VI.

En donde se acaba de probar que los zelos son malos consejeros.

A las doce de la noche Doña Beatriz llegaba á la casa de la Sarmiento, y

á la misma hora Don Fernando se presentaba en palacio acompañado del

Bachiller.

Se dirigió á las habitaciones de la vireina, y con poco trabajo supo por

medio de las camareras que Doña Beatriz habia salido.

Nada mas quiso saber y volvió á su casa sombrío como una noche de

tempestad. Martin no le quiso abandonar y permaneció á su lado

procurando calmarle, hasta muy avanzada la mañana, en que el Oidor,

fatigado, se durmió sentado en un sitial.

En ese intermedio habia pasado una escena semejante en la casa de la

Sarmiento.

La bruja habia hecho ir á su casa, á esa hora en que sabia que Martin

acompañaba al Oidor, á la muda María lujosamente vestida, y procuró dar

á la casa todo el aspecto de una casa pobre; pero cristiana y decente.

Doña Beatriz seguida de Teodoro y de dos esclavos mas, llegó á la

puerta, conducida por el Ahuizote, cómplice ciego en todas las maldades

de la bruja.

--Señora--dijo levantándose la Sarmiento, al ver á Doña Beatriz--pasad

á esta vuestra humilde casa, conoced á mi María.

Doña Beatriz al contemplar la belleza de María, sintió un agudo dolor en

el corazon.

María se paró y tendió con un aire encantador, la mano á Doña Beatriz

que lanzó un grito.

Habia reconocido en los dedos de la muda una sortija, que ella habia

regalado al Oidor: esta era para ella la prueba mas terrible.

Nada mas quiso saber, nada mas quiso averiguar, todo le pareció entonces

cierto, y despidiéndose violentamente, se volvió á palacio, pocos

momentos despues que el Oidor habia salido de allí.

La Sarmiento recogió la sortija que tenia la muchacha y que era la misma

que ella le habia pedido al Bachiller, y condujo en compañía del

Ahuizote á María á su casa del Factor, de la que solo la habia hecho

salir para hacerla inocente cómplice de aquella infernal trama.

A la mañana siguiente la primera persona que llegó á la casa de la

Sarmiento, fué el Bachiller: acababa de dejar al Oidor.

--Buenos dias, señora.

--Dios os guarde, señor Bachiller, ¿tan temprano por acá?

--Vengo por la sortija que os dí anoche.

--Cómo, ¿no quereis que se haga el conjuro?

--Mirad, en primer lugar, que solo por no daros un disgusto, iba yo á

presenciar el tal conjuro, que saldria tan cierto como lo que me

dijísteis, que Doña Beatriz correspondia el amor de Don Fernando.

--Y le correspondia.

--Pero le engañaba.

--Bien, por eso os agregué que nunca poseeria él á la muger que amaba.

--Para todo teneis una salida; dadme el anillo, que ahora ya todo se

descubrió: es fácil que el Oidor rompa su promesa y busque el anillo.

--Tomad la sortija y decidme, ¿por qué creeis que romperá la promesa?

--Ay, es nada, porque Doña Beatriz le es infiel, y mientras él piensa en

ella, la dama sale á media noche á la calle.

--Vaya, pues son escrúpulos, porque conozco yo otros á quienes pasa lo

mismo, y creo que no lo malician--dijo sonriéndose la bruja.

Los zelos volvieron á encenderse en el corazon de Martin, mas terribles

con lo que habia presenciado.

--Supongo que eso no lo direis por mí, que un ángel es María.

La bruja volvió á soltar la carcajada que tanto habia irritado á Martin

la noche anterior, y él por no poderse contener salió sin despedida de

la casa de la Sarmiento.

--Ahora sí, ya está en sazon la cosa--dijo--bueno será avisar á Don

Pedro de Mejía, despertaré al Ahuizote que duerme y le encargaré su

papel.

--Hombre--dijo entrando á la cocina, en donde el Ahuizote roncaba sobre

un mal jergon--levántate, que tengo que hablarte.

--¿Qué me quereis?--dijo el Ahuizote levantándose.

--Oyeme bien, ¿qué dieras tú por saber á dónde esta María y quién se la

robó?

--Cuanto tengo--dijo el Ahuizote.

--¿Y por vengarte de él?

--Mi vida.

--Bueno, yo te voy á dar el medio de vengarte sin esponer uno solo de

tus cabellos, y además, serás el poseedor de María, ¿te conviene?

--Mandadme.

--Solo que es necesario que hagas ni mas ni menos cuanto te voy á decir,

¿lo entiendes? sin apartarte de todo ello un solo punto.

--Lo haré.

--Bien, acompáñame á la casa de Don Pedro de Mejía, y te diré en el

camino.

Aquella tarde el Ahuizote encontró á Martin en la calle.

--Garatuza--le dijo--¿á dónde vas?

--A la casa de Don Fernando.

--Siempre tú con esos gachupines que te han de pagar mal; ven, echaremos

un trago de pulque y hablaremos, que tengo mucho que contarte.

--No es posible, el Oidor tiene una afliccion y necesito acompañarle.

--¿Y el dia que tú la tengas te acompañará él?

--Calculo que sí.

--No lo pienses: vamos, vente conmigo que te importa.

--Imposible--dijo Martin separándose.

--Bien, Garatuza, vete; si se rien de tí las gentes, recuerda que yo he

tratado de impedirlo.

--¿Cómo? ¿qué quieres decir?--dijo volviendo precipitadamente Martin y

recordando las indirectas de la bruja.

--Si no quieres saberlo, si te empeñas en ignorarlo.

--No me empeño, pero no creia que era cosa grave.

--Lo es.

--Dímela.

--Pues vamos andando, ante todo quiero que me confieses que me hiciste

una mala accion.

--¿Cuál?

--Sabias que estaba yo enamorado de María y te la llevaste.

--Hombre, yo ignoraba..........

--No mientas, al fin ya pasó y te la perdono, si tú me hubieras hablado

con franqueza, te habria dicho que hacias mal en llevártela, porque la

conocia yo mejor que tú; pero ya lo hiciste y ahora adelante con la

cruz.

--Entonces cree lo que quieras.

--Yo no soy rencoroso, y te lo voy á probar, pero prométeme que no harás

escándalo, y me oirás con paciencia y seguirás mis consejos.

--Si me parecen buenos............ pero dime, ¿de qué se trata?

--Pues bien, se trata de que no seas niño, de que no te dejes engañar.

--¿Engañar, de quién?

--De María.

--¡De María!--esclamó pálido Martin.

--De María: óyeme, yo he tenido amores con esa muchacha, y que diga la

Sarmiento lo que quiera, me correspondió, me dejó por tí, bueno, le

pareciste mas jóven, mas galante, mas rico, no importa, pero otro le

puede á su tiempo parecer mejor que tú.

El Bachiller se habia detenido y escuchaba con la cabeza inclinada, al

Ahuizote que continuaba diciendo.

--Te voy á confesar, como zeloso yo, y despues de haber averiguado en

dónde tenias á la muchacha, vine á rondar una noche por tu casa, seguro

de que tú no estabas porque te habia yo dejado en el Arzobispado, me

detuve frente á la puerta de la casa, la noche estaba oscura, y observé

que un hombre llegaba, llamaba, y entraba; aquel hombre no eras tú,

quise cerciorarme y permanecí así en atalaya, hasta que pasado algun

tiempo el hombre volvió á salir: casi estaba seguro de que tú no eras,

pero quise estar aun mas, le seguí, y al pasar por delante del farol del

Cristo que hay en las casas de Don Leonel de Cervantes, me cercioré de

que verdaderamente no eras tú; volví algunas noches, y observé que

cuando tú no ibas él entraba siempre á casa de María.

La rabia se apoderó del corazon de Garatuza, pero no estalló, su furor

reconcentrado era aun mas espantoso.

--¿Y dices?--preguntó con una voz cavernosa--¿qué aún va ese hombre á la

casa de María?

--Y tan seguro estoy, que si quieres avisa á María que esta noche no

vas, y nos ponemos á vigilar la casa y lo veras con tus propios ojos.

--¿Me acompañarás?

--Te acompañaré.

--Vamos á avisar á María que no voy á verla en esta noche.

--Vamos, y ya no nos separaremos.

La Sarmiento no descansaba, y ya hemos visto las lecciones que dió al

Ahuizote y lo bien que él desempeñaba su papel.

* * * * *

* * * * *

Fuese luego á visitar á la muda y le dió á entender, que un amigo de

Martin, que tenia un negocio con él, vendria á las once á esperarle para

hablarle en secreto, y ordenó á la criada que cuidaba la casa, que un

caballero llamaria á las once con cuatro golpes, que no tardase en

abrirle.

Don Fernando de Quesada que no habia tenido ánimo para salir en todo el

dia de su casa, recibió en la tarde otro anónimo con la misma forma de

letra que el anterior, y que decia:

«El oculto amigo de Don Fernando de Quesada le avisa que si quiere

mejores datos sobre la infidelidad de Doña Beatriz, ocurra, _(si no

tiene miedo)_ esta noche, á las once en punto, á una casa baja en la

calle del Factor, y que tiene por señas una puerta alta y angosta con

dos ventanas de cada lado. Cuatro golpes en la puerta para llamar, no

hay por qué desconfiar.»

El Oidor leyó y reeleyó esta carta mil veces; estaba concebida con tan

infernal astucia, que hasta el amor propio del Oidor se ponia en juego

con aquella frase subrayada, _«si no tiene miedo.»_

--¿Deberia ir? Cualquiera desengaño era preferible á la situacion en que

se encontraba, era preciso, era indispensable salir de aquella angustia.

--Iré, iré--dijo resueltamente--aun cuando me costara la vida, aun

cuando no fuera sino para presenciar mi desgracia, y humillar á la

ingrata.

A las once el Oidor salió de su casa embozado en una gran capa, y se

dirigió á la calle del Factor.

La noche estaba oscura y pavorosa, pero el alma de aquel hombre estaba

mas negra; con facilidad encontró la casa que buscaba y dió cuatro

golpes en el zaguan, que se abrió inmediatamente.

--¿Lo ves?--dijo el Ahuizote á Martin desde la acera de enfrente, en

donde se habian puesto en acecho.

--¡Infame!--contestó Martin, queriendo lanzarse á su casa.

--Calma--dijo el Ahuizote--tiempo hay para todo; espera que salga, ahora

alborotarias la vecindad, no te abririan y él podria huir sin que tú lo

conocieras siquiera.

Martin se contuvo y se puso á observar: su respiracion era agitada, su

corazon latia de una manera espantosa, y sus oidos zumbaban, y enmedio

del vértigo que se habia apoderado de él, le parecia oír de cuando en

cuando la burlona carcajada de la Sarmiento, que en aquellos momentos

comprendia cuanto tenia de cruel y de sangrienta.

Así pasó una hora mortal para Martin.

El Oidor habia entrado y encontrádose con María, á la que nada pudo

entender, y á la que no pudo tampoco hacer comprender el objeto de su

visita.

Don Fernando esperó una hora, al cabo de la cual creyendo que la persona

que le debia dar la luz que buscaba no vendria, pensó en retirarse y

esperar nuevo aviso, y se despidió silenciosamente de María.

La puerta de la calle se abrió destacándose en su claro la figura del

Oidor.

Martin desnudó su daga y oyó en este momento muy cerca la burlona

carcajada de la bruja.

Esta vez el Ahuizote no le detuvo.

Martin vió cruzar ante sus ojos una nube de sangre, y se lanzó sobre el

Oidor, y antes que éste hubiera tenido tiempo siquiera de bajarse el

embozo, la daga del Bachiller habia atravesado su corazon.

Don Fernando lanzó un gemido y cayó muerto; la criada cerró espantada la

puerta, y el Bachiller sombrío se quedó de pié al lado del cadáver.

--Vámonos--dijo el Ahuizote--tomándole de un brazo; vámonos, ponte en

salvo; has matado á un hombre y no sabemos ni quién será.

Y esa muger--dijo con ronco acento Martin--¿se queda sin castigo?

--Mas tarde será: por ahora salvémonos.

Y casi arrastrando se llevó á Martin y se perdieron entre las sombras.

La mañana siguiente Doña Beatriz estraordinariamente pálida, conversaba

con Doña María la vireina y con sus hijas.

--Pálida estais--decia la vireina--¿qué teneis?

--Puedo asegurar á V. E. que yo misma no lo sé, he pasado tan mala

noche.

En este momento se oyeron las campanas de algunas iglesias que tocaban á

muerto.

--Tocan á muerto--dijo devotamente la vireina.--¿Quién será? Pobre:

_Requiem æternam dona eis, Domine._

--_Et lux perpetua luceat eis_--contestaron las señoras.

Una camarera entró y la vireina le dirijió la palabra.

--¿Por quién doblan?

--Señora, contestó la camarera--un caballero acaba de dar la noticia de

que es, porque en la calle del Factor, en la casa en que vivia una

muchacha muda se ha encontrado hoy atravesado de una puñalada el cadáver

del Oidor Don Fernando de Quesada.

--¡Jesus me favorezca!--esclamó Doña Beatriz, desplomándose en un sillon

desmayada.

--¡Imprudente!--dijo á la camarera la vireina, apresurándose á socorrer

á Doña Beatriz.

Monja y casada, vírgen y mártir · 第 41 / 161 题