A ti el delantero en el esfuerzo, el hermoso de los mancebos, consuelo y
amigo de su amigo. Velid Nazar, a ti te saluda, valiente Abenzeid:
Sólo tus cartas pudieran despertarme del sueño encantado del placer en
que vivo; pero despertándome me encuentro en los brazos de otros
sentimientos aún más dulces, cual es la amistad; ¿más dulce dije? ¿si
habré proferido alguna blasfemia? ¡pueda mi pecho servir de anillo y
unión eterna a pasiones tan celestiales! Tú quieres saber el principio
de este delirio... pues oye la historia.
Una tarde paseaba con mi padre por las calles de frutales del huerto
espacioso donde moramos, y que el Rey cedió a su antiguo amigo para
alivio de su enfermedad, y recreación en su tristeza. A un lado se
levantaban las torres de la Alhambra, y más cerca los chapiteles
elevados de Generalif[10], que reflejaban los rayos del sol, debilitados
en las blancas cumbres de Belet y Muley Hacen[11].
[Nota 10: GENERALIF.--Huerto y palacio a un tiro de ballesta a
Levante de la Alhambra; quiere decir jardín de las Zambras o del
festejador.]
[Nota 11: BELET y HACEN.--Son las dos crestas más elevadas de Sierra
Nevada, que conservan todavía su nombre arábigo con muy corta
corrupción: en la geografía de Antillón y en el viaje Bowles se
encuentran noticias interesantes sobre estos picos.]
Mi padre me dejó solo por aquellos vergeles, que yo recorría desvanecido
y soñando en la hora de precipitarme en pos de ti, querido amigo. En
estas imaginaciones acaso comencé a entonar, como solía, las letrillas
melancólicas de los cantores del Cairo y de Córdoba, a punto de pasar
frontero al palacio de Generalif. Entonces el ajimez más elevado lo vi
abrirse y cerrarse inciertamente dos o tres veces sin aparecer nadie en
el antepecho, hasta que al fin soltáronse por él varias palomas que
revolaban caprichosamente por los adarves de las murallas y los cogollos
de los árboles: poco o nada me movió la imaginación aquel azar, que yo
di por la diversión inocente de algún cautivo infeliz o de alguna
esclava desdichada. Seguí, pues, mi vuelta y recogíme en el cuadro de
flores que yo mismo cultivo a gozar del triste y dulce abandono que
inspira una tarde serena, un agua viva sonante y el verdor delicioso del
abedul y del avellano.
Sentéme, pues, y adormí los ojos para disfrutar voluptuosidad tan suave,
cuando sentí entre las hojas algo que pasaba y bullía: tendí la vista
curioso en derredor, y vi, pasmado, una de las palomas del ajimez
misterioso que blandamente me rondaba casi hasta besarme con su pluma,
sin azorarse por mi presencia. Ya más cuidadoso, comencé a halagarla con
mi voz, fingiendo su arrullo, cuando para mi mayor asombro la miro
pararse en mis hombros, trayendo pendiente del cuello, con un listón de
color de lirio, un billete recogido con delicados pliegues y empapado
en aromas de rosas. Lo desaté (voló la paloma) y veo en los más bellos
caracteres cúficos estas razones lisonjeras y misteriosas:
"Bello sol, encanto de las vírgenes y delicia de las que miran tus ojos,
sé discreto y oye mi voz: una hurí más amable que las del paraíso de los
creyentes se abrasa por ti en un fuego más puro que la luz del oriente,
padece y calla, suspira y es por ti: cuando te acercas a ella se tiñe
con el color de la rosa del desierto, y si la hablas, su corazón se
agita como las hojas de los árboles al acercarse la tempestad: su voz es
suave como el incienso de Etiopía, sus ojos son de gacela, tímidos y
vivos en un propio punto, y el tacto de sus miembros es más fino que las
telas de cachemira. Merece ser tuya, porque merece el reino de la
Arabia, y tú debes ser suyo, porque eres virtuoso. Su amor lo tiene
oculto en la urna del decoro: sácalo, pues, como se saca la perla de
Ormuz del nácar de la concha, y serás feliz.
"Si no lo amas, ella morirá como la flor entre arenales; búscala y
descúbrela, y toma estas señales para reconocerla. El principio y fin de
su nombre es el Alef[12]. Su tribu es de reyes del Yemen[13]; cuando te
mira y tú no la ves, sus ojos se humedecen y vacilan como las aguas del
Piélago heridas del sol.
"El cielo te conserve, joven hermoso, y goza de más dicha que
Betmendí[14]. Guarda secreto como la naturaleza sus arcanos y el mar sus
profundos abismos. Adiós, adiós; piensa que no es frívolo todo lo que
parece tal. Adiós.
_La Reina de las Hadas._"
[Nota 12: ALEF.--Letra del alfabeto árabe, que equivale a nuestra
A.]
[Nota 13: YEMEN.--Los Abencerrajes descendían de un príncipe de
aquella región de la Arabia.]
[Nota 14: BETMENDÍ.--Palabra persa, y usada por los árabes en sus
cuentos y poesías, y quiere decir la fortuna, la ventura.]
¡Oh, querido Abenzeid! Ni las hojas de las flores cuando rompen su
corola, son tan numerosas ni de matices tan vivos y diversos como los
pensamientos que abrieron mi pecho a las imaginaciones del amor, cuando
acabé de beberme las razones encantadas del billete misterioso.
Un fuego hirviente giraba por mi cabeza, y un opio el más dulce
señoreaba todo mi ser: mis ojos miraban todavía aquellos lindos
caracteres dibujados con oro y azul, y mi mente, lanzada ya en la senda
de las ilusiones, corría rápidamente tras las sombras engañosas de los
paraísos aéreos: ¡oh Abenzeid, qué estado tan celestial!
Al fin arranquéme de aquel sueño de delicias, y la curiosidad me llevó
fuera del recinto donde me ocultaba, para rondar las ventanas y torres
de Generalif, imaginando hallarme con otras señales más significativas
de mi dicha. Todo fué en vano: las tinieblas de la noche vencían ya el
crepúsculo de la tarde, y la luna, suspendida en los cielos como lámpara
de oro, lanzaba delante de sus rayos las sombras gigantescas de los
cubos y lienzos de la muralla.
Dentro de aquellos vergeles nada se oía más que el sonar de las cascadas
o los silbos de los mirlos y ruiseñores que buscaban el nido entre los
sauces y madreselvas; por las almenas nada cruzaba, y sólo se veía
brillar dudosamente alguna luz en este o aquel ajimez en los encumbrados
camarines del palacio: ¡oh Abenzeid, qué impaciencia! ¡qué inquietud! El
neblí que oye a su lado el volar de la garza y no acierta a verla,
oculta por algún celaje, no padece más tormentos.
Mi imaginación delirante se forjaba mil visiones de imposibles, que se
gozaba en vencerlos a su antojo, y el placer más subido y engalanado,
con los mágicos colores de los deseos, se me pintaba por último término
en aquel cuadro fantástico.
Mas no pienses que los acíbares faltaban en este mi primer sorbo del
cáliz de los amores; no, Abenzeid; el absinto del dolor se desliza
traidoramente entre los labios de la juventud, y esta sentencia tuya
sonaba siempre como presagio en mis oídos.
Burlado en la idea de hallar el nuncio de mi ventura, caí en otros
pensamientos tan extraños, que ni yo mismo acertaba a explicármelos, y
aun con mucho esfuerzo podré descifrártelos en parte, pues cosas hay que
no es posible manifestarlas como sentirlas.
Pensaba, pues, que la paloma, paraninfo del amor, que por tan raro caso
puso en mis manos el billete, podría haber hecho vuelo para otro
amante, y que yo, desgraciadamente afortunado, habría interceptado el
inocente correo y sorprendido un secreto tan amorosamente interesante.
Entonces, envidioso de esta dicha aun desconocida para mí, celoso de un
rival imaginario, frenético contra la beldad incógnita que podría amar a
otro que yo, me entregué a todos los desvaríos del furor, cual si
existiesen en verdad para mi daño una mujer infiel y un amante
preferido.
El aliento consolador del ambiente de la noche, perfumado y empapado con
las flores, y el frescor de las márgenes del Darro, serenó mi frente y
templó el ardor fatigoso de mis sienes. ¿Con qué razón presumía yo
envidiar los amores de otros más afortunados, a quien el cielo pudo
premiar con ellos sus virtudes, y el Profeta su valor y constancia?
¡Oh Abenzeid!, bien mostraban estas razones el conocimiento más claro a
mi mente preocupada, pero nunca lograron arrancar de ella el primer
sello del enojo, o no sé qué otro sentimiento indefinible. ¿Será que el
corazón humano se fije siempre como centro del universo, y que juzgue
que todas las ideas de grandeza, de beldad, de sublime, han de ir a él
exclusivamente? ¿Será que yo, vano y orgulloso (me avergüenzo al
decirlo), me creyese con derecho sólo en el mundo al amor de aquella
belleza invisible, por lo mismo que mi imaginación me la pintaba con
dotes tan celestiales? ¿O bien, querido Abenzeid, el poder de esta
sangre abrasada de la Arabia que anima mi pecho, tendrá, cual en toda
nuestra tribu, el don fatal de encender desde la más leve idea de amor
el volcán horroroso del delirio y de los celos? ¿Qué hubiera yo dado por
tenerte a mi lado en aquellos instantes de anhelos y congojas, y hallar
alivio en tus consejos y mejor experiencia?
Pero era en vano; la soledad era mi única compañía; no te ocultaré, que
en alas de mis pensamientos venía, cual iris consolador, la esperanza
más lisonjera a disipar aquellos enojos.
No podía dar a mero acaso el incierto abrir de los ajimeces, el divagar
de las palomas y el rondar en torno de mí aquella del listón y de la
carta. Embebido en tales desvaríos, y más amante que nunca del cuadro de
las flores donde tuvo lugar escena tan halagüeña, volvíme a gozar de su
frescura, realzada más en aquel punto con los raudales de mansa luz que
la luna, en todo el lleno de su disco, derramaba por entre los festones
de verdura que formaba tan florida mansión.
¡Oh querido amigo! Aquel era para mí el día de las ilusiones; todavía
erraba mi fantasía en tan contrarios pensamientos, sin saber cuántas
horas de la noche habrían corrido, cuando tuve otra aparición no menos
extraña que la primera.