Fresca y apacible tarde del otoño hacía, y como domingo alegre después
de vísperas, por gustoso recreo se derramaban allá en los ruedos y
ejidos del lugar los habitantes rústicos de cierta aldea, cuyo nombre,
si no lo apuntamos ahora, es por hacer poco al propósito de la historia
que vamos relatando. Baste sólo decir que el tal lugar estaba en lo más
bien asentado de la Andalucía, para saber que era rico, y que no
distando sino poco trecho de la ciudad de Ronda, disfrutaba del sitio
más pintoresco y de más rústica perspectiva que pueden antojarse a los
ojos que se aficionan de las escenas de riscos, fuentes y frescuras.
Aquellas buenas gentes, digo, unas subían a las más altas crestas de
los montes, para divertir los ojos en la sosegada llanura del mar, que
allá al lejos se parecía; otras se entraban por entre las arboledas y
frutales de tanto huerto y jardín como cercaban la aldea, y aquí o allá
grupos de mancebos granados o muchachos de corta edad se entretenían en
jugar al mallo y en tirar la barra, o en soltar al aire pintadas
pandorgas con la mayor alegría del mundo.
Entretanto, ciertas personas más graves y de mayor autoridad, como
desdeñándose de participar de aquellos entretenimientos, o comunicarse
con tales gentes, buscaban separadamente su recreación, paseándose por
cierta senda muy sombreada de árboles y apacible por todo extremo.
Esta senda era la que conducía al principal pueblo de la comarca, y por
ello, y por no ser tan riscoso el terreno por aquella parte, ofrecía
cierta apariencia y espaciosidad muy de molde para emprender un buen
paseo, que por tácito consentimiento de los paseantes, tenía su término
en una blanca capilla, alzada a San Sebastián por el buen celo de los
cristianos viejos que habitaban entre los moriscos de aquellas
quebradas.
El césped que crecía al pie de los tapiales de las heredades contiguas
ofrecía asiento en todo lo largo del camino, y los ramos y follaje que
rebosaban por cima de los setos y bardales, formando una bóveda de
verdura, templaban los duros rayos del sol, o las asperezas del viento
en las estaciones rígidas del año.
En cierta anchura que abría la senda a distancia igual de la aldea y de
la bendita capilla, al lado de una fuentecilla fresca, de clara y
sonante agua, y bajo la frondosa sombra de dos nogales hermosos, estaba
sentado un personaje, no de la mejor catadura, y que por ser sujeto de
razonable influencia en este cuento, no será fuera de propósito
presentarlo en este punto con ayuda de cuatro pinceladas.
Su estatura estaba entre los dos extremos, ni muy alto ni muy bajo, bien
que si se tomaba en cuenta cierta curvatura de la espalda, que bien le
embebía y menguaba dos pulgadas, más se alejaba de ésta que no de
aquella medida: ciertas muletas que al lado tenía, mostraban no
conservar sus piernas un paralelo bien exacto, y un parche que le
obscurecía el siniestro ojo lo daría por tuerto, a no ser que lo
encendido, bermejizo y fontanero del otro no lo pusiese casi casi en
opinión de ciego, para todo el que tropezaba con tal figura.
El traje no era de gala, y distaba mucho de lo profano, pues del zapato
hasta la rodilla no había más adorno que una pierna viva, que si bien
tostada por el aire, daba lástima, por sus formas y su vigor, que
adoleciese el amo de aquel achaque de la cojera. Desde la rodilla
reinaban unas medias calzas de mal pardillo, condecorado con los cuatro
títulos de revuelto, roto, raído y remendado, y con esto y un mal gabán
pasado con mangas por los hombros se cumplía la buena traza de aquella
persona, si es que no contamos un zurroncillo como de pastor que le
adornaba las espaldas.
La cara de este mendigo (pues tal nombre antes que cualquiera otro
merecía) estaba muy lejos de parecer tan triste como su mal porte pedía;
muy al contrario, y con gran maravilla del que lo viera, mostrábase
alegre y nada desatalentado, y más bien avenido con las burlas que no
con lástimas y quejumbrerías. Estaba sentado con gran sosiego, halagando
con una mano el lomo de un buen gozque, que le servía a un tiempo
(rareza extraña) de sincera ayuda y de amigo desinteresado, mientras que
risueñamente así hablaba con un muchacho, que frontero de él se veía
sentado, respondiendo a las curiosas preguntas que le enderezaba el de
las muletas.
--Con que dime, Mercado, ya que tus ojos linces por medio de tu bien
cortada lengua me enteran y dan razón de lo que mi vista menguada no
alcanza alrededor suyo, dime, repito, ese que pasó tan mesurado, ¿es el
recién venido para completar las dos docenas de cristianos viejos que
viven entre esta canalla morisca?
--Sí, hermano, éste es, Pero Antúnez el viejo.
--¿Este es el que presta un celemín, y recoge dos fanegas de grano de
los perros descreídos?
--Hermano, sí.
--He ahí una usura, respondió el soldado, que ningún mal acarrea ni al
cuerpo ni al alma. ¿Y el otro que le acompañaba era Juan Molino, el
corchete ganzúa, que lleva cuenta de los moriscos que ni van ni vienen a
la iglesia?
--Sí, hermano.
--¿El que la hace pagar gallina por falta, o maravedí por descuido?
--Sí, hermano.
--Bueno, bueno; he aquí el primer corchete que no ejecuta el mal,
cumpliendo con su empleo. ¿Y pasó también la dueña Bermúdez, la que
endotrina a las cristianillas nuevas, y las pellizca si no le toman sus
aleluyas, y las repellizca si no la dan sendas blancas por ellas?
--Sí, hermano, ya pasó.
--¿Y el arcabucero Jinez, y el soldado Pinto, y el herrador Ortuño,
todos han ido su paso, eh?
--Sí, sí, hermano.
--¿Y ninguno ha dicho, buen ciego, hermano Cigarral, tome ahí esa tarja,
o relámase con ese buen cuartalejo de pan?... Vaya, vaya, fuerza será
dejar el paso libre a estos cristianos viejos, y ponerse delante de los
que no tienen tanta enjundia de rancio en la caridad; pero, ¿quién que
tenga sangre pura castellana alargará la mano ante estos miserables
aljamisados, que por ladinos que sean, siempre huelen sus pensamientos a
Mahoma, como sus palabras a la algarabía? Más vale morir por hambre...
Pero alto allá, Mercado hijo, gente suena... Principiaremos las lástimas
por si ablandamos la dureza de algunos de estos hombres de pedernal.
--Sí, hermano, respondió Mercado, pasos se sienten, y no haría mal en
repetir la retahila.
Y de como esto oyó el del gabancillo y muleta, el manco y de entrambos
ojos mal parado, aquél emparchado y éste manantial y bermejizo, así
comenzó a perorar:
--¡Oh, caballeros, gente honrada, acudan a socorrer a un león de España,
que aquí y allá y por diversas regiones y apartados países ha dado
bizarras muestras de su persona en muchos encuentros y batallas, asaltos
y escaramuzas; el que siempre acompañó al rayo de la guerra, el glorioso
imperante D. Carlos, y que se encontró en cuanta jornada de importancia
ha tenido lugar de diez años para acá; al que se halló, tuvo parte y
puso mano en aquella famosa de Pavía, rindiendo a más de cuatro que
decían _mon dieu_, y al que miró no de lejos aprisionar al rey
Francisco, y no quiso su mala estrella ponerle tan cerca que le cogiera
alguno de aquellos diamantes tamaños como nueces que llevaba al cuello,
cosa que al rey de los lamparones no le hubiera hecho mayor mal, y a mí
estorbara estos pesados trabajos! ¡Señores, al soldado pobre que ha sido
blanco en su cuerpo de sendas rociadas de arcabucería, botes de las
lanzas y cintarazos de los infantes! ¡Al soldado, señores, al soldado
que forzó sobre el campo de batalla a decir _viva España_, y en
distintas y endiabladas lenguas, al francés, al tudesco, al esguízaro,
al italiano, al turquesco y cuantos soldados hay en el universo mundo;
al estropeado, mal parado y peor herido arcabucero Moyano del Cigarral!
¡Caballeros, gente honrada, acudan, alivien, ayuden y den socorro al más
granado de la compañía del bravo Francisco de Carvajal, al arcabucero
Moyano!... Pero, Mercado hijo, nadie mosquea; ¿es que vuelven atrás, o
que se traga la tierra a los paseantes?
--No, hermano; los pasos del que viene siguen muy reposados, y suenan
muy al compás; pero el ramaje, que tanto se inclina y enmaraña por este
sitio, roba al alcance de los ojos lo que permite al sentido de las
orejas.
--Si vienen con mucha pausa, es sin duda el doctor y boticario
Gorgueran, el médico, que cura por igual todos los miembros del
doliente.
--El médico, si anda a compás, tose sin medida, y ya por este son le
hubiera yo conocido.
--Pues si él no es, será el notario Candurgo, cristiano viejo venido de
Berbería.
--No será él, pues a serlo, vendría entonando algún buen salmo, para
probar que sabe latín y que es de los buenos y añejos.
--Pues, diablo, será el sacristán, tercera autoridad y persona grave del
pueblo.
--Nones y más nones, que a ser él, ya entenderíamos algún ofertorio, que
por buen ejemplo vendría entonando.
--Puesto--respondió Cigarral--que ni viene el doctor, ni suena el
notario, ni asoma el sacristán, trinidad y compañía la más grave que
está al comienzo y cabeza de este pueblo, no hay más que decir, sino
que esa persona que autorizadamente marcha, y paso pasito llega, no es
ni puede ser menos, y sin ofensa de parte, que el sardesco lucero,
jumento principal de don Antonio Gerif, que a esta hora y cotidianamente
pasa, en conserva de algún sirviente, por regalos, frutas y flores de la
huerta que el rico Antón posee con tantos jardines allá en el río.
Y era así, como sospechaba el buen entender del estropeado Cigarral;
pues decir esto y salir de entre las ramas y verdura que ocultaban la
vista un jumento lozano y de cabeza entonada, fué todo un punto, y allí
mismo, y sin más parecer ni mejor licencia, dió al aire el cuello, y
mostrando una boca risueña soltó dos o tres golpes de diapasón, que, si
no muy armoniosos, no por eso dejaron de ser repetidos y revocados por
la ninfa Eco, y llevados de monte en monte. Y nada de este cuadro
ofrecía por sí algo de extraordinario, pues este nuevo interlocutor, que
tomamos la libertad de ofrecer al leyente, como siempre, a la propia
hora y en el mismo punto y sitio tomaba algún descanso, saludaba por las
más veces con toda su garganta aquel asueto a su fatiga.
--Víctor, Víctor--dijo Cigarral--, así haya consuelo con esta visita,
como bien me suenan a mis orejas estos ásperos sonidos. Plegue a Dios
que lleguen tiempos en que el clarín de la fama no sepa repetir sino
estos sones de mi buen amigo, y sírvale de premio tal corona, por las
buenas obras de que me es portador.
Y no se engañaba en esto tampoco el cojo soldado, pues saltando quien
cabalgaba en el rucio, así le decía, entregándole algo de vianda y
algunos otros regalillos, que para entretenimiento de los dientes le
sacó de los serones que adornaban al rucio; regalillos que bien pudieran
despertar el paladar de un penitente, no que de hombre tan apetitoso
como el soldado.
--La hermosísima María--le dijo--me encomienda os dé estas limosnas, que
hoy domingo son más abundantes y de mejor gusto que otro día: mucho se
encomienda a vuestra memoria, y aún más a las oraciones que digáis a la
Santísima Virgen.
--Llegue ella al cielo--respondió el estropeado--como yo la subiré y
ensalzaré, y encomendaré con palabras y pensamientos, hasta donde
alcance mi humilde merecimiento, puesto que ni todo el lugar en junto,
ni cada su morador apartadamente, ni el cristiano viejo por caridad, ni
el morisco por el respeto que se debe a un soldado de S. A., como yo, me
han dado tanto en un mes como esta hermosísima doncella en un solo día.
Lástima es que la naturaleza al sacarla del vientre de su madre, la
dotase de tanta hermosura, dejándole así poco que hacer al resplandor de
belleza que lleva consigo la caridad; pero cierto es que si la mujer es
hermosa por sí, con la ayuda de su blando corazón y piadosa condición,
menos que hermosa, es un ángel sobre la tierra, y arcángel será la
hermosísima María.
--Amén, amén--respondieron a una el muchacho Mercado y el mensajero del
asno, quien, al seguir su paso, le dijo al soldado:
--Con algo de desabrimiento habláis de nosotros, pobres moriscos, y a fe
a fe que no sino moriscos son estos bocados que coméis, y no sino
morisca es esa María que tanto alabáis y que todos bendecimos.
--Buen Ferri--respondió el soldado--, yo no hablo mal de la gente de tu
nación sino por esas malas voces que corren de vuestra mala creencia;
por lo que toca a María, ángel es y ángel se estará, y libre se
encuentra de tan negra mancha; yo la fío y la confío, y desde el niño
Mercado, monaguillo de hopa y bonete, que esto escucha, hasta el
licenciado y cura Tristán, y los dos beneficiados, darán la vida por
ella. Esto en cuanto a fe y creencia, que por linaje y sangre, quien
tiene como ella sangre de reyes, ninguna mácula le puede caber. ¿Quién
no respeta a los Granadas y Benegas?[1]. Con que así, hermano Ferri,
sosegáos, y no echéis a mala parte lo que apunto y digo, que honrado
sois, y honrado me conocéis, y, sobre todo, agradecido.
[Nota 1: El apellido _Venegas_ es árabe; por consiguiente, debe
escribirse _Ben-Egas_. Los que le llevaban, por ocultar el origen
moruno, escribieron _Venegas_, y algunos después _Vanegas_.]
--La paz de Dios te acompañe, soldado--dijo el Ferri--; Dios es grande,
Dios es misericordioso, y mira por los suyos.
--Al diablo por estos tornadizos--dijo el estropeado Cigarral así como
vió trasponer al morisco hortelano--; al diablo por estos tornadizos,
que siempre responden con sentencias y palabras de compás y medida, que
huelen todavía al Alcorán, como pólvora al azufre, y como vasija al
primer caldo que encerró en ella. Pero, Mercado, alto allá y no
murmuremos, que, a fuer de agradecido, más hace el morisco con ser
mensajero dadivoso que yo con callarle sus puntas y collares. Quédate
conmigo, monaguillo insigne, que quiero con parte de estos regalillos
pagar la buena gracia con que me acoges y hospedas toda noche en tu
encogido aposento, librándome así del frío que derrama el zaguán de la
iglesia o las plagas que derrama y llueve el mesón único que permite
gallardamente el señor duque a estos infelices vasallos. Todavía, amigo
Mercado, habrás de pagar tu costa en este banquete, vaciándome algunas
de las vinajeras que habrás puesto, cual sueles tú, a recaudo, como
varón prudente, pues sabes que el agua del cielo no siempre baja cuando
hace sequía, y que para entonces sirven y tienen su acomodo y aplicación
los aljibes y depósitos, y aunque no tanto, siempre me contentaré con
una buena azumbre para mí solo, pues a ti ningún provecho pueden hacerte
estas bebidas ardientes, que en la primera edad previenen y disponen a
los muchachos para ser sanguinolentos y coléricos, faltando así a la
mansedumbre y humildad, que tanto nos encargan nuestros padres y
maestros. En cambio, partiré contigo todos estos adminículos y
bastimento, y te alcanzaré, como mejor pueda, sendos jarros de agua de
la fuente alta de la plaza, para que te refrigeres y tomes todo placer a
la comida.
--Admito--dijo el de la hopa--, amigo Cigarral, tan cordial convite, y
en lo del vino nada me advierta, bastándole saber que muy bien sé y se
me alcanzan las franquicias, gajes y libertades del oficio del
despensero y sisón, para renunciar a lo más bueno y mejor parado de lo
apartado, y puesto a seguro por estas mis manos, a hurto del sacristán.
Pero entornad la parla inoficiosa, que ya vuelven de la capilla por lo
alto del pueblo todos los paseantes que fueron para lo bajo; y siendo
así que poco o más nada les entra ni vuestra humildad, ni menos penetran
vuestras plegarias estropeadas, soldadescas y lagrimosas, poned en
campaña las buenas partes de vuestro gozque Canique, que lo que vos no
alcanzáis, acaso lográranlo sus buenas gracias, saltos, danzas y
donaires.
--Así sea--dijo Cigarral.
Y dándole dos palmadas a su gozque Canique, éste se aliñó y preparó
diligentemente para algo de importancia.
En tanto iban allegándose los paseantes, y en cuanto los sintió a tiro
el estropeado, así dijo al gozque:
--Salid, don Canique, can honrado y placentero, y dad cuatro vueltas de
villano o de Bran de Inglaterra por lo alegre o autorizado, según más os
conviniere, ante los altos señores que os miran, todo por darles gusto y
placer.
Y esto diciendo, con dos tejoletes que movía entre el meñique y pulgar
de la siniestra, y un tris con tras que sacaba de los palos de las
muletas, formaba una como manera de compás, que el can bailador se
esforzaba por coger con sus patillas traseras lo más galanamente
posible. Lo que no lograran las lástimas, lo alcanzaron las danzas y
saltos caninos, cual presumió Mercado, y todos los vinientes se pararon
formando corro, admirando y celebrando los donaires de la alimaña. El
estropeado, con algo más de aliento, ya cautivada la atención de su
auditorio, proseguía diciendo:
--Ahora, don Canique, haced la salva por el Rey de Francia y los otros
Príncipes de la cristiandad.
Y el perro daba tres ladridos alegres.
--Ahora, haced la mesura al señor Emperador, vuestro Señor natural.
Y el perro cruzaba las manillas y bajaba humildemente la cabeza.
--Y ahora--repetía--cantad las alabanzas a don Lutero y otros canes de
herejes, peores y peorísimos que vos.
Y el avisado can amulaba como un diablo del infierno.
--Ahora emplead las súplicas y pedid albricias, comenzando por el más
rico y concluyendo por el más dadivoso.
El perro, que debía haber un mal espíritu en el cuerpo, así como esto
oyó, se puso a los pies de aquel Pero Antúnez, usurero honrado, que,
como ya se apuntó, prestaba un celemín, y recogía dos fanegas. El buen
avaro, bien como se vió señalado y proclamado por el más rico del
auditorio, dió un paso atrás, y poniéndose entrambas manos en los
bolsillos, daba al diablo al perro, y apellidaba aquello por algo de
brujería. El perro, aunque seguía en sus genuflexiones y zalemas, nada
alcanzaba; hasta que enfadado el cojo por la esterilidad del tiempo, y
la mezquina condición de tanto estante y ningún donante, así dijo a su
cofrade, sirviente y amigo:
--Pues, amigo Canique, lo que no dan ni prestan, fuerza será tomarlo;
entrad a saco a estas buenas gentes, como allá en antaño en el asalto y
saco de Roma; mas contad y advertid que no les habéis de tomar sino de
lo superfluo y profano, dejándoles entera la piel, y menos interesar
algo del tegumento de las carnes, y sin detracción alguna, que todo lo
demás, camisa inclusive, os lo fallo y declaro por buena y legítima
presa.
Decir esto, y como cobijarse el maligno gozque con ligereza y travesura
del mismo diablo, fué todo un punto, no habiendo arremetida en que no
dejase alguna prenda por despojo bajo la salvaguardia del soldado,
volviendo a la carga más desesperadamente, brincando, latiendo,
lanzándose y agazapándose, siempre huyendo y siempre burlando los quites
y reparos de aquella gente salteada. Esta, ya por lo intempestivo del
asalto, y ya por la placentera traza del amo y sirviente, no acordaron
en lo que les acontecía, hasta que vieron a los pies del soldado quien
el lenzuelo del bolsillo, quien la caperuza, cual la gorra, y hasta la
dueña Bermúdez miró con escándalo sus venerables tocas, siendo prenda
pretoria del burlador soldado. Este tocó a recoger diciendo:
--Alto y parad, hermano Canique: bien lo habéis hecho, y ahora
rescatemos estos trofeos, quiero decir que nos los rescatarán,
trocándolos por blancas y ochavos, no de otra suerte que hizo vuestro
capitán y el mío, Francisco Carvajal, en aquel de Roma. Y no os parezca
mal esto, señores, ni se me amostacen por tal niñería, que mi capitán
Francisco de Carvajal en aquel saco de Roma, como ya dije, no
encontrando su parte de despojo, pues se entretuvo harto en pelear, al
revés de otros que medran más, mientras menos se refriegan con los
enemigos, tomó traza y medio para enmendar el disfavor de la fortuna;
pues encontrando con uno como vos, seor Candurgo (hablaba con el notario
del lugar), que era el notario de la santa Dataría, le pidió 200.000
escudos, que no dándoselos el italiano, puso a pique de poner fuego a un
monte de papeles que de la notaría sacamos sus soldados a la inmediata
plaza, para hacer lumbradas y candelarias; pero el notario, que daba
mucha importancia a tanto papel, y que por ello le había amagado por
aquel flanco mi capitán y vuestro señor, Canique, queriendo conservar
las buenas cosas que allí se guardarían, sin más espera, y como deuda
que tiene aparejada ejecución, le contó los 200.000 escudos a mi capitán
Francisco Carvajal, que ahora en gracia de Dios y por méritos de sus
manos, conquista y arregla esos imperios del Perú.
Los circunstantes, que no se maravillaban menos de aquella taravilla que
de las artes caninas del don Canique, mitad enfadados, mitad
placenteros, rescataron por este o aquel ochavo o blanca cada uno la
parte que perdieron de despojo, si exceptuamos al usurero Antón, que
enroscándose como sierpe y guareciéndose en sí propio contra el suelo,
cual erizo breñal, se libró de ser prendado en el primer asalto, y que
ahora durante la plática se escurrió silenciosamente, dándose albricias
que por su industria y buen ánimo pudo libertarse de todo empeño y de
toda multa.
El campo quedaba ya del todo en todo despejado, según entender del
soldado y del muchacho de la hopa; pero aquél, alzando los ojos, vió que
tenía ante sí a otra tercera persona extraña, que sin duda había ocupado
lugar al concluir el asalto del perro, y el saco de los paseantes.
Este nuevo personaje, vestido por aquella manera, mitad morisca, mitad
castellana, que aun usaba la nación vencida, bien mostraba cuya era su
estirpe; si bien el buen porte de sus arreos, lo venerable de su barba,
y el respeto que derramaba su persona, mostraba por otra parte no ser de
vulgar condición. Este personaje fué el primero que rompió el silencio,
diciéndole al soldado:
--Mal hacéis en despojar, ni aun en burlas, ni por un ardite, a vuestros
cristianos viejos; pues tenéis a tiro modo más llano de medrar,
tomándolo todo de los moriscos. Lo que perdone la farda, lo que dejen
las socaliñas y lo que olviden las derramas, tomadlo vos antes que otros
de vuestros compatricios; tomadlo, que según vuestros doctores y
políticos entendidos, estamos a merced, y lo que nos dejéis, eso debemos
agradecer. Con todo ello, bien me place el donaire con que habéis
burlado a tanto cristiano viejo. Entretanto, si queréis vos venir esta
noche, entrad en mi casa, y asistiréis a la fiesta que doncellas y
mancebos celebran hoy por el natalicio de mi sobrina, tu bienhechora.
Quedad a Dios, y si mi sobrina María salta del puente acá, decidla que
paso voy, para que pueda alcanzarme, pues no me vendrá mal la ayuda de
su brazo para subir el último recuesto.
El venerado D. Antonio Gerif, pariente de los destronados reyes de la
Alhambra, siguió el camino diciendo estas palabras, acompañado de una
inclinación respetuosa del soldado y del muchacho; pues este poder
tienen los grandes infortunios de las personas elevadas, que imponen el
respeto hasta a los mismos enemigos.
Entretanto que esto pasaba, el de la hopa revolvía una al parecer como
bolsa que divisó en el suelo, allí en el mismo sitio donde el usurero
Antúnez se atrincheró, encorvándose y encogiéndose para no ser salteado
por los tropeles del Canique.
Ya el muchacho se disponía a forzar insolentemente la bolsa, y
revolverla y registrarla sin comedimiento alguno, cuando el soldado,
levantándose de su asiento, que ni tenía cojín ni respaldo,
diligentemente se acercó al muchacho, increpándole su intento,
diciéndole:
--Alto allá, y entrégueme ese despojo, trofeo de mi sirviente Canique.
El esclavo adquiere para su señor, según toda buena regla de derecho, y
nadie me disputará el señorío que ejerzo sobre mi perro; y mirad,
Mercado, en prueba de ello, cómo reclama con su inquieto latir, lo que
le pertenece de derecho.
El monaguillo repugnaba y tomaba el largo, el cojo insistía y le daba
caza a pesar de su manquedad de piernas, y el can, como práctico ya en
tal guerra, brincaba y saltaba a las espaldas del muchacho, conociendo
bien que no hay como amenazar la retirada para perturbar al enemigo.
Nadie sabe dónde hubiera ido esta disputa, si Mercado, viéndose en tanto
apremio y asedio, no hubiera dicho:
--Repórtese, señor Cigarral; su amigo soy, y prendas tiene de ello: si
vuestro sirviente hizo el despojo, yo lo he restaurado con mi hallazgo;
y bueno será que, si encontramos por sano y bueno el alzarnos con la
presa, partamos como buenos hermanos, partiendo así las asechanzas al
diablo, que quiere invadirnos y ponernos en rifa. Además, que cualquiera
de entrambos que se disgustara haría mal tercio y peor obra al
compañero, llevándole nuevas al usurero de la bolsa perdida.
Parecieron tan elocuentes tales razones al uno, y le mostró tal fuerza
el último argumento, que afirmándose en las muletas y asegurando en
tierra el zoquete que le sobrellevaba la pierna, así dijo alargando la
mano al monaguillo:
--Tus palabras, niño, son tan discretas como razonables; en lo de la
partija, si hay materia partible, estaba concedido sin ser demandado,
pues tanta estimación me merecen tus buenas gracias: y como estaremos
juntos hasta tarde, en tanto tiempo haremos toda composición, es decir,
que en tu aposentillo, una cosa tras otra y por su orden, iremos
ejecutando lo de la cena, lo de las vinajeras y lo de la visita y
partija de la bolsa; a no ser que nos asistan razones que muevan a
principiar por la bolsa, por preferencia a su linaje y calidad, en lo
cual no podrán agraviarse ni los bastimentos ni la bebida.
Acaso no concluyera tan presto este coloquio burlón como maligno, a no
ser que el perro, dejándolos de un salto, no arrancara a correr con toda
su carrera hacia un sitio señalado de esta escena.
Para mejor inteligencia deberá entenderse que el terreno, que por allí
formaba una falda espaciosa, estaba dividido por un hondísimo tajo,
practicado por la acción lenta de las aguas, o por alguna otra explosión
rabiosa de la naturaleza allá en los remotos siglos. De lejos no se
advertía esta abertura horrible; pero de cerca parecía un anchísimo foso
por donde pasaba un río entero, que desde lo alto sólo se escuchaba
mugir pausadamente, divisándose apenas una como faja de plata, sin más
distinción ni claridad; pues tal y tanta es la altura desde donde se
mira.
Por lo más encumbrado, en tiempos antiguos, practicaron los moros
cultivadores de aquellas fértiles asperezas, un puentezuelo o arcaduz,
estribando entre las peñas de aquellos abismos, por donde hacían pasar
las aguas de un lado a otro, para regar los jardines y verjeles de la
parte inferior. Este puente acueducto se había roto y derrumbado por su
clave, ya por la injuria del tiempo, o ya por consecuencia de las
revueltas pasadas; mas los aleros del arco, no estando sino separados
por vara y media o dos varas, muchas personas de agilidad y soltura, por
librarse del cansancio y fatiga de bajar un gran recuesto, y volver a
subir la rambla empinada que conducía a la aldea, de un salto ligero,
salvando así el tajo, se miraban casi casi tocando a las primeras casas.
Aunque el salto no era peligroso, todavía helaba de temor el ver lo
profundo del abismo, las negras bocas que se abrían en las paredes
cavernosas del tajo y el haber de andar cuatro o seis pasos por el
pretil no ancho del puente y arco dividido.
El verdín de la humedad resbalaba mucho; pero unos cuantos golpes de
espadaña y juncia, nacidos entre la fábrica y mantenidos por la
frescura, prestaban ayuda y apoyo para los atrevidos pasajeros, y hacia
este sitio salvaje y pintoresco fué adonde vieron partir Cigarral y
Mercado al tercer interlocutor de la escena, el insigne gozque Canique.
Allí dirigiendo los ojos, y a pesar de lo que ya anochecía, vieron
desprenderse desde el boscaje obscuro de la ribera opuesta una como
sombra aérea, ligera como el viento, que, deslizándose sobre el pretil
del arco destruído, y salvándolo de un vuelo, no que de un salto, se
acercaba ligeramente entre los saltos y caricias del gozque.
--Ya sabía yo--dijo el soldado--que la acometida alegre del perro no
pudiera ser sino por la llegada de la hermosísima María; él paga con sus
fiestas y escarceos sus obligaciones de agradecimiento, así como yo las
guardo en lo más íntimo del corazón, para manifestarlas en tiempo que
puedan ser de algún útil.
En esto llegó aquella tan celebrada por hermosa, tan amada por su
piadosa condición y tan respetada por su religiosidad, y cierto que así
como llegó y descorrió el velo que pendía de las tocas de su cabeza,
mostró maravillosamente que aún pasaba su belleza al encarecimiento de
la fama. Su traje era aún el usado por la nación vencida; esto es, toda
la profusión oriental, realzada por los golpes de gracia y caprichos
añadidos por los moros de Granada, que hacían de su vestido un adorno
tan lindo como peculiar a aquel país. El pelo recogido, las trenzas
vagando por las espaldas, daban una picante extrañeza a su rostro,
iluminado dulce y melancólicamente con ojos del linaje del Yemen. Dos
leves y riquísimas girándulas de oro y esmeralda, pendientes de sus
breves orejas, mostraban la riqueza de su dueño, así como una cruz que
adornaba su joyel, mostraba la creencia de la doncella.
--Dios os guarde--dijo.
Y los cielos parecía que habían hablado por su boca; tal fué su acento
de armónico y delicado, y el soldado, con su mejor gracia posible,
replicó:
--Si no Dios, al menos los ángeles están en nuestra compañía; vuestro
sirviente, dama hermosa, ha cumplido con vuestro dadivoso encargo, y
mirad lo que mandáis, que obligación tengo de obedeceros, aunque
menester fuera ir a las tierras del Catay, o a la noche de la Noruega;
mandad, señora, y no reparéis en este entorpecimiento de mi persona,
apoyada en rodrigones de palo; mandadme, que tal fuerza haría la
voluntad, que todavía se hiciese obedecer cumplidamente de la ligereza
del cuerpo.
--Os lo agradezco en el alma, bravo soldado; pero esas tierras apartadas
que por mí queríais visitar, no se miran holladas por los tercios
españoles. ¿No es cierto?
--Doncella--replicó el soldado--; yo no sé qué rincón del mundo no
habrán ya visitado mis compañeros; pero cuando yo dejé las banderas del
Emperador, quedaban nuestros tercios en Alemania, prestos para pasar el
Danubio, y el que obedecía al bravo como mancebo Lope de Zúñiga, ya os
he dicho...
--Adiós, soldado--le dijo la doncella dando un blando suspiro--. Adiós.
A pocos pasos de distancia volvió hacia el soldado, y le dijo:
--Esta noche hay velada en la casa de mi tío; podéis allá ir a recoger
limosna. De este modo miraréis bien como cristiano viejo (y la doncella
se sonreía agradablemente) que estos festejos distan mucho de las
zambras y supersticiones con que los mal intencionados acusan a los de
mi nación.
--Sí, iré, hermosísima María--replicó el estropeado--; pero entended
que, aunque el mismo fiscal del diablo soplara y acusara a cuantos
moriscos hay desde El Cairo hasta aquí, sólo así como os viera en un
lugar bastaría para sobreseer y desistir de todo pensamiento sospechoso,
cuanto más que de otras demostraciones más vigorosas, pues donde vos
estáis, bien así como la noche de la luz, han de ir a mil leguas
Mahomilla y don Satanás.
No pudo oír replicar el soldado, pues María ya traspuso por entre las
sombras de los árboles desde la primera palabra, y la blanca alcandora
que vestía flotaba entre el verde obscuro de los ramos.
María se acercaba hacia la aldea diligentemente, para ayudar con su
brazo los cansados pasos de su tío en el subir el recuesto fatigoso que
ya hemos apuntado.
Llegó al apoyo de piedra que servía de arranque a la subida, sitio donde
siempre era esperada, y no encontrando al anciano tío, ocupó, mientras
aguardaba, aquel asiento, entregándose a las imaginaciones que la
soledad, lo apacible de la hora y la edad breve de diez y ocho años
llevan siempre consigo en el blando corazón de una mujer.
A un lado y otro volvía los ojos con tierna inquietud, hasta que,
dejando ir su diestra y linda mano debajo del pecho, y con la siniestra
manteniendo la hermosura de su mejilla, fija la vista en la luna, que ya
parecía entre los cielos, estuvo extática un breve instante, hasta que,
dando un blando aliento, y casi sin abrir los labios, y como si esta
armonía se le deslizara furtivamente por ellos, cantó esta cantinela,
por aquel tono triste y penetrante de los cantares moriscos: