De cómo se hicieron las ceremonias para la fundacion del convento de
Santa Teresa.
SE practicaron activísimas diligencias para averiguar el autor de la
muerte de Don Fernando, y nada pudo sacarse en limpio: la pobre María y
la criada fueron puestas en estrecha prision, pero tampoco pudo
obtenerse de ellas una confesion que diese alguna luz en el proceso.
Entre tanto las obras del convento de Santa Teresa seguian con increible
presteza, y todo estaba ya preparado cuando llegó el Breve de Su
Santidad para la fundacion del convento, incorporándole en la Orden de
Carmelitas descalzas de la nueva reforma, concediéndole todas las
gracias y privilegios que á los conventos de España, y nombrando por
fundadoras á Sor Inés de la Cruz y á Sor María de la Encarnacion.
Se determinó la traslacion de las fundadoras á su convento para el 1º de
Marzo, y se comenzaron á hacer espléndidos preparativos.
Doña Beatriz, en silencio y triste, continuaba tambien preparando sus
galas para acompañar á la vireina, como su dama, en el dia de la
ceremonia.
Llegó el dia último de Febrero del año de 1616.
El templo de Jesus María estaba profusamente iluminado, los altares
cubiertos de plata, y en ricos sillones recamados de oro, y en bancas
cubiertas de terciopelo carmesí, con flecos y borlas de oro, se sentaba
una escogida y noble concurrencia.
El Virey, el Arzobispo, el Obispo de Michoacan, que estaba en México, la
real Audiencia y los tribunales, el Cabildo eclesiástico, y el de la
ciudad, y un sin número de damas y caballeros de las primeras y mas
ricas familias de la ciudad.
Se iba á verificar la ceremonia del cambio de hábito de las dos monjas
fundadoras.
El Arzobispo y el Virey ocupaban los dos asientos inmediatos á los dos
lados de la reja del coro bajo.
Se hizo la bendicion de los nuevos hábitos, y despues entonó el
Arzobispo las vísperas, que se cantaron con toda solemnidad.
Las dos fundadoras se presentaron entonces en la reja acompañadas de las
hijas de la vireina, que habian entrado á servirlas de madrinas y se
arrodillaron. Se leyó el Breve de Su Santidad, y el Arzobispo, despues
de una corta y elegante plática, recibió de ellas los nuevos votos de la
religion de Santa Teresa; y entonces las madrinas, desnudándolas de los
antiguos hábitos, las vistieron los nuevos que en dos fuentes de plata
tenian Fr. Nicolás de San Alberto, y Fr. Rodrigo de San Bernardo,
carmelitas descalzos del convento de México.
Durante toda la ceremonia Doña Beatriz lloraba sin levantar la cabeza, y
Don Pedro de Mejía y Don Alonso de Rivera la observaban desde lejos.
Terminada la ceremonia que hemos procurado pintar con la misma sencillez
que refieren los antiguos escritores, (por no faltar á la verdad
histórica) comenzaron á salir del templo y á dispersarse por todas
partes los fieles que habian asistido á la solemnidad.
Doña Beatriz subió en uno de los carruajes de palacio, y Don Pedro y Don
Alonso en una rica estufa, que les llevó á la casa de la calle de la
Celada.
--Profundamente triste está Dª Beatriz--dijo Don Pedro.
--Es natural, que el golpe que ha recibido no es para menos, pero
descuidad, que el tiempo la consolará y de pensar tiene en otro hombre á
quien dar su mano: que no vive bien en la sociedad una dama sin la
sombra de un marido.
--¿Y creeis que alguna vez pudiera llegar á aceptarme por esposo?
--No lo dificulto, removido el obstáculo del Oidor que tanto perjuicio
nos ha causado, y que gracias á vos no ha podido ver su triunfo.
--Gracias á mí, no, Don Alonso, sino gracias á la Sarmiento, que se ha
manejado de manera tal, que no tenemos aun en nuestra conciencia el peso
de la muerte de Don Fernando.
--¡Bendito sea Dios! ¿Y no sabreis decirme, que se ha hecho del tunante
Bachiller, Martin de Villavicencio?
--En verdad que no me será fácil daros una razon exacta: que desapareció
de México la misma noche de la muerte del Oidor, y nadie de él mas ha
vuelto á saber.
--Es una desaparicion milagrosa, y á propósito de desapariciones: ¿y
aquella vuestra famosa viuda?
--¿Cuál?
--Luisa, la muger que fué de Don Manuel de la Sosa.
--Con gran cuidado me tiene su pérdida, y el no haber sabido mas de
ella.
--¿Tanto así la amábais?
--No es precisamente por amor por lo que me preocupa, sino por otra cosa
que ocultaros no debo, tanto porque entre nosotros no debe ya de haber
secretos, cuanto porque en esto necesito de vuestra ayuda y consejo.
--¿Qué es, pues?
--Mirad: yo tenia, como sabeis, amorosas relaciones con Luisa desde
hacia ya muchos meses, cuando su marido murió: entónces me exijió Luisa
para continuar en ellas, que le firmase formal promesa de matrimonio.
--A lo que vos por supuesto os negasteis.
--Por el pronto negueme; pero la violencia del deseo de saber un secreto
importante, que á precio de aquella firma me ofreció Luisa, me obligó á
condescender, y dí por escrito la promesa.
--Malo estuvo ese paso; ¿pero el secreto valia lo que el sacrificio?
--Sí, que era nada menos que la noticia de los amores de Doña Blanca mi
hermana con Don Cesar de Villaclara, que iban á decirme la mitad de mi
caudal.
--Afortunadamente para vos, á resultas de la herida que me infirió Don
Cesar, el virey lo ha desterrado á Filipinas por ocho años.
--Y yo he puesto en clausura tal á Doña Blanca, dentro de mi casa, que á
no ser para el convento ó para el Campo Santo, no saldrá nunca.
--Pero volvamos á Luisa: ¿qué hicísteis luego?
--Al otro dia volví á buscarla, pero ya no estaba en su casa: todos los
criados habian sido despedidos y las habitaciones estaban cerradas, y
una familia que cuidaba de ellas no tenia conocimiento de lo que habia
pasado con Luisa, porque ese mismo dia la habian llamado para que se
encargase de la casa.
--Entonces podéis estar tranquilo.
--Os engañais, Don Alonso, porque no conoceis vos á esa muger; se ha
ocultado sin duda para asegurar mas el golpe; la temo y por eso estoy
preocupado.
--En ese caso, si os parece, busquémosla.
--Seria lo mas prudente.
--Pues desde mañana haremos comenzar las pesquisas.
El coche habia llegado á la casa de Don Alonso, y los dos se apearon, y
subiendo pausadamente las escaleras, entraron á las habitaciones,
tristes y sombrías, desde que faltaba de allí Doña Beatriz.
Amaneció el 1º de Marzo de 1616, y el mismo numeroso y lucido concurso
que el dia anterior, invadió las naves del templo de Jesus María.
El Arzobispo Don Juan Perez de la Cerna llamó á las fundadoras del nuevo
convento, y para hacer su traslacion rompió sus antiguos votos de
clausura en Jesus María.
Era un espectáculo curioso y tierno, ver la salida de aquellas dos
religiosas, que habian vivido tantos años bajo el techo de aquel santo
asilo y al lado de sus hermanas, dejar todo eso para siempre, y
arrojarse á la nueva empresa con toda la fé de los apóstoles.
Todos los ojos brillaban con el llanto y todos los corazones latian de
emocion.
Sor Inés de la Cruz y Sor Encarnacion, vestidas ya con el modesto sayal
de las carmelitas, fueron rodeadas por aquella deslumbradora
concurrencia, y salieron á montar en las carrozas con sus madrinas, las
hijas de la vireina, como arrebatadas en una nube de oro y de seda, de
tisú y de plumas, de joyas y de flores.
Era la humildad y la pobreza, llegando al cielo entre un coro de
arcángeles.
Sor Inés rezaba, y sin embargo al pasar por frente á Doña Beatriz se
detuvo.
--Doña Beatriz--dijo con su acento inspirado--vos habeis sido el medio
que su Divina Majestad eligió para llevar adelante sus misteriosos
fines; pero Dios ha querido heriros con la tribulacion y el dolor, para
que encontreis el consuelo en donde mismo lo habeis sembrado vos: el
Señor os ha visitado.
Doña Beatriz se inclinó y lloró.
La comitiva siguió adelante, y todos subieron en las carrozas, que
siguiendo la del palacio, llegaron á la iglesia Catedral.
No era entonces la Catedral la misma que hoy es: aquella, comenzada á
formar en tiempo de Hernan Cortés, no contentó con toda su magnificencia
el alma grande del sombrío Felipe II, y queriendo para la primera ciudad
de Nueva España un templo digno de la opulencia de la colonia y del
poder de la metrópoli, despachó cédula á la real Audiencia y al virey
Don Luis de Velasco I, para que se construyese la Catedral que hoy
existe.
Entonces, es decir, en los dias á que se refiere nuestra historia, las
sagradas ceremonias tenian lugar en el antiguo templo que estaba cerca
del moderno, y que fué derribado para que su recinto sirviera de atrio.
Las fundadoras del convento de Santa Teresa llegaron á la Catedral,
conducidas por una inmensa muchedumbre, y allí el Arzobispo vestido de
pontifical, celebró el sacrificio de la misa.
Tratóse luego de la advocacion que debia darse al nuevo convento, y en
una soberbia urna de plata ricamente cincelada, se depositaron cédulas
con los nombres que debian entrar en este sorteo de devocion.
Un niño bello y rubio como un ángel, llevado de la mano por el
Arzobispo, sacó una de las cédulas--«Señor San José»--dijo el prelado
leyéndola, y volvió á introducirla adentro.
Dos capellanes de coro movieron violentamente el ánfora, y por dos veces
se repitió la operacion y por dos veces resultó Señor San José.
Decididamente la suerte se habia puesto de acuerdo con el esposo de
María, ó la suerte en ese dia trabajaba de órden suprema.
Entonces las fundadoras acompañadas de toda la concurrencia, y cubiertas
con sus grandes velos negros, se dirigieron en solemne procesion á su
nuevo convento, cuya iglesia estaba en la misma manzana que hoy, pero en
la esquina que mira para la calle del Hospicio de San Nicolás.
La vireina, sus hijas y Doña Beatriz, entraron á los claustros con las
fundadoras, y allí el Arzobispo mandó á Sor Inés y á Sor Encarnacion que
levantaran sus velos para dar gracias á la vireina y su familia por
haberlas acompañado.
La vireina se despidió, y se preparaba ya á salir, cuando
repentinamente Doña Beatriz se arrojó llorando á sus piés.
--¿Qué es esto Doña Beatriz?--preguntó Doña María de Riederes--¿qué
repentino mal os acomete?
--Señora, no me alzaré de aquí hasta no conseguir el permiso y la
proteccion de V. E. para tomar el hábito de novicia en este convento.
--Bien, Doña Beatriz, pero eso no es cosa de resolverse de repente,
pensad, meditadlo, no os precipiteis.
--No señora, por Dios y por sus santos, por la vida de su Excelencia el
señor virey, no me negueis esta gracia en que vais á darme mas que la
vida, la salvacion de mi alma y la calma de mis últimos años.
--Pero Doña Beatriz, reflexionad.
--Nada puedo reflexionar ya que no haya pensado desde antes--decia
Beatriz abrazando las rodillas de Doña María y besando sus manos--no, no
me arranqueis ya, señora, de esta santa morada, á la que Dios me destina
y á la que hace tiempo me siento llamada.
--Doña Beatriz--dijo solemnemente la vireina--considerad que el dolor de
la muerte de Don Fernando os ciega hasta haceros confundir la vocacion
con la desesperacion.
--Señora, si no encuentro amparo ni consuelo sino en el claustro y con
Dios, ¿por qué me lo quereis cerrar, señora, sin tener compasion de mí?
--Dentro de pocos años el tiempo habrá curado el dolor, y quizá os
arrepentireis de vuestra imprudente profesion.
--Dentro de pocos años el sepulcro se habrá cerrado sobre mí, y partir
quiero de la vida muriendo esposa de Cristo.
--Señora, dijo el Arzobispo terciando en el diálogo--permítame Vuesencia
que le diga, que seria ya cargo de conciencia impedir mas á esta dama
que se consagre á Dios.
--Sea como querais.
Doña Beatriz, radiante de gozo besó las manos de la vireina y del
Arzobispo, y se arrojó llorando en los brazos de las hijas del virey.
Como si ya todo estuviera preparado, trajeron en el momento un hábito de
novicia que el Arzobispo vistió á Doña Beatriz.
Sor Inés de la Cruz estaba encantada con la milagrosa vocacion de la
primera novicia de su convento.
El virey y su familia salieron tristemente del templo, y en la ciudad
corrió inmediatamente la nueva de que habia tomado el velo como la
primera novicia del convento de Santa Teresa, la hermosa dama Doña
Beatriz de Rivera, bajo la advocacion de Sor Beatriz de Santiago.