Donde se ve quién era el Bachiller, y lo que pasó con el Oidor.
--Pardiez, señor Bachiller--dijo el Oidor cuando estuvieron en el
patio,--que me habeis hecho venir con una noche, que mas está para
dormir que para andarse en aventuras; ¿tanto urge lo que me teneis que
decir?
--A no ser la urgencia tanta, cuidárame muy bien de haber molestado á
vuestra señoría; pero á tanto llega la precision, que si una hora más
tarda su señoría, hubiera corrido riesgo de llegar tarde.
--Me alarmais, en verdad.
--Creo que no hay gran peligro, sino el de no complacer á la dama de
vuestro pensamiento.
--¿Qué hay, pues?
--Que en esta noche, y como á bocas de las oraciones, recibí una esquela
de mi señora Doña Beatriz, que es fuerza lea vuestra señoría.
--Dádmela.
--Aquí está--dijo el Bachiller, entregando al Oidor un billete pequeño,
y cuidadosamente doblado y perfumado.
--Por el aroma le conociera, aunque no viese las letras--dijo el Oidor
besándole:--¿pero á donde podré imponerme?
--En el cuarto de la beata que tiene luz, y que está abierto cerca del
zaguan.
Los dos se dirigieron á la puerta de la calle.
Al ruido de sus pasos, de una pequeña puerta salió la beata con su
candil en la mano.
--Tendreis á bien, le dijo el Oidor, prestarme vuestro candil y
permitirme que pase yo solo un momento á vuestro cuarto á leer una
carta.
--Con mucho gusto--contestó la beata, entregándole el candil.
La beata y el Bachiller quedaron á la puerta, y el Oidor entró al
cuarto.
Encima de una mesa, que tenia por todo adorno un Cristo y una calavera,
colocó el Oidor el candil y se quitó el sombrero respetuosamente.
Desdobló la carta y leyó.
«Al Bachiller D. Martin de Villavicencio y Salazar.»
«Avisad á Quesada que es indispensable que me vea esta madrugada á las
dos. Dios os guarde.--_Beatriz._»
El Oidor besó la esquela, la dobló cuidadosamente, y metiéndola en la
bolsa de sus gregüescos, tomó el candil y el sombrero y salió.
La beata recibió el candil y se dirigió á abrir.
--Mil gracias,--dijo el Oidor saliendo seguido del Bachiller.
--A Dios sean dadas--contestó la beata cerrando.
--¿Qué me dice su señoría?
--Nada, sino que es preciso que me vaya yo sin perder tiempo á ver á
Beatriz.
--¿Quiere su señoría que le acompañe?
El Oidor se volvió como diciendo: ¿de qué podrá servirme éste?--El
Bachiller lo comprendió.
--Mire su señoría--dijo--aunque parezco gente de iglesia, y por tal me
ha conocido siempre, no lo soy, que aunque Bachiller no tengo mas
órdenes que la de prima tonsura, que casi, casi solo el barbero nos la
confiere y no imprime carácter; conozco el manejo de las armas como un
soldado, y puede vuestra señoría ocuparme sin el menor escrúpulo, que no
será este negocio en el que tenga que ver el Santo Oficio.
--Pero si yo os llevara en mi compañía tendríais que ir mano sobre mano,
porque no os veo llevar arma de ninguna especie.
--Descuide su señoría, que no me faltará, sobre todo, si como supongo
vamos á la casa de mi señora Doña Beatriz en la calle de la Celada.
--Así es en efecto.
--Pues iremos, porque yo hasta las cuatro no tengo que venir para
acompañar al señor Arzobispo.
--Pues andando, que el tiempo avanza.
Quesada y Martin comenzaron á caminar lo mas aprisa que les permitia la
oscuridad de la noche, y el pésimo estado de las calles, llenas de lodo,
de charcos de agua, y de cerros que se formaban en las esquinas con la
basura que arrojaban allí los vecinos de las casas cercanas.
Así llegaron hasta las tiendas que habia, en donde despues se levantó el
Parian, y que ocupaban una parte de la Plaza Mayor.
--Me permite su señoría un momento,--dijo Martin.
El Oidor se detuvo, y Martin se dirigió á una de las tiendas y llamó
fuertemente.
--¿Quién va?--dijo desde adentro un hombre.
--Yo--contestó Martin--abre Zambo.
--¿Quién es yo?
--Yo, Garatuza, ábreme pronto.
A pocos momentos se abrió la puerta.
--Enciende luz--dijo Martin.
Se oyó el choque de un eslabon contra la piedra, se vieron las chispas
blancas del pedernal, y luego la roja lumbre de la yesca, y luego la
azulada luz de una pajuela de azufre, y por último, el claro resplandor
de una bujía de cera.
Un Zambo, cabezon y feo como un condenado, la tenia en la mano.
--¿Hay una espada?--preguntó Martin.
--Aquí están tres, las demas salieron porque andan de aventura los
muchachos.
--Dame una pronto.
El Zambo dió á Martin una espada y una daga pendientes de un talabarte
de cuero colorado muy viejo, con hebilla de fierro.
Martin se ciñó el talabarte, y volvió al lado del Oidor.
--Estoy á las órdenes de su señoría,--le dijo con una sonrisa maliciosa,
y entre abriendo su balandran para mostrar sus armas.
Pero la noche era oscura, y el Oidor no pudo ver ni la sonrisa ni las
armas, y preguntó:
--¿Ya armado?
--Ya.
--Por mi fé, señor Bachiller, que voy descubriendo en vos una alhaja;
vámonos.
--Su señoría me favorece demasiado,--contestó hipócritamente Martin--no
soy mas que un hombre precavido.
Habia cesado la lluvia, el negro toldo de nubes que cubria el cielo
comenzaba como á despedazarse, y en medio de su oscuro fondo empezaba á
adivinarse la luna anunciada por líneas luminosas é irregulares en la
pesada masa que flotaba en el aire.
La calle de la Celada es la que ahora se llama de Zuleta, y debió el
nombre de Celada á un ardid de guerra que, durante el sitio de México
por Hernan Cortés, hizo caer prisioneros en manos de los vasallos de
Guatimotzin, á seis españoles en esa misma calle, que era un ancho canal
en los dias de la conquista.
El Oidor y Martin tenian para llegar á la calle de la Celada, que
atravesar la acequia que pasaba por frente á las casas del Ayuntamiento,
y corria por las calles que ahora se llaman del Coliseo, hasta la gran
acequia que circundaba la ciudad.
Por la márgen derecha de la acequia siguieron hasta llegar á un puente
que existia en la calle del Espíritu Santo, y allí franquearon el
obstáculo.
La noche iba aclarando, y los dos hombres, aunque con precaucion,
caminaban de prisa y sin hablarse.
Habia en la calle de la Celada una grande y magnífica habitacion, que
indicaba la opulencia y el poder de sus dueños, y hácia aquella casa se
dirigió sin vacilar el Oidor seguido de Martin.
Cruzó sin pararse frente á la entrada principal, y continuó alejándose
de ella hasta detenerse en una puertecilla que en un elevado muro habia,
y que á juzgar por lo que alcanzaba á verse desde la calle y desde las
azoteas vecinas, correspondia á un jardin ó á un corralon.
Quesada arañó literalmente aquella puerta dos veces; en el interior se
oyó tambien como si alguien arañase, y Quesada dió entonces un
golpecito.
La puerta se abrió como por encanto, sin hacer ruido ninguno.
--¿Me esperáis aquí, ó preferís entrar?--preguntó el Oidor á Martin.
--En todo caso--contestó el Bachiller--prefiero estar afuera, porque si
su señoría tardase podria yo irme á ver al señor Arzobispo.
--Bien, no tardaré.
La puerta volvio á cerrarse y Martin quedó solo en la calle apoyado en
el dintel.
Un negro muy alto y muy fornido habia abierto al Oidor, y le guiaba en
el interior de la casa; pero el Oidor parecia no necesitar aquel guía,
segun la tranquilidad con que caminaba.
Atravesaron un gran patio desierto, subieron una pequeña y angosta
escalera, al fin de la cual habia un estrecho corredor.
El negro iba descalzo y el Oidor procurando ahogar el eco de sus
pisadas, andando sobre la punta de los piés.
Pasaron algunas habitaciones desiertas tambien, y el negro llamó á una
puerta entornada.
--Adentro--dijo una voz tan dulce, como el gemido de una brisa.
El negro empujó suavemente la puerta, se hizo á un lado dejando pasar
respetuosamente al Oidor, y volvió á cerrar, quedando por fuera como de
centinela.
--Loado sea Dios--esclamó al ver á Quesada una dama que leía un libro,
sentada en un sitial cerca de una mesa.
--Doña Beatriz--esclamó Quesada, arrojándose á los piés de la dama,
antes que ésta hubiera tenido lugar de levantarse.
* * * * *
Martin permaneció cerca de un cuarto de hora sin moverse: estaba como
confundido en el hueco de la puerta, y en la sombra del muro.
Enfrente habia una casa baja con ventanas irregularmente colocadas.
Martin creyó oir ruido dentro de aquella casa; y en efecto á poco se
abrió la puerta, y tres hombres embozados hasta los ojos salieron de
allí acompañados hasta la salida por una vieja que llevaba una vela, y
por tres ó cuatro muchachas que se despedian de ellos, con una ternura
demasiado espresiva.
La luz que se desprendia de la puerta iluminó á Martin, y la vieja le
alcanzó á ver.
--¡Un hombre!--esclamó.
--¿En donde?--preguntó uno de los embozados.
--Enfrente, espiando,--dijo la vieja:--¡será el diablo!
Las muchachas lanzaron un grito, y la luz se apagó.
--Cierren--dijo una voz de hombre--nosotros iremos á reconocer.
La puerta se cerró, los embozados que venian de una pieza iluminada
vacilaron deslumbrados; pero Martin acostumbrado á la especie de
penumbra que reinaba en la calle, se quitó precipitadamente el
balandran, se lo envolvió en el brazo derecho como una adarga, y tiró de
la espada.
Martin conocia muy bien México para saber qué clase de mugeres vivian en
aquella casa, y los parroquianos que la frecuentaban, que eran siempre
camorristas, pendencieros y hombres de mala conducta, comprendió que el
lance era indispensable.
Los embozados rodearon á Martin con los estoques en las manos; pero el
Bachiller era hombre que lo entendia en esto del manejo de las armas.
Cubierta su espalda por el muro, y procurando no separarse de allí, el
Bachiller tenia á sus enemigos á raya, y su espada como una víbora
flexible y ligera, y sus movimientos rápidos pero estudiados abatian los
estoques de sus contrarios, aprovechando los momentos para tirarles
algunas puntas, y mas de una vez creyó Martin sentir que algo mas que el
aire detenia su espada.
Pero aquello no podia prolongarse hasta el amanecer. Martin sentia el
cansancio, y sus adversarios lo comprendian, porque multiplicaban sus
ataques: fatigado, jadeante, se contentaba ya con defenderse sin atacar.
Entonces quiso hacer un gran esfuerzo y buscar su salvacion en la fuga,
apretó la espada y se arrojó en medio de la calle lanzando un chillido
agudo y semejante al que lanzan las lechuzas en lo alto de las torres
durante la noche.
Como por efecto de un conjuro, los tres embozados retrocedieron
inclinando las espadas, y contestando con otro grito semejante. Martin
se acercó á uno de ellos.
--¡Mariguana!--esclamó Martin.
--¡Garatuza!--esclamó el otro.
Y todos se agruparon en derredor del Bachiller.