En donde se acaba de probar que los zelos son malos consejeros.
A las doce de la noche Doña Beatriz llegaba á la casa de la Sarmiento, y
á la misma hora Don Fernando se presentaba en palacio acompañado del
Bachiller.
Se dirigió á las habitaciones de la vireina, y con poco trabajo supo por
medio de las camareras que Doña Beatriz habia salido.
Nada mas quiso saber y volvió á su casa sombrío como una noche de
tempestad. Martin no le quiso abandonar y permaneció á su lado
procurando calmarle, hasta muy avanzada la mañana, en que el Oidor,
fatigado, se durmió sentado en un sitial.
En ese intermedio habia pasado una escena semejante en la casa de la
Sarmiento.
La bruja habia hecho ir á su casa, á esa hora en que sabia que Martin
acompañaba al Oidor, á la muda María lujosamente vestida, y procuró dar
á la casa todo el aspecto de una casa pobre; pero cristiana y decente.
Doña Beatriz seguida de Teodoro y de dos esclavos mas, llegó á la
puerta, conducida por el Ahuizote, cómplice ciego en todas las maldades
de la bruja.
--Señora--dijo levantándose la Sarmiento, al ver á Doña Beatriz--pasad
á esta vuestra humilde casa, conoced á mi María.
Doña Beatriz al contemplar la belleza de María, sintió un agudo dolor en
el corazon.
María se paró y tendió con un aire encantador, la mano á Doña Beatriz
que lanzó un grito.
Habia reconocido en los dedos de la muda una sortija, que ella habia
regalado al Oidor: esta era para ella la prueba mas terrible.
Nada mas quiso saber, nada mas quiso averiguar, todo le pareció entonces
cierto, y despidiéndose violentamente, se volvió á palacio, pocos
momentos despues que el Oidor habia salido de allí.
La Sarmiento recogió la sortija que tenia la muchacha y que era la misma
que ella le habia pedido al Bachiller, y condujo en compañía del
Ahuizote á María á su casa del Factor, de la que solo la habia hecho
salir para hacerla inocente cómplice de aquella infernal trama.
A la mañana siguiente la primera persona que llegó á la casa de la
Sarmiento, fué el Bachiller: acababa de dejar al Oidor.
--Buenos dias, señora.
--Dios os guarde, señor Bachiller, ¿tan temprano por acá?
--Vengo por la sortija que os dí anoche.
--Cómo, ¿no quereis que se haga el conjuro?
--Mirad, en primer lugar, que solo por no daros un disgusto, iba yo á
presenciar el tal conjuro, que saldria tan cierto como lo que me
dijísteis, que Doña Beatriz correspondia el amor de Don Fernando.
--Y le correspondia.
--Pero le engañaba.
--Bien, por eso os agregué que nunca poseeria él á la muger que amaba.
--Para todo teneis una salida; dadme el anillo, que ahora ya todo se
descubrió: es fácil que el Oidor rompa su promesa y busque el anillo.
--Tomad la sortija y decidme, ¿por qué creeis que romperá la promesa?
--Ay, es nada, porque Doña Beatriz le es infiel, y mientras él piensa en
ella, la dama sale á media noche á la calle.
--Vaya, pues son escrúpulos, porque conozco yo otros á quienes pasa lo
mismo, y creo que no lo malician--dijo sonriéndose la bruja.
Los zelos volvieron á encenderse en el corazon de Martin, mas terribles
con lo que habia presenciado.
--Supongo que eso no lo direis por mí, que un ángel es María.
La bruja volvió á soltar la carcajada que tanto habia irritado á Martin
la noche anterior, y él por no poderse contener salió sin despedida de
la casa de la Sarmiento.
--Ahora sí, ya está en sazon la cosa--dijo--bueno será avisar á Don
Pedro de Mejía, despertaré al Ahuizote que duerme y le encargaré su
papel.
--Hombre--dijo entrando á la cocina, en donde el Ahuizote roncaba sobre
un mal jergon--levántate, que tengo que hablarte.
--¿Qué me quereis?--dijo el Ahuizote levantándose.
--Oyeme bien, ¿qué dieras tú por saber á dónde esta María y quién se la
robó?
--Cuanto tengo--dijo el Ahuizote.
--¿Y por vengarte de él?
--Mi vida.
--Bueno, yo te voy á dar el medio de vengarte sin esponer uno solo de
tus cabellos, y además, serás el poseedor de María, ¿te conviene?
--Mandadme.
--Solo que es necesario que hagas ni mas ni menos cuanto te voy á decir,
¿lo entiendes? sin apartarte de todo ello un solo punto.
--Lo haré.
--Bien, acompáñame á la casa de Don Pedro de Mejía, y te diré en el
camino.
Aquella tarde el Ahuizote encontró á Martin en la calle.
--Garatuza--le dijo--¿á dónde vas?
--A la casa de Don Fernando.
--Siempre tú con esos gachupines que te han de pagar mal; ven, echaremos
un trago de pulque y hablaremos, que tengo mucho que contarte.
--No es posible, el Oidor tiene una afliccion y necesito acompañarle.
--¿Y el dia que tú la tengas te acompañará él?
--Calculo que sí.
--No lo pienses: vamos, vente conmigo que te importa.
--Imposible--dijo Martin separándose.
--Bien, Garatuza, vete; si se rien de tí las gentes, recuerda que yo he
tratado de impedirlo.
--¿Cómo? ¿qué quieres decir?--dijo volviendo precipitadamente Martin y
recordando las indirectas de la bruja.
--Si no quieres saberlo, si te empeñas en ignorarlo.
--No me empeño, pero no creia que era cosa grave.
--Lo es.
--Dímela.
--Pues vamos andando, ante todo quiero que me confieses que me hiciste
una mala accion.
--¿Cuál?
--Sabias que estaba yo enamorado de María y te la llevaste.
--Hombre, yo ignoraba..........
--No mientas, al fin ya pasó y te la perdono, si tú me hubieras hablado
con franqueza, te habria dicho que hacias mal en llevártela, porque la
conocia yo mejor que tú; pero ya lo hiciste y ahora adelante con la
cruz.
--Entonces cree lo que quieras.
--Yo no soy rencoroso, y te lo voy á probar, pero prométeme que no harás
escándalo, y me oirás con paciencia y seguirás mis consejos.
--Si me parecen buenos............ pero dime, ¿de qué se trata?
--Pues bien, se trata de que no seas niño, de que no te dejes engañar.
--¿Engañar, de quién?
--De María.
--¡De María!--esclamó pálido Martin.
--De María: óyeme, yo he tenido amores con esa muchacha, y que diga la
Sarmiento lo que quiera, me correspondió, me dejó por tí, bueno, le
pareciste mas jóven, mas galante, mas rico, no importa, pero otro le
puede á su tiempo parecer mejor que tú.
El Bachiller se habia detenido y escuchaba con la cabeza inclinada, al
Ahuizote que continuaba diciendo.
--Te voy á confesar, como zeloso yo, y despues de haber averiguado en
dónde tenias á la muchacha, vine á rondar una noche por tu casa, seguro
de que tú no estabas porque te habia yo dejado en el Arzobispado, me
detuve frente á la puerta de la casa, la noche estaba oscura, y observé
que un hombre llegaba, llamaba, y entraba; aquel hombre no eras tú,
quise cerciorarme y permanecí así en atalaya, hasta que pasado algun
tiempo el hombre volvió á salir: casi estaba seguro de que tú no eras,
pero quise estar aun mas, le seguí, y al pasar por delante del farol del
Cristo que hay en las casas de Don Leonel de Cervantes, me cercioré de
que verdaderamente no eras tú; volví algunas noches, y observé que
cuando tú no ibas él entraba siempre á casa de María.
La rabia se apoderó del corazon de Garatuza, pero no estalló, su furor
reconcentrado era aun mas espantoso.
--¿Y dices?--preguntó con una voz cavernosa--¿qué aún va ese hombre á la
casa de María?
--Y tan seguro estoy, que si quieres avisa á María que esta noche no
vas, y nos ponemos á vigilar la casa y lo veras con tus propios ojos.
--¿Me acompañarás?
--Te acompañaré.
--Vamos á avisar á María que no voy á verla en esta noche.
--Vamos, y ya no nos separaremos.
La Sarmiento no descansaba, y ya hemos visto las lecciones que dió al
Ahuizote y lo bien que él desempeñaba su papel.
* * * * *
* * * * *
Fuese luego á visitar á la muda y le dió á entender, que un amigo de
Martin, que tenia un negocio con él, vendria á las once á esperarle para
hablarle en secreto, y ordenó á la criada que cuidaba la casa, que un
caballero llamaria á las once con cuatro golpes, que no tardase en
abrirle.
Don Fernando de Quesada que no habia tenido ánimo para salir en todo el
dia de su casa, recibió en la tarde otro anónimo con la misma forma de
letra que el anterior, y que decia:
«El oculto amigo de Don Fernando de Quesada le avisa que si quiere
mejores datos sobre la infidelidad de Doña Beatriz, ocurra, _(si no
tiene miedo)_ esta noche, á las once en punto, á una casa baja en la
calle del Factor, y que tiene por señas una puerta alta y angosta con
dos ventanas de cada lado. Cuatro golpes en la puerta para llamar, no
hay por qué desconfiar.»
El Oidor leyó y reeleyó esta carta mil veces; estaba concebida con tan
infernal astucia, que hasta el amor propio del Oidor se ponia en juego
con aquella frase subrayada, _«si no tiene miedo.»_
--¿Deberia ir? Cualquiera desengaño era preferible á la situacion en que
se encontraba, era preciso, era indispensable salir de aquella angustia.
--Iré, iré--dijo resueltamente--aun cuando me costara la vida, aun
cuando no fuera sino para presenciar mi desgracia, y humillar á la
ingrata.
A las once el Oidor salió de su casa embozado en una gran capa, y se
dirigió á la calle del Factor.
La noche estaba oscura y pavorosa, pero el alma de aquel hombre estaba
mas negra; con facilidad encontró la casa que buscaba y dió cuatro
golpes en el zaguan, que se abrió inmediatamente.
--¿Lo ves?--dijo el Ahuizote á Martin desde la acera de enfrente, en
donde se habian puesto en acecho.
--¡Infame!--contestó Martin, queriendo lanzarse á su casa.
--Calma--dijo el Ahuizote--tiempo hay para todo; espera que salga, ahora
alborotarias la vecindad, no te abririan y él podria huir sin que tú lo
conocieras siquiera.
Martin se contuvo y se puso á observar: su respiracion era agitada, su
corazon latia de una manera espantosa, y sus oidos zumbaban, y enmedio
del vértigo que se habia apoderado de él, le parecia oír de cuando en
cuando la burlona carcajada de la Sarmiento, que en aquellos momentos
comprendia cuanto tenia de cruel y de sangrienta.
Así pasó una hora mortal para Martin.
El Oidor habia entrado y encontrádose con María, á la que nada pudo
entender, y á la que no pudo tampoco hacer comprender el objeto de su
visita.
Don Fernando esperó una hora, al cabo de la cual creyendo que la persona
que le debia dar la luz que buscaba no vendria, pensó en retirarse y
esperar nuevo aviso, y se despidió silenciosamente de María.
La puerta de la calle se abrió destacándose en su claro la figura del
Oidor.
Martin desnudó su daga y oyó en este momento muy cerca la burlona
carcajada de la bruja.
Esta vez el Ahuizote no le detuvo.
Martin vió cruzar ante sus ojos una nube de sangre, y se lanzó sobre el
Oidor, y antes que éste hubiera tenido tiempo siquiera de bajarse el
embozo, la daga del Bachiller habia atravesado su corazon.
Don Fernando lanzó un gemido y cayó muerto; la criada cerró espantada la
puerta, y el Bachiller sombrío se quedó de pié al lado del cadáver.
--Vámonos--dijo el Ahuizote--tomándole de un brazo; vámonos, ponte en
salvo; has matado á un hombre y no sabemos ni quién será.
Y esa muger--dijo con ronco acento Martin--¿se queda sin castigo?
--Mas tarde será: por ahora salvémonos.
Y casi arrastrando se llevó á Martin y se perdieron entre las sombras.
La mañana siguiente Doña Beatriz estraordinariamente pálida, conversaba
con Doña María la vireina y con sus hijas.
--Pálida estais--decia la vireina--¿qué teneis?
--Puedo asegurar á V. E. que yo misma no lo sé, he pasado tan mala
noche.
En este momento se oyeron las campanas de algunas iglesias que tocaban á
muerto.
--Tocan á muerto--dijo devotamente la vireina.--¿Quién será? Pobre:
_Requiem æternam dona eis, Domine._
--_Et lux perpetua luceat eis_--contestaron las señoras.
Una camarera entró y la vireina le dirijió la palabra.
--¿Por quién doblan?
--Señora, contestó la camarera--un caballero acaba de dar la noticia de
que es, porque en la calle del Factor, en la casa en que vivia una
muchacha muda se ha encontrado hoy atravesado de una puñalada el cadáver
del Oidor Don Fernando de Quesada.
--¡Jesus me favorezca!--esclamó Doña Beatriz, desplomándose en un sillon
desmayada.
--¡Imprudente!--dijo á la camarera la vireina, apresurándose á socorrer
á Doña Beatriz.