Doña Beatriz de Rivera.
La estancia en que habia penetrado el Oidor, estaba escasamente
iluminada por dos bujías de cera, colocadas en candeleros de plata,
sobre una grande y pesada mesa de madera pintada de negro, con grandes
relieves y adornos dorados; en derredor de la estancia habia enormes
sitiales semejantes en su adorno y construccion á la mesa, con respaldos
y asientos forrados de rico damasco, color de naranja, y sobre una de
las puertas se advertia un baldoquin del mismo color con una pequeña
imágen de Santa Teresa.
Doña Beatriz era una dama como de veintitres años, alta, pálida, con dos
ojos negros y brillantes que resaltaban en la blancura mate de su
rostro, su pelo negro estaba contenido por una toquilla blanca y sin
adorno.
Doña Beatriz vestia un traje negro de terciopelo con el corpiño
ajustado, y con unas anchas mangas que desprendiéndose casi desde el
hombro dejaban ver sus hermosísimos brazos torneados y mórvidos, y sus
manos pequeñas y perfectamente contorneadas deslumbraban por la gran
cantidad de anillos de brillantes que tenia en los dedos.
Podia adorarse aquella muger, como el ideal de la belleza de aquellos
tiempos. El Oidor permanecia de rodillas delante de Beatriz teniendo
entre sus manos una de las manos de la jóven, y contemplando su rostro
apasionadamente.
--Alzad D. Fernando--dijo Beatriz, procurando levantarle
suavemente--alzad, que por mas que me plazca miraros así, mas quiero
veros á mi lado.
--Doña Beatriz, pluguiera á Dios, que pudiese yo pasar mi vida,
contemplandoos de esta manera, os amo tanto.
--¿Me amais? ¿y no os amo yo tambien? ¿No sois vos el dueño de mi vida y
de mi alma? Ah, D. Fernando, por vos atropello todos los respetos, y
mirad, á esta hora de la noche no solo os permito llegar hasta aquí,
sino que os llamo. ¿Quereis aun mas?