Don Melchor Perez de Varais.
En la portería del convento de Santa Teresa, un caballero y una señora
esperaban con impaciencia el momento en que se pudiera hablar á las
religiosas.
Debian ser personas las dos de mucha distincion, porque ademas de ir
ambos ricamente vestidos, el caballero ostentaba insignias de nobleza, y
era saludado con profundo respeto por cuantos al pasar acertaban á
verle.
Muestras daban ya de impaciencia aquellas personas, cuando al traves del
torno se escuchó una voz que decia:
--Señor Corregidor.
--Madre--contestó el que esperaba.
--Dice vuestra señoría que trae órden de su Ilustrísima para hablar á
solas con Sor Blanca.
--Sí que digo, y aquí está la órden.
--¿Podeis mostrárnosla?
--Aunque desconfianza es esa que ofenderme pudiera, por ser vos como
sois, esposas de Cristo y retiradas del mundo, no se os puede tener á
mal; tomad la órden del Señor Arzobispo.
El Corregidor puso un pliego en el torno, que jiró, y la monja que
estaba en el interior tomó el pliego.
--Que sea permitido--dijo la monja en voz alta--al Señor Alcalde Mayor
de la provincia de Metepec y Corregidor de esta ciudad de México, el
Caballero de la Orden de Santiago, Don Melchor Perez de Varais, hablar á
solas con Sor Blanca del Corazon de Jesus.
--Exactamente--dijo Don Melchor.
--Pero aquí agrega Su Ilustrísima, que debe acompañar al Señor
Corregidor en esta visita, la señora su esposa Doña Isabel de
Santiestevan, para que no cause escándalo al público ni á la Comunidad,
el que una religiosa hable á solas con un mundano.
--Y aquí estoy, Madrecita--dijo la señora, que habia permanecido en
silencio--yo soy Doña Isabel de Santiestevan, esposa de Don Melchor
Perez de Varais.
--Entonces, hacedme la gracia de esperar un poco, que voy á que os abran
un lugar á donde podais hablar con Sor Blanca.
--Muy bien--dijo el Corregidor.
--Verdaderamente, estoy ansiosa de arreglar el negocio de esa pobre
criatura--dijo Doña Isabel á su marido.
--¿Conoceisla?
--No, pero me interesa sin haberla visto nunca.
--Pobrecita; la fortuna es que casi todo le ha salido á pedir de boca.
En este momento se abrió una de las puertas que estaban inmediatas al
lugar en que hablaban Don Melchor y su muger, y una monja les hizo seña
de que pasaran. Entraron ambos, y la monja se retiró.
Poco despues apareció Sor Blanca.
Aunque iba completamente cubierta habia algo en su modo de andar, en su
talle, en todo, que indicaba, que denunciaba por decirlo así, que era
una muger tan hermosa como desgraciada.
Los dos esposos se levantaron con respeto al verla entrar.
--¿Conque sois vos?--dijo la monja, con un acento dulcísimo--¿mi noble
protector Don Melchor Perez de Varais?
--Sor Blanca, nada me teneis que agradecer, porque vuestras desgracias
os hacen acreedora á todo género de consideraciones, y ademas porque mi
esposa Doña Isabel es quien por vos ha tomado particular empeño desde
que leyó la primera de vuestras epístolas.
--Sí, Sor Blanca--dijo Doña Isabel--la relacion que haciais de vuestras
penas á mi esposo, buscando su proteccion me interesaron de tal manera,
que desde entonces no he cesado de trabajar hasta que ya lo veis,
estamos á punto de conseguirlo todo.
--¡Dios lo permita para la salvacion de mi alma!--esclamó Sor Blanca.
--Ahora--agregó Doña Isabel--mi esposo, que es grande amigo del señor
Arzobispo, ha conseguido una órden para que podamos hablaros á solas,
con el objeto de que digais á mi marido cuánto mas os parezca necesario
para que el señor Arzobispo resuelva.
--Ya sabeis, Sor Blanca--dijo Don Melchor--que nuestras cartas á Roma
han producido muy buen efecto, y Su Santidad ha enviado un Breve al
señor Arzobispo de México, facultándole para que dentro de un año pueda
relajar y anular vuestros votos.
--Lo sé, y os viviré, Don Melchor, eternamente reconocida: de edad de
diez y seis años he tomado el velo impulsada por la tirana voluntad de
mi hermano Don Pedro de Mejía, que tan gran empeño mostraba por verme
profesa. Sin vocacion para esta santa vida, mi existencia aquí es el
tormento mas agudo y mas continuado que verse pueda; ni pienso mas que
en mi libertad, ni anhelo mas que en dejar estos respetables hábitos,
que pesan para mí como si fueran de bronce. Siete años he pasado tras
estos muros; siete años de lágrimas y casi de desesperacion: Dios me ha
deparado á un hombre á quien me atreví á escribir porque sabia el favor
que gozaba con el señor Arzobispo; este hombre habeis sido vos, señor
Don Melchor, y mi corazon no me engañó y me habeis protejido, y me
sacareis de aquí, porque si yo perdiera esa esperanza no sé adónde me
podria conducir mi desesperacion.
--¿Tan exaltada estais así, Sor Blanca?--dijo Doña Isabel.
--Ah señora, vos no podeis ni aun comprender lo que se siente cuando se
miran estos muros, que no se han de franquear nunca, cuando se considera
que el sepulcro se ha cerrado ya sobre nosotras que hemos muerto estando
vivas, que no tenemos de comun mas que el aire y la luz con ese mundo
del que se nos aleja, del que se nos priva, pero que por eso mismo nos
parece mas bello y mas encantador. Ah, señora, ¡la libertad! ¿sabeis
vos, lo que es la libertad? no, no podeis comprenderla porque siempre la
habeis gozado; no podeis vos alcanzar cuánta es la dulzura de esa
palabra, porque vos, señora, cuando quereis ver el cielo, y los pájaros,
y los árboles, y el rio, y la pradera, y las lagunas, las veis, y á los
vuestros y al mundo en fin, y yo estoy lejos, lejos de todo eso,
condenada á no ver sino estas sombrías paredes, sintiendo el rumor de
las gentes que pasan del otro lado de nuestras tapias, oyendo algunas
veces ecos de músicas lejanas que me parecen armonías escapadas del
cielo, adivino las pasiones entre los que miro venir al templo,
sorprendo en mis libros de devocion frases de amor, que yo no quiero
dirijir solo á Dios. Ah, señora, yo procuro disipar estos pensamientos,
ahogar en la religion estos mundanos impulsos de mi corazon, pero me es
imposible, no puedo, no; ni mis lágrimas apiadan al cielo, ni encuentro
en mi alma la resolucion necesaria para vivir así. El llanto ha hecho
surcos en mis mejillas, y mirad, señora, á pesar de nuestras reglas os
voy á mostrar las huellas que el dolor y la desesperacion imprimen en mi
rostro, porque vos y vuestro esposo sois las únicas personas que se
interesan por mí sobre la tierra.
Sor Blanca levantó convulsivamente su velo, y Don Melchor y su esposa
quedaron asombrados de su belleza.
Sor Blanca no era ya la niña tímida que hemos conocido en la casa de Don
Pedro, era una jóven perfectamente desarrollada, el dolor y el llanto
habian borrado los colores encendidos de su rostro, pero su palidez, el
brillo casi febril de sus ojos y la sombra dulcemente azulada que
rodeaba sus párpados, aumentaba el interes y la belleza de su fisonomía.
Don Melchor no habia soñado nunca que pudiera haber una muger tan
hermosa y tan interesante.
Doña Isabel, á pesar de su sexo, encontró á Sor Blanca como un ángel.
--En verdad--dijo Doña Isabel--que se conoce que habeis llorado mucho en
vuestra vida.
--Y tanto, señora, y tanto, que si el llanto fuera una redencion ante
Dios, yo estaria ya libre en el mundo: Dios os libre, señora, de soñar
siquiera una noche que estais en el convento contra vuestra voluntad,
porque os ahogariais, es preferible ser emparedada.
--No digais eso--dijo Doña Isabel palideciendo.
--Sí, lo diré; porque entonces lo que llega es la muerte, lenta, pero
llega, dos dias, tres, cuatro, ¡ay! ¿y qué son cuatro dias comparados
con esta eternidad de sufrimientos, sin esperanza, sin esperanza; y un
dia, y un mes, y un año, y otro, y lo mismo, y vivir en un sepulcro, sin
esperanzas, sin ilusiones, sin amor, ¡sin amor! ha de ser muy hermoso el
amor ¿es verdad?--dijo Sor Blanca como fuera de sí, tomando una mano á
Doña Isabel--contadme por Dios, señora, ha de ser muy bello, amar, y ser
amada, tener padres, ó hermanos, ó hijos, ó esposo, ó álguien que nos
ame, ¡ay! yo nunca he tenido quien me ame mas que mi madrina Doña
Beatriz, y esa murió tan pronto.
--¿Murió Doña Beatriz?--preguntó con interes Doña Isabel.
--¿La conocísteis? qué buena era; murió tres años despues de profesar,
era tan desgraciada como yo, aunque no tanto, porque al fin consiguió su
familia del Sr. Arzobispo que no se enterrara dentro del convento, y
logró salir aunque fuera despues de muerta.
Aquel arranque probaba el grado de desesperacion en que vivia Sor
Blanca; Doña Isabel miró á su esposo, y éste sacudió la cabeza
murmurando entre dientes.
--¡Pobrecita!
--Sor Blanca--dijo Doña Isabel--confiad en nosotros que saldreis.
--¡Ah! solo de pensarlo creo que voy á volverme loca. ¡Salir, salir de
aquí! aunque tenga yo que vivir de esclava, de limosnera, tullida en una
cama, pero quiero ser libre.
--Y lo sereis--dijo Don Melchor levantándose--os dejamos, porque
comprendo que hablaros mas seria exaltar mas vuestra alma: adios Sor
Blanca, confiad en nosotros.
--Que Dios os bendiga, señores--dijo Sor Blanca, y se retiró al
interior del convento halagando por la primera vez la esperanza de
libertad por el influjo de Don Melchor, ó la firme resolucion de hacerse
libre por cualquier medio.
El Corregidor y su esposa subieron en su coche y se dirijieron á su
casa.
--Don Melchor--dijo Doña Isabel--¿habeis comprendido cómo no solamente
me cumplís vuestra palabra sino que haceis una accion meritoria librando
á esa jóven del cautiverio en que gime?
--Lo conozco--contestó Don Melchor--no me arrepiento de haberos
complacido.
--Tanto mas--agregó Doña Isabel sonriendo--cuanto que el dia que esa
jóven esté libre de sus votos, creo yo, y debeis creerlo vos, que puede
reclamar la mitad de la fabulosa fortuna de su hermano; ella es
hermosísima. ¿No es verdad?
--Sí, tal.
--Y entonces era fácil que el mundo creyera que habiais enviudado y
podriais casaros con ella.
--Pero.
--No andemos con hipocresías, Don Melchor, vos sabeis bien que yo no os
amo, y yo conozco que no habeis tenido por mí mas que un capricho que se
ha prolongado merced á nuestro pacto y á nuestro aislamiento en vuestra
residencia de Metepec.
--Luisa, os engañais.
--No, ni me engaño ni vos os engañais tampoco, echada de mi casa por mi
marido el miserable de Don Pedro de Mejía, la noticia del escándalo, os
avivó el deseo de conocerme, y me requerísteis de amores; yo, tanto por
vengarme de Don Pedro como por huir de Don Cárlos de Arellano, consentí
en seguiros á Metepec y pasar allí por vuestra esposa con el nombre de
Doña Isabel de Santiestevan, con la condicion de que me ayudariais á
vengarme, y mientras yo meditaba esa venganza y esperaba el momento de
realizarla, he querido _jugar_ á muger honrada y de bien, y lo habeis
visto, ninguna esposa de hacendado ó de encomendero, ha podido por mas
beata y rígida que haya sido, poner mancha en mi conducta: nadie iba con
mas puntualidad á la iglesia á confesarse y á misa que yo, ni marido
alguno ha sido mas mimado y acariciado que vos.
--Es cierto, y por lo mismo soy feliz, os amo cada dia mas, y no
quisiera por nada deshacer estos vínculos.
--Don Melchor, yo os estoy agradecida y os quiero, aunque no os amo con
ilusion, pero mi venganza comienza ya á realizarse. Doña Blanca va á
quedar libre de sus votos y el anhelo de que esto se realice cuanto
antes, me ha dado valor de venir á México á riesgo de ser conocida y de
que llegue á noticia de Don Pedro que aun vivo, cuando por muerta me ha
tenido, y si él llegara á averiguar que aun existo, no pararia hasta
hacerme desaparecer de la tierra. Oidme, Don Melchor, y sed justo y
racional: he sido vuestra tanto tiempo y tan sin limitacion, que por
vos, á quien no amaba, he hecho lo que por nadie, ni por mi mismo marido
Don Manuel de la Sosa, he sido económica, retirada y hasta beata, he
consentido en vívir en un pueblo tan triste como Metepec, pero ya no
puedo sufrir esto por mas tiempo, ya no puedo representar este papel que
no es el mio; aun soy, si no jóven, hermosa y de buena edad, necesito
gozar porque mis instintos y mi naturaleza me lo exigen, y los placeres
son mi elemento como el aire que aliento: os he sacrificado seis años,
dejadme gozar la hermosura y la juventud que me quedan, dejadme apurar
ya el cáliz del mundo, cuando está para mí tan próxima la edad de los
desengaños, del olvido, del desprecio.
--Pero ¿qué pretendeis hacer?
--Consumada mi venganza, libre y rica Doña Blanca, arruinado ó muerto
Don Pedro de Mejía, entonces nos separaremos, Don Melchor, y yo me
lanzaré para sumergir en los placeres los últimos resplandores de mi
juventud, aun cuando despues me aguarde la miseria y la muerte en los
malos jergones de un hospital.
--¡Jesus!--dijo espantado Don Melchor.
--Sí, vos sois rico, podeis encontrar una esposa noble y virtuosa y rica
como Doña Blanca, si quereis, ó comprar tantas cuantas veces se os
antoje mugeres ardientes y voluptuosas de mi raza, que á vuestro sabor
podreis arrojar de vuestro hogar sin escrúpulo y sin remordimiento.
Don Melchor Perez de Varais habia quedado pensativo.
--Vaya--continuó Luisa--aun no teneis por qué apuraros, aun falta algun
tiempo para esa separacion, aun tengo que arrastrar yo mas dias de los
que quisiera, las negras ropas de la hipocresía; pero tengamos los dos
paciencia y resignacion mientras llega el instante.
--Teneis razon, tengamos paciencia.
Luisa hizo una graciosa caricia á Don Melchor, y se entró para el
interior de la casa.
--Es raro--decia el Corregidor--una muger que conozco su mala índole, y
sus costumbres y sus instintos depravados, y que la amo tanto:
aberraciones del corazon humano......... ¿Qué se ha de hacer? Vamos á
visitar al Arzobispo, que es necesario trabajar para que este demonio
encarnado del conde de Gelves, no acabe con nosotros y con su
Ilustrísima.