandes tablas obscuras, ya
combadas por el tiempo, estaban vacíos.
Mi abuela y mi tía Úrsula se hallaban poseídas por la manía de poner el
suelo brillante, y las dos, y una muchacha, solían estar encerándolo y
frotándolo hasta dejarlo como un espejo.
En la sala, síntesis y recapitulación de lo más selecto de Aguirreche,
el lustre era ya sagrado. Aquel cuarto podía llamarse el altar de la
familia; nada gozaba del honor de encontrarse allí si no tenía historia;
las sillas de damasco rojo, los dos o tres veladores de laca, el espejo,
el cuadro con la ejecutoria de los Aguirres, el arca... De cada cosa de
éstas, mi abuela, o mi tía Úrsula, podían hablar media hora.
Del techo de aquella sala colgaba una fragata de marfil y de ébano, con
todos sus palos, sus velas y sus cañones correspondientes.
En el sitio de honor, encima del sofá, se veía un dibujo iluminado.
Representaba un barco luchando con las olas en medio de un temporal; el
capitán aparecía atado al palo mayor, dando órdenes, y sobre el mar
embravecido se veían tablas y cubas. El barco éste era _La Constancia_,
fragata que mandó, durante mucho tiempo, el padre de mi abuela.
El dibujo tenía al pie esta inscripción:
«La fragata española _La Constancia_, al mando de su capitán don Blas de
Aguirre, al amanecer del día 3 de febrero de 1793, en el meridiano de la
isla Rodrigo, atormentada con mares gruesas del nordeste y sudeste,
corriendo un huracán en su viaje de Manila a Cádiz, en el que perdió
todos los gallineros de la toldilla, vasijería, cubas y varias tablas de
obra muerta.
Pintado por _Ant.° de Iturrizar_.»
Yo me figuraba antes, recordando las exageraciones de mi abuela, que
este cuadro tendría algún valor; pero después he visto que es un grabado
de la época, en el cual se ponía al pie una leyenda explicativa, y
servía a los marinos vascos de exvoto para llevarlo a la iglesia de
Begoña, a la Virgen de Guadalupe o a Nuestra Señora de Iciar.
[Ilustración]
A los lados de _La Constancia_ se veían dos grabados en color, con sus
respectivas leyendas: «Navío de línea, español, visto a proa de la amura
de sotavento, en facha y saludando», decía en uno; en el otro: «Navío
español del porte de 112 cañones, fondeado, visto por su medianía o
portalón.»
Todavía estos dos grabados siguen haciendo compañía a _La Constancia_,
en donde está mi bisabuelo atado al palo mayor, en el momento en que
prometía un cirio a la Virgen de Rota.
Había también en casa de mi abuela, encerrados en marcos de caoba, unos
grabados ingleses que representaban la batalla naval entre la fragata
inglesa _Eurotas_ y la francesa _Clorinda_, en 1814. Eran tres: en el
primero se veían los dos buques, con las velas desplegadas, que iban
acercándose; el segundo fijaba el preciso momento del fragor del
combate, y en el último los dos navíos estaban desarbolados, a punto de
irse a pique.
Otro cuadro iluminado que gozaba gran estimación en la casa, era uno que
tenía en medio la Rosa de los Vientos, y a los lados, todas las
banderas, gallardetes y matrículas del mundo.
En una categoría todavía superior estaban dos escapularios grandes que
le dieron a mi abuelo las monjas de Santa Clara, de Lúzaro, y a los
cuales él puso marco en Cádiz, y le acompañaron en sus viajes y en su
vuelta al mundo.
Mi abuela daba una importancia tan extraordinaria a estas cosas, que yo
creía que eran del dominio común, y que las hazañas de mi bisabuelo eran
tan conocidas como las de Napoleón o las de Nelson.
Había también en la sala una brújula, un barómetro, un termómetro, un
catalejo y varios daguerrotipos pálidos, sobre cristal, de primos y
parientes lejanos. Recuerdo también un octante antiguo muy grande y muy
pesado, de cobre, con la escala para marcar los grados, de hueso.
Sobre la consola solían estar dos cajas de té de la China, una copa
tallada en un coco y varios caracoles grandes, de esos del mar de las
Indias, con sus volutas nacaradas, que uno creía que guardaban dentro un
eco del ruido de las olas.
Lo que más me chocaba y admiraba de toda la sala era una pareja de
chinitos, metidos cada uno en un fanal, que movían la cabeza. Tenían
caras de porcelana muy expresivas y estaban muy elegantes y peripuestos.
El chinito, con su bigote negro afilado y sus ojos torcidos, llevaba en
la mano un huevo de avestruz, pintado de rojo; la chinita vestía una
túnica azul y tenía un abanico en la mano.
Al movimiento de las pisadas en el suelo, los dos chinitos comenzaban a
saludar amablemente, y parecían rivalizar en zalamerías.
Cuando me dejaban entrar en la sala, me pasaba el tiempo mirándolos y
diciendo:
--Abuelita, ahora dicen que sí, ahora que no. Ahora sí, ahora no.
[Ilustración]
Mi abuela poseía también un loro, _Paquito_, que dominaba el diálogo y
el monólogo.
Se le preguntaba:
Lorito, ¿eres casado?
Y él contestaba:
Y en Veracruz velado.
A ja jai, ¡qué regalo!
Su monólogo constante era esta retahila de loro de puerto de mar:
¡A babor! ¡A estribor!
¡Buen viaje! ¡Buen pasaje!
¡Fuego! ¡Hurra, lorito!
Yo encontraba en las palabras de aquel pajarraco verde un fondo de
ironía que me molestaba. La _Iñure_ me contó que una vez, hace mucho
tiempo, un loro que tenía un marino de Elguea lo denunció, y por él se
supo que su amo había sido pirata.
A pesar de la ciencia y de las habilidades de todos los de su clase,
_Paquito_ me era muy antipático; nunca quería contestarme cuando le
preguntaba si era casado, y una vez estuvo a punto de llevarme un dedo
de un picotazo. Desde entonces le miraba con rabia, y, de cogerlo por mi
cuenta, le hubiera atracado de perejil hasta enviarlo a decir sus
relaciones al paraíso de los loros. También tenía mi abuela una caja de
música, ya vieja, con un cilindro lleno de púas, a la que se le daba
cuerda; pero estaba rota y no funcionaba.
V
LA TÍA ÚRSULA
Tardé bastante tiempo en ir a la escuela. De chico tomé un golpe en una
rodilla, y no sé si por el tratamiento del curandero, que me aplicó
únicamente emplastos de harina y de vino, o por qué, el caso es que
padecí, durante bastante tiempo, una artritis muy larga y dolorosa.
Quizá por esto me crié enfermizo, y el médico aconsejó a mi madre que no
me llevara a la escuela. Mi infancia fué muy solitaria. Tenía, para
divertirme, unos juguetes viejos que habían pertenecido a mi madre y a
mi tío. Estos juguetes que pasan de generación en generación, tienen un
aspecto muy triste. El arca de Noé de mi tío Juan era un arca
melancólica; a un caballo le faltaba una pata; a un elefante, la trompa;
al gallo, la cresta. Era un arca de Noé que más parecía un cuartel de
inválidos.
Mi tía Úrsula, hermana mayor de mi madre, solterona romántica, comenzó a
enseñarme a leer. Doña Celestina era como el espíritu de la tradición en
la familia Aguirre; la tía Úrsula representaba la fantasía y el
romanticismo.
Cuando mi tía Úrsula llegaba a casa, solía sentarse en una sillita baja,
y allí me contaba una porción de historias y de aventuras.
En Aguirreche, en su cuarto, la tía Úrsula guardaba libros e
ilustraciones con grabados, españoles y franceses, en donde se narraban
batallas navales, piraterías, evasiones célebres y viajes de los grandes
navegantes. Estos libros debían de haber estado en alguna cueva, porque
echaban olor a humedad y tenían las pastas carcomidas por las puntas. En
ellos se inspiraba, sin duda, mi tía para sus narraciones.
La tía Úrsula solía contar la cosa más insignificante con una solemnidad
tal, que me maravillaba. Ella me llenó la cabeza de naufragios, islas
desiertas y barcos piratas.
Sabia más que la generalidad de las mujeres, y, sobre todo, que las
mujeres del país. Ella me explicó cómo iban los vascos, en otra época, a
la pesca de la ballena en los mares del Norte; cómo descubrieron el
banco de Terranova, y cómo aún, en el siglo pasado, en los astilleros de
Vizcaya y de Guipúzcoa, en Orio, Pasajes, Aguinaga y Guernica, se hacían
grandes fragatas.
Me habló también, con orgullo, de los marinos y capitanes vascos: de
Elcano, dando la vuelta al mundo; de Oquendo, victorioso en más de cien
combates, y que, vencido en la vejez por el almirante Tremp, muere de
tristeza; de Blas de Lezo, tuerto y con una sola pierna, batiéndose
constantemente y venciendo, con unos pocos barcos, la escuadra poderosa
del almirante inglés Vernon en Cartagena de las Indias; del sabio y
heroico Churruca, de Echaide, de Recalde, de Gaztañeta. Con frecuencia
terminaba sus narraciones con estos versos de Concha, en su _Arte de
Navegar_:
Por tierra y por mar profundo
Con imán y derrotero,
Un vascongado el primero
Dió la vuelta a todo el mundo.
Y aunque estos versos no tuvieran relación alguna con lo contado, por el
tono solemne con que los recitaba mi tía Úrsula, me parecían un final
muy oportuno para cualquier relato.
En tan lejana época de mi infancia, yo no conocía más chicos de mi edad
que unos primos segundos. Estos chicos vivían en Madrid y venían a
Lúzaro durante el verano.
Cuando estaban ellos en casa de mi abuela, íbamos juntos a un caserío de
la familia, donde solían darnos cuajada. La tía Úrsula la repartía,
mientras nosotros, los chicos, mirábamos si a alguno le daban más que a
los otros, para protestar.
Mis primos solían contar cosas de los teatros y circos de la corte;
pero, la verdad, esto no me llamaba la atención. Lo que me atraía era el
mar. Miraba con envidia los chicos descalzos del muelle. Me hubiera
gustado ser hijo de pescador, para corretear por las escolleras y jugar
en los lanchones y gabarras.
Mi tía Úrsula, además de su biblioteca, formada por folletines
ilustrados franceses, y de sus libros de aventuras marítimas, tenía otro
fondo de donde ir sacando los relatos emocionantes que a mí tanto me
cautivaban.
En la sala de Aguirre, en el arca, se guardaba, entre otras cosas viejas
y respetables, un tomo manuscrito, en folio, muy voluminoso. En la
cubierta, de pergamino, decía, con letras ya desteñidas y rojizas:
«Historia de la familia de Aguirre».
[Ilustración]
Como casi todos los miembros de la familia de este nombre y los
emparentados con ella habían sido marinos y viajeros, para explicar sus
correrías, intercaladas en las amarillentas páginas, se veían cartas de
navegar antiguas, bastante raras. En estos mapas, el mar se simbolizaba
con una ballena echando un surtidor de agua, un galeón y varios
delfines; los pueblos, por casitas; los montes, por árboles, y los
países salvajes, por indios con plumas en la cabeza, un arco y una
flecha. Había, también, planos para indicar las corrientes y los
vientos, y dibujos de sondas, brújulas primitivas y astrolabios.
Todo el libro se reducía a una serie de narraciones de aventuras
marítimas y terrestres.
Mi tía Úrsula se calaba las antiparras y leía con gran detenimiento
alguno de estos relatos, y los comentaba.
La mayoría eran breves, y estaban redactados en una forma tan amanerada,
que yo no me enteraba de su sentido. De las más entretenidas era la
historia de Domingo de Aguirre, llamado el Vascongado, que formó parte
en la expedición de Gonzalo Jiménez de Quesada, cuando la conquista de
América. Domingo de Aguirre presenció el incendio de Iraca, que debió de
tener mucha importancia a juzgar por sus descripciones.
Cuando comencé a escribir, a mi tía Úrsula se le ocurrió dictarme
párrafos del gran libro de la familia, y todavía conservo, por
casualidad, un pliego en papel de barba, escrito por mi inhábil mano,
con letras desiguales, que dice así:
«El capitán de barco, Martín Pérez de Irizar, hijo de Rentería, cuando
volvía de Cádiz de cargar un galeón de mercaderías, se encontró en alta
mar con el corsario francés Juan Florin, cuyo nombre espantaba a cuantos
salían al mar. El orgulloso francés llevaba dos barcos bien pertrechados
de armas. A los que cogía en el mar, grandes o chicos, hombres o
mujeres, los desvalijaba y los dejaba en cueros; así que estaba muy
rico.
Al divisar el galeón del capitán guipuzcoano, como el francés le atacara
con brío, Irizar se defendió en su barco, valientemente. Por ambas
partes corrió la sangre en abundancia, y después de la refriega, Martín
Pérez de Irizar apresó a Juan Florin, a sus barcos y a toda su gente.
De los piratas murieron treinta hombres y quedaron heridos más de
ochenta. Juan Florin quiso dar veinte mil duros al capitán Irizar por su
rescate; pero fué inútil su ofrecimiento, porque el hombre entendido y
de buen juicio prefiere su honra a todo el dinero del mundo.
Con noventa hombres presos y los dos barcos cogidos, el capitán Irizar
volvió a Cádiz, como correspondía a su fina lealtad.
El emperador don Carlos, nuestro Señor, mandó que fuese ahorcado Juan
Florin, el pirata, y que el capitán Martín Pérez de Irizar pusiera en su
escudo, para eterno recuerdo, el galeón, el arpón y la bandera ganados
en la batalla.»
Recuerdo que al escribir esto, que me dictaba mi tía, le hice varias
preguntas acerca de la vida y de las costumbres de los piratas, y, a
pesar de que ella trataba de exagerar la odiosidad de los caballeros de
la fortuna, a mí me parecía que aquello de ser pirata y de abordar a los
barcos y quitarles sus tesoros y guardarlos en una isla desierta debía
tener grandes encantos.
Yo aprendí a leer y a escribir con todas estas narraciones y aventuras
de la familia. Cosa extraña: casi siempre había algún Aguirre aventurero
cuyo fin se ignoraba. El uno quedaba entre indios, el otro se decía que
se había hecho pirata.
Parecía como si un destino fatal persiguiese a algunos individuos de la
familia, a través del tiempo y de las generaciones.
VI
LOPE DE AGUIRRE, EL TRAIDOR
De muchos capitanes, marinos, aventureros y frailes se ocupaba el libro
de la familia; pero, entre todas aquellas historias, la más
extraordinaria, la más absurda, dentro de su realidad, era la de Lope de
Aguirre, el loco, llamado también Lope de Aguirre, el traidor.
Varias veces leí las aventuras asombrosas de este hombre, que en el
manuscrito se contaban con todos sus detalles.
Domingo de Cincunegui, el autor de los _Recuerdos históricos de Lúzaro_,
me ha pedido repetidas veces que registre por todos los rincones de
Aguirreche, para ver si se encuentra el viejo manuscrito; pero el
infolio no aparece; sin duda, a la muerte de mi abuela, se perdió; quizá
a alguno de los marineros que vive ahora en el viejo caserón le habrá
servido para encender el fuego.
Lo que dice Cincunegui en sus _Recuerdos de Lúzaro_ está tomado de la
historia del Perú y de Venezuela.
De sus _Recuerdos_ tomo estos datos, para dar una idea de mi terrible
antepasado:
«Lope de Aguirre nació en el primer tercio del siglo XVI, y era
vizcaíno. No se sabe de qué pueblo. En el siglo XVI aparecen tres casas
de Aguirre importantes: una de Oyarzun, otra de Gaviria y otra de
Navarra.
Lope de Aguirre debía ser de una de estas casas.
Llegó Lope al Perú, a mediados del siglo XVI, y tomó partido por Gonzalo
Pizarro en la rebelión de éste. Durante algún tiempo estuvo a sus
órdenes, hasta que le hizo traición y ejecutó contra sus antiguos
compañeros actos de una crueldad inaudita.
Era Lope hombre inquieto y turbulento, terco y mal encarado. Condenado
a muerte durante una sedición, se evadió y tomó el oficio de domador de
caballos. Buen oficio para poner a prueba su bárbara energía. A Lope le
conocían entre los soldados por el apodo de Aguirre, el loco.
En 1560, el virrey, don Andrés Hurtado de Mendoza, confió al capitán
vasco Pedro de Ursúa una expedición para explorar las orillas del
Marañón en busca de oro. Lope fué uno de los principales jefes de la
partida.
Una noche, el inquieto Aguirre sublevó a la tropa expedicionaria, y él
mismo cosió a puñaladas al capitán Ursúa y a su compañera, Inés de
Atienza, que era hija del conquistador Blas de Atienza.
Lope asesinó también al teniente Vargas y dirigió un manifiesto a los
rebeldes, que le siguieron. Los sublevados proclamaron general y
príncipe del Perú a Fernando de Guzmán, y mariscal de campo a Lope de
Aguirre.
Como Guzmán reconviniera a Lope por su inútil crueldad, el feroz vasco,
que no admitía reconvenciones, se vengó de él, asesinándolo y cometiendo
después una serie de atropellos y de crímenes.
A la cabeza de sus hombres, subyugados por el terror (ahorcó a ocho que
no le parecían bastante fieles), bajó por el Amazonas y recorrió,
después de meses y meses, la inmensidad del curso de este enorme río, y
se lanzó al Atlántico.
No contaba Lope más que con barcas apenas útiles para la navegación
fluvial; pero él no reconocía obstáculos y se internó en el Océano. Lope
de Aguirre era todo un hombre.
Resistió en alta mar, cerca del Ecuador, dos terribles temporales en sus
ligeras embarcaciones, y fué bordeando con ellas las costas del Brasil,
de las Guayanas y de Venezuela.
Allí donde arribaba, Lope se dedicaba al pillaje, saqueando los puertos,
quemando todo cuanto se le ponía por delante, llevado de su loca furia.
El fraile de la flotilla se permitió aconsejar, suplicar a su capitán
que no fuera tan cruel. Aguirre le escuchó atentamente, y atentamente lo
mandó ahorcar.
Sintiendo quizá remordimientos en su corazón endurecido, llamó a su
presencia a un misionero de Parrachagua, para confesarse con él; y como
el buen sacerdote no quisiera darle la absolución, ordenó lo colgaran,
sin duda para que hiciese compañía al otro fraile ahorcado.
Los aventureros poco adictos a su persona iban sufriendo la misma
suerte.
De los cuatrocientos hombres que salieron con Ursúa, no le quedaban a
Lope más que ciento cincuenta, y de éstos, muchos iban, por días,
desertando.
Aguirre, al verse sin la tripulación necesaria para sus barcos, les pegó
fuego, y luego se refugió, con su hija y algunos compañeros fieles, en
las proximidades de Barquisimeto, de Venezuela.
Allí, en el campo, en una casa abandonada, Aguirre escribió un memorial
a Felipe II, justificándose de sus desmanes, y para dar más fuerza a su
documento, lo firmó de esta manera audaz, cínica y absurda:
_Lope de Aguirre,
el traidor_.
Las tropas del rey, unidas con algunos desertores de Aguirre, fueron
acorralando al capitán vasco como a una bestia feroz, para darle muerte.
Quebrantado, cercado, cuando se vió irremisiblemente perdido, Lope,
sacando su daga, la hundió hasta el puño en el corazón de su hija, que
era todavía una niña.
[Ilustración]
--No quiero--dijo--que se convierta en una mala mujer, ni que puedan
llamarla, jamás, la hija del Traidor.
Después mandó a uno de sus soldados fieles que le disparara un tiro de
arcabuz.
El soldado obedeció.
--¡Mal tiro!--exclamó Lope al primer disparo, al notar que la bala
pasaba por encima de su cabeza.