vidriera de dos hojas que da a la calle. En la pared del fondo, a
los lados de la puerta, perchas de hierro. En la lateral derecha,
en primero y segundo término, adosadas a la pared, anchas repisas
de madera imitando mármol, llenas de útiles para el servicio de
peluquería; sobre las repisas espejos grandes con marco negro,
y ante ellas sillones de rejilla de los que se usan en estos
establecimientos. En la lateral izquierda, en primer término, una
puerta practicable cubierta por un portier de reps; y en segundo
término otro servicio de peluquería igual en absoluto a los de la
derecha. En el centro de la habitación un velador sobre el cual
habrá periódicos y cepillos. Algunas sillas de rejilla estarán
próximas al velador y otras distribuídas convenientemente por el
salón. Es de día.
ESCENA PRIMERA
_Al levantarse el telón aparecen el_ SEÑOR PRUDENCIO _afeitando al_
SEÑOR MÁXIMO, _guardia de Orden público, cuyo sable y cuya teresiana
estarán colgados en la percha de la derecha._ ACACIO, _aprendiz de la
barbería, vestido con su blusa larga se halla sentado junto al velador
leyendo un periódico._
PRUDENCIO (_Afeitando._)—Pues nada, créame usté a mí, señor Máximo,
usté será todo lo de orden público que guste—sírvase de inflar el
izquierdo (_El señor Máximo infla el carrillo izquierdo._)—; pero yo lo
que repito es que no siendo el que yo le digo, pa la política española
no hay otro remedio.
MÁXIMO (_Quejándose._)—¡Ay!
PRUDENCIO.—¿Cuálo?
MÁXIMO.—Oye, ¿hay otra navaja? Porque ¡camará! esa paece que la has
afilao en el fregadero.
PRUDENCIO.—¡Hombre, pues precisamente es la joya de la casa!
MÁXIMO.—¡Mecachis en la joya! Pues guárdala pa cuando venga el ispetor
de la Latina, le afeitas con ella y pué que le hagas un favor.
PRUDENCIO.—¿Por qué?
MÁXIMO.—¡Porque quié que lo trasladen al Hospital!
PRUDENCIO.—¡Exagere usté una miaja! (_Mira el reloj._) ¡Recontra,
las once y cuarto y esos dos sin venir! ¡Qué habrá pasao! ¡Estoy de
nervioso que no sé cómo no he degollao a este hombre! (_Llamando._)
¡Acacio!
ACACIO.—¿Mande usté?
PRUDENCIO.—Oye, ponte a la puerta y mira a ver si vienen el señor
Polinio y el señor Pepe el Carpanta, que tardan y tengo el alma en un
hilo.
ACACIO.—Güeno. (_Sale a la puerta y mira a ambos lados de la calle. El
señor Máximo, durante los anteriores apartes, se ha secado la cara que
le habrá lavado Prudencio y se mira al espejo._)
PRUDENCIO (_Cogiendo el pulverizador._)—¿Refrescamos con colonia?
MÁXIMO.—No, no quiero eso.
PRUDENCIO.—¡Hombre lo siento!
MÁXIMO.—¿Por qué?
PRUDENCIO.—Porque me quita usté la única satisfacción que puedo
tener como republicano: pulverizar a un guardia de orden público.
(_Peinándole._)
MÁXIMO.—¡Guasón! Lo que he notao es que me has hecho dos cortecitos mu
decentes.
PRUDENCIO.—Señor Máximo, no le choque a usté; ¡me ha pillao usté en un
día terrible de nervioso que estoy!
MÁXIMO.—¿Pues qué te pasa?
PRUDENCIO (_Quitándole el paño, sacudiéndolo y doblándolo._)—¿Que qué
me pasa? (_Máximo se levanta y se cepilla._) ¡Pues que hoy... (_Con
voz conmovida y misteriosa._) pué ser un día célebre pa mí! Que estoy
esperando un recao que, de serme favorable, si el mes que viene está
usté franco un día y quié usté honrarme con su amistad, se viene usté a
mi hotel...
MÁXIMO (_Queda inmóvil con la pierna derecha en alto y
asombradísimo._)—¡Arrea!
PRUDENCIO.—Que ya le daré a usté las señas, y nos damos un paseo en mi
_automóvil_, que ya le diré al _Chufer_ que no corra.
MÁXIMO.—Pero, ¡oye tú! ¿es que te ha caído la lotería? (_Se pone la
teresiana y el sable._)
PRUDENCIO.—¡Mejor!... Sino que, hoy por hoy, no puedo ser más
explicativo. ¡Y lo dicho, dicho!
MÁXIMO (_Con cara de asombro._)—¡Chico, me dejas parao!
PRUDENCIO.—Sabía que le iba a dejar a usté parao, pero como usté es
guardia, ya tié costumbre.
MÁXIMO.—Pues na, que sea como lo dices. (_Le paga el afeitado._)
PRUDENCIO.—Gracias, señor Máximo.
MÁXIMO (_Marchándose y mirando con recelo a Prudencio._)—¡Hotel!...
¡Chufer!... ¡Este está mochales!... (_Vase foro._)
PRUDENCIO.—¡El infeliz se va creyendo que estoy loco! ¡Mísero agente!
(_Guarda el dinero en el cajón._)
ACACIO (_Desde la puerta._)—¡Por fin! ¡El señor Polinio y el señor Pepe
vienen!
PRUDENCIO (_Respirando con satisfacción._)—¡Ay, gracias a Dios! ¡Me
devora la impaciencia! (_Sale a su encuentro._)
ESCENA II
DICHOS, POLINIO _y el_ SEÑOR PEPE EL CARPANTA, _por el foro_
POLINIO.—¡Hola!
PEPE.—¡Ya estamos aquí! (_Entran corriendo y muy alegres._)
PRUDENCIO.—¡Pasar... pasar!
POLINIO.—¿No está tu mujer?
PRUDENCIO.—No. ¡Os anhelaba, como el hambriento a una fuente!
PEPE.—¡Será el sediento, hombre!...
PRUDENCIO.—Yo me refería a una fuente de chuletas. ¿Qué hay? (_Con
impaciencia._)
POLINIO (_Con alegría._)—¡Hecho el negocio!
PRUDENCIO (_En el colmo de la satisfacción._)—¿Hecho?... ¡Venga un
abrazo, y cuarenta, y ciento! (_Se abrazan efusivamente._)
PEPE.—¡Aprieta! ¡Ya eres feliz!
PRUDENCIO.—¿No han puesto dificultad?
POLINIO.—_Denguna_. El señor Román _aceta_ el traspaso de esta barbería
por setecientas pesetas.
ACACIO (_Que está escuchando, en segundo término, con
asombro._)—¡Recontra! ¿Qué dicen?
PEPE.—Dentro de un rato nos esperan en la taberna pa entregarte el
dinero, y que firmes la escritura.
PRUDENCIO.—¡Gracias, gracias! ¡me habéis hecho hombre! (_Vuelven a
abrazarse._)
ACACIO (_Aparte._)—¡Qué barbaridad! ¡Ha traspasao la barbería! ¡Ay, en
cuanto lo sepa la señá Feliciana!
POLINIO.—Güeno, y una vez ultimao el asunto, me paece que ya es hora
de que me confíes tus proyectos y me digas el por qué del traspaso del
Salón, _ecetra_, _ecetra_, porque el señor Pepe no me lo ha querido
revelar.
PEPE.—Era la _consina_, hasta que estuviese hecho.
PRUDENCIO.—Es verdá; pero ahora nada más justo. ¿Se lo revelo todo?
PEPE.—Revélaselo.
PRUDENCIO.—Pues mira, Polinio, Dios le da a cá uno la fortuna, en una
forma diferente; y a mí me la dao con mis dos hijos, la Antoñita y
Casildo. Con la Antoñita, porque el día que esa criatura debute en un
teatro como _mono-cuplé-tanguista_, la Otero va a tener que tostar
cañamones, si quié atender a su susistencia.
PEPE (_Asintiendo._)—¡Acordes!
PRUDENCIO.—Y con mi Casildo, porque recortando capote al brazo y
metiendo el hombro a la hora suprema, el _Frascuelo_ era una pastilla
de clorato comparao con él.
PEPE.—¡Acordísimos!
PRUDENCIO.—Pus, güeno; (_Con tono iracundo._) mi mujer, la Feliciana,
celebro oscuro que no tié más horizontes que la boca del puchero,
al ver que he sacao a la chica den _cá_ la modista, y al chico de
la imprenta _pa_ atender a su educación artística, se ha empeñao en
decirme que estoy loco y que esto va a ser nuestra ruina. ¿Será tozuda?
POLINIO.—¿Pero tú no te achicarás?
PRUDENCIO (_Con exaltación creciente._)—¿Yo achicarme? Si Dios echa
al mundo una horná de celebridades, y en esa horná metes la _Patti_
y metes _El Gordito_, y me tocan a mí en clase de hijos, dicho se
está que coger ambas _estrellas_ y _prostergarlas_ en el antro de una
barbería, ¡sería un crimen, que un padre como yo, no comete!
POLINIO.—¡Bien hecho!
PEPE.—Y en esto—y perdona que ataje tu palabra honrada—surjo yo con
mi ejemplo. Yo era un ser vago y errante que vendía por esas calles
_chuletas de huerta_, y que tenía una chiquilla que andaba galocheando
por ahí con ramitos de violetas; pues, güeno; de la noche a la mañana,
me se evadió mi hija a París, con su madre, contratá con una _troupe_
pa bailes españoles, ayer hizo tres meses; y de una renacuaja vestía
con un pinguito de falda y una criba de mantón, fíjese usté en la
_metramórfosis_. El jueves me lo mandó. (_Le enseña un retrato._)
PRUDENCIO.—Fíjate en el retratito. ¡Mira eso!
POLINIO.—¡Camará, bonita es, pero va casi en cueros!
PEPE.—Hay que azvertir que apenas ha tenío tiempo de hacerse ropa.
POLINIO.—¡Ya, ya! ¿Y dice usté que aquí llevaba una faldita?
PEPE.—¡Una vergüenza!
POLINIO.—¡Pues se conoce que la ha perdido!
PEPE.—Pues güeno, desde que se fué que me he dejao las patatas y vivo
de guagua, ¡porque no hay mes que no me mande de ciento cincuenta a
doscientos _franques_ oro!
PRUDENCIO.—Se conoce que lo que se ahorra en ropa pa ti.
PEPE.—Por eso le he aconsejao a éste que lo venda tóo, que se deje de
esta porquería de España, que emigre con su hija a París como yo, que
me voy pasao mañana, y a la vuelta de un par de años regresamos del
extranjero, y ¿usté sabe esos solares de la _cae_ de Lista, pasao un
estanco que hay? ¡Nuestros hoteles!
POLINIO.—¿Usté dice donde la tienda-asilo?
PEPE.—¡En la acera de enfrente!
PRUDENCIO (_Exaltado._)—¡Y yo, Polinio, deslumbrao por este ejemplo,
te aseguro que es inútil que me _graznen_ lo que quieran! Busco el
aplauso, la fortuna, la gloria de mis hijos... ¡y aunque la persona que
se oponga a ello me haga escabeche, mi último cuarto de kilo se saldrá
del barril pa cumplimentar esta sacrosanta misión!
PEPE (_Entusiasmado._)—¡Eres un varonil!
PRUDENCIO (_Con energía._)—¡Soy un padre!
PEPE (_Viendo aparecer a Casildo._)—¡Chits, callarse!
ESCENA III
DICHOS _y_ CASILDO _puerta foro_
CASILDO (_Saludando con la mano desde la puerta._)—¡_Saluz_!
PRUDENCIO (_Radiante de satisfacción._)—¡Mirarle! ¡Mi Casildo! ¡Ahí lo
tenéis! ¡Ese es el monumento _taurómaca_ más grande del porvenir!
PEPE.—¡Hola, pollo!
POLINIO.—¡Adiós, pollo!
PEPE.—¿Cómo estás, pollo? (_Casildo no contesta._)
PRUDENCIO.—¡Me se cae la baba! (_Casildo después de saludar
parsimoniosamente a lo torero, con la mano, se acerca a un espejo,
se atusa los tufos con un cepillo y vuelve a ponerse el sombrero con
coquetería, estirándose la chaquetilla. Carpanta, al ver que Casildo no
contesta, dice con voz más alta._)
PEPE.—¿Que cómo estás? (_Sigue el silencio._) (Este monumento es
bastante mal educao.)
PRUDENCIO (_Sonriendo._)—No te ha oído. Estas notabilidades son así,
chico; ¡no se fijan en na! (_Acercándose a su hijo._) ¿De aonde vienes,
hijo mío?
CASILDO (_Con tono desdeñoso y sin mirar a su padre._)—Del mundo.
PRUDENCIO (_Sonriente y muy complacido._)—¡Qué manera de contestar! ¿eh?
POLINIO.—¿Ha madrugao?
PRUDENCIO (_Con asombro._)—¿Madrugar esa personalidaz? Que se marchó
anoche a las diez y viene ahora. (_Aparte y sonriendo a los dos._)
(¡Las mujeres que se lo rifan!)
POLINIO.—¡Ya, ya!
PRUDENCIO (_A Casildo._)—¿Vas a acostarte, hijo?
CASILDO.—¡Clarinete!
PRUDENCIO.—¡Oye, qué gracia! ¿Habéis oído? ¡Clarinete!
CASILDO (_A Prudencio. Secamente y sin mirarle._)—La petaca.
PRUDENCIO (_Dándosela._)—Toma, hijo mío.
CASILDO (_La vacía, se guarda los cigarros y la tira con desprecio
sobre el velador._)—Cerillas.
PRUDENCIO (_Le da una caja._)—¡Ahí van!
CASILDO (_Se guarda la caja._)—¡Que no me se despierte hasta que yo
avise! (_Saluda con la mano y se va contoneándose primera izquierda._)
PRUDENCIO (_Siguiéndole hasta la puerta._)—No tengas miedo. ¡Ah, oye!
Ciérrate por dentro, no te sorprenda tu mamá en el primer sueño.
POLINIO.—¿Por qué le dices eso?
PRUDENCIO (_Sonriendo._)—¡Por na! ¡Que anoche se le llevó un mantón a
su madre y se conoce que lo ha empeñao!
PEPE.—¡Angelito! ¡Qué monada de criatura! (_Riendo._)
PRUDENCIO.—Y como la Feliciana no reflexiona que a estas grandes
figuras hay que aguantarlas sus genialidades, me temo un _esasbruto_.
POLINIO.—¡Natural!
PRUDENCIO.—Y qué, ¿habéis visto qué hechuras de torero tiene? ¿Se le da
un aire al Conejito, _verdá_?
PEPE.—¡Sí, tiene algo de _Conejito_... sino que más en gazapo!
POLINIO.—Güeno; y volviendo a lo de _enantes_, respective al chico,
na tengo que _ojetarte_, porque se ve que cuidándolo pué llegar a ser
_Gordito_, pero por lo que toca a la chica, ¿tú crees que servirá pa
_chanteuse_, Prudencio?
PRUDENCIO.—¡Amos, hombre! ¿Que si servirá?... Vaya, ahora que estamos
solos, ¿queréis verla y oirla pa que veais que no es pasión de padre
cuando digo que es una maravilla?
POLINIO.—¡Sí, hombre!
PEPE.—¡Con mucho gusto!
PRUDENCIO.—¡Pues quitarse las telarañas! (_Llamando._) ¡Acacio!
ACACIO (_Acercándose._)—Mande usté.
PRUDENCIO.—Ponte a la puerta, y si viene la señá Feliciana nos avisas,
no sea que nos sorprenda.
ACACIO.—Güeno. (_Vase a la puerta a vigilar._)
PRUDENCIO (_Yendo a la puerta primera izquierda y
llamando._)—¡Antoñita!... ¡Antoñita!
ANTOÑITA (_Dentro._)—¿Mande usté?
PRUDENCIO.—Sal un momento, haz el favor.
ANTOÑITA.—Voy.
PRUDENCIO.—Ya está aquí. ¡Veréis qué prodigio!
ESCENA IV
DICHOS _y_ ANTOÑITA, _primera izquierda. Antoñita es una chiquilla
como de diez y seis años, con cara abobada y pretendiendo suplir con
una verbosidad ridícula la gracia de que carece. Al salir, ligera y
sonriente, hace una reverencia._
ANTOÑITA.—Servidora de ustedes. Muy buenos días, ¿Cómo están ustedes?
LOS DOS.—Bien, ¿y tú?
ANTOÑITA.—Yo, bien, a Dios gracias, pa servir a ustedes. ¿Las familias
güenas?... Vaya, me alegro mucho y por muchos años. Tanto gusto.
POLINIO.—Muy bien, muy bien.
PEPE.—Es una monada de chica.
ANTOÑITA.—Tantas gracias, es favor. No lo merezco. Ustedes son muy
güenos, al parecer. Y ya lo saben ustedes, con permiso de mi papá, en
lo que sea útil, pueden mandar a una servidora. Tanto gusto.
PRUDENCIO.—Bueno. Pues estos señores...
ANTOÑITA.—Repito que tanto gusto.
PRUDENCIO.—Desean verte bailar y que nos cantes algo aquí en familia.
ANTOÑITA.—Sí, señor, tanto gusto. Lo que deseen de una servidora de
ustedes. ¿Quieren ustedes soleares, tango, sevillanas, panaderos,
malagueñas, peteneras u _cake-vale_? Porque eso tié que ser a gusto de
ustedes; porque ustedes sabrán lo que quieren; porque una no sabe con
qué dará gusto; porque a lo mejor va una servidora y baila panaderos, y
qué sabe una servidora si ustés les tien rabia a los panaderos. Porque
eso el que lo quiere es el que lo pide.
PEPE.—¡Tié razón la chica!
POLINIO.—¡Es lista, es lista!
PRUDENCIO.—No, lo que queremos es lo que sepas mejor; un tanguito de
esos con que vas a debutar, u cualquier cosa...
PEPE.—¡El tango, el tango!
POLINIO.—¡Eso! ¡Venga el tango!
PRUDENCIO.—¡Duro con él!
ANTOÑITA.—_Perfetamente._ Bueno, y cuando baile, ¿lo marco con todo?...
(_Sonriendo picarescamente._)
LOS DOS.—¡Con todo, con todo!
ANTOÑITA.—Pues con permiso de ustedes voy a ponerme un alfiler (_Se lo
pone._) pa ceñirme la falda, ¿saben ustedes? porque si no el ondulao no
resalta. El tango se llama “Vete a la gloria.”
PRUDENCIO.—Yo te acompañaré. Venga de ahí. (_Cogiendo una guitarra._)
ANTOÑITA.—¡Lo voy a cantar con picardía!
PRUDENCIO.—¡Veréis un pasmo! (_Acompaña con la guitarra._)
=Música=[1]
[1] En bailar y cantar este número con la poca gracia con que
lo haría una chiquilla de esas a quienes se quiere ridiculizar,
consiste su verdadero efecto.
ANTOÑITA
¡Ay, que me voy a morir
y tú me vas a matar!
¡Ay! ¡ay! ¡ay!
LOS DOS
¿Qué hay?
ANTOÑITA
¡Nada de particular!
El moreno que me enloquecía
se casa pa Mayo;
que yo _iznore_ por Dios la noticia
si no me desmayo.
¡Ay, los hombres, mamita, mamita
de mi corazón,
qué embusteros, qué falsos, qué pillos,
qué pérfidos son!
¡Ay! ¡ay! ¡ay!
PRUDENCIO (_Recitando._)—¡Olé, por las laringitis agudas!
ANTOÑITA (_Cantando._)
Y ahora escuchen con mucho cuidao
un tanguito que me han enseñao.
——
¿Quién es pa ti más dulce
que lo es el mango?
¡Mi guachindango!
¿Quién es la que conmigo
quiere hacer changa?
¡Mi guachindanga!
Dame una prueba sólo
de amor, nenita.
¡Toma tripita!
¡Ay, deja que me acerque,
guachindanguita!
¡Ay, por Dios, chachito,
no te acerques, quita, déjame,
porque estás loquito,
ay, retírate, ay, retírate!
¡Retírate, por Dios, Pepito,
retírate, por Dios, que grito,
y no me des con el codito
que me despepito!
TODOS
¡Retírate, por Dios, Pepito,
retírate, por Dios, que grito,
y no me des con el codito
que me despepito!
ANTOÑITA
Anda, por Dios, José,
¡retírate!
TODOS
Ande usté, don José,
¡retírese!
(_Después de cantar Antoñita hablan sobre música._)
PEPE (_Entusiasmado._)—¡Devino!
POLINIO.—¡Superior!
PRUDENCIO.—¿Eh? ¿qué sus paece la vocecita?
POLINIO.—¡Que es una voz que encanta!... ¡qué digo encanta!... ¡que
arroba!... y me quedo corto.
PEPE.—El día que oigan a esta chica en el extranjero, te la
enjaulaban. ¡Esto no es mujer, esto es una _ruiseñora_, hombre!
ANTOÑITA.—Güeno, ¿y a ustedes les molestará quedarse _bizcos_?...
¿No?... pues les voy a bailar a ustedes un tanguito; ¿que saben ustedes
lo que es _azúcar cande_?... ¡pues más _cande_!
PRUDENCIO.—¡Veréis qué disloque!... ¡Arza con la salida! (_Antoñita
baila._)
ACACIO (_Jaleando._)—¡Su gracia!... ¡Su cuerpo!... ¡Su madre!...
(_Todos se asustan. Prudencio corre a esconder la guitarra._)
ANTOÑITA (_Asustada, cesa de bailar._)—¡Mi madre!
PRUDENCIO.—¡Mi mujer!
POLINIO.—¡Su madre!
PEPE.—¡La Feliciana! (_Los cuatro simultáneamente._)
ACACIO.—¡No, si era que la jaleaba! ¡No asustarse!
PRUDENCIO.—¡Maldita sea tu estampa, qué susto nos has dao, ladrón!
(_Pegándole con la guitarra._)
PEPE.—¡Anda, sigue, sigue! (_Antoñita sigue bailando hasta terminar el
tango._)
=Hablado=
POLINIO.—¡Ahí la gracia!
LOS DOS (_Aplaudiendo._)—¡Bravo! ¡bravo! ¡Muy bien!
PRUDENCIO (_Con entusiasmo._)—¿Qué? ¿qué tal? ¿y el salero? ¡el salero!
POLINIO.—¡Yo no he visto un salero parecido!
ANTOÑITA (_Sonriente y satisfecha._)—¡Tantas gracias!... Una servidora
está alicortada. No sé cómo pagar a ustedes... Es algo de favor... Y
eso que he bailao en suelo de madera, que el día que a una servidora le
pongan _linoleum_... ¿Saben ustés lo que es _linoleum_?
PEPE.—¡Ya lo creo!
ANTOÑITA.—Una cosa que se escurre... ¡pues ese día, que no se me
agarren los pies, yo creo que arrebato!
PEPE.—Nada, chico, que esto en un París u en una Londres, nos traemos
el dinero en camiones.
PRUDENCIO.—¿Sí, verdad? (_Con entusiasmo, abrazando a su hija._) ¡Hija
mía, qué porvenir nos aguarda!...
ANTOÑITA.—¡Ya lo creo papá!
PEPE (_A Polinio, aparte._) (¡Ya habrá usté advertío que tié menos
gracia que una caja e betún!)
POLINIO (_Ídem._) (Ya, ya; pero, ¿quién le quita las ilusiones a un
hombre así?)
ANTOÑITA.—Y respective a declamar en picaresco, sabe una servidora una
cosa un poco verde, que donde me la oyen, me se mueren de risa; porque
una servidora, la recalca con una intención, que verán ustedes, si no
les molesta.
POLINIO.—No, dila, dila.
PARROQUIANO 1.º (_Entrando._)—Buenos días; ¿me hacen el favor de
afeitarme?
PRUDENCIO (_Contrariado._)—¡Hombre, espere usted si quiere, porque
ahora!...
ACACIO.—Siéntese, que es que estamos mu ocupaos... (_El parroquiano se
sienta al foro._)
PRUDENCIO.—Empieza.
ANTOÑITA.—Pues verán ustedes. Es un monólogo, pero lo tengo que decir
yo sola, si no no paece monólogo. Es en verso, fijarse:
Cuando salgo a la calle
y llovizna un poquito,
me levanto las faldas
enseñando el tobillo;
mas si un pollo me sigue,
recogiendo el vestido,
me le... (_Como recordando._) me le...
¡Ay! ¿cómo dice?... ¡qué rabia! me le... ¡pos no me s’ha olvidao!... me
le... (_Haciendo esfuerzos ridículos por recordar._) me le... ¡mecachis
qué coraje!
ACACIO (_Acercándose a ella y en voz baja._)—¿No es me le atortolo?
ANTOÑITA.—¡Qué va a ser! Bueno, me se ha olvidao, pero es una cosa que
voy ¿saben ustés? y cuanto más me sigue el pollo, más me levanto, más
me levanto, hasta que una servidora le enseña las medias y acabo así
con este desplante:
¡Pa los listos son a listas!
¡pa los tontos son a cuadros!
(_Hace una postura ridícula, quedando recogida y enseñando las
pantorrillas. El parroquiano se acerca, mira y se vuelve a sentar._)
PEPE.—¡Una monada!
POLINIO.—¡Preciosa! (_Aplauden todos._)
ESCENA V
DICHOS _y_ FELICIANA _en la puerta_
FELICIANA (_Con ira al ver el cuadro._)—¡Maldita sea la pena!
PRUDENCIO (_Aterrado._)—¡La Feliciana!
ANTOÑITA.—¡Mi madre!
ACACIO.—¡El ama!
PEPE.—¡_Tablón_!
(_Estas voces simultáneas._)
FELICIANA.—¡Muy bonito! ¡Está bien! (_A la Antoñita, zarandeándola._)
¡Arza pa dentro, gandula! (_Dándola metidos disimulados._)
ANTOÑITA.—¡Madre, si era que!... (_Huyendo._)
FELICIANA.—¡A remendar la ropa, que es tu obligación! ¡Bribona!
¡Holgazana! (_La persigue hasta que se va primera izquierda._)
PRUDENCIO (_A Polinio y Carpanta._)—¿Estáis viendo cómo trata a las
celebridades?
FELICIANA (_Al parroquiano._)—¿Y usté, qué quería?
PARROQUIANO 1.º (_Con extrañeza._)—Servirme.
FELICIANA.—¿Y lo tenéis esperando? ¡Anda a afeitarle u te desuello,
granuja! (_Queriendo pegar a Acacio._)
ACACIO.—Si era que... era que... Siéntese, siéntese el caballero. (_Se
pone a afeitarlo._)
FELICIANA.—Y ustés, (_A Polinio y a Carpanta, con brusquedad._) si no
tién na que hacer aquí, la calle es gratuita...
POLINIO.—Señora, nosotros estábamos _almirando_... las dotes de la niña.
FELICIANA.—¡Tantas gracias! Aquí pelo pa quitar es lo que nos hace
falta.
PRUDENCIO.—Feliciana, que son amigos...
FELICIANA.—Lo celebro. Tertulias en el Cerro e los Ángeles.
PEPE.—Usté disimule... (_Excusándose._)
FELICIANA.—Y si no quién ustés volver, aquí tienen ustedes su casa...
PRUDENCIO (_Aparte a los dos._)—(Hacer caso _miso_ y esperarme en la
taberna.)
LOS DOS.—Somos suyos... (_Saludan y se van._)
FELICIANA.—Pal gato. (_Saluda también muy fina._)
ESCENA VI
PRUDENCIO, FELICIANA, ACACIO _y el_ PARROQUIANO _que, después que lo
afeitan, paga y se va_
PRUDENCIO.—¡Muy bonito! (_Con ira._) ¡Feliciana!
FELICIANA.—¿Qué hay? (_Rabiosa._)
PRUDENCIO.—¡Como trato social eres más repelente que una manga riega!
FELICIANA.—Mira, Prudencio, vamos a hablar con franqueza. ¿Tú necesitas
las narices este invierno?
PRUDENCIO.—¡Quizás que sí!
FELICIANA.—Pues si no quieres desprenderte de ellas... ¡Ya me conoces!
Hazme caso a mí y que acabe este desorden de casa; que acabe hoy mismo,
ahora mismo, porque estoy decidía, cueste lo que cueste, a que no
se lleve la trampa el peazo e pan que tenemos y a no perder por tus
locuras dos hijos que me han costao muchas lágrimas y muchos dolores el
criarlos. ¡Eso es!
PRUDENCIO.—Está bien. (Cualquiera le dice ahora lo del traspasito.)
Bueno, ¿y todo eso, qué viene a ser poco más o menos?
FELICIANA.—Pues viene a ser que mañana vuelve Casildo a la imprenta y
la chica en cá la modista. ¡Eso es!
PRUDENCIO.—Bueno, de modo que te ostinas en que ese monumento
_taurómaca_...
FELICIANA.—¡Mentira! El chico no sirve pa torero.
PRUDENCIO.—¿Que no sirve? (_Con indignación._)
FELICIANA.—¡Qué va a servir; si está la pobre criatura de cornás que lo
miras por la espalda y se le ve la corbata al trasluz!... ¿Y tú crees
que he criao yo a mi hijo pa colador?
PRUDENCIO.—¿Y respetive a la Antoñita, qué?... ¿También es un guiñapo
artístico?...
FELICIANA.—¡La Antoñita, peor!
PRUDENCIO.—Entonces dí, celebro oscuro, ¿pa qué le ha dao la naturaleza
una voz a nuestra hija?
FELICIANA.—Pa que se calle y no _berrée_.
PRUDENCIO (_Frenético._)—¡Feliciana!
FELICIANA.—Loco, más que loco. No quieres tú a tus hijos más que yo los
quiero. Pero el quererlos no es motivo pa que me ciegue y vea cosas que
no son. ¿Que es fácil ser torero?... ¡Ese es tu error, Prudencio! Y
no mires a los que han llegao porque Dios les dió ese don; mira a los
infelices que, ciegos por la avaricia, mueren como perros en la cama de
un hospital. Y por lo que toca a la chica, estás igualmente equivocao;
porque una cosa es la gracia que hacen los hijos a los padres en el
comedor de casa, y otra la que se necesita pa brillar en el mundo. Y
sobre todo, que no, ¡vaya! ¡Que no me da la gana ver a mi hija en un
tablao enseñando las carnes; porque mujer que se remangue más arriba
de lo necesario pa no coger barro, será buena pal cromo de una caja e
cerillas, pero no lo es pa su casa ni pa sus hijos! ¡Eso es!
PRUDENCIO.—¡Pero ven acá, mollera vacía! Si eso fuera así, ¿por qué me
dicen tóos los parroquianos que hago bien?
FELICIANA.—Pues, porque personas que vienen pa un cuarto de hora y que
encima te ven con una navaja en la mano, ¿pa qué te van a contrariar?
PRUDENCIO.—¡Razonas como una sandía!
FELICIANA.—Razono como una madre sensata y prudente.
PRUDENCIO.—¿Sí, eh?... Pues ahí va mi _ulti-matum_. Estoy cumpliendo mi
deber y argumentarme en contrario es como tomar el caldo con tenedor. Y
creo haberte dicho lo suficiente.
FELICIANA (_Con rabia._)—¿Es decir, que no cejas?
PRUDENCIO.—¿Cómo cejas? ¡Ni cejas ni narices!
FELICIANA.—¿Es decir que te empeñas?
PRUDENCIO.—¡Empeñao! ¡Mi hijo será diestro, mi hija divete! ¡Es mi
misión!
FELICIANA.—¡Tu hijo será impresor, tu hija modista! ¡Es la mía!
PRUDENCIO.—¡Por estas te juro que no! (_Junta las manos._)
FELICIANA.—¡Por estas te juro que sí! (_Le imita._)