¡Oh, Nadir! Estás cautivo, y el feroz sultán Ismael no soltará jamás los
nudos de tus cadenas. Tú tienes fértiles territorios, él posee grandes
Estados; están en linde y deben confundirse, y con tu muerte, él los
hereda como hermano de tu padre; triste catástrofe.... ¡Oh, Nadir, me
inspiras compasión!
--¡Oh, virgen hermosa! Tú no puedes ser sino Híala; tus acentos me
revelan algo de más celestial que las vulgares bellezas del serrallo;
tus ojos de gacela[18] me manifiestan quien tú eres. Tú sufres como yo;
tú, como yo, eres prisionera; si mi cárcel es el estrecho recinto de una
torre, también es prisión tuya ese jardín en que vagas. Tenga el Sultán
un deseo, y ese ámbito se estrechará hasta....
[Nota 18: Híala es lo mismo que gacela.]
--¿Hasta qué?
--Hasta el recinto de su camarín, hasta el cerco de su lecho. ¡Oh,
Híala, me inspiras compasión!
--Resolución de mujer, es palma contra el siroco; se dobla, y finge que
cede; pero al fin cumple siempre el gusto suyo y triunfa de la fuerza.
Quien viene a verte en la torre de los Siete Sellos, algún poder tiene,
y quien te habla desde un ajimez[19], alto cien codos del suelo, algo
tiene de las propiedades de las aves, y el poder y la belleza sólo se
rinden al placer. ¡Oh, Nadir, qué inadvertido eres!
[Nota 19: Ventana, mirador.]
--Las aves también se prenden, y la burla que en su loca vanidad hacen
de las redes, la pagan a caro precio, sacudiendo los hilos de alambre de
su jaula y lastimándose contra ellos; al poder y la belleza los vence
más poder y mucha astucia. ¡Oh, Híala, qué inadvertida eres!
--Nadir, a pesar de la indiscreción de que me acusas, tú tienes cierto
oculto presentimiento de que te verás libre por arte y ayuda mía. Un
sueño, una visión, cuyas circunstancias no quiero apuntarte, te han
participado tal suceso, y las aventuras por donde has de pasar, y las
finezas que me has de deber, y las delicias que juntos hemos de
disfrutar, son casos tan verdaderos para tu fantasía, que todo lo crees
con la mayor certeza; y es preciso confesar que no puede haber
credulidad mayor como dar fe a las sombras del sueño. ¡Oh, Nadir, cuán
crédulo eres!
--Híala, no negaré que hay algo de verdad en la relación que has hecho;
los sueños son el único consuelo de los desgraciados, y ya halaguen sólo
los miembros fatigados y lasos, o ya entretengan con sus juegos la sed
de una imaginación ardiente, siempre es dulce el disfrutarlos. Pero el
desvelo acerca al punto la mano fría de la realidad, y toda ilusión
desaparece; así, mis sueños huyen, y con ellos la credulidad mía; si tú
me juzgas crédulo, ¡oh, hermosa Híala, cuán crédula eres!
--Mira, Nadir, nos hemos echado en cara como defectos tres cosas, cada
una mejor que la otra, y que juntas hacen el encanto de los sentidos y
la delicia del espíritu; juntas, digo, forman el verdadero amor, y amor
con juventud y belleza es el almíbar de los cielos. La compasión es
ternura; ser inadvertidos es ser inocentes y crédulos... ¡Oh, Nadir! La
credulidad, y la credulidad más ciega, es el único y cierto distintivo
del amor. Si yo a mi amante le dijese (y no lo creyera) que volaba la
montaña Kal, y que el mar venía encerrado en la concha de mis zarcillos
los separaba al punto de mi mente. Así, Nadir, dejemos ese lenguaje,
que, aunque lleno de flores, siempre presta alguna amargura, y
dispongamos la evasión tuya y la fuga mía para cumplir tu sueño y
completar nuestra dicha.
--Mira, Híala, ya en mí es un deseo, un delirio, un frenesí el más
extremado lo que en tu corazón acaso no será sino un antojo pasajero.
Pero ¿perderé mis Estados? ¿Dejaré de llevar a cabo mi venganza? Para
mí la venganza es la miel de la vida, y el ponerte al lado de este ídolo
y sagrario de mi corazón es el mayor encarecimento de la pasión mía.
Rompe mis cadenas, dame un hanjar, y toma con mi cariño la última
lágrima de mi sangre; pero antes de todo, déjame vengar.
--Mira, tus Estados son grandes, son fértiles, pero el fruto más puro y
la flor más linda revelan siempre la fatiga de un esclavo, el sudor de
un infeliz. La venganza es manjar muy dulce, y debo saberlo, porque soy
mujer; acaso estamos de acuerdo, y sólo nos diferenciamos en el modo;
concédeme que nuestra venganza sea menos violenta, y yo daré tal
susceptibilidad a nuestro enemigo, que le sea dolorosa en mucho más. El
acero casi se embota en la dureza de la mano, y una espina de la rosa
hace lastimar y desangrar el corazón. Ya el Sultán se abrasa
perdidamente en el fuego mío; cuando al huir nos mire pasar por ante sus
ojos y todo su poder no alcance a estorbarlo, su propio cuello se lo
morderá de rabia, y para que no calme este leve sinsabor, todas las
siestas le recordará su burla y nuestro amor la paloma azul, que vendrá
a arrullar sobre su ventana. Por lo demás, puedes poner en el menos
valer, en el desprecio, todas las riquezas de tu herencia, y todas las
arideces de tus floridos vergeles. Mi dote te hará más rico que todos
los monarcas de la Arabia y de la Persia, y sólo consiste en esta llave,
este listón y esta mariposa blanca y verde de cachemira. Con la llave
abrirás y entrarás y visitarás invisiblemente, desde la cabeza gorda y
maciza del visir Barbaruk hasta el último abismo del mar. Con el listón,
sacándolo y ensortijándolo donde quieras, aunque sea en los círculos del
aire, por un oculto sortilegio que no quiero explicarte, él mismo, y por
su propia virtud, traza un oasis encantado, mansión afortunada de todos
los gustos y placeres, sin que la saciedad ni el fastidio tengan poder
para entrar en el mágico cerco de la isla. Genios aéreos servirán el más
leve de nuestros caprichos, sin emplear jamás las groseras manos del
hombre (que no puede haber dicha en la pútrida atmósfera del sudor ajeno
ni en el trabajo del esclavo). Carros de luz nos columpiarán en el éter;
corolas misteriosas de flores peregrinas nos suministrarán, como en
cálices de oro, los manjares más deliciosos, las bebidas más delicadas;
y esta mariposa, en fin, nos llevará a nuestro antojo, y con la viveza
del pensamiento, doquiera que mandemos, dándote a ti asiento en la verde
y a mí en la blanca y siniestra ala. Mira, Nadir, cuál despliega el
insecto hermoso su plumaje de iris para volar hasta ti, llevándote la
llave misteriosa que ha de abrir los siete sellos que cierran las
puertas de tu torre. Abre, huye, y escapemos juntos de la vileza y
podredumbre del mundo de Arismane, y volvamos a la isla de los encantos;
parte, vuela....
--Tiendo, trémulo de placer, la mano, y me encuentro, ¡ira de Dios!
¡cuerpo de Cristo!, me encuentro con la mano gafa de mi criado Bartolo,
que me movía y sacudía, cual violenta peripecia de tragedia, para
despertame del sueño más delicioso que mortal alguno pudo disfrutar: me
asestaba aquel Longinos la larga lista de sus sisas, que como traidora
lanza cotidianamente me dilacera el flaco y doliente costado, sacándome
el revuelto rosicler de la plata y calderilla. No pudiendo mi
imaginación abandonar el hilo de oro de sus ideas, aun todavía yo
soñoliento, se me escapaban de mis labios estas palabras, que Bartolo,
tomándolas por otras tantas interrogaciones matinales de las que
acostumbro hacerle, procuraba satisfacer del mejor modo, entablándose
así el siguiente diálogo:
--¡Oh, Ismael!
--Don Rafael entró aquí muy de mañana; dió tres vueltas y cuatro
carrerillas; por no despertarle, pintó a Vmd., con la tinta avinagrada
del escritorio, tres o cuatro bordados en la cara con mucha sutileza,
que todavía los conservará Vmd. con el mayor primor (y era verdad),
salvo que se han extendido, ennegreciéndolo de oreja a oreja. Dióme
cuatro capirotazos, llamándome bruto y asturiano; se almorzó el
chocolate, quebró el vaso, tronchó dos sillas y se despidió,
prometiéndome siempre volver después para diablear un poco.
--¡Oh, Híala; oh, hurí mía!...
--Doña María entró también con la doncella de su sobrina; trajo papel
del sello pobre para un memorial pedigüeño que debe Vmd. hacerle; dejó
nota de la mucha hambre que padece, nombre del marido que pudo tener y
murió, y estadística del estado en que puede hallarse la niña; dejaron
la ropa blanca; me dió cuatro pellizcos de monja, y volverán para
lamentarse, la vieja, del tacaño tiempo, y la sobrina, de la poca fe de
los hombres....
--¡Oh, llave misteriosa; oh, paloma azul; oh, mariposa de Cachemira!...
--Señor, no fué Cachemira, fué cachetina, y cachetina endiablada la que
se dieron. El uno debía y dijo _nones_, y el otro quiso su dinero y
decía quiero: fuerza era que se sacudiesen.
--¡Calla, maldito, calla!--le dije al fin--. No desplegues tus labios y
no me martirices sacándome de los sueños que encantan para conducirme a
las realidades que matan. ¡Calla, maldito, calla!
Pero todo fué en vano; el hilo estaba ya roto, y ya me fué imposible
remontar mi mente hasta los palacios de Armida, de donde bajé en un
salto; y así, el artículo principiado con las mágicas razones de Híala y
Nadir, fuerza fué acabarlo con la parla rastrera de mi académico
Bartolo.