II

Aunque les parezca extraño, dados los rasgos de mi personalidad actual,

yo he sido un funcionario municipal de cierta categoría, a los efectos

del sueldo, condición única que puede establecer diferencias entre los

empleados públicos. En ese entonces tuve la suerte de conocer a fondo

a mi amigo Comaleras y la desgracia de que apareciese en mí el asma

que me acompaña, ayudándome a formar la molesta entidad del Gustavo

S. Bordenave de la actualidad. Los médicos ni yo, la conocimos al

principio, y se creyó que era una notificación de la muerte, que me

dijera con tan extraño lenguaje: “Gustavo S. Bordenave, a usted me lo

llevaré tironeándole del corazón”. Una tarde pasaba de mi despacho a la

tesorería, cuando me topé de manos a boca con Nicanor.

--¡Hola!... ¿Tú, por acá?...

--Sí, mi querido amigo. Acabo de ser jubilado en la policía, y

como no puedo acumular dos sueldos nacionales y he menester de

aumentar mis entradas porque me he quedado viudo y sin hijos y mis

necesidades han crecido por consiguiente, tenderé mis líneas aquí,

en la municipalidad... El intedente, que es amigo, correligionario y

pariente, me quiere ayudar... ¿No sabes de alguna vacante a producirse

o que sea fácil producir?... Con placer sería tu compañero.

--No lo serías por mucho tiempo... exclamé imprudentemente.

--¿Por qué?

--¿Pero, qué, no ves?... ¡Si me estoy muriendo del corazón! Los médicos

ya me han sentenciado, che!

--¿Qué me dices?... ¡Pero si parece mentira! ¿Y tienes buen sueldo?

--¡Cómo no!

Y le declaré todas las peculiaridades de mi empleo, confiándole hasta

ciertas facilidades que tenía para aumentar mis entraditas, con sólo

crear pequeñas dificultades en las tramitaciones. ¡Pobre Nicanor!...

¡Cuánto y cómo se contristó y hasta dónde llevó su interés por el viejo

amigo que les habla en estos momentos verdaderamente solemnes! Dos

días después, el intendente se dignó llamarme a su despacho y con esa

seguridad envidiable que da la superioridad jerárquica, me dijo, casi

tuteándome:

--Vea, Bordenave... Me han dicho que usted está muy enfermo del corazón

y deseo conocer la verdad... Tengo un amigo a quien quisiera servir

y no me gustaría defraudar sus esperanzas, prometiéndole algo que no

le cumpliera... Se trata de un amigo suyo... de Nicanor Comaleras,

¿sabe?... Me ha informado de que usted es casi un cadáver y me ha

pedido que en caso de quedar vacante su empleo, él desearía que se lo

acordara y como el pobre es tan bueno y tan amigo, quiero servirlo...

Vamos a ver, ¿qué le han dicho los médicos?

--Dicen, señor, que parece haber algo cardíaco y me han recomendado

resignación...

--¡Ah, bueno!... ¡Entonces no hay vuelta, Bordenave! ¡Mire! Voy a

decirle a Nicanor que espere el desenlace y que esté seguro... ¿no le

parece?... Así conciliamos todo...

Y con esa oficiosidad que tan bien sienta en un subalterno, sea cual

sea el ítem del presupuesto que llene con su modesto nombre, le pedí

disculpara si obstaculizaba en cierta manera sus deseos.

Desde ese día, Nicanor concurría asiduamente a mi despacho y yo conocía

en su voz y en su actitud el interés que le inspiraba mi salud,

apresurándome a informarle sobre ella, sin exagerar su gravedad, como

podría pensarse que pudiera hacerlo, a haber temido que el candidato,

viendo que la muerte no se apresuraba a coadyuvar a sus fines, hiciera

fuerza para que su pariente y correligionario lo auxiliase por uno

cualquiera de los tantos medios a su alcance.

Tuve que ser muy discreto para no hacerme sospechoso a sus ojos de

amigo celoso, y recién cuando su pariente y correligionario dejó de ser

mi superior, me atreví a irle informando poco a poco de mi mejoría, así

como también de que los médicos habían descubierto que yo no era un

cardíaco sino un asmático.

--Es igual, ahora... me contestó con aquel tonito dulce que era una de

sus peculiaridades, ¡es igual!... El nuevo intendente que ha entrado es

mi adversario.

No le volví a ver sino de tarde en tarde, pues se ocupó en otra clase

de asuntos y poco a poco fuimos dejando hasta de saludarnos, a medida

que yo iba recuperándome...

Ha muerto, el pobre, sin que yo pueda saber, a ciencia cierta, si

allá, en el fondo de su espíritu, floreció alguna vez alguna sospecha

respecto a mi sinceridad cuando le informaba sobre mi salud y poder

vindicarme a sus ojos y es por ello que he venido con gusto a su

entierro, buscando la oportunidad de declarar, como declaro ante sus

amigos, ya que no puedo hacerlo ante él, que Gustavo S. Bordenave fué

leal y honrado en sus informaciones y que por ser cristiano y acatar

la voluntad de Dios, no lamenta haber defraudado las esperanzas que él

abrigara a su respecto...

--Agradecemos, señor, dijo Cabira, sus amables y espontáneas

declaraciones, y yo, le manifiesto, sin temor de ser desmentido,

que reconocemos en el procedimiento que usted nos ha descripto la

caballerosidad y delicadeza de aquél que ya no es más ¡sino un recuerdo!

Cuentos de Fray Mocho · 第 50 / 92 题