El Alí de Haquín, tu mensajero, me entregó la carta en que me das cuenta
de la enfermedad de tu padre Abunazar y de los ruegos y oraciones que
has prodigado para aplacar el ángel airado de la muerte. ¡Cuán bien
conozco en tu tierna inquietud, en tu oficioso esmero por quien te dió
el ser, el espíritu generoso y de fuego que te anima!
Aunque me fuese forzoso pasar un año sin abrazarte, por bien cumplido lo
daría entendiéndote empleado en obligaciones tan sagradas. No te
maraville que el rey Ismael tome tan sobre su corazón el mal de padre:
dos veces fué salvado por éste; una en el campo y otra en los disturbios
de la Alhambra, y en ambas nada ambicionó, contentándose con sus tierras
de Lerín y su alcaidía hereditaria. Sin embargo, fuerza es poner tocando
en las estrellas el favor excelso de cederle para su recobro y
recreación la huerta de los Alijares[9], mansión real y de todo deleite.
¡Qué apacibles horas habrás gustado por aquellas arboledas, razonando
con tu buen padre, oyendo el idioma de las aves o cultivando acaso las
rosas de Egipto o el tulipán de Persia!
[Nota 9: ALIJARES.--Huerta de hermosa recreación, que los reyes de
la Alhambra tenían a la espalda del monte del Sol, que llaman hoy de
Santa Elena: aun todavía se ven sus ruinas. Este palacio, dice un
historiador antiguo, estaba cercado de grandes estanques, fuentes y
verjeles; las labores de sus techos eran iguales a las que se ven
todavía en la Torre de Comares o Comaresch. De esta mansión es de quien
canta el romance morisco:
..........
..........
Los otros los alijares
labrados a maravilla.
El moro que los labraba,
cien doblas ganaba al día;
el día que no labraba
otras tantas se perdía.
El P. Echevarría, que tachó primeramente de exagerada esta suma, en un
libro que publicó después, dijo haber visto las cuentas y sumas de la
obra en los papeles de una familia descendiente del arquitecto morisco,
y dió por exacto al romance.--Nadie saldrá fiador de lo fiado ni del
fiante.]
Fuerza era que en tan deliciosos cuidados te asaltase la ocasión del
amor; pero en tu carta, imponiéndome menudamente de lo que tú juzgas por
más sustancial, callas, acaso con malicia, la relación más interesante
para tu amigo. Tú me dices que adoras y que te idolatran, que has
entrado en el palacio del amor por la puerta del misterio, que no
cambiarás tu estado por el reino de Fez... Pero, en fin, no responderás
a mis preguntas: ¿Quién es?, ¿cómo la viste?, ¿dónde se encuentra? El
compañero de tu niñez, tu amigo Abenzeid te lo suplica.
Aunque los pocos años que tengo más que tú no me hagan salir de la edad
de mancebo, todavía no los viví en balde. Antes que tú visité a Granada;
experiencia precoz de mi juventud la compré a trueque de sinsabores sin
término, y esto me da sobre ti una autoridad que serás necio
desatendiéndola y no mostrándome el sendero peligroso por donde caminas.
Adiós.