Aunque les parezca extraño, dados los rasgos de mi personalidad actual,
yo he sido un funcionario municipal de cierta categoría, a los efectos
del sueldo, condición única que puede establecer diferencias entre los
empleados públicos. En ese entonces tuve la suerte de conocer a fondo
a mi amigo Comaleras y la desgracia de que apareciese en mí el asma
que me acompaña, ayudándome a formar la molesta entidad del Gustavo
S. Bordenave de la actualidad. Los médicos ni yo, la conocimos al
principio, y se creyó que era una notificación de la muerte, que me
dijera con tan extraño lenguaje: “Gustavo S. Bordenave, a usted me lo
llevaré tironeándole del corazón”. Una tarde pasaba de mi despacho a la
tesorería, cuando me topé de manos a boca con Nicanor.
--¡Hola!... ¿Tú, por acá?...
--Sí, mi querido amigo. Acabo de ser jubilado en la policía, y
como no puedo acumular dos sueldos nacionales y he menester de
aumentar mis entradas porque me he quedado viudo y sin hijos y mis
necesidades han crecido por consiguiente, tenderé mis líneas aquí,
en la municipalidad... El intedente, que es amigo, correligionario y
pariente, me quiere ayudar... ¿No sabes de alguna vacante a producirse
o que sea fácil producir?... Con placer sería tu compañero.
--No lo serías por mucho tiempo... exclamé imprudentemente.
--¿Por qué?
--¿Pero, qué, no ves?... ¡Si me estoy muriendo del corazón! Los médicos
ya me han sentenciado, che!
--¿Qué me dices?... ¡Pero si parece mentira! ¿Y tienes buen sueldo?
--¡Cómo no!
Y le declaré todas las peculiaridades de mi empleo, confiándole hasta
ciertas facilidades que tenía para aumentar mis entraditas, con sólo
crear pequeñas dificultades en las tramitaciones. ¡Pobre Nicanor!...
¡Cuánto y cómo se contristó y hasta dónde llevó su interés por el viejo
amigo que les habla en estos momentos verdaderamente solemnes! Dos
días después, el intendente se dignó llamarme a su despacho y con esa
seguridad envidiable que da la superioridad jerárquica, me dijo, casi
tuteándome:
--Vea, Bordenave... Me han dicho que usted está muy enfermo del corazón
y deseo conocer la verdad... Tengo un amigo a quien quisiera servir
y no me gustaría defraudar sus esperanzas, prometiéndole algo que no
le cumpliera... Se trata de un amigo suyo... de Nicanor Comaleras,
¿sabe?... Me ha informado de que usted es casi un cadáver y me ha
pedido que en caso de quedar vacante su empleo, él desearía que se lo
acordara y como el pobre es tan bueno y tan amigo, quiero servirlo...
Vamos a ver, ¿qué le han dicho los médicos?
--Dicen, señor, que parece haber algo cardíaco y me han recomendado
resignación...
--¡Ah, bueno!... ¡Entonces no hay vuelta, Bordenave! ¡Mire! Voy a
decirle a Nicanor que espere el desenlace y que esté seguro... ¿no le
parece?... Así conciliamos todo...
Y con esa oficiosidad que tan bien sienta en un subalterno, sea cual
sea el ítem del presupuesto que llene con su modesto nombre, le pedí
disculpara si obstaculizaba en cierta manera sus deseos.
Desde ese día, Nicanor concurría asiduamente a mi despacho y yo conocía
en su voz y en su actitud el interés que le inspiraba mi salud,
apresurándome a informarle sobre ella, sin exagerar su gravedad, como
podría pensarse que pudiera hacerlo, a haber temido que el candidato,
viendo que la muerte no se apresuraba a coadyuvar a sus fines, hiciera
fuerza para que su pariente y correligionario lo auxiliase por uno
cualquiera de los tantos medios a su alcance.
Tuve que ser muy discreto para no hacerme sospechoso a sus ojos de
amigo celoso, y recién cuando su pariente y correligionario dejó de ser
mi superior, me atreví a irle informando poco a poco de mi mejoría, así
como también de que los médicos habían descubierto que yo no era un
cardíaco sino un asmático.
--Es igual, ahora... me contestó con aquel tonito dulce que era una de
sus peculiaridades, ¡es igual!... El nuevo intendente que ha entrado es
mi adversario.
No le volví a ver sino de tarde en tarde, pues se ocupó en otra clase
de asuntos y poco a poco fuimos dejando hasta de saludarnos, a medida
que yo iba recuperándome...
Ha muerto, el pobre, sin que yo pueda saber, a ciencia cierta, si
allá, en el fondo de su espíritu, floreció alguna vez alguna sospecha
respecto a mi sinceridad cuando le informaba sobre mi salud y poder
vindicarme a sus ojos y es por ello que he venido con gusto a su
entierro, buscando la oportunidad de declarar, como declaro ante sus
amigos, ya que no puedo hacerlo ante él, que Gustavo S. Bordenave fué
leal y honrado en sus informaciones y que por ser cristiano y acatar
la voluntad de Dios, no lamenta haber defraudado las esperanzas que él
abrigara a su respecto...
--Agradecemos, señor, dijo Cabira, sus amables y espontáneas
declaraciones, y yo, le manifiesto, sin temor de ser desmentido,
que reconocemos en el procedimiento que usted nos ha descripto la
caballerosidad y delicadeza de aquél que ya no es más ¡sino un recuerdo!