¡Dónde estás,
dónde estás, amigo mío!
Ora acaso gala y brío
mostrarás
cabe el Elba o Reno frío.
Fiera lid,
fiera lid y sus azares
tú prefieres, o ir por mares,
bravo Cid,
a este suelo de azahares.
No más ya,
no más ya tu mente amada
en placer embelesada
llorará
los vergeles de Granada.
Pienso en ti,
pienso en ti con dulce empeño
cuando el plácido beleño
me da, sí,
con tu imagen blando ensueño.
Otra flor,
otra flor de más belleza
prenda acaso tu fineza
con su amor:
¡Ay, mi Dios, qué cruel tristeza!
Mientras yo,
mientras yo, apartada y sola,
canto y lloro con mi viola:
"No irás, no,
del pecho de tu española."
Al llegar aquí, la titulada doncella sintió una mano desconocida que la
llamó en el hombro, y estremeciéndose y volviendo el rostro, miró entre
las ramas levantarse las blancas tocas de un turbante, y luego un
mancebo saltar gallardamente ante sus ojos, diciéndola:
--No te asustes, prima, esposa y señora mía; tú, hermosa Zaida, como te
nombra el corazón mío, o bellísima María, como te nombran nuestros
altivos vencedores, queriendo así los soberbios, trocándonos los
nombres, arrebatarnos los títulos y motes de nuestra elección; tú, Zaida
mía, has visto llegar la luna de Rajeb, término puesto por nuestro tío
para este enlace afortunado, única dicha que les resta a los dos
vástagos de los Reyes de Granada, a los descendientes de los Califas del
Oriente y sucesores de los Omiadas de Córdoba. Este término deseado lo
vi llegar en estas costas de Berbería, donde buscaba apoyo para sacudir
la funesta servidumbre que nos agobia; desde allí, alegre con mil
promesas, y más alegre con las esperanzas de mi ventura, me embarqué en
una goleta, que antes de ahora me hubiera echado en estas playas de
España, a no tener que esquivarse de las Galeras de Leiva, que han
vuelto de Sicilia. Al fin, hace tres días que tomé tierra, a despecho de
los corredores y atalayas de la costa, y llegando como llegué a esta
aldea, donde sabía que era aguardado de los míos, y abrazando a nuestro
tío en esas casas que se ocultan entre las alamedas, he venido a
presentarme a tus ojos, ya para llevarme yo mismo las albricias, si tal
merezco, o para anticiparme a la pena, si es que mi desgracia no alcanza
otro premio.
Luengos instantes estuvo la hermosa morisca, fijos los ojos en la
tierra, sin articular palabra alguna, hasta que, pasando la mano por la
frente, como si pidiera ayuda a su discreción, algo más sosegada, le
respondió al mancebo de esta manera:
--No sé, primo y señor, cómo es (si vuestra memoria no os ha abandonado)
que os atrevéis a entrar por las puertas del alma mía, llamándome por
otro nombre que el de María, único que reconozco, único que quiero, y
sólo por el que responderé de hoy más hasta la muerte. Esta irrevocable
determinación mía bien os mostrará cuál sea mi pensamiento en esas locas
esperanzas de coronas y de imperios. Si es que nuestra miserable nación
ha de emprender algún día el imposible de su libertad, aguarde a que los
vencedores castellanos adolezcan de la misma enfermedad y corrupción que
desmayó a los moros de Boabdil, y tomen este largo plazo, y conténtense
o resígnense al menos con él, ya que no supieron, o no pudieron, o, por
no lo decir, no quisieron defender su libertad y su independencia,
dejando para un "mañana" incierto lo mejor que parecía en un "hoy"
seguro de seguras y firmes esperanzas.
No quiera Dios que mi nombre ni la sangre de donde vengo entren a parte,
para provocar tamañas desdichas sobre nuestros antiguos vasallos, y
menos para arrebatarles la mísera fortuna que les resta, dándoles, en
cambio, la servidumbre y la muerte. Si alguna esperanza pueden tener las
que nuestro tío ha podido inspirar sobre mi posesión, fuerza será que
abandonen vuelos tan locos y osadías tan temerosas, por lo mismo que son
tan atrevidas. No alhambras, no coronas quiero; no ansío ni por esclavos
ni por tesoros; no anhelo por las fiestas ni por las zambras; quietud
quiero, mi hogar me basta, los bienes de mis padres me sobran en parte;
y puesto que mi dicha me ha dado una en una religión santa, en ella
quiero morir a trueque de los mayores bienes, ya que bienes queréis
llamar a los que, si se consiguen, han de comprarse en tantos duelos,
fuerzas, lágrimas, hogueras y muertes. No, primo; si os pude considerar
árabe lejos de mis ojos, abanderizando el Africa, confiándoos en la fe
berberisca y combatiendo inútilmente en la Goleta y Túnez estos mismos
castellanos que queréis vencer en nuestro país, nunca presumí que en
ánimo morisco, quien nació ya cristiano, viniese a ofrecer su amor a
quien no quisiera ver un príncipe en un amante, sino sólo un caballero.
--No más, Zaida--le interrumpió el mancebo--; tu palabra última revela
cuanto pasa en tu corazón. Esa fe de que tanto blasonas acaso se
sostiene más en ti con la memoria de un caballero que no con las
pláticas de las misiones; más con el recreo de los papeles y endechas,
que con la lectura de catecismos; pero no cuentes con burlar a nuestro
tío ni burlar las esperanzas mías.
¡Vive Dios!...
Algo más de colérico hubiera dicho el moro, a no haber llegado el viejo
Gerif, quien, apoyándose en aquellos dos reales vástagos de su familia,
los hizo andar hacia la aldea, él pensando en las grandezas pasadas de
su estirpe, el mancebo en su engrandecimiento futuro y María en el bien
pasado, las angustias presentes y en lo incierto del porvenir.