EL FARIZ[20]

Si no existiera la mujer hermosa

fuera un bridón el ídolo del moro.

Mas si los dos al orbe prestan lumbre,

los dos a un tiempo forman un tesoro.

_Poesía árabe_.

[Nota 20: Fariz es un título de honor, que entre los árabes vale

tanto como _caballero_. Los arabistas pretenden que de _fariz_ viene en

castellano la palabra _alférez_.]

¡Cuán dichoso es el árabe cuando, montado en su corcel, se lanza, desde

las rocas en el desierto; cuando los pies de su bridón, sumergiéndose en

la arena, levantan el mismo murmullo que el hierro ardiendo mojado en el

agua! Vedlo allá cuál nada en el Océano de arena, y cuál hiende las

áridas ondas con su pecho del delfín.

Aprisa, aprisa: apenas toca con sus pies la faz de las arenas: aguija,

aguija: ya se lanza envuelto en un turbillón de polvo.

Es negro el corcel mío como nube de otoño; blanca estrella como la

aurora brilla sobre su frente; da al viento su crin hermosa, como

garzotas ondantes, y sus pies cuatralbos vibran centellas de fuego.

Vuela, vuela, bridón mío, el de la estrella blanca; selvas, montañas,

abrid paso, dadme lugar.

En vano la verde palma se me brinda con sus dátiles y sombra; yo

desprecio su hospedaje.

La palmera avergonzada huye de mí, se oculta en el Oasis, y en el

susurro de sus hojas parece que se burla de la temeridad mía.

Sus altas rocas, custodios de la frontera del desierto, vuelven sobre mí

su faz negra y torva, repiten la carrera de mi caballo, y parece que me

amenazan así.

"El insensato, ¿dónde va? Su cabeza no encontrará ya amparo contra los

dardos del sol, ni bajo la verde caballera de la palma, ni bajo el

blanco pabellón de la tienda. Allí no hay más que una tienda, la bóveda

del cielo. Allí las rocas solas pasan la noche; sólo las estrellas

viajan por allí."

Yo corro más y más: vuelvo la cabeza y miro las rocas huir avergonzadas

de mí, y que se ocultan y bajan sus crestas las unas tras las otras.

Pero el águila escuchó sus amenazas, y juzga con la loca presunción que

me hará su prisionero en el desierto; se lanza por los aires y sigue mis

huellas con carnívoro afán, y tres veces cerniéndose en el cénit me

rodea la cabeza con una negra corona.

"Yo siento, yo percibo, grita de lo alto, el olor de un cadáver: ¡oh,

caballero insensato, oh, desgraciado bridón! ¿El jinete inquiere aquí la

senda? ¿El caballo busca aquí la hierba? ¡Insensatos! El viento sólo

halla aquí el camino; las sierpes solas encuentran aquí su pasto; los

cadáveres solos descansan en el desierto, y los buitres tan sólo viajan

por él."

Así gritando roncamente me amenazaba esgrimiendo sus garras. Tres veces

se encontraron nuestros ojos, y tres veces nos medimos con gesto

amenazador; y de los dos ¿quién se arredró? El águila fué, que huyó

aterrada.

Corro más y más, y cuando volví los ojos, el águila estaba lejos, muy

lejos, suspendida del aire como una mancha negra, grande como un

jilguero, luego como una mariposa, después como el más pequeño insecto,

y en fin, se desvaneció entre lo azul de los cielos.

¡Corre, vuela, corcel mío, el de la blanca estrella! ¡Rocas, águilas,

hacedme lugar!

Pero una nube oyó las amenazas del ave carnívora, y desplegando en el

éter sus cenicientas alas comienza a perseguirme, presumiendo ser en el

cielo tan veloz como yo sobre la tierra, se fija sobre mi cabeza y así

me amenaza entre los silbos del viento.

"El insensato, ¿dónde va? El calor le fundirá el pecho cual si fuese

cera; ningún celaje con su lluvia le templará su cabeza cubierta del

polvo más sofocador, ninguna fuente lo llamará con voz sonante y

argentina, ni la más leve gota del rocío llegará a él para consolarle,

porque apenas cuajada, ya la habrá devorado con su aliento el viento de

fuego."

En vano me amenaza. Yo corro más y más, y la nube, vencida del

cansancio, comienza a vacilar en los cielos, dobla su altiva cresta y

busca apoyo sobre una roca.

Cuando volví la cabeza, un horizonte entero nos separaba; pero sin

embargo divisé la nube, y sobre su faz leí lo que pasaba en su corazón.

Primero se tiñó en rojo de encendida rabia, luego vistió la amarillez de

la envidia, y por último, poniéndose negra como un cadáver, se ocultó

detrás de las montañas.

¡Vuela, vuela, bridón mío, el de la blanca estrella! ¡Nubes y aves,

hacedme lugar!

En aquel punto, como si fuera el sol, di una mirada en derredor por todo

el horizonte y no vi a nadie: yo solo estaba en el desierto.

Aquí la naturaleza aletargada no se despertó nunca por los cuidados del

hombre. Aquí los elementos no se mueven en torno de mí, así como los

animales de una isla descubierta por la vez primera no se asustan con

las miradas del hombre.

Pero, ¡oh Alah! yo no soy aquí el primero ni el solo venido.

Allí en campo cercado de arena miro brillar numerosa comitiva. ¿Serán

éstos pacíficos viajeros, o salteadores que acechan los pasos del

peregrino? Corro a ellos y no se mueven, les grito y nada me responden.

¡Oh Dios! éstos son cadáveres, es la antigua caravana exhumada por el

viento del hondo de las arenas. Sobre los esqueletos del camello

cabalgan los huesos de los árabes, por los cóncavos donde en otro tiempo

se animaban los ojos, y por las mandíbulas descarnadas se desliza

corriendo la arena sutil, y estos murmullos parecen amenazas.

"El insensato, ¿dónde va? Más allá el huracán lo espera, y tendrá

nuestra propia suerte."

Yo los desprecio y corro y vuelo más y más: ¡cadáveres y huracanes,

hacedme lugar!

Un huracán, el más terrible de los que recorren el Africa, discurría

solitario por el Océano del desierto. Me divisa al lejos, se maravilla

al verme, detiene el paso, y enroscándose en sí mismo, se dijo:

"¿Quién es aquel viento, el más débil de todos mis hermanos, que con su

vuelo lánguido y perezoso se arriesgó a entrar hasta en mis estados

hereditarios?"

Encendido en rabia, marcha en contra mía como pirámide ambulante, y

reconociéndome por un mortal, furioso y despechado hiere el suelo con su

planta, y trastorna la mitad de la Arabia. Me asalta y prende como el

sacre a la paloma: con sus alas fulminantes me azota y me maltrata, me

abrasa con su aliento de ascua, me lanza en el aire y me rechaza al

suelo. Yo me defiendo y combato, y rompo vigorosamente los nudos

gigantescos de sus turbillones; lo desgarro y lo muerdo, y tasco entre

mis dientes las arenas de sus miembros. El huracán quiere evadirse y

deslizarse, en forma de columna, del ahogo de mis brazos; no puede

lograrlo, y se estrella y rompe.

Su cabeza se desvaneció en lluvia de polvo, y su enorme cadáver cayó a

mis pies como las murallas de un alcázar.

Entonces respiré, levanté los ojos y los fijé fieramente en las

estrellas, y todas las estrellas fijaban sobre mí sus ojos de oro, pues

en el desierto nadie había sino yo.

¡Oh, cuán dulce es respirar aquí con toda la holgura de su pecho! Yo

respiro libre, ancha y desembarazadamente, y todo el aire del Arabistán

bastará apenas para el pecho mío. ¡Oh cuán dulce es mirar de aquí con

todo el alcance de su vista! Mis ojos se engrandecen, se fortifican y

alcanzan más allá de los límites del horizonte. ¡Oh cuán dulce es

extender aquí mis brazos franca, poderosamente y en toda su extensión!

Me parece que con ellos abrazaría todo el universo, desde el oriente al

ocaso. El pensamiento mío se lanza como una flecha, alto, muy alto, más

alto todavía, hasta llegar al abismo de los cielos. Y como la abeja

envía su vida en el aguijón que dispara, así yo con mi pensamiento elevo

a los cielos todo mi espíritu.

* * *

Adán Mickiewier se ha dado a conocer ventajosamente en Europa por su

_Conrado_, bosquejo histórico, sacado de los anales de la Lituania, y

por sus sonetos de Crimea; pero lo que más le ha recomendado por su

originalidad y valentía es el rasgo que hemos dado a conocer, y que,

traducido libremente al castellano, ofrecemos al público.

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