De lo que habia acontecido en la Nueva España desde el dia que dejamos
esta historia hasta el dia en que volvemos á tomarla.
Estamos en el año de 1623.
El virey Don Diego Fernandez de Córdoba habia pasado á gobernar el Perú,
cosa que en aquellos tiempos se tenia como ascenso en la carrera
pública, por lo mas pingüe de aquel vireinato en que se gozaban treinta
mil ducados de sueldo, es decir, diez y seis mil quinientos pesos, y la
Nueva España era un vireinato de veinte mil, que hacen diez mil
quinientos.
Felipe III habia enviado al marqués de Guadalcazar al Perú, á pesar de
las muchas acusaciones de sus enemigos, y habia dejado para que
gobernase la Nueva España con arreglo á la ley, á la real Audiencia.
Felipe IV que heredó la corona de España por muerte de su padre Felipe
III, desde el 21 de Marzo de 1621, envió á México como décimo quinto
virey al Exmo. Sr. Don Diego Carrillo de Mendoza y Pimentel, marqués de
Gelves y Conde de Priego, hijo segundo de la casa de los marqueses de
Tabira, del Consejo de Guerra de S. M., que con el renombre de valeroso
Capitan y rectísimo Gobernador, habia en los últimos años regido en
Aragon.
Como el marqués de Gelves tiene que hacer un papel importante en el
resto de nuestra historia, nos detendremos un poco para contemplar esa
figura, que sin duda es la mas notable entre los vireyes de la Nueva
España despues de la del célebre conde de Revillagigedo.
El marqués de Gelves, inteligente, impetuoso, rígido, escrupulosamente
justiciero, valiente y acostumbrado desde su juventud á la severidad de
la disciplina militar, llegó á Nueva España con órden espresa del rey
para reformar las costumbres y reparar los daños que la negligencia de
sus antecesores habia causado en el reino.
En aquellos momentos la situacion de Nueva España era verdaderamente
triste.
Los pobres, oprimidos, no encontraban amparo ni justicia; el monopolio
de los ricos, encarecia de tal manera los efectos de primera necesidad,
que las gentes se morian de hambre.
La justicia se administraba al mejor postor como una mercancía; los
caminos y las ciudades estaban llenas de ladrones, salteadores y
bandoleros, cuya audacia llegaba hasta el hecho de haber sido robados
diez y ocho mil pesos de las cajas reales, horadándose las paredes y
fracturándose las cerraduras.
Los ricos fuera del alcance de la ley y de la autoridad, se constituian
en señores feudales con derechos de vida y haciendas, asombrando al
reino con su soberbia y disolucion.
Por las noches nadie podia ya salir de su casa, porque cuadrillas de
hombres armados andaban por las calles robando á todo el mundo, é
insultando á todos, sin perdonar al mismo Arzobispo de México que lo era
aún Don Juan Perez de la Cerna.
El marqués de Gelves, con una voluntad firme y con una resolucion
indomable, comenzó á poner en todo el remedio.
Los monopolios de las semillas y de los demás efectos de primera
necesidad cesaron, bajando así los precios y comenzando á remediarse las
necesidades de los pobres, que habian llegado á un estremo increible,
por esos que se llamaban «regatones» que eran compradores y
revendedores, entre los cuales se contaba el mismo Arzobispo, que tenia
en su casa una carnicería que le hizo quitar el virey.
La justicia comenzó á administrarse á todo el mundo, y comenzaron á
verse castigados ricos, y nobles, caballeros y jueces, alcaldes y
abogados, por las faltas en su administracion.
El Arzobispo, los Oidores y los Ministros de la Audiencia, perdieron su
antigua soberbia y poderío, y por último las cuadrillas que salian por
todas partes en persecucion de los delincuentes, ladrones y salteadores,
habian logrado aprehender y castigar á muchos, dejando limpios los
caminos y devolviendo la tranquilidad á los pacíficos vecinos de las
aldeas y de las ciudades.
El marqués de Gelves era por tanto el blanco de los odios de los ricos,
de los nobles, del Arzobispo y de sus partidarios y de la gente
perdida.